Civismo en la plaza

Foto: Contrapunto

Los conciertos de música popular existen, entre otras cosas, para que el público drene sus emociones. Mientras en los eventos deportivos la conmoción puede venir por cualquier lado y en cualquier momento, cuando se está frente a una tarima se pretende crear un ambiente de desorden organizado. Algo así como una pachanga en la que el hedonismo rebasa los límites cotidianos sin acercarse al crimen. Lo que, con frecuencia, es un camino tan difícil de transitar como el de un noviazgo que vive entre las posibilidades de matrimonio y las de manicomio.

A las tantas nostalgias que hierven en Venezuela se le puede sumar la de los grandes toques/conciertos/festivales de música. El problema no es solo lo que cierra y lo que se va, sino lo que ya no viene. El país dejó de ser una de las paradas de las bandas y cantautores internacionales, mientras que las organizaciones privadas ven cada vez más difícil organizar eventos con el talento local. Quienes vivimos en Caracas a veces sentimos un silencio que resulta demoledor: recuerda lo que ya no pasa.

Por eso la primera edición del Paix Fest resultó una noticia tan agradable en el tercer trimestre de 2018: nos recordó que en Venezuela pueden sonar otras cosas aparte de las balas y las quejas.

Tres días: viernes, sábado y domingo. Un lugar: la Plaza Alfredo Sadel, de Las Mercedes. Muchos puestos de comida que fungían de muros para crear un universo cerrado, un mundo en el que uno entraba para sentirse dentro de un burbuja que se asentaba en medio del incendio. Por primera vez en mucho tiempo, cientos de habitantes del Valle de balas sacábamos nuestros teléfonos, mostrábamos efectivo y caminábamos sin ver para los lados. Como si los amplificadores sirvieran para espantar la sensación de inseguridad.

El viernes, el Paix Fest abrió con una banda tan novel que el público estaba compuesto por las novias, hermanas, mamás, papás y amigos de los integrantes. Se me ocurrió que había algo de magia en eso. Los rostros adolescentes de muchachos que aprendían a soltarse en tarima ante el brillo incomparable de una madre orgullosa. El éxito más que un punto de llegada es un proceso: la vida es emocionante mientras vemos a otros crecer. Si algún día esos chicos logran llenar el Poliedro de Caracas, jamás olvidaré que la primera vez que los vi en escena el bajista apenas podía mover algo que no fueran sus dedos, no sé muy bien si por estar en trance o por estar nervioso.

Foto: Goe

Situaciones parecidas vivirían varias bandas. Aunque casi todas tendrían espectadores que las reconocían y las celebraban, salvo Desorden Público y Aditus –platos fuertes del sábado y domingo, respectivamente– ninguna tocaría con la actitud del que sabe que tiene autógrafos que firmar.

En el mundo actual, la contemplación como fin en sí mismo perdió protagonismo. Sentarse a observar las montañas solo por placer no parece tener sentido si no es mediante un smartphone y para tomar una foto que luego se compartirá en redes y medirá su éxito según la cantidad de interacciones que genere. Se busca hacer de todo un fast food que haga salivar y que facilite comer y excretar casi al mismo tiempo. La sociedad resulta cada vez más incapaz de apreciar la belleza o emociones que despiertan los artistas: necesita consumirlos, devorarlos. Muchos pagan entradas no para ver a un genio entrar en estado de trance mientras supera sus limitaciones humanas a través de la música: las pagan para pedirle un autógrafo.

El Paix Fest fue la antítesis de esto. Los músicos que se bajaban de tarima pronto se incorporaban al público que hacía unos minutos los ovacionaba, para disfrutar de las interpretaciones de otros colegas. O al revés: antes de subirse a tarima, uno los veía hartarse de cervezas, bailar o engullir alitas de pollo como si solo fueran un espectador más.

Que en un país al que se le achacan tantos vicios se viera tal muestra de civismo desafía el lugar común de los extremistas, sobre todo el de los que afirman que Venezuela es el reino del faranduleo. Supongo que quienes asistimos al Paix Fest lo hicimos para romper la rutina, para disfrutar de la música o para divertirnos en armonía. Conceptos todos que se pelean con la necesidad social de crear ídolos para luego devorarlos. Todos éramos tan de carne y hueso que, desde la tarima, el vocalista de Aditus reclamó a un borracho alegre que estaba en primera fila el que no cantara su canción.

