¿Y si vuelve el tracaleo?

Suelo recordar aquél largo viaje que hice a Puerto Ordaz, por tierra, para ver a la Vinotinto. Al llegar al terminal, una palabra a la que estamos acostumbrados los venezolanos se impuso: colapso. No había pasaje de avión para Caracas hasta dentro de varias semanas. Los pasajes por tierra solo se vendían el mismo día y la ciudad acababa de recibir a varios miles de aficionados.

En medio del bululú, un tipo con los bíceps tan hinchados como la vena de su frente gritó: “¡Coño de la madre!, ¡todos te piden algo!, ¡todos quieren algo! ¡Que si dame tanto y te consigo esto! ¡Todos quieren plata, uno tiene que viajar con una maleta llena de dinero!”.

Los lentes negros del hombre acabaron en el piso, mientras sus brazos hacían gestos de niño harto que no se correspondían con su franela negra ajustada de mira qué bueno estoy. En el terminal no había pasajes, pero alguien –con supuestas influencias– ofrecía conseguirte un puesto en equis línea por tantos bolívares.

Me preguntan en Revista OJO si con el nuevo cono monetario, con el retorno del efectivo a las calles, se reactivará esa vieja costumbre criolla del tracaleo. Del no hay, no se puede, pero si me da algo para el cafecito yo le resuelvo. En un país en el que el trabajo más que una fuente de dignidad era considerado un trámite para el placer, martillar simplificaba el asunto y enaltecía la mentada viveza venezolana, esa que permite hacer de un negocio casi cualquier actividad. Si en las crisis hay unos que lloran y otros que venden pañuelos; en Venezuela, cuando hay efectivo hay unos que martillan, y cuando no hay aparecen otros que lo venden.

La escasez de billetes que nos ha golpeado en todo el 2018 generó una actividad que cuesta explicar a los panas extranjeros: la compra de efectivo. Así, un billete se vendía hasta un 300% más costoso que el monto que representaba. Y en un país en el que hay talleres mecánicos sin puntos de venta, en el que el precio de los alimentos varía según la forma de pago y los autobuseros no conocen las cuentas bancarias, tener ocupado el bolsillo con algo más que las tarjetas débito y de crédito es importante.

De esta forma, cierto alivio inundó a más de uno cuando los bancos empezaron a repartir el nuevo cono monetario. Aunque, ya se sabe, aquí las noticias duran minutos: dos semanas después, el monto de retiro diario permitido por cada entidad bancaria va en descenso. En cosa de días, son muchos los que necesitan más billetes que los que el banco les ofrece.

Por eso, cuando me preguntan en Revista OJO si va a volver el tracaleo, el dame tanto y te resuelvo, el billete como motor de calles en las que pulula la desidia, yo más bien me pregunto cuánto tiempo durará la fluida circulación de efectivo. Y, en un país con hiperinflación, por cuantas semanas (¿días?, ¿horas?) esos billetes tendrán algún valor significativo.

Sobre eso reflexionaba mientras iba en un taxi. El chofer me contaba que hace poco lo había detenido una patrulla por cometer una infracción que ni siquiera tenía muy claro cuál había sido. El taxista escuchó paciente al oficial y le dijo que okey, que le pusiera la multa.

—Bueno, ciudadano, pero si usted me colabora con algo entonces yo me olvido de la infracción.

—¿Con algo? No tengo nada, oficial. Por favor, póngame mi multa.

—¿Sabe qué pasa? Que me quedé sin hojas. Entonces no se la puedo poner.

—…

—¿Será que me llevo el carro detenido?

—¿Detenido? Usted no puede hacer eso.

—Por lo mismo. ¿Entonces por qué no me ayuda?

—Aquí tiene mi cartera oficial: yo ni efectivo tengo. Revise.

—Ah, por eso no se preocupe. Yo me monto aquí con usted, mi compañero se sube a la patrulla, y entre los dos lo guiamos a un abasto de unos amigos. Ellos nos prestan el punto: usted pasa la tarjeta y listo, ese dinero lo reclamamos nosotros después, ¿me entiende?

 

Por Mark Rhodes

Deja tu comentario

You May Also Like