De los Dioses del balón a los grandes obreros del siglo XXI

Todos vimos lo que ocurrió sobre la estepa rusa durante el tiempo que duró el mundial de fútbol. Semana a semana quisimos comprender el tenor de estos duelos futbolísticos y muy pronto nos dimos cuenta de que la matemática, la fría estadística y el montón de datos que hoy se generan a partir del juego, de la pura actividad física de los cuerpos, de los perfiles y del historial de las escuadras, no bastan por sí solos para sintetizar lo que estaba ocurriendo sobre el césped de la tierra de Putin y del hombre post-soviético.

Tal como viene ocurriendo cada cuatro años con la organización de los Mundiales, el complicado entramado que produce una pelota y veintidós hombres corriendo tras de ella, escapa completamente a lo fáctico y se transusbstancia en un imaginario que se desborda y no admite que se le circunscriba al exclusivo territorio de lo deportivo. Un partido es siempre más que un partido. Un jugador es mucho más que su fama inmediata, puesto que entran en juego complicadas operaciones de diferenciación y comparación que hacen del fútbol una verdadera gramática de lo universal, en el que las pasiones, las idiosincrasias, la política, la ideología, la literatura o el arte se reordenan de acuerdo a una lógica planetaria y espectacular del partido de turno.

¿Cómo es esto posible? ¿Por qué un partido termina siendo juzgado en los mismos términos heroicos del David contra el Goliat, entre la potencia y la colonia, entre la Europa aria y la de los inmigrantes, entre las invasiones napoleónicas o del poder nazi y las consecuentes derrotas imperiales sobre la estepa? ¿Por qué un duelo latinoamericano con una nación europea abre todos los torrentes para pensar la historia del capitalismo y la dominación de los imperios de turno a lo largo de la modernidad? ¿Por qué en un mundial siempre se activa el discurso de lo patriótico, el de la dignidad de los pequeños y hasta la idea de hacerse respetar como no se puede hacer respetar a una nación pequeña, endeudada o débil en una mesa de negociación política o económica?

Más allá de que el fútbol sea un deporte de los vivos y por tanto su juego se preste a las imágenes o metáforas  más vitales, sigo pensando que este “espesor” con que nos involucramos en un Mundial, con todo un arsenal de hipótesis, referencias históricas y literarias, se ha venido acentuando a medida que la sociedad líquida, donde lo evanescente toma primacía, logra imponerse de manera incontestable. Ya lo decía Monsiváis en los años 90: la patria dura 90 minutos, el Estado-nación es un partido de la selección nacional, todo lo demás forma parte del espectáculo.

El fútbol, en el contexto líquido de nuestra civilización, ha venido adquiriendo una lógica de museo, donde importan de manera relevante sus archivos,  por la originalidad o por el contexto específico donde se les puede articular. A partir del fútbol, o gracias a él, se establece un discurso de la inmortalidad, puesto que posee todos los elementos para que se elabore una narración que enlaza pasado y futuro, orígenes y destino a partir de las hazañas de una selección nacional y de sus jugadores. Al punto de que una selección, en el contexto de un mundial, es mirada, evaluada y juzgada como una intervención estética que remite a varios tiempos, como un performance o instalación donde pasado, presente y futuro acaecen en 90 minutos.

¿Cuál es la imagen de Rusia 2018?

Durante cuatro semanas asistimos a un torneo épico sobre la estepa y buscamos figuras e imágenes que pudiera describir cómo fracasaban uno a uno los grandes favoritos (Alemania, España, Argentina, Brasil, Uruguay, los “dueños y señores” de los grandes archivos del museo futbolístico). Pasamos de Tolstoi a Dostoievski para entender que las derrotas no sólo ocurren sobre el espacio de la estepa sino que también tienen resonancias en la mente, donde hay crímenes de los que nunca logramos reponernos, por culpa o por castigo. Quizá la solución rusa no esté en esa alma dostoievskiana ni en el absurdo de una derrota imprevista, como si se tratara de un cuento cómico de Gogol o de Bulgakov. Según Dostoievski, el alma rusa siempre desafina, tarde o temprano se excede, no se acopla, es carnavalesca por sus diversos atuendos, sufre de agorafobia y por eso mira lo de afuera con fascinación para después expulsarlo en forma de crimen. De allí que el Mundial haya oscilado entre la épica fallida de los grandes, el crimen de los pequeños y lo cómico de una final con faltas inexistentes, errores de arquero y goles imprevistos en los primeros treinta minutos.

La solución rusa, la que al final se impuso en este Mundial, hay que buscarla no en la literatura sino en el arte y sus vanguardias. Después de tantos partidos, la materia informe con la que se inicia un Mundial se termina reduciendo a su expresión mínima y definitiva. Esta es propiamente la solución rusa, una versión suprematista de Kazimir Malevich que materializa las pasiones humanas, los tiempos y la historia en una imagen única y eterna. Las vanguardias artísticas pensaron un arte que nunca desaparecería, un arte que tenía por hábitat el futuro, lo que nadie podía ver, salvo el artista.

