Confrontando el hueco que dejó mi exilio

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

Desde que salí de casa –con mi mundo guardado en dos viejas maletas y un morral guindado en la espalda– rumbo a Buenos Aires, nunca hablé con mi mamá sobre lo que significaba para ella esa decisión.

La noche del 16 de noviembre de 2017 se incrustó como una astilla en la memoria de Virginia Avendaño. Ella quería que detallara nuestro hogar antes de que me fuera porque la incertidumbre de cuándo volvería a verlo se hacía cada vez más presente. Por esa razón quiso que me despidiera de Patitas, la gata atigrada de la casa. Mamá finalmente asimiló que nuestro proceso migratorio comenzaba esa noche cuando crucé el umbral de la puerta principal, atravesé el porche, guardé mi equipaje en el auto de la familia y me senté finalmente en la parte de atrás esperando por ellos, mis papás.

Todo 2017 fue un periodo muy difícil para nosotros. Mi abuela materna murió a sus 72 años de edad, a finales del primer cuatrimestre. También vivimos diariamente el aumento de la crisis económica de Venezuela. En la casa lo analizábamos con tan solo medir semanalmente el alza del precio del cartón de huevos, que para la fecha de mi partida representaba 44% del ingreso total del hogar. Asimismo, tres semanas antes del viaje, nos acompañó durante 48 horas la sospecha de que mi mamá podría tener cáncer grado cuatro en el seno derecho. Sin embargo, todo se trató de un susto.

Lo que sí fue real para Virginia fue mi decisión de vida, que colocaba entre nosotros una barrera de 7.318 kilómetros. Aunque nunca me lo dijo en persona, sé que mi plan la sacudió en lo más profundo de su esencia de madre.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

Los azulejos de la cromo interferencia de color aditivo de Carlos Cruz-Diez fueron testigos del último abrazo entre mamá y yo. Sentí cómo su garganta obligaba a la saliva a pasar frenéticamente, acumulándose así un llanto ahogado que más tarde encontraría su cauce. Sus ojos verdes botella e intensos –como su carácter– me vieron impertérritos mientras apretaba la mano de Hernán, mi papá. Les sonreí, quería que tuvieran de mí una imagen alegre en el aeropuerto. Me volteé. No tuve el valor de preguntarle a mi madre cómo se sentía, mucho menos a mi padre. Aunque no la vi, sí escuché llorar a Virginia cuando se cerraron las puertas automáticas a mi espalda mientras ingresaba al área de migraciones del aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Maiquetía. El estampido de su llanto se me quedó grabado en el alma como un hierro al rojo vivo.

Nunca le confesé que en mis 27 años de vida jamás me había sentido tan roto por dentro como en ese instante cuando caminaba para chequear mi pasaporte mientras resonaba su tristeza en mi mente. Nunca le pregunté cómo se sentía, porque, de forma egoísta, no quería que sus emociones sabotearan mi decisión. Nunca nos sinceramos sobre cómo nos afectaría el proceso migratorio.

Nunca lo hablamos hasta seis meses después de nuestra despedida.

El celular se ha convertido en el principal tesoro para mi madre. Recientemente se le dañó por un día. Automáticamente intuí que estaba triste, preocupada, porque no podíamos hablar, como ya era costumbre, por WhatsApp. Mi sospecha se confirmó cuando realicé una llamada internacional para saber cómo estaba y decirle que me encontraba bien. Su voz destelló una mezcla de emociones: alegría por escucharme; desesperación que se diluía entre risas; pero una profunda melancolía por saber que, aunque conversáramos, no estaba ahí realmente.

Ese episodio ocurrió una semana antes del cinco de mayo de 2018, fecha en la que cumplimos con la deuda de sinceridad que nos debíamos mutuamente. Como periodista estaba preparado para hacer las preguntas porque esa es mi profesión, pero como hijo desconocía si estaba listo para escuchar lo que su mente y corazón guardaban.

En la conversación no participaría mi papá, porque era un momento solo entre madre e hijo. Él lo sabía y no hubo necesidad de preguntarle si quería sumarse al diálogo. Esperé estratégicamente que en Venezuela marcaran las 11:00 am para que él se concentrara en hacer el almuerzo y mi mamá no tuviera excusas para suspender nuestra cita.

