#DomingosDeFicción: Unos quince años

¿Qué tanto me mira ese güevón? Será pendejo, será que nunca ha visto a nadie en andadera. De bolas, tal vez no es muy común ver a alguien en flux, con la cabeza envuelta en una especie de turbante, sentado en una de las ocho sillas de plástico dignificadas con un forro brillante, de esas que ponen en las mesas redondas en las salas de fiesta. Pero eso no lo justifica. Si no me costara tanto hablar le dijera cuatro vainas para que se dejara de ser tan pajúo. Respeta, coño. Respeta el dolor de los demás, la dignidad de los demás. No soy una atracción de circo. No joda. La verdad es que no sé qué hago en esta fiesta. He debido ser más firme y no permitir que me trajeran. Pero, coño, es una ocasión demasiado importante para el compadre, y por supuesto para mí. Los quince años de mi ahijada. No venir hubiese sido rudo, aunque en mi condición creo que nadie me hubiera cuestionado. Pero Maggy me insistió tanto que cedí. Pobre Maggy. Esa sí que le ha echado bolas a esto. Desde el primer instante, literalmente. Ella vio todo, y desde ese momento no ha hecho más nada que vivir para que yo viva. Ella vio todo, y lo que vio no fue nada agradable. Lo vio desde su carro que seguía al mío, sin poder hacer nada: la moto aproximándose a mi carro, el parrillero sacando la pistola, el parrillero dándole golpes con la cacha al vidrio, el parrillero disparando, la moto dándose a la fuga. Y luego, cuando pudo reaccionar y salió corriendo de su carro, me vio a mí tirado en el asiento del copiloto, con la cabeza metida en un charco de sangre. Eso no me lo contó ella sino el compadre, un par de meses después. El compadre es buena gente pero a veces se le va la lengua. Tal vez no fue buena idea eso de que se quedara cuidándome aquella tarde. Ahora tengo otra pena adicional, la de saber. Pero el pobre ya no sabía de qué hablar, se le habían acabado los temas, sobre todo porque yo no podía contestar sino por señas, porque al principio no era ni siquiera capaz de hablar aunque sea mal como ahora, y mantener una conversación así es jodido. Tal vez por eso, por cansancio, por nervios, cayó en el tema de mi “accidente”. Accidente un coño. Mi asalto, mi homicidio en grado de frustración. Porque estoy vivo de milagro. Los médicos no se explican cómo la bala no lesionó de manera definitiva mi cerebro, cómo no me mató. Allí está, la condenada. En plena zona occipital. No se atreven a removerla porque entonces sí que me pueden matar, si se desvían algún milímetro. Así que tengo unos gramos de plomo alojados en la cabeza. Yo no recuerdo nada. Mi último recuerdo de ese día es de mí, en el carro, atrapado en una cola de mierda, tratando de cuadrar por teléfono algo del trabajo. Dicen que eso era lo que buscaban los malandros, el Galaxy. Puto celular que me compré por puro aparentar. Luego, el vacío, hasta que desperté en una cama de clínica, y no entendía nada. Otra vez el carajo mirando. La próxima le pinto una paloma, hago un escándalo. Me tiene hasta los cojones con esa miradera. Pendejo. Ah vaina, me está pegando el whiskicito. Es el primero que me tomo desde que me dieron el tiro. El médico me dio permiso para tres; no sé cuál es su peo con que tome, no es que vaya a manejar rascado. Lo más que puede pasar es que me caiga con la andadera. Lo bueno es que si sucede eso nadie va a pensar que estoy peo, sino que mi estado es peor de lo que es en realidad. Sería divertido. Allí viene el compadre con la quinceañera. No me digas que… coño, sí. Las fotos de rigor con el padrino. Bello me voy a ver en el álbum con la cara de bolsa que cargo desde el “accidente” y el vendaje de la cabeza. Sí, chica, sí, te entiendo perfectamente. El balazo me dejó minusválido, no imbécil. Entiendo que quieres tomarte una foto con tu padrino bello que quieres tanto. Yo también te quiero, carajita. Te quiero desde cuando te conocí, el día que naciste. En mi caso el padrinazgo no es una convención social sino un sentimiento hondo. Trato de sonreír para la cámara, y la expresión del fotógrafo me indica que lo que hice fue poner una mueca lamentable. Repitámosla, por favor esta vez sonrían, exige el tipo. Alguien le dice algo al oído, y decide dejarlo así. La ahijada me da un sonoro beso en el cachete y sigue en su periplo fotográfico hacia la mesa de al lado.

