Buscando a Henry Martínez en Google

Nicola Rocco

Parece la hora del recreo en un colegio. Nunca –no esta temporada– había visto tanta gente en la prueba de sonido de una de las Noches de Guataca que son de día (gracias, inseguridad). Reviso mi teléfono: 10:10 am. El CC Paseo Las Mercedes y los alrededores de El Trasnocho están deshabitados. Pero dentro del Espacio plural se vive al ritmo de la hora pico: músicos entran y salen del camerino, el percusionista Julio Estanga –invitado especial para la ocasión– no para de golpear una batería y una caja. Lo veo tan metido en su papel, que temo que se lastime una mano antes del concierto.

Pero eso no puede suceder: hoy no.

Hoy todo tiene que salir bien.

El área que funge de escenario parece la cantina de cualquier colegio. ¿De dónde salen tantas personas? Hoy es el cierre de temporada de las Noches de Guataca y se presenta la Cátedra Libre de Canción de Autor, un taller de composición lirica que dictó el maestro Henry Martínez en la Escuela Contemporánea de la Voz –institución creada por el artista y productor venezolano Alejandro Zavala–. Es decir, un grupo de nueve estudiantes hoy presentarán sus trabajos finales.

Por eso la energía, por eso el apuro: por eso esa aura de nervios que quiebra las telarañas. Hoy nueve músicos interpretarán las canciones que escribieron en el taller de Henry Martínez. Y lo harán tocando junto a Henry Martínez. Hoy nueve músicos son liceístas que presentan su proyecto final vestidos con una franela que dice generación de relevo.

Hoy nada debe salir mal.

 

Breve inciso.

Si se busca al maestro Henry Martínez en Google es poco lo que se consigue en entradas de texto, pero en imágenes el asunto es más alarmante aún. De hecho, ya el quinto resultado de páginas web es un perfil de Wikipedia sobre un futbolista hondureño que prácticamente nunca ha tenido carrera fuera de su país.

Vamos.

Henry Martínez –el venezolano, no el hondureño– es un compositor de amplia trayectoria y de un trabajo muy reconocido en toda América. Es llamativo que solo tiene un perfil en Wikipedia en inglés. Ahí se menciona que trabajó en Warner/Chappell Music y que ha compuesto canciones para artistas como Marc Anthony, Frankie Negró o Jerry Rivera.

¿Por qué, entonces, cuando escribo Marc Anthony en Google me aparecen más de cien millones de resultados de un flaco de huesos marcados y lentes oscuros? La comparación es injusta, pero necesaria: Henry Martínez –por mercadeo e industria– no tendría porqué ser tan famoso como Marc Anthony. La comparación es injusta, sí, pero necesaria, repito: Henry Martínez debería ser una figura con mucha más visibilidad en la red, en la escena musical, en el entorno artístico venezolano. En un Google configurado a la medida de mis intereses.

¿Por qué solo encuentro una foto de Henry Martínez?

 

Un técnico de luz pone una escalera en frente de todos los instrumentos y sube en ella como un niño asciende en sus ilusiones: buscando iluminación. Aquiles Báez, director de Guataca, se sienta al lado de la escalera. En un ambiente tan fraterno el calificativo de maestro le sobra: aquí todos son sus panas.

Pero no se equivoquen: él sigue siendo el jefe.

Consulta su reloj, luego de intercambiar abrazos con Alejandro Zavala, y ordena apresurar la prueba de sonido. La gente, dice, está esperando para entrar y el tiempo apremia.

Son más de nueve músicos que tienen que hacer ensayos. No da tiempo, debieron empezar antes. Algunos rostros se ven preocupados. Otros se ponen a la altura de las circunstancias. Las cortinas que separan el backstage del escenario se corren. Gente se mueve por doquier.

¿Dónde está Henry Martínez?

Pasan 15 minutos. Aquiles se vuelve a poner de pie. Que hay que apurarse, vamos. Que no da tiempo de probar esto y aquello, vamos mejor directo a lo otro. Vamos. Desde afuera, se escucha el murmullo de voces expectantes. En lo que va de temporada no he visto esta sala llena. ¿Hoy será distinto?

