Arrival: el lenguaje como piedra angular

En su momento, ver Arrival (2016), dirigida por Denis Villeneuve y escrita por Eric Heisserer, me produjo cierto temblor: por la emoción, la sorpresa y la impresión de que una pieza cinematográfica haya resonado con tanta potencia en mí. Eso es lo que pasa cuando encuentras una obra de arte que te habla de frente sobre las ideas que has venido trabajando, que te cuenta sin complicaciones tus propias cavilaciones sobre la naturaleza humana, que te dice con una belleza sutil que no estás solo en tus construcciones, que nunca lo estarás. Es la misma sensación que tuve al leer Desde el Jardín, de Jerzy Kosinski (1971); El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald (1925); Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967); la misma sensación al ver Si hubiera sabido que era un genio, de Domenique Wirstchafter (2007); o Inception, de Christopher Nolan (2008). En fin. El caso es que más adelante lanzaré algunos spoilers, así que si no has visto la película y te interesa verla con la ilusión del primerizo, te recomiendo que te detengas aquí, la veas y luego retomes esta lectura.

La película me atrapó desde la primera escena por su calidad narrativa. Comienza diciendo el personaje de la doctora Louise Banks (Amy Adams) algo como “Siempre creí que aquí era donde comenzaba tu historia”. Apenas lo escuché pensé “Qué buen inicio; qué bien escrito”. Y, paradójicamente, sería esa una de las claves de la película: escribir bien, entender los vericuetos del lenguaje, expresarse correctamente, generar el espacio para darse a entender.

No obstante, mientras iba avanzando me asusté un poco, pues pensé “¿Qué puede hacer una profesora de lingüística en medio de una invasión alienígena?, ¿es necesario poner a esta mujer a cargar armas más pesadas que ella para destrozar seres viscosos de otro planeta?”

He ahí mi primera sorpresa en cuanto al abordaje que supone la película: realmente necesitaban a una experta en lingüística para poder comunicarse con los alienígenas. Contrario a lo que sucede en otros filmes similares, estos alienígenas no parecen demostrar una inteligencia superior que les permita ajustarse a una “lengua primitiva” como la humana. Por el contrario, parecen tener un lenguaje propio. Surge la necesidad, entonces, de establecer un puente comunicacional, ¿pero cómo?

En la escena donde se conocen la Dra. Louise y el doctor Ian Donnelly (Jeremy Renner), aparece lo que pudiera ser el mensaje central de la película y uno de los pilares sobre los que para mí se sostiene la humanidad. Donnelly lee en voz alta un pasaje de un libro de Louise, donde ella asevera que la piedra angular de la humanidad es el lenguaje, definiéndolo como el pegamento que une a la gente y la primera arma en ser desenfundada durante un conflicto. En un acto de arrogancia, Donnelly le señala su error, pues lo central para la humanidad, según él, es la ciencia.

La escena me hizo reír. Reír de la alegría por lo que comentaba Banks en su libro y reír de la ternura al escuchar el contra-argumento de Donnelly.

¿Qué sería la ciencia sin el lenguaje?, sin su capacidad de divulgación y difusión. Qué sería de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la cotidianidad, del amor, de la guerra, de los humanos, si no tuviéramos el lenguaje. ¿Qué sería de nuestra existencia sin un sistema de códigos que nos permitiera organizar y simplificar nuestra experiencia? ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos decir “mariposa roja” para señalar al animal que tenemos delante, sin tener que mencionar todos los otros animales que no son lo que estamos viendo? ¿Cómo pudiéramos lograr algo si no tuviéramos el lenguaje para separar el yo del no-yo; el “humano” del “heptápodo”; el “Louise” del “Ian”; el “Abbott” del “Costello”?

Dice Jerome Bruner en su libro La Fábrica de Historias (2002) que el lenguaje es la moneda de cambio de la cultura. Me adscribo a ese pensamiento. Es a través del desarrollo de un sistema tan complejo que hemos podido crear civilizaciones, levantar imperios, derrocarlos, hacer arte, deconstruir el arte, expresar nuestros pensamientos de la forma más cercana posible a cómo se forman en nuestra mente. De hecho, para Bruner (así como para otros autores como Gergen, McAdams, White, entre otros), el lenguaje juega un papel fundamental en la construcción de nuestra identidad. Nos narramos a nosotros mismos, elaboramos el mito de nuestra personalidad, le contamos a los otros la historia de quiénes somos y ellos, utilizando la misma moneda, nos “compran” esa historia, la validan, para que tanto ellos como nosotros podamos tomarla como cierta y perpetuar el mito en el tiempo.