Esta fiesta es un fastidio. Es de esos eventos a los que vas obligado, en donde no conoces a nadie, o a casi nadie, y los pasas a fuerza de whisky y canapés, mientras miras el reloj cada 5 minutos y deseas que sea una hora adecuada para desaparecer de la manera más discreta posible. En esta mesa en la que me ubicaron hay dos parejas de septuagenarios y tal vez sus nietas, unas niñas de 15 años que brincan sin interrupción en la pista de baile. Traté de esbozar una conversación, pero mis frases cayeron en un vacío bochornoso, así que me dediqué a observar la fauna que habita  el salón mientras llega mi pareja de la noche. He debido ir a buscarla, eso de encontrarnos en el sitio no fue una buena idea; llegué media hora más tarde, previendo un retraso, y ya tengo 47 minutos aquí. 48, acaba de cambiar el reloj. ¿Será que  me piensa dejar plantado? La verdad es que he perdido training. Esto de las citas, a mi edad, después de 8 años de matrimonio, es complicado. Y fastidioso. Con este, van tres intentos de salir con alguien. Los dos primeros fueron un completo desastre, y  parece que hoy no va a ser diferente. Los amigos son una cosa seria: no pueden ver que uno esté solo, porque enseguida tratan de emparejarlo. Esta vez fue Carmen,  mamá de la festejada y mi compañera de trabajo. Me consiguió una cita a ciegas, con la excusa de la fiesta,  y yo de tonto accedí. Por otro lado ya van 7 meses desde el divorcio, y tal vez sea tiempo de continuar mi vida. A mi ex no le costó mucho, claro. Se mudó de nuestro apartamento –nuestro, porque aunque la decisión de irse fue suya sigue siendo un bien compartido– al de su nueva pareja. Pareja que consiguió, maldita sea, gracias a mí. Porque fui yo quien la incentivó a meterse en el fulano diplomado de poesía del ICREA, porque le gustaba escribir pero no tenía idea, la pobre, y como no estaba haciendo nada en la vida le conseguí la información, la llevé a inscribirse, le pagué la inscripción, inclusive la buscaba a la salida como cuando éramos novios, al principio, hasta que me dijo que dejara de hacerlo, que le daba pena conmigo. Y comenzó a llegar cada vez un poco más tarde, a veces con trazas de cerveza en el aliento, y regresaba con un humor increíble, me contaba sobre lo bien que le estaba yendo, lo amistosos que eran los compañeros, lo profesionales que eran los profesores. Ja. Profesionalmente cabrones, porque fue uno de esos profesores quien terminó llevándosela a la cama. Y embarazándola, de paso. Ese galancito de barba descuidada a la perfección, calva incipiente y verbo florido logró lo que yo nunca pude. Conmigo nunca quiso tener hijos, nunca era el momento. Con el tiempo decidí hacerme la vasectomía para que ella dejara de tomar pastillas, porque no le caían bien, y usar preservativos no era una opción. Y de repente me soltó esa bomba, mientras hacía las maletas para irse. Estoy-en-estado-esto-es-muy-difícil-para-mí-así-que-me-voy, y yo con una cara de perfecta estupefacción sin entender lo que era tan evidente, por otra parte. De los detalles me enteré después, esos sórdidos detalles que están tras cada infidelidad. Como buen masoquista que soy la forcé a que me contara todo, y ella, tal vez para aliviar su conciencia o para terminar de destruirme, todavía no estoy seguro, satisfizo mi curiosidad. Claro que lo que pasó no fue gratuito. Yo tengo mi cuota de culpa también. La descuidé, eché mis canas al aire, salía con los amigotes a echarme tragos, me olvidaba de las fechas importantes. Cuando traté de enmendar mi patanería, al notar que algo se estaba quebrando, ya fue muy tarde. El daño estaba hecho, y ella vio que tenía otras posibilidades que no me incluían a mí. Así que me quedé solo y de paso sin esperanzas de tener hijos. No es que sea algo que me quite el sueño, pero ahora mismo me gustaría tener la oportunidad. Ok, creo que me puedo considerar plantado, ya pasó más de una hora y la mujer ni se ha aparecido por aquí ni me contesta los whatsapp. Me deja en visto. Supongo que habrá conseguido algo mejor que hacer. Por lo menos hubiera tenido la cortesía de avisar, y así evitarme el bochorno de estar sentado en medio de un salón de fiestas, con la sola compañía del escocés que, eso sí, los mesoneros no paran de servirme. Ya estoy perdiendo la cuenta, y eso no es bueno. Desde el divorcio empecé a beber más que antes, y no quiero hacer el ridículo justo aquí, en una fiesta familiar en la cual no soy familia de nadie. Me distraigo viendo a la gente, sobre todo a las mujeres. Ya que al parecer este va a ser un juego de solitario, por lo menos recrearé la vista. Detrás de un señor que tiene la cabeza vendada hay una mujer impresionante, pero me cohíbo de buscarla con la mirada porque el sujeto me ve como con rabia cada vez que volteo para allá; parece que cree que lo estoy mirando a él. Debe ser el de la historia que me contó Carmen. Resulta que una mañana el hombre iba a su oficina en su carro, y atrás venía la esposa en el suyo. En un atasco de la autopista una pareja de motorizados lo abordó y sin dar tiempo a nada el parrillero le disparó. Por supuesto la mujer vio todo. Qué espantoso. Y ahora el tipo cree que lo estoy mirando, por lástima quizás, o por curiosidad. Pobre hombre. Esas son las cosas que lo ponen a uno en perspectiva. Por más horrible que sea lo que me pasó a mí, lo suyo es mucho peor. En fin, siempre hay alguien que está más fregado que tú. Ya estoy filosofando. Ese es el whisky. Me conozco, cuando los tragos me llegan a la cabeza me da por allí.

