Las maletas del Espíritu de la Navidad

Las puertas del ascensor se abren y mi vecina sale con su paso lento, entre la bolsa de la compra y el bastón. Sonríe y me dice que tenía intenciones de tocarme el timbre para que la ayudara de nuevo con las indicaciones para hacer videollamadas con su teléfono celular.

—¿Y la hoja que te escribí? –le pregunto.

—Es que no sé qué la hice. Se me perdió.

—Bueno… Cuando regrese nos encargamos de eso.

Luego quiere saber si he visto al conserje, porque ella necesita avisarle para que le busque el árbol de Navidad en el maletero del estacionamiento y se lo suba. Le respondo que estaré pendiente y si lo veo le pasaré el mensaje. Nos despedimos con la promesa de vernos más tarde. Ya dentro del ascensor, mientras desciendo a la planta baja, pienso en otra vecina, con sus hijos fuera del país y el enredo de aprender a usar Skype en la computadora que le dejaron en la sala del apartamento. Recuerdo también la última visita que le hice, por algo relacionado con una manguera del lavamanos, y antes de que llegáramos a su baño eché una mirada a las habitaciones vacías, las camas tendidas, las cortinas hasta la mitad y que dejaban esos cuartos con una tenue penumbra. Evoqué las risas pretéritas que compartí allí con sus hijos, el bullicio ahora suplantado por un ancho silencio. Mucho silencio.

Mientras salgo del edificio, y todavía recordando los momentos compartidos con los hijos de mis vecinas, rememoro otro tiempo más lejano, otros diciembres agazapados en mi memoria. Era la Navidad prolongada de mi adolescencia. Las reuniones. Las risas. Las cervezas. La casa de uno de mis amigos que servía como cuartel general de nuestros encuentros. No recuerdo quién llegaba primero ni a qué hora, pero hacia el final de la tarde ya estábamos casi todos sentados en el porche, riéndonos, hablando tonterías, escuchando música, bebiendo café recién colado o ayudando con la elaboración de las hallacas. Cruzo en la esquina de la calle con la visión en mi mente de una mesa grande, cerca de la cocina, llena de vegetales cortados, harina de maíz pintada con aceite de onoto y un despliegue de colores alucinante: rojo, verde, blanco, marrón, amarillo, negro. Y los sabores reunidos en platos pequeños y hondos: aceitunas, cebollas en rodajas, tiras de pimentón, ají dulce, pasas, alcaparras, huevos sancochados, cochino picado en trozos, pollo, carne de vaca. Algunos, más osados, mientras ayudaban, salían de la cocina con un vaso de carato y un pedazo de pan de jamón. No puedo evitar sonreírme en medio de la gente.

Evoco una llamada de mi madre a la dueña de la casa, pidiéndole en broma que me corriera si fastidiaba mucho. Supongo que no era la única mamá que hacía eso. Y la respuesta del otro lado: «No, chica, tranquila; prefiero tener a los muchachos aquí en la casa. Tú sabes cómo es. Ahora te mando unas hallacas». Más tarde regresaba a mi casa con una bolsa llena: cinco o seis hallacas, porque la costumbre era hacerlas contando también las que se regalarían a los amigos y a la familia, a los visitantes y a los vecinos. Era como un intercambio de regalos de Navidad, pero en plan gourmet. La mirada atenta al cambio de luz del semáforo me deja recordar el sabor de los bollos de mi abuela. Yo los llamaba “hallacas en miniatura”, porque se preparaban con la masa que hubiese sobrado y se les agregaban menos ingredientes. Mi abuela los diferenciaba al amarrarlos de dos en dos antes de meterlos a hervir en una olla gigante. Y eran los primeros en desaparecer cada vez que yo regresaba de alguna fiesta en la madrugada porque me los comía fríos de la nevera. Sé que no fui el único en hacerlo.

En esa casa éramos como hijos adoptados por una madre sonriente y cariñosa que solía atiborrarnos de dulces y mucha comida caliente. Ayudábamos con la preparación de las hallacas, celebrábamos hasta la madrugada con juegos de dominó y una cava llena de botellas de cerveza, sacaban una guitarra y cantábamos aguinaldos venezolanos; incluso algunos, los más allegados, nos quedábamos para la cena de Navidad o la despedida del Año Viejo, como si las líneas divisorias entre aquella familia y la nuestra se difuminaran con el sonido estridente de las gaitas decembrinas y los cohetes a la medianoche. Así, con esa idea sujeta en mi mente, detengo mi caminata en la siguiente esquina, a la espera de que cambie la luz del semáforo. Esos amigos de mi adolescencia tampoco están, porque se han regado alrededor del mundo, en otros países y husos horarios. Intercambiamos mensajes virtuales de vez en cuando, pero los hilos tendidos en aquellos diciembres tan lejanos yacen enredados como las luces titilantes de un árbol de Navidad que ya no parpadean con la misma fuerza.

Mientras cruzo la calle me digo a mí mismo que al regresar a mi apartamento debo recodar escribir una nueva lista de instrucciones para mi vecina, y hacerla lo más simple posible, para que pueda comunicarse con sus nietos en Nochebuena. Allí hay otra imagen recurrente: ella no será la única. Pareciera que nuestras celebraciones decembrinas se han transformado en la versión digital de un enorme rompecabezas, con los miembros de cada familia desperdigados en rincones diferentes del planeta, con celebraciones encabalgadas en una sola comunicación que une distintos horarios, con risas agridulces que intentan disimular cualquier llanto postergado, con la evocación visual de viejos aromas y sabores que ya no pueden compartirse en una misma mesa; pero lo seguimos intentando, perseveramos, nos adaptamos al cambio, a las mudanzas, al exilio irreversible de muchos parientes cercanos, haciendo las paces con unas maletas y unas despedidas que pesan como plomo. Lo hacemos porque no tenemos otra alternativa, otra opción, y quizás con el temor agazapado de no saber cuándo una de esas pantallas se apagará para siempre, con el miedo impronunciable de que tal y como están las cosas en Venezuela, ya no nos sorprendería que en cualquier momento el espíritu de la Navidad también haga sus maletas y se convierta en otro recuerdo agazapado en el fondo de una memoria colectiva que se empequeñece cada vez más. Y porque desear ahora “Feliz Navidad” o “Feliz Año Nuevo” pareciera haberse convertido, según provenga, en un chiste de mal gusto o en un verdadero acto de resistencia.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

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