#DomingosDeFicción: Las fotos de Popeye

Popeye

Hacia el frente no se veía nada, como si alguien hubiera borrado el elevado el centro comercial y todo lo que hay más allá de la farmacia. La espesa neblina era como una cortina espectral que caía del cielo y se interponía entre la avenida y nosotros, que caminábamos despacio y tambaleantes, como suelen hacerlo los borrachos. Aunque, siendo honesto, confesaré que yo exageraba mi borrachera en solidaridad con ella. Estaba tan tomada y hacía el ridículo de forma tan evidente que me pareció una falta de delicadeza no fingir que perdía el equilibrio, mover las pepas de mis ojos como si no pudiera controlarlos y quitarle a mi voz un poco de entonación para hacerle creer que yo también estaba en un profundo estado de intoxicación etílica, como dicen los periodistas para evitar decir borrachera en televisión. Pero no era verdad, yo apenas y si me había mareado un poco, siempre he tenido buena bebida.

El ruido de las plantas de sus pies descalzos chocando contra la acera se acompañaba de ese suave susurro del viento que se escucha en esta ciudad en las madrugadas. Cuando balbuceaba incoherencias y desafinaba una mala canción, me decidí a abrazarla e intentar una cursilería. Pero cuando iba a decirle algo, otra voz borracha que desafinaba rancheras se escuchó en toda La Gonzalera. Aunque el muro de humo blanco no me permitía verlo, supe que era Popeye. Se lo dije a ella y se echó a reír, dándome golpes suaves en el hombro con los tacones que sostenía en su mano izquierda. Segundos después, a medida que avanzábamos y la voz que canturreaba Querida de Juan Gabriel se hacía más fuerte, apareció rompiendo la pared de neblina, como si fuera un extraterrestre que cruzaba un umbral desde otro mundo. Sí, era Popeye, y sí, siempre que lo tenía cerca sentía que venía de otro planeta.

Eloina le dio un abrazo, le dijo que lo quería mucho, y aunque noté que al igual que todos se estaba burlando, consideré que la suya era una burla más humana, como un chalequeo entre panas y no una humillación malintencionada. Luego de algunos minutos, cansada de que Popeye le siguiera el juego, lo despedimos y lo dejamos marcharse con su botella de aguardiente en una mano, dibujando círculos con su cuerpo que agitaba la neblina mientras se alejaba de nosotros. Su voz se fue haciendo más tenue hasta desaparecer: Querida, no me ha sanado bien la herida, dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuando… Yo abracé a Eloina y apuramos la marcha hacia mi casa. No estoy seguro de por qué, pero luego de ese encuentro me dio por pensar que esa noche no me acostaría con ella.

Popeye empezó a aparecer en las calles hace unos diez años. Solía vérsele echado en la grama del centro comercial La Guayanesa, tomando de una botella de anís, vistiendo ropa limpia que algunos vecinos de las residencias adyacentes le regalaban. Todas las madrugadas los empleados de la panadería le cedían el pan y los pastelitos que no se habían vendido el día anterior. Del restaurante chino también le alcanzaban sobras y, a veces, un generoso plato de comida recién preparada.

En San Antonio de Los Altos la indigencia nunca ha sido un problema; refugiados en una burbuja, los habitantes de esta ciudad tenemos encuentros muy esporádicos con la delincuencia y la pobreza. Vivir aquí es como ser parte de Ibiza, una isla libertina ajena a la España en crisis. Alejados de la capital por una carretera que se puede recorrer en quince minutos, pero que se transita en tres horas debido al tráfico, somos una suerte de oasis arrogante y autosuficiente.

Popeye

Por eso, o porque todos los pueblos tienen a un loquito al que adoptan y convierten en parte del paisaje, nadie se incomodaba con Popeye; era solo un tipo cachetón y alcohólico que rondaba por ahí desafinando canciones que habría aprendido en otra vida, una más miserable. Al cabo de un tiempo de vagar por las calles, todos chalequeaban a Popeye, le gastaban bromas, lo ponían a cantar, le enseñaban los bailes de moda y, el más recurrente de todos los chistes, le presentaban a chicas diciéndole: «Esta es tu Olivia, rata». A lo que él respondía siempre con piropos.

