Escritores, letras y fútbol

La situación es hipotética, pero todas las frases son reales, se corresponden a las opiniones que, ya en libros, ya en crónicas, ya en ensayos o entrevistas, vertieron sus autores, todos escritores de prestigio, con respecto al fútbol, y que para exponerlas de modo más ameno hemos convertido en ficticia –pero veraz– tertulia.

Es víspera de algún mundial de fútbol futuro, jugado en alguna sede seguramente impropia –mala costumbre desde Qatar-, se reúnen varios escritores de antes, de ahora y de siempre. Sus opiniones con respecto al juego son diversas, y eso es lo interesante: que a unos les gusta y a otros les disgusta, pero ninguno se queda callado y cada uno expone sus posturas con toda la gracia de su genio. A fin de cuentas son maestros de la palabra y saben usarla bastante bien.

Jaime Bayly, uno de los más jóvenes, es quizás el más emocionado. “El Mundial es el Mundial, uno vive para llegar vivo al próximo Mundial, la vida se compone de los mundiales que pudiste ver y de los que ya no podrás ver. Todos los esfuerzos que hago por mantenerme vivo están animados por esa ilusión absurda: la de ver por televisión el Mundial de Fútbol”, dice. Ve algunos gestos de desaprobación, y se explaya, provocador: “El Mundial es una fiesta para los individuos pusilánimes que nos negamos a crecer, un viaje al pasado, un reencuentro con el niño que fuimos y que se despierta cuando miramos a unos atletas espléndidos persiguiendo una pelota”, agrega. Kipling, el desprecio marcado en el rostro, los califica en voz intencionadamente alta: “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Eduardo Galeano, el antiimperialismo siempre por delante, acusa recibo del golpe del británico y enseña las venas abiertas de su orgullo: “La mayoría de los escritores de América Latina somos futbolistas frustrados”, responde, y Bayly, que se siente comprendido y apoyado, exclama: “¡es que hubiéramos dado todo por ser uno de ellos. Cuando juegan, nosotros jugamos también, ellos son los que nosotros no pudimos ser, por eso los acompañamos en sus briosas acometidas”. Entonces, Fernando Savater espeta contundente: “jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo”.

Bayly y Galeano dirigen la mirada a Cortázar, que es argentino y por eso, piensan, los apoyará. Julio, que sabe que tiene que decir algo, habla con campechana sinceridad: “Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo”,  e inmediatamente hace un matiz dada la decepción de sus dos colegas: “Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente, tan indiferente como el rugby o el béisbol”, profundiza. No mejora el enfermo y por eso se justifica: “Me gustan los deportes donde se enfrentan dos individuos, como sucede en el tenis o en el boxeo”. Entonces salta Sartre, que no puede escuchar la palabra individuo –mucho menos individualismo- porque inmediatamente tiene que decir algo en contra, y diserta en voz alta: “En el fútbol todo se complica por la presencia del adversario…el fútbol es una metáfora de la vida”. Y Umberto Eco, que detesta que se mezcle la filosofía con cualquier cosa, es ferozmente contundente: “Desde siempre, el fútbol ha estado asociado para mí a la ausencia de fines y a la vanidad del todo, al hecho de que el Ser no puede ser (o no ser) más que un agujero. Quizás por eso (creo que único entre los vivientes) he asociado siempre al juego de fútbol con filosofías negativas”.

Después de tal alegato, Albert Camus decide sorprender a todos poniéndose a la lado de Sartre y lo secunda contando las lecciones que recibió en la portería cuando era arquero de Argelia: “aprendí que la pelota nunca viene por donde uno quiere que venga, eso me ayudó mucho en la vida”, dice, y como ve cierta incredulidad en el rostro de algunos, se afinca: “luego de muchos años, lo que finalmente sé con más seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, es al deporte a lo que se lo debo”. Le pasa el testigo al lolito Nabokov, también portero en sus años mozos. Ruso a fin de cuentas, más que filosofar sobre su experiencia se pone a narrarla, nostálgico: “Yo fui un portero excéntrico, pero bastante espectacular, en mis tiempos en la Universidad de Cambridge”, arranca, “tuve mis días brillantes, de grandes estímulos. El agradable olor del pasto, el famoso delantero de la liga universitaria que, driblando, se acercaba cada vez más a mí, la nueva pelota leonada sobre sus dedos centelleantes, luego, el disparo quemante, el afortunado salvamento, el estremecimiento prolongado que producía. Pero hubo otros días más memorables, más esotéricos, bajo cielos deprimentes, con el área de gol convertida en una masa de lodo negro, la pelota tan grasosa como un budín de ciruelas”.

