Brutalidad cotidiana

—¿Todavía sigues creyendo que somos más evolucionados que los monos?

—Sí. Porque aún podemos hacer algo al respecto.

The Experiment.

Al igual que esos boleros que hacen suponer que querer partirle los huesos a alguien en un abrazo es una sana forma de sentir afecto, hay quienes se refieren a algo excelso, o asombroso, usando la palabra brutal.

¿Cómo se puso de moda la expresión? “Esa jeva se viste brutal”, “El pana juega brutal”, “Marico, ¿viste la película? ¡Brutal!” Los maestros de la demagogia comercial, Chino y Nacho, al final del videoclip de su canción Me voy enamorando muestran la palabra brutal en gigante. El dúo parece homenajear la realidad que experimenta su país, en donde el afecto es, casi literalmente, huesos rotos.

En eso pienso mientras viajo, de pie, en un vagón del Metro de Caracas. El aire acondicionado no funciona, pasamos varios minutos detenido entre cada estación, la gente hace contorsionismo. Nada ajeno a la rutina: el infierno quema no por la intensidad del fuego, sino por la recurrencia.

Frente a mí una señora, sentada, le grita a su hija de unos nueve años. En las piernas lleva a su hijo, que acaso rondará el año. La niña me ve a los ojos mientras le endosan las etiquetas de “gafa”, “carajita del coño” y “bruta”. La expresión final, aunque puede tener una acepción parecida a la palabra de moda, no genera confusión en la niña: entiende que no la están halagando. A continuación, posa la mirada sobre su hermanito, que le pide mediante ademanes una muñeca tan despeinada como ella y su mamá. La niña lo complace. “¡Míralo, sí es marico!”, grita y carcajea la señora mientras ve al bebé jugar con la Barbie de su hermana.

Caracas es el Este y el Oeste y todo lo que esa mezcla y división representa. La literatura, y casi todas las manifestaciones artísticas, suelen difundirse en el Este. Las balas suenan con mayor frecuencia en el Oeste. Así y todo, las personas y los ambientes se mezclan y aprenden a coexistir sin armonía pero con costumbre. El Metro es la prueba. Allí pasean chamos desgarbados con apariencia tuky –que en vez de llamarte “pana” te llaman “el mío”–, mientras se sube al tren una estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello con senos recién estrenados y un o sea que se atraviesa en cada oración. Del Metro solo escapan los que se encarcelan en el tráfico. Dentro de todo, Caracas puede permitirte escoger tu celda.

Una de esas chicas amiga del o sea conversa con un raquítico encorcovado, de lenguaje corporal robótico, que se apoya en un bastón. Estoy en Plaza Venezuela en el andén con dirección Palo Verde. La pareja está casi al principio de una de las filas que aguardan el tren. El flaco tiene voz de niño, ropa rota y manchada, cabello despeinado; ladea la cabeza al hablar y se queda pegado en algunas palabras.

—Car… li… ta, ¿tú tie… nes no… vio? –le pregunta el flaco a la chica.

—Sí, sí tengo –responde, riendo, viendo a los lados, sosteniendo a su, ya me queda claro, improvisado “amigo”.

—¿Y no se moles… ta si te paso a bus… car –mueve la cabeza en cámara lenta.

—No –Carlita, si es que se llama así, sigue riendo.

—Tú le expli… cas que so… mos a… mi… gos, ¿verdad?

