El registro silencioso

Foto: EFE

Hay que imaginarse el momento en que la Divina comedia existe como manuscrito inacabado, cuando aún no se ha convertido en el poema que despierta la admiración del mundo entero. Dante está escribiendo digamos el canto cuarto, y todo es posible; puede coger una pulmonía y morir antes, incluso, de haber acabado el Infierno. La visión de la totalidad, por supuesto, ya está latente en su cabeza, pero de ahí a su segura plasmación en el papel hay todavía un largo y peligroso camino; bacterias y virus -y también los enemigos políticos- no andan ociosos.

Me gusta imaginarme ese momento, y no sólo por razones de naturaleza filológica. En cierto sentido, el mundo siempre se halla en esa misma condición -en la condición de un manuscrito inacabado-, incluso aunque nos parezca que ninguna obra maestra está fraguándose en este preciso instante.

Adam Zagajewski.

 

Por lo menos desde los años setenta, sin olvidar los avatares de la lucha armada, se ha llevado un registro de la violencia en Venezuela. Hablo de un registro desde la literatura, contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica. Si nos remontamos hacia un pasado más remoto, hacia el siglo XIX por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la prensa nacional, clandestina o no. Con la llegada de la paz gomecista, las cosas cambiaron: el auge y conciencia de lo social, vinculado en muchos casos con las teorías políticas de izquierda, orientaron su atención hacia los avatares del ciudadano común, y sus vínculos con elementos esenciales: el hambre, la explotación del Capital, las enfermedades; todo esto como reflejo del abandono (esa forma de violencia) de las masas por parte de los responsables de las políticas de Estado. Su temática es variada y hace énfasis desde los setenta en el crecimiento desbordado de los barrios, en la vida en las abarrotadas cárceles, en la violencia desatada por la guerra de las drogas, y el protagonismo del delincuente, quien luego mutará hacia nuevas denominaciones: capo, pran, etc.

En nuestro país hay un registro de la violencia, destacándose desde la década ya mencionada y subiendo con cada década posterior: los ochenta, los noventa. Israel Centeno y José Roberto Duque son dos nombres esenciales, en especial en las primeras etapas de sus obras (la de Centeno se crece con los años). Hay entonces, sí, un registro de la violencia pero, ¿lo hay del autoritarismo? ¿De la dictadura o lo dictatorial? Desde Pérez Jiménez no recogimos nada, a razón de los años de la democracia (llena de violencia, y de su registro, claro está). Pero es quizás con la llegada de Hugo Chávez al poder que podemos empezar a contar un testimonio de lo autoritario y con el gobierno de Nicolás Maduro, de lo dictatorial.

Tardamos años en comenzar un registro de lo autoritario. Las bravuconadas de Jaime Lusinchi son un juego de niños frente a los desplantes del fallecido Teniente Coronel. Nos permitió recopilar sus palabras gracias a todos sus programas de los domingos, hoy poco citados y olvidados (solo recordados con énfasis por los especialistas). Pero no hablamos del afán verborreico del nativo de Sabaneta: hablamos de sus acciones autoritarias y despóticas, que aplastaron a millones de venezolanos. Hablamos de esas acciones que acarrearon consecuencias para un país entero y que inauguraron diferentes categorías de ciudadanos, dependiendo de la orientación política que signara a cada uno. Dentro de estas acciones autoritarias, podemos recordar la movida de alfombra en la dirección de los Museos en el país, la Biblioteca Nacional y otras instancias culturales. La transformación (negativa, pobre, comprobamos en estos últimos años) de un aparato cultural sostenido desde el apoyo del Estado desde finales de los sesenta y que, a pesar de sus taras y vilezas, arrojó resultados positivos y dignos de emularse en otras naciones latinoamericanas (el sistema de Bibliotecas Públicas, por ejemplo; no hablemos de Biblioteca Ayacucho o Monte Ávila editores).  Como un rey Midas en verde oliva, Hugo Chávez desbarató una gerencia eficiente e instaló un aparato más burocrático e inútil que cualquiera que ha tenido presencia en nuestra historia cultural.