Para evitar que se encadene, Galeano rompe la adornada atmósfera con un chiste: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes, y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Algunos se ríen con ganas, otros por compromiso, pero todos agradecidos de que alguien haya cortado a Nabokov. Sin embargo, Alejandro Jorodowsky, que por andar haciendo mil cosas siempre se confunde, entiende el chiste como una pregunta y se apresta a responderla: “Creo poder explicarlo: el ser humano, al mismo tiempo que es atraído por impulsos cavernarios, también es objeto de una fascinación por lo sagrado. Y el fútbol reúne estos dos aspectos. Fue creado por una sociedad esotérica inglesa, aplicando en su esquema principios de la alta magia. Se juega sobre un rectángulo verde, siendo el verde el color que simboliza la eternidad. El doble cuadrado es un signo iniciático donde se inscribe la sección aurea o divina, tan usada por pintores como Leonardo da Vinci. Las cartas del Tarot de Marsella son rectángulos. Los lenguajes sagrados, como el hebreo o el sánscrito tienen 22 letras principales. Los jugadores de un partido de fútbol son 22, tantos como los 22 arcanos mayores del Tarot o los 22 polígonos regulares. En el centro de la cancha hay un círculo con un punto en el medio: símbolo del oro, en la alquimia, o del sol o del Dios esotérico…”

Vargas Llosa, que es realista y se fastidia horrores con lo esotérico -y además no soporta que alguien pontifique delante de él-, lo interrumpe con desdén y se pone a conferenciar sobre fútbol y sociedad: “los grandes partidos sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas ‘barras bravas’ de ciertos clubes y los estragos que han provocado con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva”. “Se comportan –lo apoya Umberto Eco, con la bilis concentrada contra los fanáticos- exactamente como cuadrillas de maníacos sexuales que fueran, no una vez en la vida sino todos los domingos, a Ámsterdam para ver cómo una pareja hace, o finge hacer, el amor”. Y Savater les da la estocada: “son una piara de lunáticos maleducados…chacales con estandarte”.

Carlos Monsivais es más indulgente, y recuerda aquel juego de México 86 al que fue. Mira al horizonte, como en trance, y recita las mismas palabras con las que en esa oportunidad describió a el ambiente de la grada: “Fundidos en una sola voluntad, los fanáticos (que, por serlo, resultan patriotas) apoyan al equipo con trofeos de la garganta, ademanes nerviosos, monólogos de intensidad variable, chifilidos, olas, porras, órdenes fulminantes (“¡Mete gol, pendejo!”). Cada espectador –que, por serlo, es un experto- prodiga y niega reconocimiento, se queja del nivel del juego y lo juzga maravilloso, levanta en señal de triunfo el pulgar y le mienta la madre al infinito. En los segundos muertos adoctrina partidistamente a su vecino, a su compadre, a su mujer, a sus hijos, a la multitud: “¡Te lo dije! ¡Vamos ganando! ¡Ya la hicimos!”. Todo en plural, la Selección Nacional es México y nosotros somos la Selección, y México –por intermedio de un equipo- vuelve a ser nuestro”.

Borges se ríe entonces pensando en que alguna vez Monsivais tuvo que pisar un estadio. Viene a su memoria aquel 2 de junio de 1978, cuando el Mundial se realizaba en Argentina y él, Jorge, en supremo gesto de desprecio, decidió dar una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora en la que la albiceleste debutaba. Mira a Kippling, y suelta uno de sus clásicos misiles: “Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”. Todos le ríen la frase, incluso los más futboleros, a fin de cuentas Borges es Borges.

Una mariposa atraviesa la estancia. Milan Kundera la sigue hipnotizado y habla: “Tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo”, dice con insoportable levedad.  “El fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies”, prosigue. Cabrera Infante, que se fastidió con el cuento de la mariposa, lo corta sin pensarlo: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”, dice. Oscar Wilde hace una salvedad: “El fútbol es un juego de caballeros jugado por bárbaros”. Y Roberto Fontarrosa, ceño fruncido, inconforme con ambos, aclara: “Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”.

Antonio Lobo Antunes, que estaba fumando y escuchando todo en silencio, dice que sí, que es una pasión, pero que él ya la perdió: “Creo que ha dejado de gustarme el fútbol porque ya no hay jugadores que me hagan feliz. Ahora, como dicen los entrenadores, todo es cuestión de profesionalismo, trabajo y paciencia, se acabaron la improvisación, la fantasía, lo inesperado, se acabó mi equipo…El fútbol ha perdido el humor, la poesía el placer”, argumenta. “El sentido común, en el deporte, me interesa un pimiento: solo me interesa que me dejen con la boca abierta, que me apasionen, que deliren”, continúa en franco monólogo. “Pero, ¿cómo, si ahora el héroe es un técnico? Pero ¿cómo, si las virtudes son el trabajo y la paciencia?…¿Y los términos? ‘Líneas de pase’, ‘presión alta’, ‘armas equipo’. La improvisación truncada, las jugadas de laboratorio. Voy a un estadio a perder la cabeza, no a mirar por el microscopio. Y, por tanto, ha dejado de gustarme el fútbol: no me hace feliz”, finaliza, contundente, su soliloquio, y vuelve nuevamente a recluirse en su exilio de nicotina.

El televisor se enciende. La ceremonia inaugural aparece en pantalla con la fastuosidad, ostentación e imponencia que la caracterizan. “Lloremos por nuestros hijos, nacidos bajo la sombra de los estadios, prostíbulos de la gloria”, se lamenta Álvaro Mutis. Una toma impresionante de la multitud que atesta el gigantesco estadio sobrecoge a todos, y lo comentan en voz alta. Borges escucha, no se deja deslumbrar y suelta con altivez: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Luego se para y se va. Le siguen los que detestan el fútbol. “El mundo se divide entre los que no tienen interés en el Mundial y los que no estamos dispuestos a perdernos ningún partido”, le dice Bayly a Galeano. “Si hay alguna forma de vida después de la muerte, espero que sea posible seguir viendo los mundiales por televisión, de otro modo será el infierno”, cierra.

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