La vida en vivo

La última vez que El Niño Jesús pasó por mi casa, no dejó un gran castillo de Barbie ni tampoco un Game Boy Advance; su regalo fue un cd de los Backstreet Boys. Ese anacrónico dispositivo, que a principios de siglo sostenía a la industria musical global, y ahora se utiliza más en la elaboración de manualidades que para su función original de almacenar información, estaba acompañado de dos entradas para el primer concierto que darían los BSB en Caracas. Esa Navidad mi versión de ocho años se sintió igual –o más– afortunada que Charlie Bucket con el golden ticket de Willy Wonka.

Mayo de 2001. “Black & Blue Tour”, 115 conciertos repartidos en nueve países, tres de ellos en Venezuela. Anuncios de televisión y vallas en las autopistas, coberturas informativas especiales encabezadas por Eyla Adrián y María Alejandra Requena, dispositivos de seguridad con oficiales públicos y empresas privadas, calles cerradas y rutas transporte gratuitas para los asistentes, miles de jovencitas acampando por días a las afueras del Estadio Luis Aparicio en Maracaibo y del Estacionamiento del Poliedro en Caracas. Euforia adolescente e ilusión infantil brotaban en partes iguales entre el público, la “backstreet manía” aterrizó en el país con un apoteósico espectáculo que me ofreció una certeza en la que hoy, 17 años después, sigo creyendo firmemente: ir a conciertos es una de las maneras más genuinas de palpar la felicidad.

Vivir en Caracas

En mi familia la música siempre ha sido tan importante como el pan. Crecí escuchando anécdotas de mis tíos sobre los conciertos de la Fania All Stars, Van Halen, The Police, Queen y  The Jackson Five en El Poliedro; conocí la locura de las masas teniendo de tío político a un integrante de Salserín –en la época de De sol a sol y Entre tú y yo–, reí muchas veces cuando mi mamá me contaba con orgullo cómo se escapó de la casa para ver a Santana en el Estadio Universitario de la UCV; y cada año, la transmisión del Festival de la Orquídea era mi momento favorito de la televisión nacional.

Tuve la suerte de poder trazar mi adolescencia a través de conciertos: Hilary Duff en la cúspide de su reinado Disney y con Vos Veis de teloneros; Black Eyed Peas en la última encarnación del Caracas Pop Festival; Diego Torres en un Poliedro tapizado con patrocinadores: desde tarjetas de crédito, bebidas alcohólicas y hasta marcas de preservativos; Nine Inch Nails, Iron Maiden y Korn para cumplir las cuotas de furia correspondientes a la edad; dos entradas para Incubus pagadas en efectivo en el Recordland del Sambil; Soda Stéreo en el año del referéndum constitucional; y Green Day como regalo de graduación del colegio.

Un buen número de conciertos a temprana edad. Pero si un evento ha marcado mi vida como entusiasta de la música en vivo, ese ha sido el Festival Nuevas Bandas. Desde 2006, primer año que asistí como público, pasó casi una década para que pisara su escenario como miembro del equipo de producción. Podría hacer una larga lista con las bandas que vi en las distintas locaciones (Plaza La Castellana, estacionamiento de El Nacional, Concha acústica de Bello Monte, Centro Cultural Chacao…) que ocupó la competición de bandas más longeva de Venezuela y del continente, durante ese período y los momentos, llamémoslos, históricos para la música nacional que sucedieron sobre sus escenarios.

 Así como el FNB sorteaba con ímpetu la ya incipiente crisis, en paralelo también se abrían más espacios para la “movida nacional”: Por el medio de la Calle, el “Ni tan nuevas bandas”, WTFest, Sunset Roll, Waraira Fest, Rock en la U y Virgen Fest, nombres que siguen siendo para mí referencia al recordar que esa utopía moderna que conocemos como festivales de música hasta hace no mucho se adaptaban a nuestra realidad y ocurrían con cierta frecuencia en Venezuela.

