#DomingosDeFicción: Las cabezas de Medusa

Obra de Peter Paul Rubens

La verdad es esquiva, juega al escondite,

se repliega si la buscas, aparece cuando menos te

lo esperas, y si intentas ignorarla se planta firme frente a ti, agitando los brazos.

 

Lucía Etxebarría

Abrió la puerta de un golpe. Llegaba tarde a su cita mensual. Desde hace un par años, los últimos viernes de cada mes a las dos de la tarde comenzaba su sesión. Nunca antes había llegado con retraso. Soltó el morral, que parecía muy pesado ese día, a un lado del sillón verde. Se dejó caer, rendida, como si cruzara una línea de meta invisible. Cerró los ojos durante algunos instantes. Sacudió la cabeza y despertó. Abrió los ojos también de golpe. Flexionó sus rodillas, apoyó los codos en ellas y juntó las palmas de las manos. Sus pies se recostaban de la falda del sillón en posición de fuga. Quería escapar, todo su cuerpo lo gritaba. Su respiración era agitada e irregular, se notaba a todas luces que la chica había dejado su careta olvidada. Una mujer extraña había traspasado aquel umbral ese viernes. Su comportamiento siempre había sido algo lacónico, si bien nunca había salido de los parámetros establecidos. Cuando por fin se tranquilizó un poco, pareció darse cuenta de que era observada, alguien esperaba una explicación.

—¿Estás bien?

—No –dijo la chica que dejaba en libertad a esa otra que la devoraba y repitió la negativa con más fuerza–. No, jamás volveré a estar bien.

—¿Qué ocurrió?

—Un final –afirmaba invadida aún por la resaca de la libertad, mientras su mano izquierda se deslizaba en busca de algo. Lo encontró, asió con fuerza aquel morral, apretando cada dedo de su puño.

—Te traeré un poco de agua con azúcar y luego me contarás qué pasó.

Regresó con el vaso de agua azucarada. La chica lo bebió casi de un sólo trago, más para calmar su sed que sus nervios. Arrugó la cara un poco a causa del resabio que le dejaba el agua en la boca. Su respiración seguía agitada y entrecortada, aunque un poco más regular. Comenzó, compulsivamente, a mover la pierna derecha y mordisquear una de las uñas de su mano. Su caparazón invisible estaba roto, algo había quebrantado su aire flemático e, incluso, descontrolaba los movimientos de su cuerpo antes gráciles, ahora torpes y confundidos. Las suelas de sus zapatos rojos seguían manchando la falda del sillón. Tal vez saldría corriendo y atravesaría la puerta y no volvería jamás. Nadie podría detenerla. Sin embargo, aquella chica no tenía otro lugar en el que refugiarse, acaso de ella misma.

Transcurridos unos minutos, la chica abrió uno de los bolsillos del morral, sacó una caja de cigarrillos y encendió uno. Siempre fumaba, unas veces menos y otras más, mientras contaba sus sueños, sus insomnios y sus duermevelas que se entremezclaban de vez en cuando.

—Una vez le conté aquél sueño recurrente, el de la casa de mis abuelos, ¿recuerda?–preguntó la chica después de un par de caladas.

—Sí, en el que tus familiares muertos volvían a la vida, ¿no?

—Ese. Intento explicarles que han muerto y que no pueden seguir en la casa de Altamira. Ellos van caminando y viviendo como si nada pasara, me ignoran, sólo sonríen un poco cuando pasan por mi costado. Es como si yo no fuera capaz de entender lo que sucede en el mundo. Son ellos los que no entienden que están muertos, ¿acaso no tengo yo la razón? ¿Acaso no me está viendo usted aquí sentada?

—Sí, indudablemente, tienes la razón. Tú estás viva, aquí sentada y ellos, según lo que me cuentas, han muerto.

—Entonces, ¿por qué siguen paseando por la casa como si sus vidas siguieran? –dijo la chica estirado cada palabra de la pregunta–. Sus vidas fueron interrumpidas por la muerte, dejaron el mundo, se fueron, estoy segura de que se fueron ya.

—Eso sólo ocurre en tus sueños; evidentemente, no es real. Quizás te advierten que debes continuar la vida sin ellos. ¿Quiénes aparecen en el sueño?

—Mi abuelo Nicolás, mi abuela Elba, la tía Pama, mi bisabuela Hermisenday otras personas que ni siquiera reconozco.

—Puede que tengas alguna tensión emocional con ellos sin resolver o que su partida te esté afectando más de lo que piensas; aunque me parece que se trata de algo familiar, probablemente te sientes muy sola sin ellos y no tienes nadie a quien recurrir. Ya hemos hablado de esa sensación de vacío, como si fuera un abismo, que has sentido antes.

