Libros prestados

Repartidor en Buenos Aires

Apenas traspone la puerta se deshace de la encomienda que lleva consigo y deja caer la frase, como si le estuviera pesando en algún lugar de su pecho, como si le costara trabajo mantenerla dentro de sí: “tenía mucho tiempo queriendo venir”, le dice a la dependienta. Ella sonríe, dice algo como “mira qué bien” o “qué lindas casualidades”, ya no recuerda, pero sabe que sonrió. C. se quita el bolso térmico que lleva a cuestas para trabajar y se dedica a revisar las estanterías de la librería, un compendio hermoso de títulos brillantes, con el perfume de libro nuevo; volúmenes que C. solo había visto en formatos digitales y pirateados. Se queda ahí un rato, olvidado del trabajo y de lo que sucede más allá de esa puerta de vidrio. La dependienta espera mientras él paseaba por la estancia. Como si se tratara de alguna norma de educación, no abre la bolsa con su comida sino hasta que el chico anuncia que se va. ¿Esperaba que comprara o preguntara algo? A C. ese gesto le llama la atención y le parece adorable. Se siente mal, piensa que por su culpa aquella mujer comerá la comida fría. Sale de inmediato de la librería, monta la bicicleta y enfila hacia una nueva ruta.

Demos un par de pasos hacia atrás. Cuatro meses antes de entrar a la librería y anunciar que tenía muchas ganas de ir, C. aterriza junto a M., su novia, en Buenos Aires, Argentina. Un mes después del desembarque M. enseña a C. a andar en bicicleta, porque C. no es capaz de conducir ningún vehículo hasta ese momento. Al poco tiempo de haberse subido por primera vez a una bicicleta, C. comienza a trabajar haciendo delivery.

Mes y medio más tarde, en una tarde calurosa y húmeda, de esas que ahora C. supone que despiden el invierno y dan paso a la primavera, aparece un pedido en la aplicación de su celular y lo toma. Hay una especie de mitología alrededor del trabajo de delivery que hace. Uno de esos mitos es que el primer pedido hay que tomarlo como sea, no importa que sea lejos, no importa que no se conozca la zona. El primer pedido es el que hace que los demás fluyan y vengan en cadena. De manera que C. hace caso a la sabiduría que se traspasa de boca en boca entre sus colegas y toma ese primer encargo. No conoce muy bien la zona, suda a mares, pero todo sea para que la jornada arranque con buen pie.

Unas cuadras antes de llegar a la dirección de destino se da cuenta de que debe llevar el pedido a Céspedes Libros y los ojos se le iluminan. Desde que llegó a Buenos Aires sigue en Twitter la cuenta de esa librería y tiene mucho tiempo queriendo visitarla. Es más pequeña de lo que se había imaginado, pero también es más acogedora de lo que pudo haber supuesto. Por la noche C. ve unos tuits acerca de su visita a Céspedes Libros. Hace unas semanas que también sigue a la dueña de la librería. No se había dado cuenta de que era ella la dependienta que recibió la comida ese mismo día.

Céspedes Libros

Twitter se ha convertido en una especie de diario para C. Por esa razón, unos días más tarde, comenta la anécdota. Un par de tuits simples que remata con algo como “quería llevarme todo lo que estaba viendo, pero recordé que mi sueldo no me lo permitía y salí corriendo”. Un hilo que considera más bien sensiblero y tontín, pero que genera varios likes, unos cuantos retweets e, incluso, algunos nuevos seguidores argentinos. Entre esas notificaciones que trajo el relato apareció la respuesta de T. (escritora, profesora, filósofa, periodista, feminista a morir) que decía algo como “ahí te seguí, yo tengo muchas novedades literarias que compro o me llegan por prensa, cuando quieras pasas por la casa y te llevas lo que querás y luego los devolvés y te llevás otros; lo digo posta!, escribime por DM”. C. ha aprendido que cuando un argentino dice algo “posta” es el equivalente a que él como venezolano diga algo “de serio”, “de pana y todo”, “de bien”. O sea, lo está diciendo con toda honestidad.

C. duda un poco de la buena fe de T., así que le muestra el tuit a M. Ella responde algo como “ay, qué bella persona” y eso es suficiente para él. No parece haber peligro aparente. Escribe por DM a T. y, efectivamente, está del todo dispuesta a prestarle algunos libros. De hecho le hace una pregunta como “¿qué estás interesado en leer?” y C. piensa en responder “todo cuanto se me pase frente a los ojos”, pero se limita a comentarle que está tratando de leer la mayor cantidad posible de literatura argentina contemporánea. T. le asegura que le armará la mejor selección de literatura argentina que tenga a la mano para prestarle.

Después de algunas semanas, concretan la visita. C. se dirige a casa de T. y ella le baja los libros. Lo recibe con un beso, como hacen los argentinos. Le explica un poco qué le está entregando. De forma consciente o no, de cuatro libros que le presta, tres son escritos por mujeres. Esto es un dato que C. no pasa inadvertido, pero no comenta nada, solo sonríe. Como para hacerlo más recíproco, dice C., le deja en intercambio una copia de “Formas de Partir”, su primer libro de cuentos. Tal vez es la única copia que queda sin dueño, no lo sabe. Ya duda de que ese libro haya sido publicado alguna vez, es todo muy difuso. En principio es un préstamo, pero no sabe si T. lo entendió de esa forma y prefiere dejarlo así y luego ver si ese libro vuelve o no más adelante.

Para él a quien se le dificulta tanto la lectura en digital y que mitifica los libros en papel a más no poder, ese gesto de T., más que un préstamo, es un rescate. Más adelante, cuando le pregunten a C. qué tal le está yendo en Buenos Aires, pensará en todo ese episodio y dirá, con una sonrisa contenida y alternando la mirada entre el suelo y su interlocutor, “bien, esta ciudad me trata bien”.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

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