Las imágenes y la masa: el kitsch, un peligro enmascarado

Es una situación más que demoniaca. Suena el celular, y creyendo que quizás es por algo importante, te animas a revisarlo. Cuando tus ojos se encuentran con la imagen de Piolín, ya sabes de que se trata. Tú tía te mandó un mensaje otra vez. “Dale a Dios las gracias por la oportunidad de un nuevo día, porque la vida es una bendición”, quizás diga esa frase. También es posible que diga: “Recuerda decirle a esa persona especial cuanto la amas”. Tú suspiras de hastío ante tanta cursilería.

Esa clase de imágenes no solo prostituyen al pobre canario de los LooneyToons. A veces colocan a Mickey y a Minnie Mouse en forma de bebés. De vez en cuando, a Winnie Pooh. Las de carácter religioso, muchas veces incluyen a Jesucristo.También son comunes las ilustraciones de animes japoneses, de las que se han desprendido géneros como el Yaoi o el Hentai (para los que no sepan, favor, jamás busquen en Google ese último término). Personajes sobran. No solo es costumbre de viejitas, realmente, es bastante común que esa basura tienda a aparecer por las diferentes redes, circulando mientras la gente las asimila o las rechaza. Si existen, es por algo.

Es un tema sobre el cual hay que hacer hincapié: la hiperdemocracia es un peligro para el mundo visual. Lo masivo es incontrolable. Las multitudes avanzan a  paso rápido e irreflexivo, y nunca se detienen a ver las huellas que van dejando en el camino. Así ocurre con las imágenes hechas por y para la masa. Eso es precisamente el Kitsch.

El Kitsch es un término de la Estética que ha variado su significado de autor en autor. Impreciso, pero mordaz. Ambiguo, pero inmortal. Refiere, comúnmente, a todo lo que llega a lo exagerado, cursi, desagradable y espantoso. No, no habla de la belleza que se manifiesta mediante lo feo, habla propiamente de lo feo. Abarca todos los errores que la creatividad humana ha plasmado a lo largo de los años. La justificación de su existencia radica en hacer del mundo un lugar peor.

Una característica del Kitsch es su hincapié en pretender aparecer como un producto “elevado”. Independientemente de si es considerado arte o no por quien lo realiza, su notoria arrogancia es una constante en sus manifestaciones. Sus frases “sabias” o “poéticas” son muy comunes hoy en día. “El pasado ya pasó. El futuro no existe. Y el presente, está presente”, es bastante típica. “Siempre se puede ver la luz detrás de la tormenta”. Algo usual es que banalicen sentencias de autores consagrados para presentarlos bajo esa atmosfera de cursilería.

El Kitsch siempre recurre al lugar común. Es peligroso, bebe de las fuentes de lo que ya se ha hecho antes, tiende a rescatar lo tradicional y saturarlo de superficialidad. Besos bajo la lluvia, ojitos de anime cubiertos de lágrimas, el uso exagerado del claroscuro y de todo lo que en el pasado ha funcionado. El resultado de siglos de tradición artística en Occidente, al entrar en contacto con el eslabón más bajo de la cultura de masas, trae como consecuencia el Kitsch.

Quien está detrás de cualquier material Kitsch conoce las reglas del juego: nada que se salga de lo cliché. Sin embargo, nunca es consciente de lo que hace. Más que un acto de creación, es un acto de reproducción. De hecho, buscarle una interpretación a cualquier ejemplar es como sumergir una rama en un charco de agua: simplemente no se admite la posibilidad. Porque no permite una verdadera fruición estética, solo se consume de forma fugaz, sin dar lugar a una comunicación con la obra.

¿Dónde se origina? ¿Dónde está actualmente?

Como es obvio, el Kitsch está en todas partes. Se puede ver en la publicidad pomposa, llena de clichés. Está presente en esas películas que hace Hollywood saturadas de risas plásticas y personajes predecibles. Muchas veces está en las canciones pop del ídolo juvenil del momento. Lo podemos ver en las imágenes que manda la abuelita por WhatsApp. A los totalitarismos les fascina utilizarlo. Es fácil de hacer, y, para todo aquel que carezca de criterio, fácil de digerir.