Luego comenzaron a circular toda clase de leyendas alrededor de él. Pasa con las historias públicas que las personas se apropian de ellas y las transforman. La gente no soporta que haya algo allá afuera que no pueden controlar, tampoco que las cosas tengan una explicación sencilla; de allí vienen las teorías conspirativas, los chismes y las leyendas urbanas. Popeye pasó a ser el bufón querido de los sanantoñeros, y también fue una historia colectiva, un cadáver exquisito que los lugareños narraban. Era como si hubieran acordado contar la historia de Popeye desde todos los géneros posibles. Había una versión de telenovela, que figuraba a Popeye como el amante traicionado que asesinó a sangre fría a su pareja y a su mejor amigo luego de encontrarlos juntos en la cama. Una versión sobrenatural, que aseguraba que venía de otro planeta. Una versión conspiranoica, según la cual las autoridades no asistían directamente a Popeye, pero tampoco lo reprimían, porque era un familiar del Alcalde caído en desgracia. Pero mi versión favorita y la que me resultaba más razonable era la que señalaba que Popeye había sido vigilante nocturno.

Una noche, mientras estaba destacado en una obra en construcción, se puso a beber con su aprendiz, puyaron una botella y estuvieron delirando toda la noche. En la madrugada, provenientes de lo que sería el nivel sótano de esa futura edificación, se escucharon unos ruidos que solo podían ser de adolescentes que aprovechaban la soledad de la zona industrial de El Tambor para colarse en las construcciones en progreso y hacer allí lo que la falta de dinero no les permitía hacer en un hotel. Al escuchar los ruidos, Popeye, que en ese entonces se llamaba Andrés o Alfredo, o tal vez Enrique, o quizás Mauricio, despertó a su ayudante y le dio una orden: «Vamos a joder a esos carajitos».

El chamo se paró como pudo. Se quitó la ridícula corbata marrón y se sacudió la camisa azul celeste, impregnada con óxido de cabillas y restos de un poco de cemento sobre el que se había revolcado en algún momento de su viaje psicotrópico. «¿Qué hago?», preguntó a Popeye. «Lo que quieras, lo que te provoque», recibió como respuesta. Envalentonado, tomó la escopeta y, tratando de caminar en línea recta, atravesó el terreno. A los lados se extendían columnas a medio hacer, montañas de material compilado para trabajar en los próximos días, algunos cascos olvidados y tobos petrificados por los restos de cemento. Bajó un nivel y encontró a dos chicos: un gordito que atestiguaba en su rostro lleno de acné una pubertad en desarrollo y una chica preciosa, la semilla de una hembra deliciosa, pensó el ayudante en ese momento. Era una morena delgada, cuyas nalgas hinchaban unas licras negras, medio rotas por las uñas del chico. Estaba ya descalza y en una esquina se veía tirada la blusa que llevaba. No usaba sostén, dejando ver unos senos medianos que todavía podían crecer un poco más.

Popeye

«Así que haciendo actos empúlicos en público, ¿no?», dijo el imberbe, tratando de parecer un policía, pero su voz estaba tan desentonada por el perico que el gordito reaccionó riendo. «Se dice impúdicos, imbécil», le espetó. El ayudante tomó la escopeta por el cañón y sin mayores trámites le soltó un golpe seco en la cabeza. Le abrió un poco la frente y lo dejó inconsciente un par de minutos. La chica entró en pánico y comenzó a suplicar, primero por su vida y luego, cuando vio que el ayudante no quería matarla, por su integridad. «Usted se me queda ahí, tranquilita», le dijo mientras le mostraba la escopeta manchada con la sangre de su novio. Cogió unos alambres que servían para unir unas cabillas próximas a usarse, maniató las manos del chico y cuando éste recobró la conciencia le dijo: «Abre bien los ojos, mariquito, para que veas cómo me cojo a tu jeva, pajúo». Tomó a la chica y la terminó de desnudar. Cuando se resistió le pegó franco en la nariz, dibujándole una línea delgada de sangre que goteaba en su boca abierta mientras imploraba ayuda. Comenzó a violarla y ella miró hacia el cielo, el novio lloraba y maldecía mientras trataba de desasirse de los alambres.

Le acabó adentro y se recostó a su lado, se ocupaba de respirar y ella se tapaba el rostro con vergüenza. «Ah, vete a la mierda», dijo el ayudante mientras se ponía de pie y se ajustaba el pantalón. Le dio una última patada a la chica en la columna, que ella recibió con resignación, y se fue donde Popeye que seguía echado en el mismo sitio escuchando todo. Cuando lo vio acercarse le preguntó qué tal. «Está buenísima. Corre», le dijo, escupiendo saliva y respirando como bestia.