Maggy se está gozando la fiesta; eso me alegra qué jode, ya que casi no tiene vida propia desde hace unos meses. De vez en cuando se me acerca, me da un besote en la boca, se toma un trago de whisky y regresa a la pista de baile, a pegar brincos como una carajita. Qué bella es. Me encanta mirarla desde lejos, y verla reír, saber que por lo menos durante ese momento no está pensando en mí, en mi estado, en lo jodido de mi evolución. Los médicos me dicen que voy bien, pero yo no estoy tan seguro. A lo mejor me desespero por nada, pero no noto ninguna mejoría. Y eso me termina de joder, porque ahora soy un parásito que no puede producir nada, y más bien demanda gastos que nos están ahogando. Entre la fisioterapia, el psicólogo y las visitas periódicas al médico tengo el presupuesto familiar desangrado. En fin, me voy a tomar mi segundo guarapazo de la noche. El compadre me lo sirvió, y como me conoce los gustos es de un amarillo subido. El agua se la echó con un cuentagotas, apenitas para disimular. Y mientras me lo servía me contó el cuento del bolsa aquél que se la pasa mirándome. El venado, le deben decir los amigos. Ya del tiro no le tengo tanta arrechera, mira que la mujer le haya montado cacho y de paso se la hayan preñado es patético. Yo no podría con eso, no saldría de mi casa en diez años. Menos mal que Maggy, así y todo escoñetado como estoy, no mira para los lados. En ese aspecto soy afortunado, demasiado afortunado. Ay, coño. Me están dando ganas de orinar. Y el maldito baño está al fondo del salón, detrás de la pista de baile. Si no me arranco para allá ahora mismo me voy a mear encima. Qué ladilla. No voy a poder solo, presiento que puedo perder el equilibrio. Le pediré al compadre que me haga la segunda de escoltarme al baño, de paso le digo que me tiene que aguantar la paloma mientras meo, para que se cague de la risa.

Tengo apenas hora y media aquí y siento que he pasado la mitad de mi vida en este sitio. De vez en cuando se me acerca Carmen, apenada por la evidente deserción de su amiga, y me pregunta si la estoy pasando bien. De maravilla, le respondo. ¿Qué le voy a decir, que preferiría darme un martillazo en  los dedos? No es su culpa, por supuesto. En otras condiciones estaría disfrutando muchísimo este sarao, en donde invirtieron hasta lo que no tenían. La decoración, la comida y la bebida, hasta la música en vivo, todo es impecable. Para unos quince años está fuera de lote. Pero todo esto, para mí, no sirve de nada. La soledad es algo terrible. No sé cuantas veces he mirado el celular a ver cuáles novedades han colgado mis contactos en las redes sociales. Los que me quedaron, porque hasta en eso hubo repartición de bienes. Me quedé con los amigos que tenía antes de casarme, los compinches del colegio, de la universidad. Las amistades nuevas se fueron casi todas con ella. Y no es de extrañar: ella es la más popular, la más simpática, y –vaya paradoja– la más indefensa, a juicio de la gente. No sé de qué manera logró hacerme pasar por el malo de la partida. Pero el efecto neto es que me abandonaron como si tuviera la peste. Mi lista de contactos perdió, sin ser exagerado, cerca de cien personas. Y hay otras tantas que no me han eliminado pero me ignoran. Yo, por mi parte, bloquee a mi ex mujer. No por rabia, o no sólo por eso. Es que no hubiera podido soportar las fotos de ella con su nuevo marido, de ella con su barriga enorme y radiante de felicidad, de ella con su hijo recién nacido. Creo que todavía la quiero, más allá del rencor obvio que le tengo. No se lo he confesado a nadie, pero si esa relación suya fracasara, y el profesor-poeta-galán la dejara por otra estudiante a la que embarazara después de clases, no pensaría dos veces en buscarla para que regresara conmigo. Con todo y niño. Me tragaría el orgullo sin ningún pudor. Pero eso no va a pasar. Por lo que he sabido son almas gemelas.