—No lo creo, pero ya eso no importa. El problema es que ellos no lo entienden y, sobre todo, papá no lo entiende.

—¿Tu padre está en la casa de Altamira? –la figura del padre muerto siempre había sido un problema oscuro e, incluso, se había transformado varias veces en los dos años que llevaba la terapia.

—Claro.

—Murió hace algunos años, ¿cierto? De hecho, desde su muerte vienes a verme una vez por mes.

—Ya no lo sé.

—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?

—Ya no sé si papá está vivo o muerto. Volvió, se instaló en casa, se sentó en su sillón. Parece no entender que está muerto y que no puede permanecer con los vivos. Me atormenta, quiere estar vivo, pero no, no puede ser.

—Un momento, ¿me hablas de la casa de tu sueño?

—No, mi casa, la casa de mi madre. Trato de explicarles a todos que papá está muerto y nadie parece creerme. Lo miro a los ojos, le digo que no puede volver, me devuelve la mirada incrédulo como si hablara con una demente. No sé qué hacer o qué puede significar esto.

La chica encendió otro cigarrillo con la colilla del que, apenas, terminaba. Dio una larga bocanada. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, pero eran lágrimas sin llanto ni gimoteo, eran lágrimas viejas y desgastadas. Dejó de hablar y se sumergió en sus pensamientos una vez más. Cualquier movimiento en falso y ella escaparía. Era evidente que algo grave había ocurrido, toda la escena tenía un sabor a definitivo, a final y, también, a pesadilla.

—¿Podrías contarme un poco más sobre estos episodios con tu padre? –interrumpió con voz suave pero firme.

—¿Qué? –Despertó la chica del letargo, giró la cabeza a ambos lados y frunció el ceño como tratando de ubicarse nuevamente–. No lo escuché, perdón.

—Tranquila, estamos los dos nada más, no pasa nada –su voz seguía como hilo musical, música de meditación o ascensor–. Quería que me contaras un poco más sobre estos episodios con tu padre.

—Mi padre, sí, él. No puedo creer que siga rondando, es insoportable que siga allí en casa –dijo apretando las mandíbulas y los dedos entrecruzados de sus manos se amorataron un poco–. Después de todo sigue allí, ¿comprende? –ante el silencio, la chica volvió a explicar–. Sigue allí de carne y hueso cuando debería estar encerrado bajo tierra. No, usted qué va a comprender. No importa.

—Puede que no comprenda, pero estás aquí por algo. Déjame ayudarte. Cuéntame lo que sucede con tu padre muerto y la casa.

—Está bien. La mayoría de los encuentros son borrosos –comenzó la chica su relato después de un gran suspiro de resignación–, aunque esta última semana fue la peor, inaguantable. No sólo lo veía deambulando por la casa, sino que mi madre también parecía verlo y le hablaba y lo tocaba. Varias veces intentó tocarme hasta que no pude más escapar de sus manos. No eran las manos de un fantasma, estaban calientes, vivas, pulsantes. Yo fui al funeral de mi papá, yo firmé el permiso para que lo metieran en un horno. Estaba muerto con su pijama en un ataúd de madera. Se fue. No puede regresar, ¿cierto?

—Si está muerto no creo que regresara. Tenemos que descubrir qué está pasando. ¿Quieres que llame a tu mamá? Pienso que ella podría ayudarnos.

—No, ella jamás lo va a comprender, es parte de todo esto. Siempre lo ha sido. No sé cómo explicárselo, ella se ciega ante él, siempre le ha creído. Esta vez no va a ser diferente.

—Muy bien, no la llamaremos. Quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo sin saber qué ocurrió y por qué llegaste así a mi consulta –la voz cobró vida, la curiosidad termina por preñarlos a todos.

—Sé que no tengo salida. Tampoco quiero una. Necesito, sólo necesito, que me ayude a saber dónde estoy.

—Siempre existen salidas.

—No como usted las imagina. Mi salida es saber la verdad. Nadie puede decirme la verdad por eso lo hice, era la única manera de saberlo con certeza.

—¿A qué te refieres?

—No recuerdo perfectamente, como todo estas últimas semanas eso también es difuso –se cuestionó intensamente si debía seguir o pararse de aquel sillón y correr con su morral hasta el fin del mundo o hasta que alguien la detuviera. Después de un silencio eterno que duró un segundo, tomó aire, apagó el cigarrillo que casi le quemaba los dedos y exhaló hasta que sintió que era el fin del mundo. Había recorrido un largo camino de vidrios molidos que habían destrozado sus pies. No podía correr más.

—Vamos a respirar un poco, ¿si? Suelta el morral –acercó su mano al morral.

—¡No! –gritó y apartó el morral lo más lejos que pudo, no era el momento aún.