Cuando la llamada se conectó le dije a mi madre que necesitaba hablar con ella algo importante. Ella sabía de antemano cuál sería el tema de conversación. Le pedí que se colocara en la sala o en el comedor de la casa porque en esas zonas la conexión de wifi es mucho más estable. Ella accedió a mi petición y se ubicó en la sala. Colocó el celular en frente de tal manera que no tuviera que sostenerlo constantemente. Una vez hubo acomodado todo, sus ojos se mantuvieron fijos. Sonrió sin abrir los labios y me alentó a que comenzara.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—Me gustaría saber cómo te has sentido en este proceso migratorio, ¿cuáles fueron tus pensamientos desde el momento que te dije que me mudaría a Argentina?

Ella cerró los ojos, apretó los labios suavemente, respiró profundo y exhaló. Me imaginé que tenía los puños cerrados, un gesto característico de ella cuando articula en su interior sus pensamientos mientras obliga a su cuerpo relajarse.

—Te dije lo que sentía. ¿Recuerdas esa conversación que tuvimos a comienzos de 2017? Te dije que te estabas achinchorrando en la casa. Tu papá y yo siempre te hemos criado para que seas libre como los pájaros. Tenías que irte en algún momento, pero esperaba que te mudaras por aquí mismo en Guatire, o en Caracas. Nunca esperé que te fueras a otro país.

No me decepcionó. Después de convivir 27 años conocía sus formas de razonamiento. Esa respuesta la pude prever sin necesidad de hablar con ella. Mi mamá siempre anteponía mis motivos por encima de sus sentimientos, y allí era el punto a donde quería llegar.

—Pero… ¿qué sentiste al momento que te dije que me iba?, ¿qué pasó por tu mente cuando te enseñé el pasaje de avión?

—La verdad es que en ese tiempo no lo asimilé. No fue real hasta el momento en que saliste de la casa –su voz se quebró, pero continuó–, no lloré hasta que te fuiste. Caí en cuenta de que te ibas a otro país solo cuando lo vi. Después que cruzaste la puerta de migración lloré, pero me frené. Decidí que ese mismo día tenía que irme a trabajar para continuar con mi vida. Me fui a la notaría donde te hice el poder, allí me fajé a llorar y empecé a nombrarte como loca. Todos se acercaban y me preguntaban qué me pasaba, creían que te había pasado algo. Entendieron cuando les dije que te habías ido del país, que te acababa de dejar en el aeropuerto.

Imaginé el momento. El día de mi vuelo me preocupaba cómo se podía sentir mi mamá. Su salud, en específico sus niveles de azúcar y de la tensión, está estrechamente vinculada con su estado de ánimo. Recuerdo que me había dicho que iba a trabajar, un mecanismo de defensa propio de ella para alejar la realidad y mantener ocupada su mente.

Me sorprendió que admitiera ese episodio gris. Me dolió comprender que el trabajo, su rutina, no fue lo suficientemente fuerte para que ella se concentrara y olvidara que me encontraba en un avión rumbo a otro país; que con cada hora transcurrida me alejaba de ella cada vez más. Mi papá no me dijo nada de ese momento, asumí que mi mamá le hizo prometer por la Virgen del Valle que no me lo diría para no preocuparme. La imagen de ella sumergida en llanto dentro de una institución pública me sacudió internamente de la misma forma como cuando te zarandean por los hombros para que despiertes. Tenía un nudo en la garganta, sin embargo tenía que seguir indagando.

—¿Crees que fue una decisión egoísta o estamos mejor así? Cuando trabajaba en Globovisión como ancla el sueldo no me daba ni para el pasaje mensual de Guatire a Caracas. El sueldo mínimo de papá y los honorarios profesionales tuyos, más mi sueldo, no cubrían los gastos.

—Jamás pensé que fue una decisión egoísta. ¿Estamos mejor económicamente porque nos mandas dinero de afuera? Sí. Si estuvieras aquí, en el caos de Venezuela, fueras infeliz. Aquí no había nada para ti. Profesionalmente lograste todo lo que te propusiste. Desde que te fuiste aquí se puso peor todo. Tú ibas a vivir amargado por no poder costear las cosas que quisieras, ibas a vivir angustiado por los gastos en la casa. El país ya no te ofrecía, ni te ofrece ninguna oportunidad.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

En ese momento mi madre apeló a la racionalidad para sofocar mis dudas. En su cara se notaba porque ya no tenía el ceño fruncido, hablaba sin interrupciones y gesticulaba con las manos. Pese a que sabía que sus palabras trataban de hacerme sentir mejor, así como justificar mi partida, ella no estaba mintiendo.

