Pasar un semestre sin Internet

Reiniciar el módem, desconectar cables, esperar cinco minutos y volverlos a conectar, aquel era el procedimiento que realizaba cada vez que el Internet se iba: esperar el buen funcionamiento de los servicios en Venezuela es considerado un acto de fe. Hace mucho me desprendí de ver la televisión en detrimento de la web. Y es que la posibilidad de leer acerca de las teorías del final de Game Of Thrones y terminar en un video titulado Cómo quitar puntos negros y espinillas de forma casera y fácil, es una experiencia sólo posible en Internet.

Si bien no soy un gamer, el dinosaurio de Google me demostró que puedo saciar el ocio un rato mientras un T-Rex salta obstáculos. El problema radicaba en que no necesitaba el Internet siempre para ver memes en Facebook, ni para leer al diario El País de España, sino que sin la conexión no podía descargar el documento en pdf que había enviado la profesora ni trabajar en conjunto con mi grupo en Google Drive. Depender de Cantv, como de cualquier servicio proporcionado por el Estado, es una moneda al aire que tiene mejor suerte mientras más cerca te encuentres de los sectores mejores desarrollados tecnológicamente cuando el país era rentable; sin embargo, en la periferia capitalina, y en el interior del país, el Aba de Cantv funciona con la misma velocidad y eficiencia que tendría un jardinero que poda con un cortaúñas. La situación, para diciembre de 2017, era tan soportable como estar en una cola que avanza, bien acompañado, y bajo una sombrita; sin embargo, en el 2018, en el primer trimestre de la hiperinflación, y luego de un hurto de cables en la zona donde vivo, la experiencia devino cola sin compañía, bajo un sol marabino y lo que es peor: sin esperanza de que avance.

Depender de un smartphone con megas no sólo puede ser sumamente costoso sino que, si vives fuera de una buena área de banda de ancha (como es mi caso), no podrás disfrutar de la señal 4G ni 3G de las operadoras salvo que esperes a que la demanda baje; es decir, a altas horas de la noche y muy temprano en la mañana. Es eso o hacer una exploración en casa para detectar en donde un correo se puede enviar en menos de 10 minutos.

La alternativa para poder comunicarse con los amigos y familiares en el exterior, sin que el delay interfiera mientras dices cómo estás y el otro contesta aló repetidas veces, es cambiarse a las distintas compañías privadas que ofrecen servicio de Internet. La solución parece fácil, pero, en un país en un proceso hiperinflacionario y con escasez, no se logra solventar tan rápido sin la disposición de capital y una cuota de azar.

Tomada la decisión de cambiar de compañía de cable, te topas con un inconveniente económico mayor que el de instalar un nuevo servicio. Y es que Intercable y Supercable no disponen en la actualidad de equipos (módem), por lo que el nuevo cliente debe comprarlo por su cuenta (aproximadamente $30 al cambio de dólar paralelo) y, luego de homologarlo, esperar –léase bien– tres meses para que los técnicos hagan la instalación. Ojo, siempre existen los caminos verdes y “el matraqueo”, pero no es mi caso. Así que mis opciones quedaron limitadas a realizar investigaciones en los laboratorios de la universidad y a refugiarme en casa de mis vecinos, quienes –quizás– fueron más visionarios que yo y contrataron una compañía privada en vez de una pública, para que les faciliten el uso del Internet.

Descubres que tu vida, la de un estudiante de periodismo, se condiciona a que se prendan todas las lucecitas de un aparato. Con un ahorro de megas nivel sólo para enviar y recibir mensajes, aprendes que no tener WhatsApp es equivalente a no existir socialmente. Cuando desechas –prácticamente– toda recreación y la importancia es pasar el semestre, no te enteras del escándalo frívolo del momento ni de la segunda prórroga de la reconversión monetaria.

Si quieres surfear responsabilidades de trabajo en equipo, un “no tengo Internet” siempre te resolverá las espaldas; sin embargo, el semestre, 16 semanas de descargar guías, realizar exámenes a través de la plataforma universitaria e investigar, resulta difícil para quien se ve obligado a realizar su tesis en una semana, y está acostumbrado a empezar a producir ideas después de las 11 pm.

No tener Internet significa convertirte en un refugiado digital, que aprende a ahorrar datos y que también (re)descubre los cyber cuando pensó que los mismos eran espacios que vivían sólo en los recuerdos para añorar aquellas tardes de Counter-Strike y Vice City.

Pasar un semestre sin Internet no es tan difícil como no tener con qué satisfacer las tres comidas de un día, ni tampoco tan agobiante cómo no conseguir los medicamentos para la tensión de tu abuela, pero sí significa un retroceso más a una calidad de vida que lucha por ser manzana, pero no llega  ni a mango verde.

Posdata: este artículo fue enviado al editor desde la casa de un vecino.

 

Por Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch

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