Ser lector en una Venezuela en crisis

El mensaje llegó cuando terminaba de almorzar. Uno de mis amigos, que vive en Panamá, me escribía para avisarme sobre la Feria Internacional del Libro que comenzaba hoy allá, con Israel como país invitado. De inmediato me sonreí. Es una de esas oportunidades en que me emociono como un niño y todo lo demás deja de tener la importancia habitual. Cruzamos varios mensajes más y, sobre la marcha, asegurándole que me mantendría atento al teléfono celular, acordamos que él iría hasta el lugar donde se celebraba la Feria y aprovecharía para enviarme fotos de los libros que consiguiera. El instinto se puso en marcha y mis sentidos se agudizaron. En seguida pasamos de los mensajes de texto a las notas de voz, como si una urgencia nos empujara a la acción. Le pedí que se concentrara en averiguar si la editorial Anagrama tenía un stand y allí preguntara por los diferentes precios y ediciones. El siguiente par de horas se dinamizó con las imágenes que me iban llegando, los videos y más notas de voz. Ya no me sentía solo como un niño: era un niño escabulléndose precipitadamente en una juguetería, sin prestarle atención a la distancia entre nosotros.

Las portadas. Los títulos. Los autores. Las diferentes ediciones. Confieso que aluciné, porque Anagrama es una de mis editoriales favoritas, porque su catálogo es extenso y porque publican temas que siempre resultan interesantes. O quizás sólo se deba a la precariedad en la que nos hemos hundido puertas adentro, donde al momento actual cada libro que desearía comprar ronda el equivalente a seis veces el salario mínimo. Así que este mensaje vespertino inesperado se convirtió en una gran sorpresa y en una puerta hacia un mundo literario bien surtido y abastecido. Mi amigo no sabe todavía cuánto se lo agradecí, cuánto se lo agradezco, a pesar de que múltiples veces se lo dije. Pensé en las peculiaridades de esta diáspora venezolana. La mayoría de mis amistades se encuentran ahora regadas por medio planeta y es un lujo y un placer cuando me recuerdan a través de los libros que se ofrecen a comprar para mí, dejando a un lado la engorrosa logística posterior de hacérmelos llegar; porque afortunadamente, llegan; siempre llegan.

Más adelante quiso saber si me gustaba algún autor israelí en particular. Me quedé pensando en Batya Gur, en Amos Oz, en David Grossman; pero la batería de su teléfono celular estaba a punto de rendirse. Envió varias imágenes más y me pidió que escogiera uno entre todos ellos. Era una decisión muy difícil, para mí, pero también para él porque esa compra potencial alteraba su presupuesto de exiliado. Le dije que sí y nos pusimos de acuerdo para reanudar la charla virtual al cabo de media hora. En ese tiempo busqué como loco en la página de la editorial, leyendo cuanta reseña se me cruzó en el camino, para intentar hacer la mejor escogencia posible. Ya al borde del agobio (tendrán que disculpar si les parece que hay asuntos más relevantes, pero esto es un tema personal), me decidí por una novela de Yasmina Reza: Babilonia, porque otro amigo, residente en París, había conocido a la autora y me la recomendaba con bastante seriedad. Apreté el botón de “enviar” y me salí del chat, temiendo que pudiera arrepentirme en el último momento.

Varios minutos después, llegaron nuevas fotos y notas de voz. Me preguntaba si conocía a Patricia Highsmith. Abrí mucho los ojos. Pensé en cuánto respeto siento por la prosa de esa mujer y en las maravillosas historias que escribió, desde el punto de vista psicológico. Le respondí que sí, que tenía un libro de ella con tres novelas cortas. Mi amigo envió otro video: me mostraba una edición hermosísima y reciente donde se reunían varios relatos cortos. Él me explicó que la primera escogencia había sido enteramente mía, pero que esa edición con los cuentos de Patricia Highsmith atrajo su atención y quería regalármelo como un obsequio extra. El video dejaba ver que se trataba de una edición gruesa que aquí en el país debería costar, literalmente, ahora sí, un ojo de la cara. En el video, mi amigo abría el libro y dejaba correr las páginas. Fue increíble cómo casi podía percibir el olor a nuevo que despedía ese movimiento. Cerré los ojos y sonreí con la idea de lo mucho que me habría gustado meter la nariz y aspirar con fuerza. Creo que mi amigo me conoce lo suficiente como para saber que eso que estaba haciendo me alteraba más allá de lo que podía confesar. Libros. Libros nuevos. Títulos por descubrir. Historias en las que podía sumergirme para eludir un tiempo más la absurda realidad fuera de mis ventanas.

Nos despedimos entre risas y fotos adicionales, porque ya casi al final escogió varios marcalibros para incluirlos en el paquete literario. Mi sonrisa era enorme. Se lo agradecí una vez más, insistentemente, pero mis palabras se quedaban cortas para expresar de verdad lo que sentía, el regocijo, el entusiasmo, la alegría, la excitación ante lo novedoso, la anticipación hasta que llegue el paquete, la arruga de la cotidianidad de los cortes eléctricos y las fallas en el suministro de agua que se corría durante varias horas con mi mente concentrada en este regalo inesperado. Pero lo intenté, se lo dije en varias oportunidades y lo repito ahora: ¡gracias! Mil gracias, pana. Ahora solo queda respirar profundo y esperar.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

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