Caracas en ambulancia

Las ambulancias son parte de los sonidos de la urbe y escucharlas es tan cotidiano que generalmente olvidamos que sus sirenas anuncian una emergencia. Lo cierto es que nunca reparas en cuántas rondan la ciudad hasta que estás esperando una, hasta que la vida de tu papá, por ejemplo, depende de que alguna de esas sirenas que se mueven nerviosas por las calles se detenga frente a tu puerta.

Mi papá se despertó mal. Ha pasado todo el día en cama. El pecho le duele y le cuesta respirar. Trato de ayudarlo pero me resulta imposible. Se deteriora rápido: necesito pedir una ambulancia. Lo observo por un momento: su tórax prominente, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, el cuello tenso, sus hombros que suben hasta el cielo en un intento desesperado por atrapar un poco de aire, sus clavículas hundidas y sus costillas que revelan agujeros y contornos espantosos, una exhalación que parece apagarse.

Tengo una emergencia. Mi papá no puede respirar, no puede moverse. 59 años. Chacao. Bello Campo. Desde la tarde comenzó a complicarse, no pudo dormir y ahora no puede pararse de la cama. Se cansa demasiado, se fatiga, no puede respirar. Tiene Epoc estadio 4 y le diagnosticaron cáncer hace unos meses. 2679387. San Remo. ¿Tienen un tiempo estimado? Ok.

No puedo evitar recordar a mi hermana. Ella es médico. Hace unos años tomó un avión a España y, desde entonces, nunca regresó. Alguna vez, llegando de una guardia, me dijo: “El que quiera conocer la verdadera Caracas, que se monte en una ambulancia. El tráfico de esta ciudad es el reflejo de lo mejor y lo peor de su gente”.

La vida es una sala de espera; un reloj que baila y se burla. Son las 5:55 de la tarde y comienza la verdadera agonía: sabernos impotentes. Vamos a vestirnos. Tratemos de comer. Tienes que tratar. Respira, respira. Cálmate, respira. Él me mira, asiente con lentitud mientras bota aire por la boca, como soplando las velas de los cumpleaños que quizás ya no vendrán.

Pienso en que, desde alguna calle embotellada, viene la ayuda que tanto necesitamos. Suenan sus sirenas de emergencia, pero todos estamos tan cansados. Quizás si ellos supieran que se trata de mi papá, cederían el paso. Seguro que lo harían. Pero las tragedias sin rostro ya casi nunca convencen a nadie, mucho menos cuando tenemos entre manos una meta tan importante como salvar el país: nuestro país.

Cuando mi papá por fin tiene camisa y un jean son las 6:46pm. Cada intento por contener el aire es más agónico, la piel continúa pegándose a los huesos, dibujando los contornos siniestros de un cuerpo cansado. La tensión parece menguar un momento pero es sólo porque nos acostumbramos a ella. Son las 7:00 y la ambulancia no llega. Nos paramos y decidimos esperar en la sala.

Son las 7:20 de la noche cuando levanto el teléfono. Hola, llamé hace más o menos una hora para solicitar una unidad a Bello Campo. Mi papá está mal, se está descompensando y no respira. Y ya sé: no es culpa de nadie, ellos no pueden hacer nada, las calles se están derrumbando, pero me aseguran que ya están cerca y me sugieren que espere abajo. Ya vengo, papi.

Bajo por las escaleras. Cuando salgo a la calle el olor de las bombas lacrimógenas me inunda la cara. La ciudad parece estar llena de ambulancias, de vidas atascadas en el tráfico capitalino. Escucho sirenas que van y vienen. Al fondo, suenan detonaciones como campanas. Continúa la espera, el cansancio, la agonía, las maldiciones, las oraciones, todo en una ráfaga de esperanza y de tristeza. Entonces aparece una camioneta verde, 4×4, y su sirena se dirige hacia mí. “Unidad móvil”, leo a lo largo de sus dos puertas.

