La semana que empezó con una estrella y terminó estrellada

Jonrón Pepsi Prensa Cardelanes de Lara

¿Qué hacían en Venezuela? ¿Por qué estaban viajando por carretera de noche?, son las primeras preguntas que me hacen, el viernes siete a las 6:00 de la mañana, dos compañeras en un grupo de WhatsApp de trabajo, cuando se enteran de la muerte de los peloteros José Castillo y Luis Valbuena. Con variantes, me pueden hacer esas preguntas a mí: ¿qué hago todavía en Venezuela? ¿Por qué estoy escribiendo en la madrugada de un domingo cuando podría hacer algo que me diera más plata? Y la respuesta es, básicamente: por costumbre. Porque es lo único que sé hacer y, en el fondo, me sigue gustando.

No dejo de pensar que Luis Valbuena pudo haber sido invitado al Jonrón Pepsi del lunes 3 en el estadio Universitario en vez de, digamos, César Hernández, que ni bateando los 15 cuadrangulares que pegó este año con los Filis de Filadelfia podría camuflarse jamás como bateador de poder. No es que Luis estaba haciendo chillar la pelota (ese modismo que ya puede considerarse micromachista), pero después de todo estaba segundo entre los jonroneros de la liga local con siete y había sido de los bateadores más encendidos desde noviembre. Lo que quizás, por aquella teoría pasada de moda que llamaban Efecto Mariposa, pudo haber cambiado su destino.

No dejo de pensar que José Castillo fue una de las estrellas de la última temporada a la que acudí al estadio con regularidad como aficionado, la 2008-2009. Era la época en que jugaba con los Leones, le ponían en los altavoces una canción de Franco y Oscarcito (L´Squadron, llamaban al dúo, supongo que del mismo dialecto del latín del que salió el vocablo Mackediches), él hacía como un hacha con el brazo cuando pegaba un hit y por esa tontería se armaban tánganas. Era la época en que yo estaba enamorado de mi jefa (algo que recomiendo evitar) y me gasté todo el sueldo para comprar en reventa dos entradas en palco de terreno e invitarla al sexto juego de la final que perdió el Caracas con los Tigres. Fue mi jefa la que, semanas antes, me enfrentó a una realidad que hubiera preferido no escuchar: “La mayoría de los peloteros son chavistas”. Lo único que disfrutamos esa noche fue ver calentar en nuestras narices al relevista Orber Moreno. Todavía había avisos luminosos de Navidad en lo más alto de los edificios de oficinas del sector de Plaza Venezuela, no como en este hirsuto diciembre de 2018 en que regreso al Universitario con una credencial de periodista para el Jonrón Pepsi.

Jonrón Pepsi

El duelo de jonrones que organiza Empresas Polar tiene poco o nada que ver con un juego de beisbol real. Ponen torres de sonido en la primera y tercera bases, y una plataforma con la forma del logo de Pepsi donde debería estar la segunda. Vuelan drones sobre el terreno, algo que pensé que no volvería a ver en un espectáculo privado en la misma ciudad en la que presuntamente intentaron matar a Nicolás Maduro en agosto. Hay un señor mayor (un coach, me refiero) que se pone a mitad de la distancia entre la lomita y el home plate y tira pelotas que tampoco pueden ser tan bombitas: los físicos han calculado que aproximadamente 15% de la fuerza de un batazo es atribuible a la velocidad del lanzamiento del pitcher. En otras palabras: si de milagro logras pescar una recta de 100 millas por hora, es probable que tu batazo salga más duro que conectando la curvita de un softbolista con lipa.

De los diez grandeligas invitados por Polar, solo cuatro habían actuado antes en la actual temporada de la LVBP (Liga Venezolana de Beisbol Profesional). Dos de ellos ya en el ocaso de sus carreras como Luis Jiménez y Jesús Guzmán, el más valioso de aquella campaña 2008-2009 inolvidable para mí por más de un motivo. Lo más relevante del Jonrón Pepsi 2018 es que quizás es la única oportunidad en que veremos juntos en un estadio venezolano a dos nuevas estrellas que casi con toda probabilidad jamás se uniformarán con Tiburones o Leones (ni mucho menos viajarán de madrugada por la vía Morón-San Felipe), no en los mejores años de sus vidas: Ronald Acuña, novato del año en la Liga Nacional; y Gleyber Torres, tercero en la votación de la Liga Americana. Curiosamente, en un Universitario a medio llenar en el que son mayoría los caraquistas, Ronald eleva mucho más los decibeles de carisma que Gleyber, recibido con frialdad quizás precisamente por no haber debutado como león.