El tren se aproxima. Carlita le dice al flaco que de ahora en adelante puede solo. Lo despide. Se abren las puertas del vagón. La gente empieza a bajar. Empujones. El flaco queda a la deriva, sin poder usar su bastón, sin poder reaccionar a tiempo para hacer lo que sea que quiera hacer. La gente pasa a su lado, esquivándolo de forma mecánica. “Panita, ven acá, te ayudo”, lo agarro del brazo y juntos entramos al vagón. “¿Panita?, yo no me lla… mo pa… nita”, “¿Y cómo te llamas tú?”, “Al… fon… so. Yo me llamo Al… fon… so”. Alguien le da el puesto. Lo ayudamos a sentarse. Seguimos hablando: “¿Tú co… no… ces a Car… li… ta?, ella es mi a… mi… ga, ¿la quie… res co… no… cer?”, “Sí”, “Pe… ro e… lla tie… ne no… vio”. Un hombre con bigote nos ve hablar. Ríe. Un par de señoras hace lo mismo. El flaco me explica que padece epilepsia. Cuando lo estoy despidiendo, para bajarme en Sabana Grande, saca una faja de billetes: “Hoy me to… có sa… lir a pe… dir pla… ta. Es la pri… me… ra vez que lo ha… go. ¡No, men… tira! Es la se… gun… da. Ya me faltan so… lo dos… ci… en… tos bolíva… res, ¿crees que los con… si… ga?” Le deseo suerte con una sonrisa. Solo eso puedo hacer.

¿O no?

En Caracas, ya se sabe, hay que bajar la voz de vez en cuando. El que se la tira de Bugs Bunny, Hulk, o Superman, corre el riesgo de quedar como el pato Lucas, Bruce Banner, o Clark Kent. Pero, está comprobado, en la jungla, el que pone la mejilla dos veces termina con el rostro desfigurado.

Por eso, con instinto de supervivencia, días antes corrí cuando un trío de adolescentes que se estaban formando como hampas trataron de robarme.

Eran las siete de la mañana y caminaba por una avenida en la que no había ni esperanza. Pasé al lado de tres enclenques con capuchas. Bajé la cabeza y seguí de largo. Se pararon, me persiguieron, crucé. “¡Dame el teléfono, el mío, dame el teléfono!”, dijo el más pequeño luego de que en su intento por obtener el pico de una botella quebrara la misma por completo. Corrí en dirección contraria hacia donde iba. Los dejé atrás y abordé una camioneta. Cuando pasé al lado de ellos, me asomé por la ventana, les lancé un beso y me eché a reír. Me vieron de soslayo y mostraron el dedo medio. Les correspondí. No sé si fue lo más inteligente, menos al ser una avenida que transito a menudo, pero, supongo, todos tenemos algo de instinto animal dentro. E ir a un médico está muy caro como para dejar que te desfiguren la cara.

En la calle sobrevive el más fuerte. Y ese es el que se adapte y entienda mejor cada circunstancia. Quizá por eso, y quizá también me esté excusando, cuando, ya fuera del Metro, compro palmeritas y escucho a una chama gritar “¡Ayuda, ayuda!, ¡atrápenlo!”, dudo. La escena se congela: todos se detienen y ven perderse a un delincuente, de menos de 1,60 metros, que se tropieza con los obstáculos de su consciencia mientras enfila hacia la Avenida Libertador. Nadie se mueve, todos nos limitamos a ver(nos).

En la sala de redacción, minutos después, me mezclo con periodistas. Un hábitat extraño en el que la mayoría puede oír y leer sobre centenares de muertos en Siria sin inmutarse, pero se sienten especialmente maldecidos cuando se enteran de que el dólar subió.

El resto de la tarde flirtearé con la frase “¿Por qué no corrí a ayudar a la chama?”, y con la duda de si podía hacer algo más por el epiléptico. “¡Coño, te pasaste de brutal!”, le dice el editor a uno de los chamos de audiovisuales que le enseña un video que hizo.

¿Y yo, también me pasé de brutal?

Al final del día, atravieso indigentes, bailadores de changa tuky en Sabana Grande, motorizados que ven con deseo las nalgas de una mujer y el bolsillo de su novio. Atravieso un ir y venir de gente en el que todos nos esquivamos sin prestarnos atención.

Ya en Zona Rental, dentro del tren, las puertas se cierran. Una de las decenas de voces conocidas empieza la retahíla para pedir dinero. Esta, sin embargo, siempre encuentra facilidad para robar la atención.