Todo sucede deprisa. Una doctora muy joven y dos paramédicos se bajan de la camioneta, cada uno sujeta sobre su nariz una gasa empapada en vinagre. Hacen las preguntas de rutina: edad, condición, ¿toma algún medicamento? Abro la puerta de casa y mi papá recibe a todos con una sonrisa de desesperanza. En 10 minutos la doctora lo examina y decide que no podemos esperar por una ambulancia, es necesario trasladarlo de inmediato a la clínica.

Los paramédicos toman cada uno por un brazo a mi papá. Lo levantan en un esfuerzo que para él parece ser atroz. Una vez de pie, inician su camino hacia el ascensor. Paso a paso. Veo pasar frente a mí el dolor de una persona que amo, y en él se reflejan a su vez tantas personas más, las carencias que se ocultan detrás de cualquier ideología, de cualquier revolución, del apasionamiento o de la indiferencia; me golpea en la cara un país que se nos viene a los hombros.

Nos montamos en la camioneta con dificultad. Al segundo siguiente estamos rodando Caracas, la verdadera Caracas, a toda velocidad. Mi papá se va quedando sin aire. La camioneta esquiva mirones y manifestantes que no dan paso, se desplaza entre motos de guardias nacionales, carros, cornetas, más motos. Mi papá no respira, cierra los ojos.

Barricadas prendidas en fuego obstruyen las vías, la camioneta se monta en la acera y no se detiene. Llegamos a la entrada de la autopista, suenan nuestras sirenas, la corneta, aceleramos. Un guardia amenaza con detenernos y al segundo siguiente otro lo increpa, nos da paso. Me atormenta esta ciudad de aire infantil, pueril, que hace daño sin saberlo y que quizás si lo supiera se arrepentiría, se detendría, nos daría una oportunidad.

Atrás queda el disturbio, la rabia, el forcejeo. Nos adentramos en un silencio melancólico frente a una autopista vacía que se abre ante nosotros. “La ciudad indomable, eufórica, agreste. Caracas siempre ha sido así. Pero a veces nos encuentra en ella la satisfacción, la tensa calma de sabernos en el ojo del huracán. En silencios como este, Caracas se redime”, sentencia mi papá haciendo un gran esfuerzo entre jadeos. El resto del camino transcurre en sosiego.

La Caracas intransitable abre sus caminos, se descubre como lo que es: una ciudad de figuras nostálgicas, de calles en construcción o a medio iluminar, de edificios viejos, de lucecitas que resplandecen en la lejanía y resguardan vidas anónimas, la Caracas fresca, la Caracas de color anaranjado, la ciudad que se defiende del olvido y por eso nos ruge en la cara. Ciudad remolino.

Llegamos. Nos recibe un cartel que informa que la emergencia no está admitiendo pacientes. La doctora nos asegura que cuando vean a mi papá lo dejarán pasar. Nos disponemos a continuar cuando sale a nuestro encuentro el doctor encargado. Lo examina dos minutos y permite de inmediato la entrada. Nos ordena dirigirnos hacia una puerta que se encuentra al bajar una rampa.

La camioneta se pone otra vez en movimiento. “Vamos a tratar de que sea rápida la admisión”, afirma la doctora casi gritando pues las sirenas de nuevo nos ensordecen. Y entonces frenamos en seco, se nos atraviesa la ciudad de la furia. El paramédico sostiene a mi papá justo antes de que su pecho golpee el espaldar del asiento de enfrente. Dos cornetazos se chocan.

Cuando miro hacia afuera me encuentro con un mototaxista indignado que parece esperar nuestras disculpas. Un segundo después él arranca y su parrillera nos menta la madre. “¿Están bien?”, pregunta la doctora. “Tranquilo que ya vamos a llegar”, le dice a mi papá. “Vamos, vamos, vamos. Arranca”, hace un gesto suave con su mano, como empujando el desaliento. Continuamos nuestro camino y descendemos por la rampa en silencio hasta llegar a las puertas de la emergencia. La unidad se detiene. “Este país se fue a la mierda”, deja escapar la doctora antes de salir.

 

Por Gabbi Consuegra | @GabbiConsu

*Esta historia fue tercer lugar en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

 

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