Popeye se acercó corriendo, vio al chico aún maniatado, llorando con desconsuelo y diciéndole a la chica que lo perdonara por no haber hecho nada. Se sintió poderoso. Por simple saña le pateó la cara varias veces mientras le recriminaba y se burlaba de él. Dejó de golpearlo cuando escuchó el grito desesperado de la chica pidiéndole piedad. La voz se le hizo un poco familiar, pero en un instante, como ocurren con los verdaderos razonamientos importantes de la vida, se dijo a sí mismo que todas las chicas hablan y gritan igual. Se volteó y vio el cuerpo boca abajo, todavía desnudo, con algunas cortadas en la espalda producto del roce con el piso lleno de tierra. «Mierda, es una niñita», dijo y se acercó a ella, la tomó por el hombro y la volteó. Una gota de agua helada le recorrió todas las venas. «¿Papá?», preguntó la chica.

Siempre que pasaba junto a Popeye recordaba aquella historia y me reía, en el fondo quería creer que era cierta, que ese loquito de la cuadra había cometido tal horror y se había vuelto loco por eso. Aunque a veces concluía que era mentira, que alguien le había asignado una leyenda urbana a su historia y que Popeye siempre sería un relato inconcluso y mal contado. También pensé que como todas las cosas que vemos a diario, pronto el misterio perdería interés y nadie se preocuparía más por el origen o destino de esa vida que no era vida, que solo era un espectro decadente en un aburrido suburbio de clase media. Pero me equivoqué.

Fue estando con Eloina que vi el grupo por primera vez. Llevaba semanas viéndome con ella, me parecía una mujer muy atractiva pero no estaba seguro de si se interesaba en mí. A veces, cuando nos encontrábamos en el salón de fotocopiado, ella coqueteaba conmigo, hacía bromas sobre lo que pasaría si saliéramos; pero luego, cuando yo avanzaba en el almuerzo, o en las tardes cuando el grupito de la oficina nos escapábamos para tomar café en la panadería de enfrente, ella se mostraba incómoda, cordial pero incómoda con mis avances. Para salir de dudas, un viernes, cansado de no saber qué papel jugaba en su vida, le pedí que saliéramos al día siguiente a ver una película. Ella aceptó. Luego del cine, le pregunté si quería tomarse algo en mi casa. Tenía una botella de vino barato guardada desde Navidad. Apenas llegamos la metí a enfriar en el congelador y me puse a preparar sándwiches para los dos. Ella me pidió permiso para sentarse en la computadora a revisar sus correos. Cuando salí de la cocina, estaba conectada en Facebook. «Me salí de tu cuenta y abrí la mía, ¿no hay rollo, verdad? Era para ver algo que me mandaron».

Popeye

Comiendo y bebiendo supe que seríamos amigos. Las mujeres, cuando no se quieren acostar contigo, se relajan, comen masticando muy grande, beben chorreándose el vino en la blusa, te hablan de sus ex y de todos los imbéciles que han tenido el placer de cogérselas. Nunca te preguntan si eso te incomoda, porque no les importa. Esto lo aprendí luego de años enamorándome de mis amigas. Hasta un eructo se permitió Eloina, y luego se cagó de la risa. Pasada la medianoche nos habíamos acabado el vino, me moría de ganas por besarla, pero ni siquiera lo intenté, supe que sería demasiado triste si no se dejaba, o si se dejaba y luego me alejaba con calma y me daba un sermón de esos que dan las mujeres grandiosas cuando quieren negarte su cuerpo. Lo único que pensé fue refugiarme en la computadora. «Pasa la laptop», le dije. En la bandeja de inicio de su cuenta estaba una solicitud para un grupo: A que encuentro más de 1.000 personas que conozcan a Popeye. En la foto de portada estaba Popeye, tenía una sonrisa exagerada de boca muy abierta, esa sonrisa que solo alguien que ignora al mundo puede tener. Eloina no estaba borracha, pero tampoco tenía mucha fuerza de voluntad, así que sin que se diera cuenta acepté la solicitud y me envié una invitación a mí mismo.

En la mañana Eloina se fue de casa agradeciéndome por la velada y celebrando que ahora teníamos una bella amistad. Me dio un abrazo que extendí un poco más de lo debido, pasé mis manos por su cadera y traté de guardar para siempre el olor de su cuello, un aroma como de patilla recién abierta. Le marqué el ascensor y fui veloz hacia mi computadora. Una extraña curiosidad me motivó a ver de qué iba aquel grupo.