En los seis meses que tengo fuera de Venezuela la crisis se acrecentó. Personalmente he medido la debacle económica con la cantidad de dinero que le envío a mi mamá. En  cinco meses le he transferido bolívares en seis oportunidades. En todas ellas siempre destiné la misma cantidad en pesos argentinos para convertirlos en moneda  venezolana. Esa ha sido otra de las preocupaciones de mi madre. Al ver que cada mes le envío más bolívares, ella cree que estoy colocando más pesos para poder mantener los gastos del hogar en Venezuela. Siempre tengo que explicarle que no he modificado mi presupuesto mensual, que ni he aumentado el monto de pesos argentinos. Constantemente le recuerdo que lo que incrementa es la tasa de cambio producto de la depreciación de la moneda en Venezuela.

—¿A quién culpas por mi partida? –pregunté.

—A decir verdad a la situación país.

—¿Al Gobierno?

—No, a la situación país en general. Si el país fuera otro no te hubieras ido. El año pasado solo la Virgen del Valle sabe cuánto te encomendaba a ella para que no te pasara nada mientras trabajabas como periodista en las protestas para el canal y la radio. Tenía pánico que te pasara algo, pero ese era tu trabajo y a ti te gusta meterte en la candela. Eso es algo que pienso: que algo positivo que te fueras es que tienes un trabajo más seguro, aprendes otras cosas.

Tenía razón. Uno de los consuelos que tenía Virginia, que me repetía inclusive antes de que partiera, era el cambio profesional. En abril de 2016 los colectivos me agredieron a las afueras del Consejo Nacional Electoral frente a más de 50 Guardias Nacionales que padecían de ceguera y sordera selectiva porque, aunque me vieron y escucharon los gritos mientras me golpeaban los grupos paramilitares, fueron incapaces de cumplir con su deber constitucional –y hasta humano– de proteger.

Luego, en 2017, con la oleada de protestas, los nervios de mi mamá y su tensión se desestabilizaron. Más de una vez Hernán me comentó que mamá tenía la presión arterial alta como consecuencia de imaginar qué me pudo ocurrir mientras le daba cobertura a las manifestaciones contra el régimen de Nicolás Maduro para los medios de comunicación en los que trabajaba: circuito radial AM/FM Center y Globovisión.

—Pero no eres feliz –solté, secamente.

—¿Cómo voy a ser feliz si no puedo tocarte cuando quiero?, si no puedo abrazarte cuando me da la gana. Nostalgia, ese es el sentimiento que tengo en este tiempo separados. Me alegra verte por allá, que tienes amigos, que sales de noche, que estás trabajando en otras cosas. Me enorgullecí, como siempre con todo lo que haces, cuando vi que aceptaste trabajar haciendo bolitas de carne en un restaurante de noche. Estás creciendo hijo, y eso es lo que yo quiero para ti.

Mi mamá ha sido feliz con los trabajos que he desempeñado en Argentina, o eso es lo que me hace saber. Desde que llegué a suelo porteño no he dejado de laburar. Pese a ser periodista de profesión, mi mamá me ha apoyado en los trabajos que he tenido en la París de América: ayudante de cocina, teleoperador de call center y analista de marketing.

No obstante, su felicidad no es plena. Siempre me menciona que extraña verme en televisión. Cada vez que hablamos por WhatsApp me recuerda que le “hace falta” prender la TV, colocar el canal 12 y hacerme compañía desde el otro lado de la pantalla. A lo que yo siempre le respondo lo que Daniel Guillermo Colina, periodista y amigo de la familia, decía: ¡Mamá, con pantalla no se hace mercado!

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—Sí, tienes razón. Tampoco te hubiera podido enviar los medicamentos que necesitas para controlar la azúcar, la tensión y ahora los del hígado graso –dije.

–—Menos mal, Dios sabe cómo hace las cosas. Si estuvieras aquí, ni juntando los tres salarios de la casa hubiéramos podido pagar los exámenes que debo hacerme este mes. Además, todavía tenemos comida que pudimos comprar con lo que nos mandas.

A finales de abril de 2018, Virginia pudo finalmente asistir a una consulta médica sin necesidad de sentir que estaba dejando de comer por atender su salud. Desde octubre de 2017, la persigue un dolor abdominal al cual no le prestó mucha atención. Como la mayoría de los venezolanos, en vez de pagar una consulta médica por los elevados costos, decidió automedicarse para tener una mejoría momentánea. Con el dinero que le envié el último mes mi mamá pudo, responsablemente, costear los servicios de un galeno para determinar el origen de esos dolores que incrementaron su intensidad en seis meses. El diagnóstico fue grasa en el hígado y adherencia grasa en el intestino.

Esa condición se suma a otras dos que mi mamá padece: diabetes e hipertensión.