El Kitsch se vale de lo que siempre funciona. Utiliza códigos repetidos y simplifica sus significados. Un Winnie Pooh representa la felicidad. Un beso bajo la lluvia es la opción más romántica.

El Kitsch es enemigo de la innovación, pero sabe reinventarse. De generación en generación, asimila las nuevas formas creativas. Es tanto síntoma como causa del analfabetismo visual que impera en estos tiempos. La masa tiende a producir imágenes de significado simple y forma cliché para distribuirlas por el mundo. Es un proceso del cual la sociedad no es consciente, pero ocurre todos los días, en cada latitud de la red y del espacio físico.

Como se dijo en la primera parte de esta serie, Ortega y Gasset, filósofo español, se dedicó a analizar el tema en su libro La rebelión de las masas. Él define como élite al grupo selecto de individuos que han adquirido las destrezas como para poder formular una visión propia respecto a un determinado asunto, y a la masa como el enorme conjunto de personas que tiende a emitir opiniones de forma insensata, y justificarlas basándose en la idea de que las mayorías siempre tienen razón. Es un asunto de exigencia: quien se propone más, logra mejores resultados en cuanto a su trabajo y formación, además de poseer una visión del mundo más madura.

En otros tiempos, previos a la llegada de las comodidades de la modernidad, pequeños grupos ejercían un dominio total sobre las sociedades, pero gracias a los cambios producidos en el siglo XIX, tuvo lugar la masificación de muchos de los aspectos de la vida pública. Por primera vez en siglos, las grandes conglomeraciones de gente tenían control sobre las áreas que antes le correspondían  a unos pocos. Cuando ese fenómeno cruza la barrera de lo racional, nace uno de los grandes peligros de estos tiempos: la muerte del sistema democrático a manos de la hiperdemocracia.

Lo bajo del Kitsch

El Kitsch es íntimo amigo de la hiperdemocracia. Nació,  al igual que ella, gracias a los avances de la modernidad, y se ha difundido por la falta de criterio estético que impera actualmente. Porque muchos consideran tedioso adquirir una cultura visual desarrollada. Pocos quieren aprender el lenguaje de los colores y las formas, pero todos gozan hoy en día de la posibilidad de disfrutar del flujo de imágenes que el Internet brinda. Lo cursi, lo repetitivo y lo banal, están a la orden del día.

Umberto Eco, autor destacado en el campo de la Estética, siendo consciente de la dificultad de darle una definición al Kitsch que incluya todos sus aspectos, dedicó un capítulo entero a analizar el fenómeno en su ensayo Apocalípticos e Integrados. El libro, publicado en 1968,  consiste en una investigación acerca de la cultura de masas, y ofrece un profundo  acercamiento al debate intelectual que esta ha suscitado.

En su primer capítulo, explica el debate en torno a las creaciones realizadas por los medios de comunicación. Por un lado, están los apocalípticos, el grupo  conformado por filósofos como  Theodor Adorno o Walter Benjamin, suscritos a la escuela de Frankfurt, así como otros autores que rechazan rotundamente la cultura de masas. En El segundo grupo, los integrados, encasilla a los pensadores que la han asimilado como algo positivo, o por lo menos, no tan dañino como argumentan sus contrapartes. Entre ambos bandos, Umberto Eco procura tener una postura más humana y objetiva, admitiendo en igual medida sus problemas y beneficios.

Partiendo de la tesis de Dwight Macdonald (apocalíptico por excelencia), habla de los tres niveles de cultura: baja, media y alta. El primer nivel refiere a las producciones masivas de digestión  fácil y nulo valor estético; el segundo, a las obras cuya calidad es notoria, pero que están destinadas al consumo; y el tercero, a aquel conjunto de creaciones de indudable valor artístico, reservadas para unos pocos. Ese es el centro de su teoría.

Hay que resaltar que ese esquema, pese a servir de utilidad a la hora de analizar el fenómeno, realmente no deja de ser problemático. El Arte es de naturaleza ambigua, puede presentarse en miles de formatos, por lo tanto, la distinción entre el nivel medio y el alto quizás no es del todo acertada en varios casos. Existen muchos productos de alta calidad estética nacidos en la cultura de masas. Pero ese es otro tema.