El primer mensaje en el muro era del propio administrador felicitándose a sí mismo porque en menos de un mes ya eran más de dos mil los miembros contactados. Anunciaba también que cambiaría el nombre a la agrupación para plantearse una nueva meta: reunir a diez mil personas que conocieran a Popeye. Bajando en los comentarios publicados se leía un espectáculo predecible.

Primero estaban los mensajes de burla. Chistes crueles soslayando la dignidad del vagabundo, magnificando sus defectos, contando anécdotas que no eran graciosas, pero procuraban serlo según quienes las escribían. Había otros comentarios: unos pocos reclamaban la crueldad del grupo e insultaban a los otros comentaristas. Pero los que me llamaron la atención eran los que publicaban Retos. Consistía en personas que prometían tomarse una foto con Popeye, grabar un video o jugarle una broma cruel, y registrarla.

Consulté la pestaña Fotos; había tres álbumes. El de Fotos de portada, donde solo había una imagen subida por el administrador; el de Fotos del muro, con unas cien imágenes subidas por los miembros del grupo; y el de Retos, que entonces solo tenía dos. En las fotos del muro había imágenes tomadas desde lejos que mostraban a Popeye caminando hacia La Morita, echado en el estacionamiento de Provemed, pidiendo dinero en La Redoma, canturreando en la Plaza Bolívar o caminando entre los carros estacionados en la cola de la Panamericana. En la de retos había una que mostraba a Popeye con una sonrisa de oreja a oreja, dejando ver los cuatro dientes equidistantes que le quedaban, acompañado de dos liceístas del Egui que posaban haciendo morisquetas junto a él; y otra que tenía a Popeye solo, con la mano izquierda sobre la cintura de una compañera imaginaria y la derecha arriba, sosteniendo otra mano invisible, y en el pie de foto rezaba: Popeye bailando. Puro sabor.

Popeye

Volví al muro y encontré otros comentarios. Reto: apuesto a que nadie hace que se baje los pantalones y le toma una foto; Reto a una jeva a que se tome una foto dándole un beso; Reto: ¿qué tal una foto pintando una paloma?; Reto: ¿alguien se anima a hacerlo arrechar y grabarlo en una coñaza?

Posmodernidad, le llaman a ese infierno de cretinos arrogantes. En pocas semanas el grupo se fue haciendo más numeroso, todos los días lo revisaba para ver cómo avanzaba y comprobé que la mayoría de los objetivos se cumplían. Fotos de Popeye con chicas muy jóvenes que lo besaban en los renegridos cachetes o amagaban con besarlo en la boca; incluso una que le ponía las tetas cerca del rostro. Fotos de Popeye con los pantalones abajo, mostrando unas piernas llenas de costras de cortadas y picadas de animales. Fotos de Popeye crispando los puños frente a un chamo que se cuadraba como boxeador, pero con una sonrisa. Fotos de Popeye con los dedos en la nariz. Fotos de Popeye dando un brinco sobre un charco. Fotos de Popeye imitando el paso de baile de algún reggaetonero. Fotos de Popeye gritando con la boca muy abierta. Fotos de Popeye descalzo, rascándose la planta de los pies. Todas las fotos acompañadas de decenas de comentarios, algunos, de los mismos que las habían tomado contando cómo lo habían hecho, otros del resto de los miembros del grupo con comentarios irónicos y risas.

En el salón de fotocopiado me seguía encontrando todas las tardes con Eloina. Como sabía que me gustaba, seguía coqueteando conmigo, tal vez quería validarse sembrándole esperanzas a un hombre que nunca la podrá tener, como lo hacen todas las mujeres. Una tarde le pregunté por el grupo. Me dijo que ni sabía cómo había entrado en él, pero que se lo tripeaba, que era comiquísimo porque al paso que iban pronto algunos sugerirían hacerle a Popeye alguna broma demasiado pesada que provocara su respuesta y los carajitos del grupo se llevarían una lección. Era verdad, Popeye nunca ha sido un vagabundo violento, sus borracheras y su locura siempre son amables y graciosas, como si fuera un payaso enloquecido y no un tipo al que la vida ha maltratado, que se sodomiza con alcohol y deambula por las calles gritando incoherencias y desafinando malas canciones. Pero todo tiene un límite y los miembros de esa comunidad virtual estaban forzándolo. Eloina estaba como decaída, esa tarde su coqueteo me pareció honesto, carente de la arrogancia de las mujeres que juegan con su sensualidad. Me la jugué por última vez y volví a invitarla a salir.