La cortina del backstage se mueve, una productora la atraviesa con frecuencia. Es entonces cuando veo las canas, las arrugas, la espalda encorvada: Henry Martínez.

Nicola Rocco – Guataca

No puedo saberlo, no puedo corroborarlo, pero imagino que está cual abuelo esperando la presentación de sus alumnos: cual abuelo que quiere pasar el testigo a la generación de relevo.

 

¿Cuántos venezolanos están en el exilio?, ¿cuántos han migrado? La primera interpretación se llama Forastero. María Gabriela Urdaneta es una guitarrista con voz y aura de colegiala que camina hacia el éxito. Le dedica la canción a su hermano y la sala, llena hasta el punto que el equipo de producción se sienta en pequeñas escaleritas, la escucha con una atención reverencial.

Hay algo importante en lo que está empezando: un ritual de cierre que es, a su vez, un ritual de comienzo. Se cierra la temporada de Noches de Guataca. Lo hace una generación de músicos que inicia como compositores.

Julio Estanga toca la percusión. El maestro Henry Martínez, sentado, rasga la guitarra. Mantiene la vista puesta sobre las partituras. Por eso –y por su posición y sus lentes– da la sensación de que está dormido. De que toca como un sonámbulo: el maestro que cierra los ojos para que sus alumnos los abran.

¿Por qué no se oye más sobre Henry Martínez?

Geraldine Ojeda canta Solitita y sin amor, una pieza con aires españoles y una melodía más elocuente que la letra. De la melancolía de la pieza anterior, el público pasa al bamboleo de lo contagioso. Geraldine, que goza mientras canta, suma brillo a sus ojos cuando al final de su interpretación presenta a la siguiente alumna, una cantante con recorrido y de quien se declara fan: Ana Cecilia Loyo.

Todos los alumnos, antes de cantar, deben leer una composición en prosa que escribieron en el taller. Ana Cecilia rompe lo establecido y lee una décima, acaso una de las composiciones poéticas más exigentes. Parece que exime la prueba y se dispone a hacer lo que mejor se le da: cantar. En Sol en contradanza la emoción y alegría que le pone es lo más llamativo: solo quien ama lo que hace es capaz de seducir al público.

Como por no dejar, busco a Ana Cecilia Loyo en Google. La pantalla de mi smartphone me arroja casi 200 mil resultados: varios videos de YouTube, varia decenas de fotos, unas cuantas entrevistas.

Repito: ¿por qué solo encontré una foto de Henry Martínez?

 

Otro breve inciso.

Hace días conversaba con alguien de la movida guataquera, quien me expresaba su deseo de que todo lo que ocurría dentro de tan maravillosa plataforma fuera más popular: llegara a más gente.

Yo, que por naturaleza me muevo entre nichos, entendí a lo que se refería. Pero en estas cosas siempre me surgen ciertas dudas: ¿las formas de cultura que están fuera de lo mainstream hacen todo lo que pueden en difusión y marketing?, ¿los artistas están preparados para hacer autopromoción?, ¿hay un interés real de las personas que conforman la industria en cuestión de hacer que la misma crezca sin perder calidad?

Pero, a veces, también me hago otras preguntas: ¿qué lugares ocupan los artistas dentro de nuestra sociedad?, ¿estaremos condenados a que se mente como artistas a hosts, animadores y personajes de TV, con el mismo espíritu con el que se confunde librería con papelería?, ¿qué estamos haciendo como país para que los artistas ocupen el lugar que deben ocupar y no vivan detrás del culto a militares y caudillos?

¿Qué estamos haciendo como país?

 

Cecilia Loyo presenta a Andy Ortiz contando que, antes de empezar el taller, él le comentaba nervioso que se sentía un poco desencajado: era el único del grupo que no hacía música venezolana. Cecilia extiende la anécdota como un chicle y, sin perder la sonrisa, pide que se valore y respete lo que hace Andy.

Me revuelvo en mi asiento.