Cuando  comenté esta idea con algunos conocidos, me respondieron con sorna que esperase a ver si los integrantes de Desorden Público también podrían caminar entre la gente como un espectador más. Los secundé en su escepticismo, hasta que el plato fuerte del festival hizo su aparición. En cosa de segundos, el sábado, la plaza pasó de bailar salsa (y digo, literalmente, bailar) como en la mejor discoteca, a convertirse en una lata que apenas permitía el movimiento. Cuando el baterista Dan-lee apareció en tarima para preguntar “¿A quién le gustaaaa Desordeeeeeen?”, sentí que o todos nos habíamos reproducido repentinamente por mitosis o que habían encogido la plaza. Todo se puso a reventar, menos la cordura. Varias horas después me enteré de cómo Dan-lee y algún otro miembro de la banda caminó por la Alfredo Sadel sin mayor contratiempo que tomarse una foto con una fan.

¿Quién dijo que en Venezuela todo está perdido?

 

Desorden Público celebrando su cumpleaños número 33 fue el clímax del desorden organizado. En la misma ciudad en la que ocurren tiroteos dentro del Metro, se armó un pogo cerca de una mujer que, en primera fila, cargaba a un bebé. No hubo más drama que el de un par de personas solicitándole a los espectadores que repartían golpes entre sí que, por favor, tuvieran cuidado. Y estos obedecieron. Todo fue tan maravilloso que hasta uno de los que gozaba de esa forma de baile le indicó a otro de los que también repartía empujones que lo hiciese con los puños hacia abajo para no lastimar tanto. El par de varones acabó abrazado entre sí al ritmo de “Eéa, Desorden’ta en la calle”.

Foto: El Pitazo

No había terminado de enternecerme cuando, en el medio del pogo, vi a un muchacho con el cabello más nutrido que su cuerpo darle golpes y patadas a quienes bailaban junto a él. Su cara de maníaco alegre iba en consonancia con una fuerza y energía que nada tenía que ver con su aspecto de modista, justo entonces dije en mi mente: “¿¡Pero este no es tecladista de la banda que se montó hace horas!?”.

Desorden Público tiene 30 años cantando las mismas canciones. El país se lo puso demasiado fácil. El espíritu crítico de sus letras, que calzaban con la Venezuela de los 80 y los 90, no solo sigue pareciendo oportuno en el 2018, sino que a veces da la sensación de que la realidad supera sus metáforas. Si Caracas era un Valle de balas en 1997, ¿ahora qué es?

Horacio Blanco, el vocalista, aprovechó para decir que Políticos paralíticos hoy tiene más sentido que antes; entonces, el bajista Caplís hilvanó una serie de insultos contra el régimen y desató una furia de aplausos solo similar al orgasmo: el desahogo estaba casi completo. Acaso faltaba el cigarrillo después del coito: Horacio Blanco instándonos a enarbolar nuestro dedo medio lo más alto que pudiéramos, como un mensaje claro al tirano.

La victoria de los que queremos construir un mejor país fue que el desahogo no devino violencia. Todo se sublimó en las pasiones musicales. Entonces recordé para qué sirve el arte.

El domingo, había más gente que el viernes pero menos que el sábado. E igual se veía a los músicos que se presentaron los días anteriores gozando entre el público. Era el caso de Jhoabeat y Giselle Brito –quienes presentaron una de las propuestas musicales más llamativas del Paix Fest, en la que todo giró alrededor del beatbox– que tomados de la mano bailaban salsa como si estuvieses en un festival del colegio, esto una hora antes de que A lo Flamenko pusiera en trance al público, como aperitivo al retorno de Aditus a Caracas.

Si que Desorden Público cumpliera 33 años era digno de resaltar, los 43 años de Aditus lucían como una proeza. ¿Cuántas Venezuelas distintas ha vivido esta banda? El arte es capaz de trascender el tiempo, pero los humanos no. El rostros envejecido de algunos integrantes quitó el velo que cubría la nostalgia de esas señoras de piel arrugada que llevaban años diciendo que hay algo eléctrico entre tú y yo. Pero lo más llamativo fue la emoción con la que un grupo de adolescentes pedían, clamaban –fastidiaban– para que les tocaran Victoria. Y justo eso cantaron cuando sonó su canción favorita, como una muestra de que la buena música es atemporal.

Por un fin de semana, todo giró en mi vida en torno al festival. Lejos de sentirme culpable por lo que para algunos podría ser considerado una evasión, festejé respirar tanta alegría y civismo. Aditus se despidió cantando que “no podrán apagarnos, Venezuela”. Y yo pensé que algo deben de saber sobre la perseverancia y mantener las velas encendidas, aún en las peores ventiscas, unos tipos que llevan 43 años cantando sus hits.

 

Por Lizandro Samuel |  @LizandroSamuel 

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