A un año de un fraude llamado Constituyente

Por esos días aún existía la esperanza de que un Gobierno totalitario podía irse por la vía electoral: la única que desde hace más de 40 años conocían los venezolanos para expresarse. Quizá por eso el plebiscito organizado por la oposición, semanas antes de que el Gobierno insistiera con realizar las elecciones para la (f) Asamblea Nacional Constituyente, fue considerado como un rotundo éxito: Venezuela, en poco tiempo y pese a la apresurada organización, habló: más de la mitad del país expresó su rechazo al régimen.

Pero el Gobierno siguió adelante y, el 30 de julio de 2017, realizó sus anticonstitucionales comicios. Entonces, el silencio fue un mecanismo de expresión popular: los centros de votación permanecieron casi vacíos. Una gran mayoría de personas no se dejó intimidar por el discurso violento de Nicolás Maduro y de los dirigentes oficialistas, se negó a convalidar una convocatoria realizada de forma ilegal y, por ende, se negó a reconocer todo lo que de ahí surgiera.

Fue entonces cuando el chavismo, decidido a perpetrarse en el poder a toda costa, difundió unos resultados electorales que a todas luces habían sido alterados hasta la exageración. Pocos, muy pocos, creyeron esa farsa. Ni dentro ni fuera del país tal exabrupto encontró un respaldo significativo. En vez de eso, para muchos terminó de quedar claro que la democracia había sido aplastada por el régimen de Nicolás Maduro.

Días antes de los fraudulentos comicios, la frontera colombo-venezolana colapsó. Miles de venezolanos huían ante lo que vislumbraban como un futuro oscuro. Muchos cayeron en el juego y asumieron que un fraude podría legitimar la tiranía. En varios testimonios el miedo se dejó colar en frases como: “Si la Constituyente se lleva adelante, ahora el Gobierno sí podrá hacer lo que le dé la gana”.

La pregunta, ante estas afirmaciones, quizá debía ser: ¿y acaso hasta ese momento no venía haciendo lo que le daba la gana?

Un año después la tónica no ha cambiado, salvo por dos cosas: uno, la crisis ha empeorado (y empeora) notablemente; dos, el Gobierno tiene cada vez menos credibilidad y se muestra cada hora que pasa más acorralado por la comunidad internacional.

Uno de los logros más contundentes del chavismo fue construir una narrativa que todos sus seguidores compraron. Una narrativa plagada de frases que ya todos hemos escuchado hasta el cansancio, de héroes hiperbolizados en la imaginación colectiva y enemigos dibujados con la tinta del cliché. Tanto caló esta historia, que millones de venezolanos creyeron que lo que ocurrió hace un año era un paso más hacia la legitimidad de todos los exabruptos que cometiera el régimen.

Esto no fue así.

Desde el pasado 30 de julio de 2017, un Gobierno escogido de forma democrática realizó una de sus acciones más inconstitucionales, con lo que, al contrario de lo que vendió su discurso, solo se tornó ilegitimo. Y ese carácter se ha venido acentuando con la continua violación a los derechos humanos y los sucesivos fraudes en montajes que de ningún modo pudieran ser llamados elecciones. Así lo entiende buena parte de la comunidad internacional. Y así deberíamos entenderlo quienes adversamos al régimen.

Que quede claro: cada segundo que los dirigentes oficialistas continúan en el poder se convierte en un segundo más de fraude y violación a una Constitución que, dicho sea de paso, se redactó bajo el mandato del ex presidente que dicen idolatrar, Hugo Chávez. De esta manera, los ciudadanos de a pie debemos entender que nada, absolutamente nada, de lo que haga el Gobierno es legítimo o legal. Venezuela es un país en el que casi 30 millones de personas permanecen secuestradas por unos dictadores que solo saben agredir y delinquir. Y quienes delinquen, ya se sabe, carecen de credibilidad.

Es que, además, si hace un año el régimen aún podía presumir ante el mundo de haber sido electo en un proceso reconocido, después del fraude que sucedió en mayo de 2018 ya ni siquiera eso tiene a su favor: buena parte del planeta desconoce a Maduro como presidente.

Todas las declaraciones, acciones y decretos deben ser vistos con el recelo con el que se evalúan las promesas de los ladrones. Para oponerse realmente a la tiranía que hoy tiene secuestrada al país, es necesario entender que vivimos en una nación en la que ni siquiera hay un presidente electo. Sino, por el contrario, un ex presidente que se decidió a no soltar el cargo y se empeña en mantenerlo secuestrado a toda costa.

Venezuela es un país sometido, en el que no hay quien gobierne.

 

Por Mark Rhodes

 

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