Las imágenes y la masa: Los peligros del analfabetismo visual

Si hay algo que caracteriza al ser humano es su tendencia de innovar su estilo de vida, de una década a otra las costumbres cambian considerablemente. El individuo del siglo XX salía a la calle y se veía rodeado  de anuncios publicitarios, se sentaba a ver la tv a diario, y veía algunas fotografías al leer el periódico. Ocasionalmente iba al cine o a un museo. Y  antes, el contacto con lo visual era más limitado aun. En cambio, hoy en día el sujeto está expuesto a un conjunto de imágenes muchísimo más grande, unas en el espacio virtual, y otras en el físico. Vivimos inmersos en una época multimedia.

Desde los tiempos de las cavernas, el hombre ha tenido contacto con la creación visual, pero su relación con ella ha cambiado drásticamente con el pasar del tiempo, en especial en las últimas dos décadas. En el orden natural del mundo globalizado, las imágenes se han hecho omnipotentes, están en todos los lugares y a toda hora del día. Es el método postmoderno de relacionarse con el mundo. No es posible un cortejo sin mandar un emoticón con un beso a través de WhatsApp. Nadie imagina un negocio sin un buen trabajo de diseño gráfico que le sirva de publicidad. Es inconcebible un acontecimiento público sin una lluvia de memes que lo parodien.  Hoy, más que ser parte de nuestra vida diaria, se han convertido en  nuestra vida diaria.

Cuesta creerlo, pero el mundo en el que hoy vivimos parecía una fantasía hace un par de décadas. El internet ha hecho íntima la relación de las nuevas generaciones con el infinito de imágenes. Pero es una realidad mucho más compleja. Entender el fenómeno de la cultura visual de nuestros tiempos no implica únicamente  tener conciencia de su saturación, implica también preguntarse por el origen de estas, por las mentes detrás de ellas. Como ocurre con todos los períodos de cambios, nos toca ser críticos con la situación.

 Millones de imágenes, millones de creadores

El infinito de  imágenes que habita  el mundo digital se mantiene con vida gracias al consumo visual que realiza sociedad la global. Se hacen, se comparten, se masifican. El colectivo es tanto creador como consumidor. Internet es un medio democrático, cualquiera puede hacer una ilustración y subirla a la red. En la mayoría de las plataformas, no hay demasiadas reglas para eso.

Internet es una biblioteca infinita, un espacio donde lo maravilloso y lo nefasto tienen el mismo derecho de existencia, lo cual trae consigo tanto ventajas como  desventajas. En medio de ese fenómeno hay una realidad que no podemos ignorar: no todos poseen una cultura visual desarrollada, y una gigantesca parte del contenido de las plataformas de hoy en día lo demuestra.

Siendo un hombre un animal visual, que guía su  vida según el sentido de la vista, quizás para algunos suene incoherente hablar de una cultura visual. Pero no, los ojos pueden entrenarse. Es posible tener más conciencia sobre lo que perciben, de cómo lo perciben, además de mejorar su capacidad de interpretación. Adquirir esas destrezas requiere de una preparación, hecho del cual muchos no son conscientes. La lectura es vital en ese proceso.

Cada imagen tiene un conjunto de elementos que ordenados de una determinada manera expresan un significado. Hay temas que ameritan una base teórico para entenderlos en su totalidad. Composición, teoría cromática, iconografía, son aéreas necesarias para la comprensión del universo visual.  Quien dude de estas palabras debería responder las siguientes preguntas: ¿Qué significa el color amarillo? ¿Qué es un punto de fuga? ¿Por qué tantas representaciones utilizan la rosa?

Evidentemente, para poseer cierto  entendimiento del mundo visual no es necesario ser un erudito en semiótica o  historia del arte, pero hace falta un mínimo de preparación (evidentemente, mientras más se sepa, mejor). Hoy en día, cualquier usuario de internet goza de una libertad absoluta para subir imágenes, pese al analfabetismo visual imperante en estos tiempos. Pocos saben interpretarlas, pero todos las tienen presentes en sus vidas.

