#DomingosDeFicción: Cuerdas de metal

Un trozo de queso, fresco y duro, remojado en leche para sacarle la sal. Una arepa asada. Un café cerrero. Nada mejor para completar el desayuno. Si el día hubiese estado lluvioso, se habría ido a recostar debajo de un moriche para reposar la comida y sentir el abrazo de la tierra del llano. De seguro se echaría aire con su sombrero, a la espera de que el ganado bajara de pastar y se metiera solo en los establos para guarecerse del agua. Lejos del morichal y del ganado, la lluvia es su única compañía en la marcha por tierras extrañas. Las gotas le mojan hasta el alma y no hay palmas en donde refugiarse.

Para el Soldado, el aguacero es especialmente incómodo. El sudor y la lluvia han hecho un canal en su cuerpo que conduce directo al talón de su bota izquierda. Cada paso es un chapotear que le desgarra la piel. Le gustaría detenerse a vaciarla, pero no quiere arriesgarse a desatar los gritos del Sargento.

El viento huele a pólvora y a tierra mojada. El suelo comienza a cubrirse del gris que ya ha visto antes. Sabe que pronto llegará a su destino.

— ¡En Barranquilla se acaba esto! –eran palabras tan familiares que ya las hacía suyas.

Al enlistarse, no sabía muy bien que era eso llamado guerra. En principio, pensó que sería como en las películas de la televisión, con ametralladoras, aviones y tanques, en búsqueda del fulano Charlie. Un camión grande, con una capota de lona verde, fue el preludio que marcaría la diferencia de la realidad con las películas en el cara de vidrio. Subió al cacharro de un empujón y se sentó en el primer espacio vacío. Había muchachos de todos los pueblos, vestidos igual que él con guerrera, pantalones camuflados y cascos en las cabezas. Se colocó el fusil entre las piernas y vio por las rendijas el manto de su llano que se iba borrando tras la nube de humo que dejaba el camión. Tres años de sudor, fuego y peleas dieron al traste con sus suposiciones de adolescente sobre batallas con helicópteros sobre la selva.

Lejanas detonaciones calientan la lluvia. Todo se estremece, aunque el Soldado no sabe si son sus piernas o el suelo que pisa. Al menos de algo está seguro: si está temblando debe ser por el frío y no por miedo a la muerte, pues a la fulana le perdió el respeto la noche que recuperaron Maracaibo y tuvo que apagar su primera vida.

—Después de la primera, todo es más fácil –le dijo el Sargento tras aquel disparo que él le hiciera a un rostro igual al suyo.

Desde entonces, el cráneo partiéndose en pedazos y tiñendo el aire con una nube escarlata ha salido a saludarlo cada vez que escucha una explosión. Es su marca de la muerte. A veces, el Soldado le responde el saludo; otras, escupe a un lado y la mira con indiferencia. Le gustaría saber más de ella, pero en el cuartel no le enseñaron nada con respecto al trato hacia la innombrable, salvo que era mejor ni siquiera pensar en ella.

De su breve entrenamiento, apenas y aprendió a armar y desarmar un fusil, y, por supuesto, a cargarlo como a un recién nacido. También lo enseñaron a pararse firme y sin pestañar, en especial al escuchar el discurso diario sobre amar y liberar a su tierra de la plaga invasora.

— ¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento.

Comienza la rutina que el Soldado tanto conoce: disparos, detonaciones, cráneos en nubes púrpuras. Él espera que si un tiro contrario lo alcanza, le dé justo en el corazón. No soporta la idea de quedar con sólo tres dedos, como el mocho Antonio en su pueblo, quien perdió media mano por un tiro de escopeta que le dieron al intentar robarse unos lechones en una granja vecina. Los silbidos le rozan el mentón, aún lampiño. No intenta cubrirse, sino que se arroja de frente para disparar con más atino. Una esquirla rebota en el suelo y se le incrusta en la pierna. Lanza una mentada de madre y baja a la trinchera a revisarse.

Al verse el muslo sangrando, teme un destino peor que el del mocho Antonio y es quedar sin una pierna, igual que el viejo Miguel, dueño de la vaquera en dónde trabajaba en verano. El viejo quedó condenado a andar con muletas y un muñón amarrado en el lado derecho del pantalón, aunque siempre altanero, como un gallo arrecho de pelea, que usaba la muleta de la pierna buena como pico para saltarle encima a los contrincantes. El Soldado se saca la esquirla con los dedos y un chorro de sangre la acompaña. Aprieta los dientes y se amarra la herida con un pañuelo. Se da unos golpecitos en la pierna adolorida y se dice a sí mismo que, si la pierde, igual agarrará su fusil y lo usará como pico para matar a cuanto enemigo se encuentre.

