Conoce El diario del librero

Si para algo sirven las redes sociales es para encontrar puntos en común y para compartir historias. El periodista Jefferson Díaz –quien fuera librero en la Tecni-Ciencia de El Recreo y en la del Sambil; además de en el Nacho del CCCT y en la extinta Alejandría de Paseo Las Mercedes– creó hace semanas un grupo de Facebook llamado El diario del librero, en el que diferentes actores del mundo literario de Venezuela han contado sus más curiosas experiencias como libreros.

A continuación compartimos seis anécdotas: cuatro del propio Jefferson, una de Luis Yslas y otra de Rodnei Casares.

Jefferson Díaz (I)

Trabajando en la Nacho del CCCT, una muchacha entró y comenzó a rondar por los pasillos ojeando libros. Algo normal en una librería. Pero, a los quince minutos, sacó un pequeño frasco de su cartera y empezó a rociar su contenido sobre los estantes. Extrañado, y horrorizado porque estaba mojando los libros, me acerqué y le pregunté:

—Disculpe, pero, ¿qué hace?
—Estos libros nos son apropiados para un cristiano, les estoy echando agua bendita para limpiarlos.

Mi rostro de estar sacando raíces cuadradas se notó a leguas, por lo que la chica guardó su frasquito y salió a paso veloz antes de que la regañaran.

Jefferson Díaz (II)

Por los años mil seiscientos (inserte la música que todos estamos pensando), trabajaba en la Tecni-Ciencia del Sambil, en Caracas. Una librería amplia, bonita y con espacios para sentarte a leer sin que te molestaran. Todos los fines de semana, llegaba un muchacho y se acomodaba en una de las mesas de la tienda para ojear cuanta novela sobre abogados existiera. Grisham era su preferido, y en su bolsillo trasero cargaba una libreta en la que anotaba sin parar todo lo que leía. Era una dinámica que no interrumpía por nada.

Un día, preso de la curiosidad, le pregunté:

—Usted viene todos los fines de semana, nos conoce a todos y hasta tiene su propia forma de moverse por acá. Parece empleado. Así que me tomo el atrevimiento de preguntarle, ¿qué tanto escribe en esa libreta?
(Segundos de silencio y mirada pícara)
—Ten, lee.
(Tomé la libreta: estaba llena de citas de los libros)
—Esa es la manera en que deben hablar los abogados, así debo hablar yo entonces. 

Jefferson Díaz (III)

—Buenas tardes, ¿tendrá el libro Un tratado para ciegos?.
(Busco en la base de datos)
—No, lo siento, no lo reconozco. ¿Sabrá el autor?
—¡Es un portugués!
—¡Ah! Será, quizás, ¿Ensayo sobre la ceguera?
—¡Sí, ése mismo!
(Voy y lo busco)
—Oye, ¿y esto es un libro escrito para ciegos?
—No, señora. Es una novela escrita sin sistema braille.
—¿¡En serio!? No, entonces no me lo llevo. No me gusta comprar libros que me mienten desde el título.

Jefferson Díaz (IV)

—Buenas tardes, ¿tiene el mapa genealógico del Libertador?
—Buenas tardes. Como afiche no lo tenemos, pero sí tengo un libro donde se explica su línea materna y paterna.
—No, es que quiero enmarcarlo y ponerlo en mi sala.
—Bueno, quizás en la Academia de la Historia, por el Centro, lo tengan.
—Lo buscaré, es que quiero que la gente sepa que yo soy descendiente de él.
—¿En serio? ¿Usted desciende del Libertdor?
—Eso fue lo que me dijo mi mamá, y yo a ella le creo todo.

Luis Yslas

Mi experiencia como librero fue breve. Pero aún recuerdo la tarde en que una joven me preguntó si tenía libros para aprender a morir. Luego de su pregunta hubo un silencio en el que aproveché para calcular su edad: no más de veinte años. Estuve a punto de decir algo patético, paternalista, pero no sé todavía por qué me nació responderle: “¿Es para un regalo?”. Ambos nos reímos. Al final la convencí de que se llevara un libro de Aquiles Nazoa que al menos le enseñaría a morirse de la risa.

Rodnei Casares

Una señora como de 70 años me pregunta:
—¿Has leído todos los libros?
—No, señora.
—Entonces no eres librero.
—Lo soy. He leído mucho, pero es imposible leer todos los libros.
—¿Has leído los más importantes?
—Sí
—Bueno, recomiéndame una novela ligera.

Deja tu comentario

You May Also Like