El caballo viejo que sigue galopando

FOTO: Roberto Mata

Cuando Bettsimar Díaz tenía 14 años, decidió guardar bajo la cama una copia de cada nuevo álbum que sacara su padre o, en general, de cualquier manifestación –por cotidiana que fuera– de la genialidad de este. Bajo la cama de la adolescente, en vez de monstruos, fueron a parar desde recortes de prensa hasta caricaturas de la autoría de su padre, incluyendo cualquier frase dicha al vuelo que Bettsimar no dudaba en copiar en algún papelito. Transcurría el año 1979. Tres años antes, Simón Díaz había lanzado su disco Tonadas 2, el cual significó un punto de quiebre en su carrera: el momento en el que pasó de ser una talentosa celebridad a iniciar su conversión en uno de los músicos más importantes de la historia de Latinoamérica. Lo suyo ya no era solo vender discos, sino fraguar una obra trascendente. Por la casa de los Díaz desfilaban figuras que encontrarían una notoriedad similar: Cantinflas se sentó en el sofá de la sala, Juan Gabriel fue un muchachito delicado que no quiso meterse en una piscina que juzgó muy fría, Pedro León Zapata se cansó de repartir abrazos y Adriano González León conversó sin parar. Las mentes brillantes, dicen, se reconocen entre sí. Pero cabría preguntarse si Simón sospechaba el peso que tendría su obra. En un país empeñado en que todo gire alrededor de las novedades de Caracas, este canta autor usó su experiencia en los llanos (digna del realismo mágico de Gabriel García Márquez) para explorar temas universales que lo llevaron a un reconocimiento mundial. Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Plácido Domingo, Celia Cruz, Julio Iglesias, Gilberto Santa Rosa y Rubén Blades, fueron solo algunos de los muchos artistas que cantaron junto a Simón o bien versionaron alguna de sus canciones. De su obra más conocida, Caballo viejo, se conocen más de 300 versiones. Mismo número que da nombre a una famosa película sobre espartanos. Y es que con actitud de guerrero mitológico, Tío Simón emprendió la tarea de dar a conocer a Venezuela a través de tonadas que protagonizaban personajes llaneros. Su éxito fue tan notorio que hoy día pocos, muy pocos, recuerdan que alguna vez fue un humorista que cantaba a dueto con Horacio Blanco para, primero, parodiar cuñas de televisión; y luego, para explorar otras formas de humor, algunas de las cuales despertaron sensibilidades. Aunque en esa etapa de su vida, la que antecedió a su creativa época como compositor, se relamió en las mieles del éxito, lo mejor, como ya sabemos, vino después. Venezuela es un país que debería presumir, quizá hasta el hartazgo, del único caballo de nuestra identidad que no tiene nada que ver con guerras, militares o figuras bélicas. Al único caballo civil, pues. Ese que, cuatro años luego de la muerte del artista que lo concibiera, sigue galopando con el ímpetu de un potro. Y eso que es un Caballo viejo. Sucede, ya se sabe, que las grandes obras superan a los artistas para llegar adonde estos no pueden: a la inmortalidad.

 

Por Mark Rhodes

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