¿Cómo suena la voz de una anciana sin dientes? Exacto. Con ese tono se escucha un “Señores, buenas tardes, y perdóneme que yo los moleste”. El cabello blanco recogido en una cola. Un suéter de lana rojo. Un vestido por debajo de la rodilla. Así: rodilla, en singular. La anciana que camina apoyada en muletas, mientras pide dinero, solo posee una pierna: la otra se la amputaron.

No le cuesta aflojar el bolsillo de los pasajeros. A algunos las imágenes extremas son las únicas que los sacan del coma de la rutina. Cuando la anciana pasa al lado mío se consigue con tres muchachos vestidos con camisetas y bermudas playeras de colores. “¡Abuela, ¿cómo me le va?!”, grita uno. “Ay, mijo, se hace lo que se puede”, responde la señora. “Mosca por ahí, abuela, le puede pasar algo”, “No, sí en estos días unos policías me corrieron de por allá arriba. Y me quitaron todo lo que había pedido durante la tarde”, “¿¡Qué!? No, abuela, eso no es así. Usted nos dice quién se está metiendo con usted y nosotros vamos y pim, pum, pam: cayapeamos a esos mamawevos”.

Una amiga me dijo una vez que en Venezuela el índice de viudez es alto. Todos los índices que contabilizan lo que se cree “anormal” parecen serlo: discapacitados, homosexualidad, drogas, alcoholismo, cáncer, enfermedades del corazón. Ahora me pregunto, ¿cuántos lisiados circulan en Caracas? ¿A cuántos ignoramos? Hace días, en Capitolio, vi una patineta. El estereotipo de los skates los describe como tipos desarticulados, de ropa holgada y pantalones rotos. Amantes de la comida rápida, quizá de los porros, y –más que nada– de los huesos quebrados. Esos prejuicios se rompieron cuando noté que sobre la patineta, que rodaba por el andén, no había un pie, sino un torso.

Dos brazos largos “remaban” sobre el piso. Un tipo mutilado de la cintura para abajo estacionó su patineta en una fila, esperó que llegara el tren y lo abordó.

Tras bajarnos en Capuchinos, el “skate” nos zigzagueó hasta encontrar la fila menos poblada para esperar otro tren. “¡No vale!, ¿¡tú eres marico!? ¿¡Cómo tú me vas a hacer así, el mío!? ¿¡Y si me caigo para allá!? ¡No vale, si eres mamawevo!”, el tipo se dirigía a un estudiante, camisa azul, que lo veía con cara de náufrago. Quienes estaban cerca de mí alternaban el rostro del adolescente con el del “skate”, hasta que el segundo continuó su camino y, como si una mano invisible pasase un interruptor, todos agacharon la cabeza.

El lenguaje nos desnuda, retrata y condiciona. Construimos la realidad a partir de él. En Venezuela, pareciera que confundimos lo espectacular con la violencia. O puede que hayamos encontrado belleza en la brutalidad. Sea cual sea el caso, vivir dentro de una tribu sin copiar algunas de sus maneras es un desafío a la altura de muy pocos.

Llego a Las Adjuntas. Una docena de personas se golpea para entrar al tren, mientras nosotros lo queremos desalojar. Entre empujones, mentadas de madre y amenazas, una mujer con un bebé en los brazos trata de salir. “¡Cuidado, que la señora lleva un bebé!”, el grito sin rostro pone stop en la escena. La fauna salvaje se detiene. Nadie entra, nadie sale. Quietos todos. La señora pone los dos pies fuera del vagón y, okey, continúen. La batalla se reanuda.

La sincronía de la escena hace suponer que es interpretada por un grupo de danza cuya coreografía está llena de colores oscuros, sinfonías que invitan a la melancolía y movimientos que oscilan entre la brusquedad y el desgano. La voz del coreógrafo invisible se evapora. Y yo, el único espectador consciente, solo puedo exclamar: “¡Brutal!”

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

*Esta historia recibió mención en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

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