“La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad”

Después de (o junto con) Goethe fue ‘el’ escritor de Alemania y uno de los clásicos indiscutibles de la literatura europea y universal. Hijo de un rico comerciante alemán y de una exuberante brasileña, Thomas Mann, nacido en Lübeckel 06 de junio de 1875, se vio desde pequeño entre dos aguas: la de la rigidez del padre, que lo quería como heredero y cabeza de sus negocios, y la flexibilidad de la madre, que estimulaba constantemente eso que él llegó a llamar “mi manía por fabular cosas”. Finalmente fue el lado humanístico de la madre el que se terminó imponiendo y Mann no hizo en su vida otra cosa sino escribir, escribir y escribir. Y aunque él sentía que no lo hacía todo lo bien que podía y vivía frustrado en busca de eso que se llama perfección, la crítica era menos severa y más benevolente y caía rendida ante cada nueva obra que publicaba. No sin quejarse, eso sí, sobre la extensión de sus textos, auténticos mamotretos que la mayoría de las veces llegaban a superar las mil páginas, tenían que publicarse en dos tomos, y que él, obstinadamente y desoyendo a editores y amigos, se negaba a acortar. Ello lo hacía, también, un escritor lento, que redactaba a su ritmo y sin aceptar presiones, y que se tomaba todo su tiempo entre una obra y otra, en procura de lograr crear, al menos una vez, alguna obra de arte, tarea a la que le entregó su vida y esfuerzos. ‘La montaña mágica, ‘Muerte en Venecia’ o ‘Los Buddenbrook’ (que le mereció el Nobel en 1933), se hallan en esa categoría. De los alemanes de su generación, fue uno de los pocos que puede gloriarse de haberse opuesto a Hitler desde antes de su ascenso al poder, lo que le valió el exilio en 1933. Es en esa experiencia horrible donde hay que buscar la génesis de la frase que hoy encabeza nuestro post: en el aprendizaje de que hay virtudes (la tolerancia, por ejemplo) que mal entendidas terminan siendo criminales.

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