No, el Jonrón Pepsi tampoco es ya lo que era: aquel acontecimiento que enfureció a Maduro en diciembre de 2016 y le hizo llamar diablo al entonces pelucón Lorenzo Mendoza –aclamado con gritos de “presidente” en las dos ediciones anteriores, y esta vez aplaudido con respeto pero sin pasiones–. Tampoco hubo coros de “se va, se va”, dirigidos a quien vive en Miraflores.

Pepsi

Antes de la competencia de exhibición viril, te hacen pasar a una rueda de prensa en la que los diez gladiadores pasan en parejas, y en la que constatas que el tiempo parece pasarle por encima a todo el mundo excepto a Adriana Flores de Meridiano TV.

Ver grandeligas en persona te hace confrontar las razones prácticas de porqué no cumpliste tu sueño de ser deportista o porqué no estás casado a los 43. Prácticamente todos se sientan con las piernotas abiertas. Ronald Acuña, guayota de oro, gorra volteada, rulos quemados y medias hasta las rodillas, es tan exuberante que podría haber aparecido en el video Remember the Time, de Michael Jackson. Parco en sus respuestas, inclina instintivamente el torso hacia adelante, en actitud de desafío al mundo: en puesta escénica, ciertamente se lleva por los cachos a Gleyber, de ojitos entrecerrados y que solo acierta a recordar a Bob Abreu cuando le preguntan por las figuras de ese pasado legendario en el que parecen haberse petrificado los Leones. El cuerpo de sumotori de Luis Jiménez, su adversario cuarenta y veinte en el derby y en los tatuajes en los brazos, se le burla en las narices: “¡Y este es caraquista, y vive en Caracas!”. Impresiona la estatura de Cafecito Martínez, de ojos tristes como la historia de su fallecido padre y chivita a lo Bob Marley. Jesús Guzmán se escurre en los lugares comunes peloteriles de toda la vida cuando le señalan por su mala temporada. Willson Contreras, el de las cejas más pícaras, no anda con falsas piedades y deja claro que ni de casualidad le verán vestido de Tigre de Aragua.

Un derby de jonrones es como intentar masturbarse tres veces seguidas cuando tienes más de 30 años. Es un chicle que pierde rápidamente el sabor, como aquella película de Troya en la que Brad Pitt, en la manifestación más acabada de la historia de la metrosexualidad, rivalizaba consigo mismo en estar más bueno que en la escena anterior, sin que aquel despliegue pudiera tener otro desenlace posible que la muerte o el hastío. Lo más reconfortante del show elitesco (unos patacones en un food truck cuestan la mitad del sueldo mínimo decretado días atrás) es que los souvenirs más valiosos van a parar a los más pobres en la grada popular; eso sí, previa revolcada full contact que hace recordar al Buzkashi, el violento deporte nacional de Afganistán en el que decenas de jinetes luchan por los despojos de una cabra.

El portal especializado The Hardball Times desglosó hasta 18 factores que según la física inciden en la conexión de un jonrón, entre ellos la altura sobre el nivel del mar (mientras más alta, mejor) y el ángulo en que el bate proyecta la bola, que no debe ser demasiado bajo ni elevado (idealmente entre 25 y 35 grados, para ser exactos). Al final, todo se limita a un duelo entre dos opuestos arquetípicos del bateador de poder: el estadounidense Delmon Young, el lento Godzilla magallanero de 33 años ya en la etapa final de su carrera (de lo contrario no sería un importado de la liga de un país con la mayor inflación del mundo) que ordeña su fuerza bruta conectando tablazos hacia su propia banda, el left field en su condición de aporreador derecho. Y Ronald Acuña, el velocirraptor naciente de apenas 20 años que es un puro ejemplo de atletismo y explosividad, un madero mucho más completo, espectacular e impredecible para los pitchers de verdad, cuyas líneas caen regadas como una lluvia de meteoritos hacia todas las bandas. La batalla esta vez la gana Young, pero todo el mundo sale del Universitario sabiendo que ha visto un pedazo del futuro en Acuña.

La primera semana de diciembre en el beisbol venezolano empieza con el pantallazo de una súper estrella naciente en Caracas y termina con una estrellada que hará alejarse más y más la promesa de la primera: la camioneta volcada de dos ex grandeligas que estiraban sus años de declive en la pelota venezolana. Una tragedia que las versiones preliminares orientan hacia la tesis del asesinato provocado por rateros de carretera, probablemente desesperados por llevar algo en sus bocas en una provincia venezolana cuya crisis profunda aterra imaginar.

Adiós, Luis, que pudiste haber tomado la última pepsi del desierto de la navidad caraqueña. Adiós, José, para mí tu hacha guariqueña siempre será como la Stormbreaker de Thor.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

 

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