Política y espectáculo en la salud mental

“verse a sí mismo, desnudo ante los otros,
desnudos también ellos, devolviéndonos
a la solar ingrimitud de ser un cuerpo
parado allí frente a los ojos
del escrutinio ajeno, sin la sombra
bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable
con la conciencia súbita de estarlo
en la desolación panóptica del día,
justo en el eje de las doce en punto.
Sí, el sol en las ventanas también era
un ojo coherente y vertical:
la mirada de Dios, omnividente,
de la que deseábamos huir, sólo escapar
para no sentir la vergüenza de ser vistos
siempre desnudos, con el sudor manante”.

La desnudez del Loco (Armando Rojas Guardia).

 

Un ejemplo de las formas de hacer política en la Venezuela actual es este hecho ocurrido en el 2016:

Suena el tema El mundo de las Locas tocado por La Big Band de San Agustín, para abrir el talk show de Jorge Rodríguez: Política en el Diván. El tema del programa: demostrar que Ramos Allup sufre de los mismos síntomas psiquiátricos que hace más de diez años le achacó al fallecido Hugo Chávez Frías.

Al mismo tiempo que un psiquiatra venezolano ­–y figura pública–  dedica una hora para hacer un diagnóstico diferencial entre un ex presidente y un político opositor, el New York Times publica un artículo sobre el estado crítico de un psiquiátrico en Barquisimeto, donde no hay medicinas, ni comida, ni ropa para vestir a los pacientes.

Al mismo tiempo que Jorge Rodríguez intenta convencer a su audiencia de que Ramos Allup podría tener un trastorno psicótico –basándose en manuales diagnósticos–, en El Pampero hay una mujer diagnosticada con un trastorno del ánimo que, debido a la falta de medicinas necesarias, tuvo que ser desnudada y aislada por miedo a que se ahorcara con su propia ropa.

Como psicólogo no puedo dejar de pensar que estos dos escenarios, que ocurren simultáneamente en un mismo país, constituyen hechos estrechamente relacionados.

El uso de la Salud Mental con fines políticos partidistas ha sido documentado anteriormente en países como China y la Unión Soviética. Inclusive en Venezuela en los últimos años se han documentado casos importantes en este tema.

Por ejemplo, en la Unión Soviética existía un diagnóstico denominado “Sluggish Schizophrenia” –una traducción posible al español sería “Esquizofrenia Latente”–, que servía para diagnosticar a personas que no habían presentado todavía la sintomatología clásica de la esquizofrenia, pero que presentaban otros síntomas que hacían suponer a los clínicos que estas personas eventualmente iban a desarrollar un cuadro psicótico; estos síntomas incluían: “delirios de deformismo”, “resistencia para aceptar la verdad” y “perseverancia”. Con el mismo objetivo, se diagnosticaba con trastorno de personalidad psicopática a personas que no podían adaptarse a la sociedad, siendo constantemente arrestadas, muchas veces por razones políticas. Todas estas categorías diagnósticas fueron abiertamente criticadas y calificadas como abuso político en la psiquiatría.

En relación a Venezuela, uno de los ejemplos más emblemáticos de abuso de la psiquiatría con fines políticos partidistas es el caso de Franklin Brito, quien fue hospitalizado en contra de su voluntad por iniciar una huelga de hambre para protestar por la expropiación de sus tierras; diferentes autoridades del Gobierno declararon que Franklin no estaba en condiciones mentales para tomar sus propias decisiones.

Desde mi perspectiva, queda claro que el talk show de Jorge Rodríguez no es más que otro ejemplo de la utilización de la psiquiatría con el objetivo de discriminar a los disidentes: está utilizando el canal del estado para “diagnosticar”, fuera de la confidencialidad de un consultorio, a una persona que se opone al Gobierno y que no está pidiendo su opinión médica. Además, el nombre “Política en el Diván” pareciera dar la idea de que el presentador del programa posea una omnipotencia que le permite interpretar libremente la vida política del país.

Sin embargo, creo que el programa del dirigente del PSUV refleja algo más complejo que el drama entre el chavismo y Ramos Allup. Considero que no solo es un ejemplo del abuso de la psiquiatría con fines políticos, sino del uso de la salud mental como un espectáculo.

 Jervis (2015) explica que cuando ciertas representaciones, como las de género, entran en la esfera pública a través de los medios comunicación abren las posibilidades de crear nuevas narrativas que permiten nuevas formas de liberación o explotación.

En el caso de Política en el Diván, considero que se trivializa la Salud Mental y se la reduce a un instrumento de debate entre figuras públicas. Esto hace que, en parte, las demás personas que no son figuras principales del debate público entre chavistas y opositores queden invisibilizadas.

Creo que una imagen poderosa en el artículo de Kohut y Casey (2016) es la foto de una mujer sola, acostada, con nada más que una cobija. Según lo reseñado, la mujer retratada fue diagnosticada con un trastorno del estado de ánimo, pero al no haber medicación disponible y ante la preocupación de que pudiera suicidarse, tuvieron que aislarla desnuda con solo una cobija.

Al ver esa imagen, recordé del poema de Armando Rojas Guardia, La desnudez del loco; de cómo muestra –de forma brillante– una paradoja que existe en el trabajo de la salud mental: por una parte pretendemos –los profesionales– descubrir los deseos más profundos de nuestros pacientes “desnudándolos”, pero al mismo tiempo los objetificamos con procedimientos genéricos de “tratamiento”, desde intervenciones psicoterapéuticas fuera de contexto, hasta prácticas de cuidado insensibles, como no permitirles tener privacidad al momento de bañarse.

El usar una hora de programación de televisión del Estado para asegurar que Chávez no sufría de un trastorno psiquiátrico y que el presidente de la Asamblea Nacional sí,  es la representación más clara de esta paradoja: vamos a hablar de psicosis con el fin de entretener al público, pero sin profundizar, ni problematizar. Vamos a usar el lenguaje clínico con el que muchas personas –que realmente sufren por esta condición– tienen que lidiar, solo con el fin de discriminar políticamente a un adversario. En resumen: vamos a hacer de la salud mental un espectáculo.

Desde un punto de vista psicoanalítico, Freud (1917) explicaba que en los duelos más complicados la sombra del objeto perdido cae sobre el yo; esto significa que cuando una persona sufre un duelo, lo que representa la persona perdida sustituye los propios deseos de la persona que sufre: solo hay espacio para pensar en la persona que se ha perdido.

Cuando Jorge Rodríguez afirma que Chávez es el venezolano más importante en los últimos doscientos años, deja ver un poco lo desarrollado por Freud: cómo la vida pública ya no trata de los problemas de la gente sino de los problemas de los actores políticos principales; cómo la sombra de Chávez y lo que implica el chavismo ha recaído sobre lo que significa ser venezolano, inclusive cuando eres uno recluido en un hospital psiquiátrico, sin medicación.

Algo similar expone Butler (2006) cuando afirma que en el manejo del duelo en la esfera pública no todas las vidas son narradas como lo suficientemente valiosas como para ser sufridas. Lo más dramático en el caso de Venezuela es que –al parecer– las únicas vidas que merecen un espacio en la esfera pública son las de los principales actores políticos.

Creo que cuando el debate político –de ambos lados– deje de ser un espectáculo y pretenda profundizar en los problemas de la gente cotidiana, es cuando personas, como la mujer desnuda y aislada en El Pampero, tendrán una oportunidad de tener una respuesta sensata ante su sufrimiento.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

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