Vayamos más hondo. El paso del registro de la violencia a lo autoritario tardó mucho en Venezuela. Demasiado, dirían algunos. El de la violencia sigue firme, pues la misma señorea en nuestra pobre república como un antiguo dios; el del autoritarismo ha sido más lento. Y nada reclama más un ciudadano de acción a las letras que eso: la lentitud del proceso, la lentitud, la lentitud. Lo poco inmediato del registro de las cosas, del testimonio, del modelo lector. No lo olvidemos: los escritores dan las palabras necesarias para expresar lo que sentimos y que no sabemos cómo expresar del todo.

Sigamos bajando. Recordemos que hablamos de autoritarismo, algo que habíamos dejado atrás desde hace décadas y que volvió, parece, para instalarse nuevamente como forma de gobierno. Y todo autoritarismo es un gargajo consecuente en la cara. Mancha, además, el idioma, la palabra, pervirtiéndola. Es él quien le hace el camino a lo dictatorial y a lo tiránico. ¿Cómo registramos lo autoritario, desde el campo literario? ¿La respuesta de los escritores ha sido contundente y marcada a través de los años  por una visión profunda de los acontecimientos que vivimos? ¿Hay un registro de lo autoritario por la palabra desde el comienzo del chavismo? Recordemos que el orden de escritura no es siempre el de la publicación: estos registros se han desarrollado a la largo del tiempo y muestran carne dolida por esos tiempos nefastos. La poesía, más que la narrativa ficcional, ha vinculado el proceso político que significó el chavismo con aquello presente en nuestro imaginario más profundo y en nuestro inconsciente.

¿Ha hecho su labor?

La narrativa lo ha hecho con nuestra historia (Suniaga, Vegas, etc). Debemos esperar a esta década que ya avanza hacia su final para encontrar textos en donde la crítica del autoritarismo esté presente de manera enfática: autores como Gisela Kozak, por ejemplo, o Alberto Barrera Tyzska. ¿No es demasiado tarde? ¿Tenía que morir Chávez para poder hacerlo? ¿No leímos con claridad que el chavismo fue siempre un autoritarismo? ¿O simplemente olvidamos que la literatura y su proceso creativo llevan sus tiempos, su orden, su proceso particular, muy diferente del que puede observarse en otros registros de la memoria?

¿Qué es real? ¿Qué es falso de todo esto? ¿Hubo autocensura de editoriales o escritores? De los primeros, lo dudo. Ahí está la larga labor de editorial Alfa, entre otras. ¿Y de los escritores? ¿Dudaron de la simiente siniestra del chavismo? ¿Cuántos vivieron el espejismo democrático del Comandante o, peor aún, del socialismo del siglo XXI?

Lleguemos al fondo. El registro de lo autoritario nos preparó para el registro de la dictadura. Las dudas, los aciertos de las obras escritas y publicadas durante los últimos años nos dan un muestrario bastante claro de lo que somos: nostalgia de tiempos mejores (¿¡los años noventa!?), de un país desaparecido ya, de ese crepúsculo sensual y triste que antecedió la llegada de la noche; crítica despiadada del ser nacional; la vuelta perenne al campo para reconocernos nuevamente; el fracaso de la modernidad en nosotros; el Centauro permanente avanzando siempre entre haciendas calcinadas; el barrio y su exaltación o desprecio; la derrota de la clase media. La lista es larga y sin final y de cada parte de esta lista hay un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro.

El registro de la dictadura, de lo dictatorial se está haciendo ahora y podemos leerlo en Twitter, Instagram, Facebook. Podemos, también, testimoniar el trabajo en silencio de otros autores; y también podemos registrar el triunfo mudo del terror: son muchos escritores quienes se quedaron sin palabras para testimoniar este tiempo infeliz. Un silencio llena su boca y sus manos. Pero en algún momento, escribirá. En dos, cinco, diez años. Y vendrán sus palabras para recordarnos lo acontecido.

El registro de lo dictatorial nos recuerda la subversión que significa también toda palabra. Nada más conservador que el idioma, y nada más rebelde.

Las palabras son peligrosas. Peligrosísimas. Y dan el golpe de campana de una época.

Para honrar la memoria de tantos muertos, heridos, encarcelados. Y nunca olvidar.

 

Por Ricardo Ramírez Requena  |  @maqroll30

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