“El poder creador de la palabra”, me ha repetido mi mamá desde siempre. Es una constante en la literatura: Dios creando al mundo desde la oscura y caótica Nada, a partir de palabras; Aslan creando Narnia, a partir de palabras; Alonso Quijano convirtiéndose en el personaje de sus sueños, a partir de las palabras; Harry Potter descubriendo su verdadera naturaleza, logrando ver a sus padres, protegiendo a sus amigos, todo a través de hechizos, que no terminan siendo otra cosa que palabras; Aureliano Babilonia leyendo los escritos de Melquíades sobre la suerte de los Buendía, construyendo la historia de su familia mientras leía, armando toda la saga familiar a partir de palabras.

El lenguaje tiene el poder de crear realidades, mundos, historias que comienzan como ficciones y se convierten en certezas antes de que nos podamos dar cuenta. Pasa con los discursos políticos, con los discursos de poder: a veces arranca todo como una mera herramienta retórica que luego se solidifica como parte de la realidad. ¿No suelen arrancar así muchos de los procesos de construcción de grupos? Nos aferramos a una pequeña porción de la “realidad” y empezamos a construir palabras a su alrededor, hasta que el relato se vuelve tan sólido, tan redondo, tan convincente, que no podemos hacer más nada que asumirlo como verdadero, como si pudiéramos verlo caminando por las calles; porque lo vemos, el lenguaje se vuelve carne y esa carne se vuelve acción.

Y así como crea realidades, el lenguaje crea culturas. Al crear culturas crea normas de funcionamiento. Al crear normas moldea formas de pensamiento. Estas formas de pensamiento son las que a su vez (no sé si este giro tenga sentido) validan las propias culturas, las hacen sistemas cerrados y funcionales que determinan una forma de comportamiento específica para un momento y lugar en específico. Aprender un idioma no es solo aprender las palabras, los fonemas y las normas de gramática. Aprender un idioma implica el aprendizaje de una cultura nueva. Una vez hablaba al respecto con un amigo que vivió un tiempo en Alemania. Él me decía “Mi humor cambiaba cuando hablaba en alemán. Creo que era un humor más intelectual, más cínico; era una cosa diferente”. La familia de mi ex novia es portuguesa. A veces, para fastidiar, imitaba el acento portugués cuando hablaba con ella. Lo que me salía era el acento brasileño. Ella me corregía “Así no. Lo estás diciendo demasiado melódico. Tiene que ser más pretencioso, más neutro, más cerrado”. El idioma no es solo el idioma. El idioma, el lenguaje, incluye la gestualidad, la pronunciación, la forma de articular, todas ellas claves culturales que suman a la vivencia en un grupo en particular.

Es lo que sucede en Arrival. La milicia estadounidense quería, de inmediato, entender el lenguaje de los heptápodos, hacerles las preguntas que querían hacer, obtener la información que necesitaban y ejecutar un plan de acción. Louise Banks, conocedora del asunto, les hace tomar un paso atrás. La doctora Banks se sumerge en un trabajo etnográfico, en un proceso de presentación de la cultura humana a través de nuestro lenguaje, de darles a conocer a los extraterrestres las claves básicas que necesitan para comunicarse y, a su vez, poder comprender el lenguaje de los visitantes y hacer llegar con efectividad los mensajes y las inquietudes que cada uno tiene.

Mientras más se involucra con el lenguaje de los heptápodos, Louise va notando cambios en su forma de pensar. Ian le pregunta en algún momento: “¿Estás soñando en tu idioma?” Una de las claves del aprendizaje de un idioma es cuando comienzas a pensar en ese idioma en particular. Porque pensar en ese idioma implica poder entender el contexto en función a las herramientas que da ese lenguaje, permite organizar la realidad según las categorías que brinda ese sistema; es empezar a actuar en función de los códigos particulares de ese grupo. Es en ese momento cuando realmente empiezas a moverte en un lugar nuevo: cuando puedes pensar en el idioma local.

