Una trilogía que muerde

Uno se imagina a Héctor Torres pateando la ciudad, adentrándose en el Metro, como un Clark Kent que disfraza su visión de rayos X: esa capacidad de observar cada situación con la sensibilidad de los que entendieron que si el intelecto no está al servicio de los sentimientos y emociones resulta absolutamente inútil.

Autor de dos libros de cuentos (El amor en tres platos y El regalo de pandora) más una notable novela (La huella del bisonte), fue su primer libro catalogado de no ficción el que desató la popularidad con la que hoy cuenta Héctor, la misma que le ha abierto un importante espacio dentro de la literatura venezolana actual. Caracas muerde era una apuesta peligrosa: un título tan potente podía ser superior a la obra. No fue el caso: las historias que comprenden este bien cuidado volumen suenan con la prolijidad de esas canciones que hablan directo al corazón.

Mientras en ciertos ámbitos se empezó a ver a Héctor Torres como un caracólogo, él siempre reivindica que lo suyo en contar historias. Aunque el tono narrativo se perdió un poco en su siguiente publicación, la que él consideró una precuela a Caracas muerde. En Objetos no declarados, ese aire de voyeour que ve el mundo desde su esquina y lo digiere en silencio adquirió un tono un poco más discursivo. Trató de poner en palabras concretas esos elementos que caracterizan a los venezolanos y que hacen de su identidad algo inconfundible en el extranjero.

Y cuando creíamos que ya todo estaba cerrado, que viviríamos de consumir las sucesivas adaptaciones a Caracas muerde en los múltiples formatos en los que uno se lo pueda imaginar, que el siguiente paso sería la internacionalización, las traducciones o al menos que el libro siguiese encontrando lectores, apareció un nuevo volumen de historias con el que Héctor Torres y Punto Cero (su casa editorial) planean dar cierre a una trilogía que ha sabido hablar a su público.

La vida feroz llegó en uno de los momentos más álgidos de la crisis venezolana, y se ofreció como un compendio de historias de resiliencia, aunque la verdad es que quizá el elemento que une estos relatos de no ficción es la actitud de personajes que empiezan a la deriva y luchan, en una ciudad a veces cálida y con frecuencia hostil, por encontrar su lugar en el confuso caos que los rodea. Algunos, claro, con más éxito que otros.

Pese que ninguno de los últimos dos libros estuvo a la altura del primero, los tres son muestras del talento de uno de los narradores más sólidos que tiene hoy día Venezuela. En ellos se consolida una voz capaz de contar desde improbables historias de amor hasta hechos de una brutalidad ensordecedora, con la melodía de una balada pop que se ocupa de conmover a los lectores para que piensen el mundo desde el corazón.

La trilogía ha sido ponderada con adjetivos tan diversos, con testimonios tan extraños –desde los que afirman que se inundaron de pesadillas hasta lo que dicen que las historias los empujaron a vivir–, que el autor tuvo que concluir en una entrevista que cada quien ve en sus libros lo que lleva dentro de sí.

Si me preguntan (y yo sé que no lo están haciendo) la trilogía en total tiene un aire que se condensa en una frase y un epígrafe. En Caracas muerde se afirma que en esta ciudad, después de todo, se pudiera vivir como en cualquier otra si no fuese por el miedo. Y en La vida feroz, se cita a Will Smith en uno de sus momentos de mayor claridad: “Podrás ser más talentoso que yo, podrás ser más inteligente que yo, pero si los dos nos subimos a una cinta de correr, va a pasar una de dos cosas: o tú te bajas primero o yo me voy a morir”.

Solo con esa actitud se puede alzar la cara en una ciudad que es tan feroz, que muerde.

 

Por Mark Rhodes

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