Antes de ir a encontrarme con ella consulté el muro del grupo, un cometario estaba destacado por encima de los demás. Tenía muchos me gusta, y decenas de respuestas, todas condenatorias. El usuario, un tal Javier Costello, decía que iba a darle un botellazo a Popeye y subiría una foto para probarlo. Traté de entrar al perfil de Javier, pero no pude, todo su contenido era privado. Quise dejar un comentario, pero ya era tarde y Eloina esperaba por mí.

Bebimos a placer, yo noté desde que me abrazó al llegar que Eloina quería divertirse, que esta vez no jugaba conmigo y sí estaba en disposición de darme una oportunidad real. A sabiendas de esto me gasté mi quincena, pedí el mejor vino, comimos la mejor comida. Luego fuimos a otro local y ella sola se bajó casi toda una botella de ron. Comenzó a lamentarse por toda su vida. El lamento de una mujer borracha es un grito que se asemeja al del orgasmo, la voz se hace muy aguda y a pesar de sus decibeles no deja de ser tierna, las manos se hacen generosas y acarician al confidente de manera constante, recuestan un poco su cabeza sobre él, cierran los ojos cuando la canción de fondo llega a un verso que define sus tristezas. Un espectáculo entre tierno y decadente al cual es muy difícil resistirse.

Popeye

Eran las tres de la mañana cuando nos echaron del local. Cogimos la calle y le pregunté si quería irse a mi casa, dibujó una media sonrisa y recuperó su arrogancia femenina antes de aceptar. La ciudad estaba cubierta de una neblina espesa. Le sugerí irnos caminando en vez de esperar el único taxi que estaría trabajando en Las Polonias. Cuando íbamos pasando frente a la subida de La Morita se quitó los zapatos, dejó al descubierto dos pies pequeños, cuyas uñas estaban pintadas de un morado aguado.

Empezó a cantar canciones de Fey y de Kabah, canciones de Shakira y Enrique Iglesias, canciones de Luis Miguel y Ricky Martin. Llegamos a La Gonzalera y yo la miraba con pena, con la pena distante con que se mira a una mujer inalcanzable. Cuando me pidió acompañarla en el canto no me negué: a una mujer borracha nunca hay que dejarla haciendo el ridículo a solas. Seguimos hacia la perimetral. Pasamos junto a un joven alto que caminaba en dirección contraria mirando hacia el piso, como lo hacen las personas cuando van temprano al trabajo. Eloina quiso joder al tipo, «mira panita, ¿yo soy bonita, verdad?». La ignoró y apuró el paso, debió pensar que una pareja borracha en una calle tan sola y tan llena de humo blanco es peligrosa. Seguimos caminando y Popeye llegó hasta nosotros, venido de ese otro mundo de donde vienen los dementes. «Tú si eres lindo, Popito, Popeyito, Popiyito, mi Popi. Tómanos una foto, José Ángel, anda, yo también quiero mi foto con Popeye». Les saqué tres con el celular. No salieron muy bien, la neblina y la oscuridad no lo permitieron. «Dame un abrazito, Popeyito». Y Popeye la abrazó diciéndole niña linda. Ella se aburrió de él a los pocos minutos, como se aburre de todos; como se aburrió de mí esa madrugada cuando intenté tocarla y me exigió que le llamara un taxi para irse a su casa. Lo dejamos ir y se perdió en la niebla.

A la mañana siguiente desperté avergonzado. Inventé una excusa para no ir al trabajo, aunque mi jefe no tendría razones para pensar que mentía porque era verdad que me sentía muy mal. En la tarde fui a la farmacia por un antiácido y un analgésico, lástima que no existan pastillas para espantar la vergüenza. Frente a La Guayanesa estaba Popeye, tenía una venda en la frente y una de las cajeras del abasto le estaba dando una tizana con un tenedorcito de plástico. Popeye comía y reía, y la cajera lo miraba con lástima. Entré a la farmacia y compré mis cosas, pedí una caja extra de analgésicos, salí y se la di a la cajera. «Esto lo va a ayudar», le dije. Me agradeció y se la guardó en la camisa del uniforme. Siempre es entretenido ver la miseria ajena, apuré el paso y me fui a mi casa a ver las fotos que ya debían estar publicadas.

 

Por John Manuel Silva@johnmanuelsilva

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