En la película el asunto es llevado a unos extremos que pueden ser excesivos, pero son geniales. Louise, a través del manejo del lenguaje extraterrestre, empieza a tener visiones del futuro. Estos seres tienen una comprensión particular del tiempo: lo tienen todo frente a sus “ojos”, están conscientes de lo que pasa ahora, lo que pasará mañana, lo que pasará en tres mil años. Louise logra una comprensión tan profunda del lenguaje de los heptápodos que llega pensar como ellos, sentirse parte de su grupo.

En el portugués tenemos saudades, y una vez que aprendes esa palabra sientes que conceptualiza un sentimiento que no existe en otro idioma. Cuando manejas el español, “se te puede hacer tarde”, algo que en idiomas como el alemán o el inglés es imposible, pues tú siempre eres el que llega tarde. Y así pudiera haber muchos más ejemplos con muchos lenguajes alrededor del mundo. Lo cierto es que para poder entender las intenciones de los extraterrestres, había que preguntarles en su idioma, había que escucharlos (leerlos) en su propio lenguaje y había que interpretarlos a través de esas manchas de café mediante las cuales se comunicaban.

Qué buena representación de lo que es el trabajo social, de lo que tenemos que hacer los psicólogos y cualquier científico social muchas veces. En ocasiones, no hay mejor intervención que despojarse de todas las barreras innecesarias entre nosotros y los demás (tal como hizo Louise al quitarse toda la parafernalia que le impedía tener un contacto directo con los heptápodos) y acercarse con toda la humildad posible a entender la forma en que ese otro grupo configura, entiende, piensa y comunica la realidad que lo rodea.

Siento que eso se nos ha olvidado, si es que alguna vez lo supimos. Desde las posiciones de poder se intenta implementar soluciones a problemas que, a veces, solo existen en sus discursos. Pero como ya comenté anteriormente, de tanto repetirlos se terminan convirtiendo también en nuestros problemas. Y, para rematar, aquellos que los inventaron no tienen ni siquiera las habilidades o la disposición para terminar de darle respuesta a esa problemática que ellos mismos verbalizaron y terminaron haciendo real. No solo eso, sino que sus intentos por “traducir” sus intenciones o por entender las peticiones del pueblo son tan torpes como ese primer intento de los militares estadounidenses de “traducir” los sonidos que hacían los extraterrestres. Tal como pasaba en la película, muchos de estos actores están haciéndole caso a las señales equivocadas (si es que atienden a algunas señales en absoluto).

Hay que tener siempre en cuenta lo importante que es hablar el idioma del otro, así ambos hablen español. No siempre nos movemos en los mismos códigos, incluso dentro de la misma lengua. Cada palabra tiene un bagaje histórico y cultural que llena nuestro discurso de puertas traseras por las que se llega a un mundo casi infinito de significados, imágenes, recuerdos y vivencias. En Arrival, los extraterrestres hacen referencia a su idioma como un “arma” o una “herramienta”. No hay mejor forma de ponerlo. El lenguaje es un arma de construcción masiva. Es la arcilla con la que moldeamos los constructos que le dan sentido a nuestra existencia. Sin comunicación no hay sociedad, sin sociedad no hay humanidad, porque estamos diseñados no solo para vivir, sino para convivir. Es muy claro en la película: el idioma de los extraterrestres se convierte en un puente que une las comunicaciones de todo el planeta. Es un mensaje un tanto hippie al final, pero tiene mucho sentido. La lengua como puente entre las mentes.

Esa es la idea que hace que la película me siga dando vueltas en la cabeza. Ese gesto que hacen quienes saben de niños, cuando se agachan para estar a su nivel y utilizan las mismas palabras que ellos escuchan en sus programas de televisión. Ese gesto de humildad que hacen algunos “exploradores” al aprender primero el idioma del país al que van a viajar para poder comunicarse como es debido, para poder acceder a los contenidos como se debe. Y lo mucho que enriquece nuestro conocimiento de las culturas el dominio de las particularidades de los lenguajes, incluso dentro de una misma lengua.

 

 

Por César Aramís Contreras  | @CesarAramis

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