En Venezuela, los niveles de abastecimiento de medicinas son extremadamente bajos. Una de las tranquilidades que me ha expresado mi mamá es que ha logrado disminuir sus preocupaciones al respecto: al tercer mes de vivir en Buenos Aires logré hacerle llegar con otro familiar una bolsa con dotación de medicinas suficientes para un año, un encargo que la Guardia Nacional del aeropuerto de Maiquetía estuvo a punto de adueñarse.

Pero aunque estoy en otro país y puedo colaborar con su estado de su salud, mi ausencia sigue siendo su principal dolencia.

—¿Y qué has pensado hacer? Mi papá gana salario mínimo y tú no tienes muchos casos como abogada.

—El escenario ideal es que vengas y nos visites, que estés de vacaciones. Si me dices hoy que te regresas a Venezuela te diría que estás loco. Tu papá y yo vivimos gracias a lo que nos mandas, estamos bien, pero no felices. Hace dos años para esta época yo tenía mínimo diez casos para resolver. Ahora hasta tú vas a los tribunales y no hay gente demandando ni siquiera. He pensado en vender todo e irnos. Nosotros dos tenemos la disposición de hacer cualquier cosa, hasta un día de plancha si es posible. Pero la edad pasa factura y nuestro cuerpo no está para que hagamos eso.

Decidí introducirme en terreno desconocido.

—Me intriga saber cómo te sientes cuando entras a mi cuarto –dije, suavizando mi voz.

—Esto no te lo había dicho. Tu cuarto está prácticamente igual a cuando vivías aquí, pero regalé tu mesa de computadora. No aguantaba entrar y verla vacía. Te imaginaba sentado en ella escribiendo y diciéndome con tu tono amargado estoy ocupado mamá, déjame escribir. También guardé todos los libros de la biblioteca de tu cuarto y puse la ropa de tu papá en el closet para no verlo vacío.

Se hizo un silencio de unos diez segundos, lo suficiente para asimilar la magnitud de esa confesión. En ese tiempo reuní el valor para dar la estocada final, esa pregunta que como periodista se guarda siempre para concluir.

—¿Tienes esperanza de que nos volvamos a ver?

Su rostro se descompuso con esas siete palabras adornadas en un tono de pregunta. Las emociones terminaron de detonar en la voz de mi mamá, que se hizo más aguda, triste y melancólica. Los ojos se le inundaron. Finalmente había logrado que exteriorizara el miedo que la acosa desde que salí de casa el 17 de noviembre de 2017.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—¡No me vuelvas a decir eso! Prométeme que nos vamos a volver a ver. Prométemelo Oswaldo José. Tengo miedo de que no nos volvamos a ver. Que te pase algo, o a mí, y no te pueda volver a tocar. Todos los días pienso en eso –enfatizó antes de hacer una pausa–. Sé que esto es lo mejor, que estés lejos de Venezuela. En algún momento las cosas se van arreglar y estaremos juntos de nuevo. Cuando estoy sola y quiero calmarme, cuando pienso que no te volveré a ver, salgo al balcón y veo al cielo, porque sé que el cielo nos conecta y tú también lo estarás viendo allá. El amor que te tengo es el único que me ayuda a superar esto, ¿sabes? También me doy fuerzas y me pongo en tu lugar y se lo digo tu papá: él lo está pasando peor. Me repito: yo estoy acá en el confort de mi casa, de mi entorno, con mi gente y mis cositas mientras tú estás en otro país sin conocer a casi nadie, sin tu familia, amigos ni tu hogar. A tu papá le digo que tú te llevas la peor parte de esto –arguyó mientras se secaba las lágrimas que corrían por su rostro.

Volví a sonreír para aplacar las emociones desbordadas de mi mamá.

Concluí el momento recordándole que tenía que almorzar. Ya era un poco más de mediodía en Venezuela y mi papá la esperaba en silencio en la mesa de la cocina, procesando todo lo que acababa de escuchar. Asumí que sería él quien terminaría de abrazarla una vez se separara del celular.

Volví a sonreírle. Le recordé cuánto la amo y nos repetimos mutuamente, con diferentes palabras cada uno, nuestro mantra para soportar la distancia.

—Pronto estaremos juntos, mamá, recuerda que este es un proceso lento –fingí una sonrisa.

—Sí, hay que tener paciencia, gordito.

Terminé la llamada y suspiré. Me sorprendí de que mientras salía de mi apartamento tenía unas lágrimas rodando por mis mejillas. Sentí la necesidad de ver ese mismo cielo que mi mamá admira cuando quiere sentirse cerca de mí.

 

Por Oswaldo J. Avendaño A. @Os0790

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