Caracas se quema

Desgraciadamente el desastre del chavismo se puede explicar con muchos ejemplos, de antemano pido disculpas por tomar uno bastante frívolo pero apropiado para este texto. Aproximadamente a partir de 2012 Venezuela desapareció del mapa para las grandes giras internacionales que pisaban Latinoamérica; y de los pocos conciertos que se realizaron, quizás los más grandes, costosos y polémicos fueron organizados por el Gobierno. Aunque a muchos incomode, la música sobrepasa ideologías y esos destellos de felicidad musical fueron aprovechados por un gran número de jóvenes caraqueños, entre los que me cuento. A pesar del trasfondo político de los eventos, no negaré que vi a Kevin Johansen + The Nada en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño a un precio irrisorio, incluso para el momento; y a Café Tacvba, una madrugada en la Plaza Diego Ibarra.

Mientras que la oferta de conciertos internacionales en el país se desvanecía, la escasez arreciaba. CADIVI viajero aún existía y la idea de irme una semana de vacaciones fuera del país, siendo una universitaria con ingresos modestos, no era un delirio. Antes de que Chile fuera uno de los países en acoger a la mayor cantidad de migrantes venezolanos, el país sureño recibió a la primera edición suramericana del famoso festival Lollapalooza.

Marzo de 2012, segunda edición del Lolla Chile. Dos días, seis escenarios, 60 conciertos y más de 100.000 asistentes. Con esa experiencia desbloqueé una insignia más en la pasión por la música en vivo: un festival de gran formato.

En caso de que mi memoria fallara, hice un exhaustivo scroll en mis redes sociales y confirmé que los últimos conciertos internacionales que vi en Caracas fueron a finales 2013. Hasta emigrar en 2016, solo disfruté de actuaciones de mis grupos locales favoritos.

De Caracas a Madrid Barcelona

—¿Cómo te sientes hoy?

—Ahí, no me gusta que este concierto sea una despedida más.

Un par de semanas antes de irme de Venezuela escuché esa conversación en el baño de Teatrex de El Bosque, y desde entonces no la olvido. Ya no solo me despedía de mis amigos, también lo hacía de los músicos y bandas que me habían hecho cantar, bailar y trabajar en los últimos años.

Como todos los que hemos salido de Venezuela con una maleta de 23 kg y poco más, tuve que dejar “ordenada” mi habitación. Mientras hacía esa limpieza profunda, conseguí flyers y programas de mano, franelas, calcomanías sin usar, recortes de revistas y periódicos, organicé mi estante de cds y desempolvé una pequeña caja de madera con un grabado del Ávila en la tapa, en la que por años deposité las entradas y brazaletes que coleccionaba. Cada objeto como una memoria tangible de este relato. Pensé empacar la cajita y algo más, pero en 23 kg hay poco espacio para la nostalgia.

Bien escribió Antoine de Saint-Exupéry que “un objetivo sin un plan es solo un deseo”. Trazando mi plan, llegué a Barcelona, donde he podido alcanzar mi propósito de trabajar en la industria musical, un anhelo que nació cuando apenas era una niña que precozmente quería ir a conciertos.

Afortunadamente, cada día me he acercado un poco más a ese objetivo original y he vivido experiencias que en casa parecían tan lejanas como improbables. Justin Bieber en pleno furor de Sorry, J Balvin antes de Beyoncé y Mi gente, La Vida Bohème en la fiesta mayor de la ciudad, Devendra Banhart en una masía catalana, Jorge Drexler en un teatro de 700 butacas, The Rolling Stones en el estadio donde se inauguraron los Juegos Olímpicos del 92. Todo esto y trabajar en las últimas dos ediciones de uno de los festivales más grandes del mundo, Primavera Sound.

Así voy, trabajando y viviendo, poco a poco o “de mica en mica”, como dicen los catalanes. Sin la caja con entradas gastadas que era mi tesoro, sin los amigos que me acompañaron en aquellas aventuras musicales, reviviendo a través de canciones los momentos que me trajeron hasta la “ciudad condal”, y construyendo con nuevos ritmos y melodías futuros recuerdos.

 

Por Ashley Garrido |@ashgarrido

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