#MemoriasDeLaRevolución: El combate y la muerte

El combate se adelantó, en otro escenario, con otros contendientes. No se jugó una medalla, le tocó defender su vida. A las cinco de la mañana salió de su casa, veinte minutos después descubrió que en este país el hampa también madruga.

Este fue el día esperado durante los últimos siete meses. Entrenó para lograr la victoria.

Su padre encendió la camioneta y esperó a que el motor calentase. Estaba orgulloso, su hijo representaría el Estado Zulia en una competición nacional. Esa madrugada debía salir a Caracas.

Finalmente los sacrificios comenzaban a dar resultado. Metió la maleta en la camioneta. Se despidió de su madre con un beso y un abrazo. A solo diez minutos del aeropuerto internacional de La Chinita, de Maracaibo, la camioneta se apagó. Habían tomado precaución respecto al tiempo, la camioneta se apagaba repentinamente en las últimas semanas, la pieza que se necesitaba cambiar para corregir la falla era muy difícil de conseguir en el país, como todas las autopartes de cualquier marca de vehículos.

Decidieron esperar unos minutos sin bajarse de la camioneta, para luego intentar encenderla de nuevo. Tres minutos después el hijo tomó el lugar del piloto y el padre bajó para darle unos golpes al motor de arranque. No vio de dónde salieron los tres hombres que se pararon alrededor de él cuando dio el primer golpe. Uno lo apuntó con un revólver, el otro le quitó el destornillador que le servía de martillo. El tercer hombre caminó hacia la puerta del piloto y le ordenó al muchacho bajarse y caminar hacia la acera. Él obedeció, pasó frente a su padre y los otros dos, visualizó el combate, tal como había aprendido en sus años de entrenamiento. Intuyó que podría provocar fácilmente al único que sostenía un arma. Así lo hizo.

Les dijo a los delincuentes que no tenían nada de valor en el carro, solo ropa y que esta estaba en el maletero, que iban en dirección al aeropuerto. El hombre con el arma le hizo señas a uno de sus secuaces, quien se quedó con el padre, mientras él y otro más caminaron hacia el maletero apuntando al muchacho.

El joven abrió el maletero. Sabía que debía aplicar las técnicas Katame-Waza, llevarlos al suelo y combinar inmovilizaciones y estrangulaciones. Desarmó al que lo apuntaba, le lesionó la muñeca izquierda y aplicó una técnica de Ukemis para llevarlo al suelo. Todo sucedió rápido, no se quedó con el revólver: instintivamente lo lanzó hacia el otro lado de la calle.

Apenas caía sobre el hombre, cuando el otro hampón se le vino encima, pero pudo inmovilizarlos a ambos en dos minutos. Cuando quiso retirarse para correr hacia su padre escuchó una detonación y sintió que le abrían el abdomen en dos. Miró al tercer hombre, quien luego de disparar huyó, abandonando a sus compañeros.

El muchacho dejó un hilo de sangre en el trayecto hacia su padre.

Lo encontró golpeado, apenas lo vio cayó al suelo. Los habitantes del sector salieron al escuchar la detonación. Encontraron a los dos bandidos heridos. El padre lloraba abrazando el cuerpo sin vida de su hijo. Alguien gritó que había que matar a los dos delincuentes. Otro buscó una soga. Los amarraron, le echaron gasolina y los quemaron.

Los medios de comunicación jamás reportaron la tragedia, no se supo que un deportista murió en manos de la delincuencia. Esa semana, del deporte y del país, solo se conoció que la atleta Elvismar Rodríguez ganó bronce en el Grand Slam de Judo Tyumen 2016.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

Deja tu comentario

You May Also Like