Ahogados en el Orinoco

FOTO: AFP

Las aguas bajan y los problemas quedan. Esa es la preocupación de José Gregorio Salazar, no Hernández: por eso, aunque padre, no hace milagros. A él mismo le tocó acompañar a una familia en duelo porque la más pequeña de la casa, que contaba con un año y medio, murió ahogada en la crecida más alta del río Orinoco, que ha acumulado más de 60 mil damnificados en seis estados del país.

La pequeña pertenecía a un hogar de cuatro mujeres, donde cada una contaba con responsabilidades distintas. La madre y la tía se encargaban de buscar comida en una ciudad inundada y sin alimentos. Mientras que la niña de ocho años se quedaba resguardada en casa cuidando a su hermana. Bastó unos segundos de distracción para que lo irreversible ocurriera. La bebé gateó hacia lo que se supone que era el patio, hacia lo que debía ser el patio: hacia ese lugar al que, probablemente, tantas veces había gateado sin problema alguno.

Pero lo que antes era solo patio, ahora era principalmente agua: a la niña la encontraron ahogada.

Los gritos de los vecinos anunciaban a un “objeto” flotando. Los gritos devinieron alaridos cuando comprendieron que se equivocaban. Y el padre José Gregorio Salazar solo pudo ofrecer la palabra de Dios. Y solo pensó que si el río se elevaba, continuarían las tragedias. Y que si el río descendía, se mantendrían las tragedias.

El río Orinoco, el cuarto más largo de Sudamérica y el tercero más caudaloso del mundo, luego del Amazonas y el Congo, tiende a elevar sus metros de agua sobre el nivel del mar entre julio y agosto desde hace más de dos siglos. Este año, superó el nivel máximo histórico registrado en 1943 y 1976, con una cota de 18,10 msnm. Es decir, el agua alcanza las calles hasta, algunas veces, cubrir casas completas. En esta oportunidad, se han visto afectadas las comunidades de los estados Amazonas, Bolívar, Delta Amacuro, Monagas, Apure y Anzoátegui.

Precisamente por eso, por no ser un fenómeno reciente, la preocupación del padre Salazar se acentúa. Por eso su rabia, que desea disimular. No es primera vez que observa el dolor de una familia, ni tampoco la destrucción de paredes, techos, neveras y cocinas. Y, peor aún, está consciente de que, en una Venezuela sin medicamentos, enfermedades supuestamente erradicadas, como el paludismo y el sarampión, no podrán ser atendidas. Está consciente de que, en una Venezuela hiperinflacioanaria, esas casas destruidas difícilmente podrán ser recuperadas.

Pero la naturaleza, poco a poco, retoma su rumbo. Las aguas se calman y las ciudades salen a flote. El problema es que los ciudadanos de San Félix se sienten más pobres. No saben qué tienen, cuánto tienen. Reciben donaciones de la gobernación: mosquiteros, sábanas, colchones, ropa. Los revenden. Los revenden caro. Todos quieren ser bachaqueros. El padre cuestiona, nuevamente, la política de pan y circo que emplea las autoridades. Exige que se cree una Contraloría, para reducir la viveza criolla de los revendedores. Y espera soluciones efectivas porque sabe que esa misma gobernación no tiene ninguna cajita CLAP –uno de los pocos e insuficientes “beneficios” que ofrece a los ciudadanos– que controle la cota del Orinoco: solo controla el hambre, dizque. El padre se pregunta, ¿acaso van a seguir retando a la naturaleza?

El proyecto Misión Vivienda, uno de los mecanismos con los que las autoridades supuestamente buscan “ayudar” a los venezolanos, no se plantea la reubicación de las familias, a pesar de que las consecuencias de la subida del río es algo que se ha repetido sucesivamente a lo largo de los últimos años. Las inoportunas construcciones se mantendrán a la orilla del río. El padre dice: “Ya basta. Nadie predice la naturaleza. Sí: esta subida es un récord histórico. ¿Y si el próximo año es peor?”.

Mientras, las serpientes y zancudos se pasean entre aguas estancadas. Esperando su próxima presa. Algunos habitantes no se alejan de su chozita, pues es lo único que tienen: lo único que les queda. Además, los delincuentes no desaparecen en desastres naturales. Como dice el padre, el problema no es el Orinoco, el problema es el país.

Por primera vez, él y su equipo de Justicia y Paz de la Diócecis de Ciudad Guayana fueron escuchados. Dejaron de ser los “escandalosos y creadores de zozobra”. Recaudaron ciertos insumos. Solo que los califican como “pañitos caliente” porque las comunidades siguen buscando respuestas de verdaderas autoridades: necesitan soluciones contundentes y no medidas de contención. Agradecen la ayuda del padre, pero saben que no es suficiente, que están condenados a sobrevivir bajo el agua todos los años.

Es probable que aún les queden más niñas ahogadas por enterrar.

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky

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