Malevich, puede decirse en este caso, miraba ya en 1913 una final de fútbol entre Francia y Croacia que se realizaría en el futuro, un domingo de julio de 2018, sobre el geométrico césped de un estadio en Moscú. Malevich, en ese sentido, mira que lo verdaderamente eterno del fútbol y de la vida es que haya una diferencia definitiva, la que se establece entre un ganador y un perdedor, no importa cuál. Malevich, en su Cuadrado negro sobre fondo blanco (1913), representa el valor mismo del archivo, el triunfo de una forma o del marco que la diferencia o la separa definitivamente de lo profano y de lo mortal, de la corrupción del instante.

Malevich no sabía en realidad la menudencia del caso que pintaba en 1913, la crónica de color en la que una selección de hijos franceses de la migración logra ganar en 2018 un campeonato Mundial. Pero en cambio describió perfectamente el mecanismo de lo que queda protegido, en nombre del ganador, en un archivo futbolístico. Lo demás se corrompe en el tiempo y pasa al olvido, tal como ocurre con esos juegos inexplicables que definen el tercer y cuarto puesto de un Mundial. Esa mirada de Malevich, la que describe con su arte lo que sobrevivirá al tiempo, es lo que diferencia a todo artista del profeta.

Maradona versus Messi, lo eterno y lo ligero

Si puede materializarse esta idea del archivo de larga duración y de lo efímero en el fútbol, quizá debamos recurrir a la áspera comparación entre Maradona y Messi. La gente tiene más de veinte o treinta años puteando a Maradona por periquero, por fidelista, por chavista, por violencia doméstica, por alcohólico, por marginal orillero, por mafioso, por vividor, por impresentable y el tipo sigue allí como si nada, siendo la referencia única del fútbol argentino en los Mundiales.

Maradona es el ejemplo perfecto de alguien que se ha asegurado un puesto estable en la historia de los archivos. Eso lo hace no-biodegradable, tiene un cortafuegos que lo inmuniza completamente de sus propios excesos y de las críticas que, de paso, lo dejan más vivo que muerto en las redes sociales. Sobrevive a todo, Maradona, como las cucarachas que, se dice, son capaces de superar una desértica era post-nuclear.

El tema es que Messi es el consentido del fútbol actual, la estrella que durante años lo ha logrado todo en el contexto de los torneos de clubes. Pero Messi tiene un problema definitivo: no podrá entrar como figura original en los archivos de la selección argentina. Y pensar que Messi era el único mortal que podía disputarle –de hacerse Argentina campeona del mundo– el puesto que tiene Maradona en la exclusiva zona de la inmortalidad.

Si Messi lo lograba, para bien de la salud mental del pueblo argentino, el arquetipo mítico del sur estaría bastante completo: la figura dionisíaca encarnada en Diego y el apolineo casi autista que materializa Messi. Si lo lograba, las pasiones se repartirán de aquí en adelante en un sano equilibrio cósmico: inspiración o disciplina; carisma o vida interior; maníaco-depresivo o autista. Instinto o matemática. Pero no pudo ser. Esto augura próximos Mundiales con un Maradona a sus anchas, en plan de inmortal indiscutible. Ya seguiremos viéndolo meterse todo el vodka del estadio en la grada y después aparecerá inmortalizado en las redes sociales como un Dios ebrio que abraza el sol que hace triunfar a la Argentina del futuro.

¿Messi está condenado al olvido?  Quizá no. Cabe que ese autismo de Messi se deba, precisamente, a una protesta, a una especie de renuncia, de indisposición silenciosa a no querer trasladarse al mundo heroico de los “eternos” que soportan todo, incluso la más patética de las decadencias. A Messi quizá no le alance la condición de superhombre para disputarle un puesto a Maradona en el Olimpo solitario del que lo ganó todo con la selección nacional. Pero quizá fraguó en el largo ciclo con la Albiceleste su propio archivo de larga duración: el Dios que renuncia a ser dios, un incomprendido que no cabe en la escala mortal del Estado nación. Quizá por esa vía, Messi aún tenga vida después de la vida. Un Dios más cruel, si se quiere, que recuerda que intentes lo que intentes nunca dejarás de ser más que un pobre mortal.

El Dios del mercado y los otros divinos

Después que desapareció el maná argentino del Mundial, con la derrota ante Francia, vale la pena insistir en la dimensión de inmortalidad (o larga duración) que tienen algunas figuras del fútbol. Pelé, por ejemplo, es como el Dios de la magia buena, de sus botas brota lo inverosímil como los magos cuando se sacan conejos del sombrero, es el Dios que hace todo fácil y de su leyenda viene esta idea del “jogo bonito” brasileño. Maradona, sabemos, es todo lo contrario, un Dios heroico, de los que se monta al mundo entre los hombros y cuando conecta no hay mortal en pie (ni potencia futbolística) que se le resista.

