Ese valle de balas

FOTO: Prodavinci

Suelo pensar en Caracas como un poema con errores ortográficos. Una ciudad que descansa bajo el manto vigilante de su deidad, el Ávila, y que alterna el canto de los pájaros con el retumbar de las balas.

En 1997, la agrupación Desorden público lanzó una de las canciones más icónicas de su discografía: Valle de balas. El siglo XXI se asomaba en el horizonte y la inseguridad –salvo en zonas privilegiadas– era un motivo de preocupación que lejos de desaparecer iba en aumento.

Podría decirse que la pieza sigue más vigente que nunca. Salvo por una línea, esa que dice que plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta. Hoy ocurre todo lo contrario: el miedo construye mitos y leyendas que empujan a las personas a vivir en un continuo encierro. O en la aburrida repetición de un trayecto que se recorre en dos direcciones: de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa.

Caracas es una ciudad donde los camarones soñolientos terminan ahogándose por el ímpetu de una marea que desconoce de clemencias. Y los no soñolientos, con frecuencia, también. Pero, al mismo tiempo, es la ciudad en la que he sido capaz de prosperar, de enamorarme, de avanzar, de hacer amigos, de vivir reencuentros y despedidas. Es una ciudad arropada por las mismas emociones que surgen en cualquier otra parte del mundo. Solo que aquí, hay que decirlo, el miedo es un vigilante cotidiano. Un vigilante que a veces solo significa zozobra. Y otras, un poco de sangre o de balas.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Caracas? ¿De Los Palos Grandes o de El Valle? ¿De Antímano o de Chacaíto? ¿De Los Dos Caminos o de Petare?

¿Y qué hay de esa masa de persona que duerme en las periferias pero que día a día enfrenta la lucha cotidiana en la capital del país, porque, mal que bien, es ahí donde creen encontrar más oportunidades que en los alrededores de sus casas? ¿No representan también estas personas una parte significativa del rompecabezas caraqueño?

Cada quien mira la ciudad desde su acera. Y ahí, cada visión es distinta. Mientras unos se quejan del Metro, otros se quejan del tráfico. Y muy pocos hablan bien de ese río de excrementos que atraviesa la ciudad. Aunque haya grupos de personas que lo recorran en busca de tesoros perdidos que les permitan subsistir.

Caracas podría ser, más bien, un poemario con errores ortográfico en el que una mezcla de estilos se pelean para encontrar una voz uniforme. Una voz que nunca se termina de formar.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y pienso en varias canciones que ayudan a ilustrar la ciudad: Valle de balas, En la ciudad de la furia, Pueblo podrido. Y pienso, al mismo tiempo, en que todas tienen versos que describen algo de la ciudad, pero que ninguna termina de precisarla. Quizá porque somos sus habitantes quienes la obligamos día a día cambiar: quienes la construimos, destruimos, gozamos y padecemos. Todo sin terminar de entender las mil realidades que confluyen a nuestro alrededor. O lo que es lo mismo: sin terminar de comprendernos entre nosotros.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y antes de soplar velas, deberíamos empezar a vernos a la cara.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

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