#DomingosDeFicción: Al principio fue una idea

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Primero te regodeaste en las imágenes, en el morbo del detalle, en la corrección del encuadre, en la repetición al antojo, en el plano general del voyeur. Entonces el placer te llevó a matar el apremio de tu entrepierna con sacudidas de bomba de achicar. Allí, encerrado en el baño, mientras en el cuarto de al lado tu madre, depresiva, inerte, miraba sin mirar un programa de televisión lleno de colores epilépticos y sonrisas comerciales.

Después, cuando volviste a tierra, te asustaste, el pánico atacó tus venas. Te viste monstruoso, infernal, delirante, haciendo lo mismo frente a un cuerpo real, abierto, rojo vehemente y lleno de vísceras y excrementos.

Durante días luchaste contra tu oscuridad iluminada y una mañana te descubriste yendo tras ella. En algún momento tus pies se negaron a seguir, el impulso batalló en tu pecho, pero el ansia te exprimió los genitales y ya estabas de nuevo siguiéndole los pasos y diciéndote que no importaba, qué solo querías sentir el bullir de la sangre, el control, el silencio, la excitación del ángulo furtivo.

Era una muchacha triste, regordeta, con cara de que cargaba un saco de piedras. Su rostro era esquivo, desdibujado, y su mirada ocultaba alguna vergüenza cenagosa.

Y tú, que te habías leído todos esos libros y visto todas esas películas de horror, creías conocer a la perfección los vericuetos del arte de matar. ¿Por qué no aventurarse? Total, no ibas a llegar hasta al final.

Ese primer día fuiste torpe y ella se dio cuenta. ¡Qué cara de vaca estúpida puso! Apuró la caminata hacia la puerta de la oficina, gimiendo, balbuceando. Demasiado estúpida, demasiado vaca. ¿Por qué reaccionó así? ¿Acaso de verdad parecías un loco, un asesino en serie? ¿Pero quién carrizos sabe cómo luce un asesino en serie?

No, no eras tú. Era ella, ella y sus profundos temores, ella demasiado estúpida, demasiado vaca. La odiaste, y ese odio terminó de impulsarte. Pero también la amabas. Adorabas sus mejillas fofas, sus párpados caídos, su palidez  de muerte y sus senos enormes. ¡Oh, era el frenesí! Tenías que perseguirla, hundirte en su vida lamentable, leer su mente, espiar sus tetas cada vez que ella saliera a la calle.

No dejaste que te volviera a ver. Supiste de la distancia ideal, de las calles paralelas, de la perfección del disfraz, de las falsas cadencias al andar y de los caminos que desembocaban en la ruta de la sierva. Aprendiste a pegarte a las paredes, a convertirte en sombra entre las sombras. Anotaste sus horarios y tus pensamientos en letra menuda y apretada en tu pequeña libreta, esa maldita libreta…

Temprano en la mañana, la vaca salía del apartamento de enfrente rumbo a su trabajo, y tú te ibas tras ella, atravesando el caos del centro, esa bestia deforme que alguna vez fue tan pequeña y que luego creció como una alucinación, como una pesadilla laberíntica.

La vaca caminaba hasta el metro de Capitolio, subía al tren y llegaba hasta la estación Parque del Este. Allí seguía por Sebucán, un erial de concreto que hace tiempo dejó de ser una urbanización de calles tranquilas y rostros conocidos para convertirse en una maraña de conductos donde vehículos a motor eyaculan furia y anonimia.

El viaje finalizaba en la avenida Miguel Otero Silva, en la quinta El Ocumito, una productora de contenidos para televisión donde ella trabajaba de secretaria. Era una casa grande, blanca y antigua como un animal viejo y cansado que reposaba sus últimos años con desgano parapléjico. Ella y la casa se parecían. La casa era como una vaca gigante. Demasiado vacas las dos.

Tu hipotética víctima almorzaba en el sitio. Así que te ibas a pagar la luz, el teléfono, a comprar verduras, a sacar alguna platica del banco o a comprar novelas de misterio bajo el puente de la avenida de las Fuerzas Armadas o en La Gran Pulpería del Libro en Chacaíto. Luego, volvías a casa. Comías al tiempo que tu madre te recitaba sus dolorosos reclamos. Hijo hijito, estoy enferma, hijo hijito, si tu padre no hubiese muerto, hijo hijito, te necesito cerca. Tú sorbías la sopa y no decías nada, ni siquiera mirabas a los ojos a la mujer que te parió. Después te ibas al cuarto a leer, a ver televisión, a encerrarte, a huir de tu madrecita. Más tarde te preparabas para salir y ella, aún sin acostumbrarse a tu nueva rutina, te gritaba, te gritaba poseída por una histeria inusitada y llena de fuerza, te gritaba no salgas, la calle es peligrosa, no me dejes tanto tiempo sola, sabes que estoy enferma, hijo hijito, no me dejes, no me dejes…

Tú protestabas, y también reventabas en gritos, te tapabas lo oídos y te largabas aullando improperios.