—Tranquila. Vamos a hacerlo como tú quieras. Sólo necesito que te relajes para que me puedas contar qué pasó.

Sacó el quinto cigarrillo de la caja, puso el encendedor en posición pero sus dedos no pudieron accionarlo para hacer salir la llama. Otro intento. Falló. Escupió el cigarrillo y tiró el encendedor.

—Déjame hacerlo a mí. No te preocupes.

La chica sentía alivio cuando las bocanadas de humo sustituían a las de oxígeno, era una forma sutil de desafiar a la vida y engañar a la muerte. No sabía de qué se trataba la vida, tal vez porque era muy joven para saberlo o, tal vez, porque ya no sabía distinguir los límites entre la vida y esa otra cosa que llamamos muerte que no es más que el cúmulo de aquello que no somos ni llegaremos a ser. Para ella sólo se trataba de denominaciones caprichosas. La chica podía estirar un poco sus manos y tocar el vacío, aunque primero tenía que resolver aquello que la ataba a esta realidad o a la otra. Abrió el puño izquierdo de otro golpe.

—Estaba en lo que creo era mi cuarto cuando escuché la voz de mi papá pronunciar mi nombre. Lucía. Me negaba a responder a un llamado que no podía estar ocurriendo. Por más que intenté tapar mis oídos con la música a todo volumen seguía escuchando Lucía, ven, carajo. Entonces mi mamá intervino. Juntos me llamaban, me atormentaban. Desperté. Todo estaba tranquilo de nuevo. Un sueño, otro sueño, maldito sueño. Escuché el sonido del televisor en el cuarto de mis padres, seguramente mamá lo habría dejado encendido mientras preparaba el almuerzo. Olía a carne grillito, la carne mechada seca con ajo que preparaba mi mamá para complacerlo y que yo aborrecía. Me levanté de la cama y me asomé en el cuarto para apagar el televisor. Sus pies estaban en ángulo casi recto, el control remoto sobre su barriga subía y bajaba, veía las noticias del mediodía como siempre. Traté de no hacer ruido, volví sobre mis pasos y me refugié de nuevo en mi habitación. No quería volver a explicárselo –mordió sus labios tan fuerte que una gota de sangre brotó de su labio inferior, al saborear el metal pasó la lengua, detuvo su relato y limpió su herida, pensó en lo fácil que es limpiar las heridas de cuerpo–.  Recuerdo haberme quedado dormida. No sé cuánto tiempo pasó. Me levanté y fui por un vaso de agua a la cocina. Otra vez estaba sucediendo, no paraba, él estaba sentado en el sofá jugando con el perro. Le grité ¿Por qué no te vas al inferno y nos dejas en paz? Finalmente lo había logrado, yo era la invisible, yo era la excluida del mundo y él reinaba de nuevo.

—Creo que se trata simplemente de una confusión, estamos aquí, no existe más realidad que ésta.

—Me gustaría creerle –resolló la chica deformando sus labios.

—No tiene sentido que creas otra cosa diferente a la que digo. A veces deseamos escapar tanto de nuestros problemas o de las situaciones que no podemos remediar que llegamos a crear otras realidades.

—No. No me entiende. Yo no me estoy escapando de nada, precisamente me cansé de escapar. No sé si esto que está pasando es real, tampoco sé si lo que hice es real. La única manera de saber en dónde estoy era esa.

—¿De qué hablas? ¿Qué hiciste?

—Respóndame primero y luego podrá hacer lo que quiera conmigo, me basta saber en dónde estoy, lo demás ya dejó de importarme. Llame a mi mamá, a la policía o a quien quiera.

—Estás en tu sesión de terapia.

—No. No me refiero al espacio que ocupo en esta realidad. Tenga, ábralo y entenderá.

La chica colocó el morral frente al sillón verde. Se apartó, dejándose caer hasta casi llenar el sillón con su cuerpo. Sus brazos y piernas se estiraron. Respiró oxígeno, se llenó por primera vez de oxígeno sin temor desde que entró.

—¿Qué encontraré si lo abro?

—No lo sé, precisamente vine hasta aquí para que usted me lo dijera, pues dejé de creerle a mis ojos, a mis oídos y a mis manos. Dígame, ¿qué hay en el morral?

Abrió el morral de golpe. No le quedaban más caminos entre la curiosidad y la terapia.

Todos los sentidos se le agolparon en la boca en forma de un vomito que le quemaba desde el esófago hasta la lengua. Soltó el morral, trató de echarlo lo más lejos que pudo. Vomitó en el piso, no logró contenerse.

—¿Qué hay? Dígame, por favor.

—Coño, sabes bien qué hay. La cabeza de un hombre.

La chica volvió a respirar.

—Mi padre…

 

Por Olga Colmenares Morett

 

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