La batalla es corta. El ejército contrario retrocede. Los combatientes que han triunfado van saliendo de sus trincheras como pequeños insectos, que excretan gris y negro a su paso, y chillan canciones sobre la victoria. La marcha se reanuda con ánimos renovados, pero no para el Soldado, pues debe lidiar con una pierna mal vendada y una bota que chapotea.

Un Cabo mira el paso lento del Soldado y le increpa:

—¿Por qué arrastras las suelas? Si el Sargento voltea, te va a joder.

—Es que hoy me pesa la muerte –responde el Soldado con tono risueño.

El Cabo agacha la cabeza. La innombrable no es bienvenida, mucho menos luego de una batalla. Para el regimiento su sola mención es sinónimo de mal agüero. El Cabo queda en silencio un rato, luego retrocede y lleva fuera de la fila al Soldado para preguntarle:

—¿Antes de que esta guarandinga comenzara, alguna vez te tropezaste con la pelona?

—Sí –dice el Soldado y aprovecha la pausa para ajustarse el pañuelo-venda de la pierna–. Fue en el caserío de Morón, cerca de mi pueblo. Yo estaba pasando una temporada por esos lados en casa de mi tío Numa. A él le gustaba pescar y un día me convidó para ir al río, pero la parca lo agarró cuando me enseñaba a preparar carnada de pez culebrita. ¿Tú sabes?, esos grisesitos y pequeños que siempre hay en agua dulce. Bueno, resulta que esos bichos son buenos para la pesca, sólo les debes cortar la cabeza, entonces ellos como que se inflan y listo, los metes en el anzuelo. Resulta que mi tío les arrancaba las cabezas con los dientes. Ese día hizo lo mismo, pero sin querer se lo tragó entero. El condenado pescado se infló cuando le estaba pasando por al garganta. Le cortó la respiración. Él me señalaba el cuchillo y me hacía señas para que le abriera el cuello, pero no tuve las bolas… Quedó frío ahí mismo.

—Yo nunca tuve contacto con la pelona –le responde el Cabo con indiferencia–. Allá en la costa nada más hay ánimas en pena y sobre todo aparecidos. Andan siempre de aquí para allá. Les gusta pelearse entre ellos. Siempre gana uno y el que pierde se pone bravo y sale a asustar a los hombres de Dios. Son así como nosotros, pero lanzan miedo en vez de plomo.

Vuelven al camino. El Soldado intenta ya no arrastrar las botas y mantener un ritmo firme. El sol apenas y alumbra entre las nubes grises que no acaban por reventar. El fusil al hombro se balancea al igual que la brisa que vuela entre los rostros inexpresivos. Por instantes, el Soldado cree sentir el olor del mastranto, pero este queda aplastado por el aroma de la pólvora y la tierra quemada.

El Sargento ordena guardar silencio. El vigía de la radio informa que la retirada del enemigo ha sido una farsa para atraerlos a las orillas del río Magdalena, en dónde aguarda un batallón de adversarios que los supera en número. No hay forma de volver atrás. El Soldado se culpa por haber mencionado a la muerte y atraer su pestilencia a la batalla, pero no hay tiempo para tribulaciones.

—¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento cuando comienzan los disparos.

Todo se le hace confuso al Soldado. El pensamiento se le nubla y el cuerpo adquiere voluntad propia. Se vuelve uno con el fusil y comienza a escupir fuego en todas direcciones. Se detiene de súbito porque el arma se encasquilla. La golpea contra el suelo, pero sigue sin responder. La rabia lo desborda. Tiene un sabor extraño en la boca y un vacío en el estómago que necesita ser llenado. Suelta el fusil, lo maldice. Da varios berridos, tras lo cual intenta tomar una piedra para arrojarla contra la tropa rival. Al tratar de levantarla, tropieza con el cuerpo sin vida del Cabo. Lo hace a un lado de un empujón y logra liberar la gran piedra, pero esta se escurre entre sus manos por la sangre babosa que la cubre.

—¡Mira cómo dejaste está mierda! —le grita al Cabo.