Qué ladilla resulta sentir que todos los presentes me miran mientras voy casi reptando hacia el baño. Esta vaina me cuesta un esfuerzo sobrehumano. Levantar la andadera, estirar los brazos, dejar caer la andadera, arrastrar los pies hasta poner el cuerpo en posición vertical, y avanzar así medio metro. Aguardar hasta que no haya nadie delante, porque tengo que pasar por el mínimo pasillo que se forma entre las mesas y la pista de baile. Ver la cara, mezcla de lástima y culpabilidad, que ponen los que por algún motivo están atravesados, mientras pido permiso. Responder con mi lengua mocha a los saludos de quienes me conocen, y recibir los abrazos y los besos de las mujeres sin poner cara de desagrado o alarma por la urgencia que siento en el bajo vientre. Repetir el proceso 60 veces, hasta llegar a la puerta del baño. Esperar que el compadre, que me ha venido siguiendo de cerca, como cuando se cuida a un carajito que comienza a caminar, me la abra. Rezar para que no haya un escalón atravesado, y para que no haya más nadie dentro del baño. Decirle al compadre que puedo solo, que no se le ocurra ponerse a mirar porque de otra manera voy a pensar que se me mariqueó y no voy a poder mear. Concentrarme, y por fin dejar salir el chorro de orina que me tenía congestionada la vejiga. Qué alivio, dos minutos más y no llego. Espero no tener que repetir la hazaña, es agotador esto.

Por fin se levantó el de la andadera, y puedo contemplar a mis anchas a la gloriosa mujer que tenía detrás, sin temor a sus miradas fulminantes. Ah caramba, ya no está allí. Para variar, mala suerte. No puedo evitar la tentación de observar el lento desplazamiento del hombre. Dios mío, qué suplicio debe ser para él tener que cruzar todo el salón de fiestas para ir al baño. Me pongo en sus zapatos y siento algo parecido a la humillación, a pesar de que por lo visto es una persona muy querida por la concurrencia. Todo el mundo le da una palmadita en el hombro, las mujeres lo besan. Se nota un poco atosigado con tanta demostración de interés hacia él. Esto me terminó de descomponer. Ya tengo necesidad de salir de aquí. Me voy a terminar este trago y me largo. No creo deberle explicaciones a Carmen, después de todo fue su amiga la que falló, no yo. Voy a aprovechar que está ocurriendo esa aberración que llaman “la hora loca”, y toda la gente está volcada en la pista de baile, para escabullirme sin testigos. Mis pasos son vacilantes, el licor ya me comienza a pasar factura. Y mi carro está en el tercer sótano de este centro comercial. Tengo que bajar tres niveles por unas escaleras en semipenumbra, porque los ascensores, las escaleras eléctricas y la mitad de las lámparas están apagados. Pero primero toca buscar una taquilla de pago para cancelar el ticket del estacionamiento. Por la hora está abierta tan solo una, en el extremo opuesto de donde está mi carro. Camino lo más rápido que puedo dadas las circunstancias etílicas en las que me encuentro, mientras comienzo a sentir que a mi vejiga le urge vaciarse. Llego por fin a la taquilla, y asomo un billete de cien bolívares junto con el ticket. ¿No tiene más sencillo?, pregunta con desgano la cobradora. Quédate con el vuelto, no me voy a parar en esas minucias cuando tengo algo más importante que resolver. Me devuelve sin ningún comentario el ticket validado, y enseguida busco por toda la zona un baño abierto, pero al parecer a cierta hora los clausuran. Tendré que aguantar hasta llegar a casa. Mientras camino hacia mi vehículo reflexiono sobre la escena que presencié en la fiesta, y por un momento me invade una sensación de piedad por el hombre. Saber que todos somos potenciales víctimas de esas situaciones es inquietante. Pero enseguida esos pensamientos desalojan mi cerebro por algo más poderoso que requiere su inmediata atención. Ya me es imposible seguir aguantando las ganas de orinar. Tomo una determinación poco decorosa pero impostergable, y cuando estoy al lado de mi vehículo abro las dos puertas del lado del piloto, abro la bragueta y desahogo mi vejiga allí mismo. Poco a poco un charco amarillo pálido se forma a mi alrededor, mientras me invade una sensación de felicidad velada por la vergüenza de haber tenido que recurrir a ese poco higiénico expediente. Termino mi asunto, cierro la puerta trasera y me dispongo a entrar en el carro, pero algo me lo impide. Estarás muy enfluxado pero eres sendo cochino, becerro, me dice una voz que apareció de la oscuridad, y al mismo tiempo siento en la sien un objeto cilíndrico y frío.

 

Por Mirco Ferri (@mircoferri)

*Este relato fue finalista en el concurso de cuentos de SACVEN del año 2016.

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