Pienso también en arquetipos comparables a Maradona, por el espesor heroico que poseen y trascienden, por tanto, el sentido de lo futbolístico. Pienso en Zidane, por ejemplo, el francés de padres franco-argelinos que con alguna traza de ese Otro de las colonias absorbidas o recicladas (berbero), capitalizó con su talento e inteligencia las potencialidades de toda una generación y llevó a la Francia multicutural hasta el campeonato del mundo en 1998. Logro inédito el de Zidane, que no alcanzó Platini, otro francés no tan francés, de origen italiano, que también tuvo un exquisito trato con el balón.

Zidane muestra rasgos de ser de una estirpe distinta a dioses como Pelé o Maradona. Tuvo la osadía de renunciar al tesoro de su propio archivo, archivo único como el de Maradona, y ha reescrito su nombre en los últimos años no como el inmenso jugador que fue sino como el técnico más exitoso que hay en la actualidad, con tres Champions ganadas al hilo.

Maradona también lo intentó, como Zidane (de hecho fue director de la albiceleste en el Mundial de Alemania 2006), pero su fracaso circular y permanente le ha dado paradójicamente otro poder y también una estética, que sirve o alimenta ese extraño maná museístico que nos remite a sentimientos y emociones profundas y arraigadas, casi tribales, del siempre derrotado pero predispuesto a los milagros y a los golpes iluminados de timón.

El “Dios Zidane” parece estar hecho de otra materia. Es el Dios que describiría el coreano-alemán, Chul Han, como el perteneciente a la sociedad del rendimiento. El que se explota a sí mismo con tal de no perder su sitio en el presente. El Dios de lo actual, donde el aura de la versión original (e histórica) se disemina con las tácticas, las versiones y el performance del último éxito, el más reciente. Zidane es el Dios de la movilización permanente de cualidades, del flujo incesante de energía y de los esfuerzos más allá de los límites.

Si hablamos de la autofagia como el acto más radical de todos, Zidane representa quizá al Dios maldito capaz de devorarse o de vaciarse a sí mismo, con tal de que no se consuma su imagen sonriente, del que nada lo atraganta ni nada lo aparta del sentimiento presente de la multitud.

Zidane es el Dios que ha sabido movilizar y gestionar su propio exceso (su dimensión de inmortalidad atada a un hecho exclusivo), por eso es contemporáneo al mercado y sus ofertas, contemporáneo a la fama y al éxito más reciente, el de última hora. El Dios que apuesta y todo le sale bien.

Los obreros calificados y el nuevo protagonismo

La única manera de entender por qué a los dioses del fútbol ya no les basta el archivo museístico para vivir la inmortalidad, puesto que quieren eternizarse en el presente, al estilo Zidane, es aproximarnos al tipo de jugador que hoy captura la atención por ser la pieza más funcional y talentosa de un esquema de juego casi marcial donde triunfa lo colectivo sobre lo individual.

Este Mundial no fue precisamente de goleadores brillantes sino de grandes trabajadores. Volvimos a la era industrial. Eso sí, se trata de una mano de obra sumamente calificada. Hablan con soltura varias lenguas, la de la defensa, la del medio campo y la del ataque. Aprenden, además, muy rápidamente la lengua del contrario. Tienen una conciencia del espacio que los acerca a los mejores geógrafos. Se paran tan bien, y con ellos todo el equipo, que casi nunca un mueble queda fuera de lugar, por tanto son grandes diseñadores de interiores y como de ellos depende toda la estructura, son también los auténticos arquitectos de la obra.

Los grandes trabajadores de este Mundial demostraron tener un conocimiento muy avanzado en artillería militar, poseen técnicas de aviación y cuando les toca bajar, no se acomplejan y regresan a la vida de los humildes albañileros. Lo más inquietante de este perfil laboral es que hacen de la pelota un poema, un pase que nace de sus pies en un momento dado no sólo cambia un resultado matemático sino que reordena las pasiones universales, sin distingo de raza, de género o de clase social.

Están mentalmente preparados para escribir un microcuento con eficacia letal, que noquea rápidamente al contrario, pero a su vez tienen la convicción suficiente para montarse un partido difícil sobre los hombros y tejer una novela complejísima con muchas voces y de varios géneros. ¿Lo mejor de todo? No son robots. Un argumento más para seguir confiando en la humanidad y sus facultades. Este fue el Mundial de los grandes obreros calificados: Modric, quien se llevó el trofeo; De Bruyne, el belga; o Pogba, el negro francés más invisible que tuvo Deschamps en el esquema de ataque de los campeones mundiales 2018.

A fin de cuentas, esta también podría ser la historia de este Mundial: cómo pasamos de los antiguos Dioses a los grandes trabajadores del siglo XXI.

Una revolución secular viene ocurriendo en el fútbol. Y es una ironía que la hayamos visto florecer en la Rusia de Putin y del hombre post-soviético.

 

Por Héctor Bujanda | @bujandah

Deja tu comentario

You May Also Like