En el camino retomabas la calma, pensando que pronto ibas a ver a tu vaca de senos portentosos. Imaginabas su aureola rosada y generosa, su pezón pequeño y suave mientras te la tocabas, apretabas, amasabas por encima del pantalón, al fondo del autobús, los ojos desorbitados, ajeno al mundo.

Llegabas media hora antes. Ella salía entre las seis y seis y cuarto. A veces hacía compras en un mercadito cercano. Tú la seguías a una distancia estratégica, y anotabas, anotabas con letra apretada, con letra de hormiga esquizoide en tu pequeña libreta. ¡Ah, la estúpida libreta! Si en alguna parte hubieras anotado que todo era una farsa, que no eras capaz. Pero no, esa libreta era tu juego, tu ficción, tu literatura. ¡Cuán peligrosa puede ser la escritura!

La vaca salía del mercado, y tú anotabas, se montaba en el vagón, y anotabas, caminaba apresurada a través de la noche recién nacida, y anotabas, llegaba a su edificio, y anotabas, y después te ibas corriendo a casa, y en tu cuarto achicabas, imaginando las acciones que te conferían un poder que nunca fue tuyo. Pero la cobardía no te sirvió de nada. Porque ahora todos piensan que la asesinaste…

Si tan solo te hubieran dejado explicar que tú no fuiste, que bueno… que estuviste detrás de ella durante meses, es verdad, y que, aunque la libreta demuestre lo contrario, era solo un juego; raro sí, retorcido, limítrofe con la locura, pero irreal y tan débil como tu espíritu.

Si solo les hubieras podido contar que esa noche, como todas las noches, andabas tras ella, pero que de pronto, allí, en la callecita que llevaba al edificio, allí frente a ti y sobre la espalda de la vaca, apareció una sombra, una presencia infernal que se hizo del cuerpo rollizo y que desde sus ojos de locura amarilla te anunció la llegada de la muerte. Sí, tú viste cómo la sombra degolló a la vaca y cómo la arrastró hacia al contenedor de basura; tú presenciaste todo aquello y luego saliste corriendo, y en alguna parte se te cayó la libreta, la maldita libreta que luego encontraron los cazadores.

¿Por qué tuviste que huir, por qué tuviste que ser tan descuidado? Tenías que haberte quedado allí, sereno, satisfecho. ¿Acaso creíste que podías pasar inadvertido, que era posible convertirse en una colilla de cigarrillo abandonada en cualquier acera? Pues no, la ciudad no es lo que parece. Caracas es en realidad pequeña, miserable, evidente; su grandor es apenas un simulacro de espejos, triste parapeto donde los cazadores saben encontrar a los pobres locos desesperados, a los pobres tontos que pagan por crímenes que no cometieron.

Y tú saliste a decirles que no fuiste, a hablarles del juego, de las falsas anotaciones de la libreta, a explicarles que todo era literatura, a contarles de la sombra, de la avidez amarilla en los ojos de la sombra. Pero lo hiciste mal, saliste como loco furioso, te lanzaste contra ellos, atropellando las palabras, y ellos te gritaron que te detuvieras, que te arrodillaras, que subieras las manos. Pero no lo hiciste, y tuvieron que dispararte al pecho y luego a la cabeza, para tumbarte, para detenerte, porque tú seguías, no parabas, querías explicarles, querías hacerles entender, hasta que por fin caíste, ya sin palabras, ya sin vida.

¡Qué falsas ilusiones me hice! Pensé que comprenderías, pensé que te ibas a alegrar cuando supieras que yo había estado jugando tu juego desde el principio, que te contentarías, como cuando eras niño, como cuando jugábamos a los médicos y abríamos sapos, como cuando colgábamos gatos de los tendederos, como cuando le dimos su merecido a aquel niño que te molestaba con sus burlas.

Sí, pensé que te contentarías al ver por fin destripada a esa estúpida vaca que nunca te iba a hacer feliz… pero no, no me reconociste y te fuiste, lejos, lejos de mí, hijo hijito, lejos de tu madre, de tu madrecita que siempre supo lo que era mejor para ti…

 

Por Fedosy Santaella@Fedosy

*este relato pertenece al libro Piedras lunares

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