En el universo online conviven fotografías de la máxima calidad, como las que publica National Geographic, junto a algunas tragedias que pueden encontrarse en cualquier red social. Hoy, con una intensidad mucho mayor a otras épocas, volvemos a enfrentarnos al problema de las masas y las élites, como lo definió José Ortega y Gasset en su libro La Rebelión de las Masas.

La Rebelión de las Masas es un libro de título engañoso. Parece aludir a la idea de una insurrección popular contra una minoría opresora, pero no hay nada más lejos de la realidad. El conjunto de artículos del filósofo español refiere a una realidad que tomó lugar en el siglo XX gracias a los avances de la técnica y del pensamiento político. Tras el exponencial aumento de la población que vivieron las sociedades occidentales, la llegada de la democracia y de otras ideas surgidas tras la Ilustración –como por ejemplo, la de los derechos naturales-, por primera vez en toda la historia de la humanidad las mayorías empezaron a tomar las decisiones que antaño solo le correspondían a las minorías instruidas, generando una ola de caos.

Ortega y Gasset no se opone a los derechos individuales, ni promueve al sometiendo de las poblaciones por parte de pequeños grupos, se opone al estado degenerativo del sistema en el que las masas toman el control desenfrenado de todos los aspectos de la vida pública, generando la destrucción de las naciones. Ese fenómeno es lo que él denomina hiperdemocracia.

Según Ortega y Gasset, las élites no son pequeños grupos de personas adineradas, como podría pensarse, sino conjuntos de personas que se han exigido más a sí mismos para llegar a poseer una preparación superior a la media. No es un asunto de clases, estas se encuentran en todos y cada uno de los estratos de la sociedad. En cambio, las masas son esas mayorías que no tienden a formar un pensamiento propio, carentes de curiosidad, y que por lo general, tienden a refugiarse en los conjuntos para establecer una posición en el mundo. Muy a menudo, omiten opiniones sin conocer el tema, y fundamentan sus discursos basándose en falacias como “Todo el mundo dice eso, ¿cómo tú vas a negarlo?”.

La hiperdemocracia es un peligro total, les da a los idiotas la oportunidad de dirigir naciones, y muchas veces condena al silencio a las personas más preparadas, sobre todo cuando estas tienen opiniones impopulares. Los regímenes totalitarios del siglo XX –la Alemania nazi, la Unión Soviética, la Italia fascista, etc- impusieron sus tiranías mediante la manipulación de las mayorías, usando a los ciudadanos de sus naciones como borregos. Irónicamente, esa situación termina destruyendo la democracia.

La hiperdemocracia es enemiga del mérito. Por ejemplo, hace posible que personas que nunca han tocado la nieve se sientan con derecho a participar en unas Olimpiadas de Invierno y avergonzar a su país ante el resto del mundo. Muchas personalidades del mundo de la política, el espectáculo, del deporte, y de todos los demás ámbitos,  paden el síndrome del hombre-masa. Comentarios como “Ja, yo en mi vida no he leído ni un solo libro, y aun así pase bachiderato” se hacen comunes.  Reduce la calidad de todas las cosas de las que se apodera, incluyendo el mundo de las imágenes.

El analfabetismo visual

Todo el mundo sabe que el analfabetismo es un problema grave dentro de la sociedad, que condena a muchos a una vida de dificultades y limitaciones, y que es necesario buscar su erradicación. Pero casi nadie habla de otra situación que ha de ser superada cuanto antes: la falta de formación visual que se encuentra presente en una porción sumamente amplia de la población.

La falta de cultura visual degrada la sensibilidad. Ante una saturación de imágenes, la falta de criterio para distinguir la calidad de la mediocridad puede nublar el reconocimiento de cualidades en una determinada obra, dificultando el entendimiento de todas aquellas piezas que requieran de una mirada lúcida.