Jadeante, el Soldado abandona la piedra y recuerda que el Cabo debe conservar su arma. Lo voltea para tomar el fusil y nota el agujero de bala, justo al lado de la nariz, que contrasta con la expresión de serenidad del hombre muerto. El Cabo deja de ser un bulto junto a la piedra para transformarse en el robusto moreno que le enseñara a armar su fusil y que siempre le gritaba:

—¡Muchacho gafo, así no!

El rostro sereno deja de pertenecerle al Cabo y se transforma en el suyo. Al principio se ve sonriente y usando un sobrero de cogollo, acostado sobre una verde llanura, igual a la de su llano, pero del fresco manto empiezan a salir cuerdas de metal que se enredan en el sombrero hasta transfórmalo en un casco, y que, al tocar su cuerpo, lo vuelven pálido y traslucido, como el de los aparecidos del cuento del Cabo. Las cuerdas lo rebasan y también se vuelven a clavar en la tierra para devorar la grama y dejar en su lugar pequeñas plastas grises y negras, iguales a las que quedan tras la marcha del pelotón.

El Sargento lo zarandea y grita, pero al Soldado no le interesan las palabras de su superior. Su mirada sigue perdida en búsqueda del verde de la llanura consumida por el metal. El golpe seco de la culata del superior en la frente le borra la sonrisa de llanero enamorado. Otra vez está en medio de la guerra. Vuelve a escuchar la voz del Sargento reprendiéndolo y amenazando con darle más duro si no se levanta a pelear.

Varias explosiones se escuchan a pocos metros. La polvareda, que se levanta y cubre el cielo, obliga al par de hombres a cubrirse tras un camión volteado. En la improvisada trinchera, descubren que no queda nadie más del regimiento. El Sargento asoma la mira de su arma por un costado, pero sin un blanco fijo al que apuntar, comienza a disparar en todas direcciones.

El Sargento sólo se detiene para arrojar junto al Soldado su pistola de reglamento y dos recargas, a la vez que le indica:

—¡Dispara, dispara!

El Soldado se coloca del lado contrario del camión y vacía el peine entero de la pistola en disparos sin sentido. Ya no hay enemigo al que quiera alcanzar, nada más intenta acallar la voz del superior con el ruido de las balas.

La polvareda va disminuyendo. No se escuchan más disparos, tampoco explosiones. A pocos metros, los militares distinguen una silueta que se acerca. El Sargento apunta su rifle. Al intentar dispara, descubre que está sin balas. La silueta se acerca un poco más y el Soldado reconoce la figura de una mujer.

—Mátala, ¡es una orden! ¡Mátala! –grita el Sargento.

A cada paso, la mujer se va haciendo más nítida. Está vestida con ropa andrajosa. Al Soldado incluso le parece que el vestido que usa es un saco de papa mal recortado. A pesar de ello, no deja de reconocer bajo los harapos una cadera ancha y unos senos enormes que parecen desbordarse entre la tela.

—¡Que la mates, pendejo!

El Sargento se desespera y salta hacia el Soldado para arrancarle la pistola. Recoge del suelo un peine de municiones y recarga el arma para apuntarle a la mujer con la precisión de la que siempre presumió delante de los principiantes. La bala no logra salir. Un tronido lo deja tirado en el piso y entre su cabello se escurren pequeños fragmentos de masa rosada y sanguinolenta. Detrás del cuerpo caído, el Soldado sostiene entre sus manos temblorosas su propio casco, salpicado por los sesos del Sargento.

Arroja a un lado el casco y camina algunos pasos hacia donde viera la silueta, pero de la mujer ya no queda huella. Corre al horizonte en su búsqueda. El polvo, la pólvora y la humedad han desaparecido por completo. Camina ligero. Ya no hay molestia ni dolor en su bota izquierda. La caminata que toma es larga, la más larga que ha dado en su vida. La tierra negra y gris queda atrás y brotes verdes van creciendo, cada vez más altos. A medida que avanza, termina cubierto hasta el pecho de hojas verdes y matorrales que lo dejan camuflado entre el paraje. Se siente perdido. Piensa en dar la vuelta, pero una tenue voz femenina le susurra:

—Estás perdonado. Ahora sigue. Te estamos esperando.

Ruidos de ametralladoras, aviones y tanques. Cuerpos se desangran y fallecen sobre el terreno de batalla. La tierra se hace viscosa y más oscura. Los hombres que quedan vivos sobre ella, se arrastran con cuchillos, piedras y pistolas en mano para seguir con la orgía de muerte. Actúan como espíritus sin conciencia, movidos por cuerdas de metal.

 

Por Roberto Lara Guedez | @laraguedez

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