Estructura del Mal Gusto, el segundo capítulo, es una reflexión exquisita sobre el Kitsch. A lo largo de sus páginas, se pasea por las posibilidades de este término. Eco admite que la cursilería, como tal, se encuentra presente en algunas obras de calidad. Lo mismo sucede con la idea de que la palabra debe referira todas aquellas piezas que imponen su mensaje en el espectador: abundan los ejemplos que disuelven ese planteamiento. Entre otras opciones. Finalmente, llega a una conclusión que, aun cuando puede dar problemas en algunos casos, es bastante convincente:

“Si la expresión Kitsch tiene un sentido, no es porque designe un arte que tiende a suscitar efectos, ya que en muchos casos el arte se propone también esos mismos fines, o se los propone cualquier otra digna actividad que no pretende ser arte; no es porque caracterice a una obra dotada de desequilibrio formal, pues en este caso tendríamos sólo una obra fea; y tampoco porque caracterice a la obra que utiliza estilemas pertenecientes a otro contexto, pues esto puede verificarse sin caer en el mal gusto. El Kitsch es la obra que, para poder justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas”.

La definición de Umberto Eco del término me parece bastante efectiva, aunque considero que conlleva algunos detalles. Ciertamente, al ver varias de las “poéticas” imágenes que abundan en Internet, dudo que comúnmente se conciban como un arte, lo más probable es que en muchas oportunidades estas tiendan a producirse como un mero entretenimiento. No obstante, hay que mencionar que la intención motivacional, el elemento religioso, la atmósfera melodramática, y el uso constante de la pseudosabiduría son elementos que ciertamente disfrazan una creación  banal de algo trascendente. No creo que sea necesario que quien las realiza se conciba a sí mismo como un Dalí para que su “creación” pueda ser considerada Kitsch.

Muchas veces, el Kitsch tiende a revestirse para sobrevivir. Se presenta bajo apariencias  supuestamente respetables. Por ejemplo, le fascina presentarse en forma de estatuillas religiosas, tales como figuras de personajes como Jesús o María, o con fotografías con mensajes clichés en las cadenas de WhatsApp.

Es increíble, pero la aparente intención elevada es una máscara efectiva. E inclusive, el patriotismo simplón tiene buena relación con el Kitsch, porque el sentimentalismo de la “Madre Patria” puede ir cubierto de desagradable exageración. Seguramente, al pobre Simón Bolívar debe asquearle el repetitivo uso de su imagen que se tiene Venezuela.

El Kitsch es inteligente, y sabe que el superfluo uso de símbolos religiosos o patrióticos no son sus únicas herramientas. Es consciente de que “hay que vivir cada día como si fuera el último, porque si te rindes será el último día”. Lo motivacional es un imán de atención. Uno que tiende a insertarse de forma cliché en imágenes como selfies o ilustraciones baratas con personajes de caricaturas, que nunca tienen relación con la frase. Pretende pasar como un mensaje de optimismo, pero solo es una simulación.

Hoy, en tiempos en los que la vida digital se impone sobre la real, el Kitsch está más presente que nunca. Semejante a un insecto que se invisibiliza gracias al verde de las hojas. Entre el infinito de imágenes que circulan en la red, a veces, cuando se cubre muy bien, puede ser difícil localizarlo. Es un maestro del disfraz, pero no del disfraz de buen gusto.

Con el Kitsch hay que tener mucho cuidado. Son tantas sus máscaras que a veces puede resultar difícil ubicarlo. Pero está ahí. En los anuncios que dan asco, en las telenovelas sobreactuadas, en la propaganda política exagerada, en los productos religiosos o folclóricos que cargan con la etiqueta que dice MADE IN CHINA, en los fanarts de animes cubiertos de cursilería, en las frases amorosas para adolescentes que habitan en  Tumblr, y en todas las cadenas que te sacan de quicio con Piolín deseándote las bendiciones. Lo peor es que no piensa irse, él está muy cómodo en su actual posición. Así que nuestra única opción es entrenar el criterio para poder rechazarlo cuando aparezca frente a nuestros ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

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