Muchos no lo saben, pero la hipermocracia hace que  personas que no poseen ningún conocimiento de fotografía se sientan profesionales por poseer una cámara réflex o semi-reflex, o inclusive, un teléfono que haga buenas tomas. En un mismo mercado, algunos individuos que hayan logrado hacer algunas capturas en modo automático tienen el mismo derecho de competir  con los que sí han hecho el esfuerzo por instruirse en esa disciplina. Malo para las imágenes, malo para muchos bolsillos.

Algo sumamente común, algo que hace que diseñadores y fotógrafos sientan ganas de asesinar, es escuchar el comentario “Lo siento, encontré a alguien que lo hace más barato”. Entonces, muchas personas que después de haber realizado un largo trayecto en el cual invirtieron sus ahorros en formación y equipo se enfrenten al dilema de si deben rebajar sus precios o no. Como se dijo antes, la hiperdemocracia está en contra del mérito. A diario se ven trabajos visuales de muy mala calidad ganar fama injustamente.  En su libro, José Ortega y Gasset dio una explicación muy pertinente para entender el fenómeno:

No se trata de que el hombre-masa sea tonto (…) tiene más capacidad intelectual que el de ninguna otra época. Pero esa capacidad no le sirve de nada; en rigor, la vaga sensación de poseerla le sirve solo para cerrarse más en sí y no usarla. De una vez para siempre consagra el sentido de los tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos huertos que el azar ha amontonado en su interior y, con una audacia que solo por la ingenuidad se explica, los impondrá donde quiera. Esto es lo que (…) enunciaba yo como característico de nuestra época: no que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino  proclame e imponga el derecho de la vulgaridad, o la vulgaridad como derecho” (Por qué las masas intervienen en todo y por qué solo intervienen  violentamente, Capítulo VIII)

Ser incapaz de interpretar el mundo visual pone en peligro muchos aspectos de la vida. Por un lado, el dinero de varias personas, pero hay muchas más consecuencias (más de los que se pueden mencionar aquí). Anteriormente, se llegó a mencionar que las hiperdemocracias degeneraron en los sistemas totalitarios que asolaron al mundo en el siglo XX. Hay que recalcar que esos gobiernos usaron la propaganda como soporte para manipular a las masas. Las imágenes acosadoras son innatas a esa clase de regímenes, que a falta de criterio de muchas personas, pueden ser usadas para realizar engaños a escalas nacionales.

Una buena publicidad puede vender un mal producto. Un diseñador malo puede venderse como uno bueno. Un gobierno dictatorial puede venderse como una democracia. Las imágenes pueden ser utilizadas para propagar mentiras. La saturación de ellas,  acompañada de un analfabetismo visual masivo, son dos asuntos a considerar altamente peligrosos para las sociedades de hoy en día.

Consecuencias hay muchas, y la solución empieza, nos guste o no, en la exigencia de calidad. No se trata de convertirse en un profesional que únicamente suba en las redes materiales extraordinariamente bien hechos, pero sí, de saber entrenar el ojo para ser capaz de interpretar el infinito de mensajes al que nos exponemos día a día. Saber qué cosas dicen, porqué nos las dicen, y porqué están ahí. Hay que acostumbrarse a distinguir entre el montón, y entender que todo tiene su lugar, su razón y su momento. Un dibujo mal ubicado en una cuenta personal no perjudica a nadie, pero en una cuenta profesional, sí. Una imagen bien hecha requiere de una inversión por parte de quien la realiza. Y por supuesto, saber reconocer quienes fueron las que las hicieron, y para qué, porqué quieren que nosotros las veamos.

Es utópico pensar que la mayoría de los individuos que integran esta sociedad globalizada aprenderá a desarrollar una cultura visual más analítica, la humanidad siempre estará dividida entre la masa y la élite. Sin embargo, tú si puedes hacerlo. En una época en la cual la vulgaridad se apodera de nuestras vidas, es necesario que cada vez más personas aprendan la importancia de entrenar los ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

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