Negro, con esos dreadlocks que nunca se sabe qué tan largos son pero que uno intuye que bastante al verlos amarrados en un intento de cola, y con un cuerpo que parece extraviarse dentro de una camisa y un pantalón mínimos. Andy tiene esa voz seca de varios músicos y un rostro que hace imposible determinar su edad: si te guías por las canas y algunas arrugas, dices que tiene como 40; si te guías por la timidez de los movimientos, lo enjuto y la composición total del rostro, cuesta pensar que llega a los 22. Total, que Andy lee un párrafo, rasga su guitarra eléctrica –mientras María Gabriela se dispone a hacer el coro– y comienza a dilucidarse una balada pop que, ciertamente, parece sacada de otro espectáculo.

Nicola Rocco – Guataca

Pero la interpretación musical no solo es agradable, sino que el inicio de la letra de Andy tiene la capacidad hipnótica de los buenos relatos. Como casi ninguna otra composición a lo largo de la jornada, te agarra por el pescuezo y te invita a seguir: desde el inicio llega adonde otras no pueden luego de finalizar.

Todo acaba con aplausos y se produce, entonces, el único pecado de Andy: abandona el escenario sin presentar al siguiente cantautor.

—Perdón –se oye que dice ya desde detrás de la cortina.

Sonriente, con las manos en los bolsillos, los hombros caídos y una pinta de cualquier cosa menos de músico, aparece cual niñito travieso Ángel Ricardo Gómez: el mismo que fuera periodista de cultura en El Universal. Acaso a eso se debe su atuendo de veterano de los diarios. De cualquier forma, cuando lee la prosa que escribió no queda dudas de cuál es el alumno que lleva más tiempo trabajando con las palabras: la suya es la mejor de lejos. Habla de una mujer que cocinaba tan bien que sus platos eran composiciones musicales y así ganó un Grammy. ¿Será Ángel Ricardo un periodista que escribe tan bien que sus oraciones suenan a música? La metáfora toca suelo cuando comienza a cantar: su voz está a la altura de su prosa.

Minutos luego, el público no lo deja presentar al siguiente cantautor: una interminable ola de aplausos lo interrumpe cada vez que se dispone a hablar.

La gente sabe reconocer el talento.

Otro breve –y esta vez último– inciso:

¿Se imaginan el Poliedro de Caracas lleno por un concierto de este tipo? ¿O es fantasear mucho? Okey. ¿Se imaginan toda la Plaza Alfredo Sadel llena por un concierto de este tipo?

Tengo una relación de amor y odio con el marketing. De amor, porque me parece que se pueden hacer verdaderas genialidades en favor de difundir manifestaciones genuinas de talento. De odio, porque con frecuencia se utiliza para explotar las necesidades más primitivas de las personas y vender todo cuanto sea posible: todo.

Es obvio que lo que no se promociona no se vende. Y yo, por alguna razón, disfruto mucho compartiendo las cosas que me apasionan.

¿Se imaginan las Noches de Guataca –que son de día– colmando la Plaza Alfredo Sadel?

 

Álvaro Rojas es el más chamo del grupo –o el de rostro más juvenil– y capaz por eso es a quien mejor le calza eso de “generación de relevo”. El muchacho, guitarrista, interpreta Luz y yo no sé muy bien si es que –como ocurre en la música folclórica venezolana– quiere mantener fija una sonrisa que nadie puede mantener de forma espontanea por tanto tiempo, o si más bien es su forma de hablar y listo.

De cualquier forma, me cae bien la frescura con la que encara su oficio.

Nicola Rocco – Guataca

July Biells canta Quién dice y, luego, el mandolinista Jorge Torres –a quien Henry presentará como uno de los mejores mandolinistas del país– se estrena como cantante. Lee el texto en prosa que escribió en el taller y ahí nos cuenta sobre ese hijo de familia de clase baja que anda en malos pasos y le saca canas a todo el mundo. La suya, que no llega al nivel de la de Ángel Ricardo Gómez, será una de las pocas prosas que alcanzaré a recordar más tarde: una de las pocas que me resultará significativa.

Interpreta Gaita para la Luna. Sin embargo, lo mejor ocurre cuando sus dedos tocan la mandolina. Su voz no está entrenada para cantar; y aunque la composición lirica está bien, no sale del papel ni alcanza a conversar con el público. Pero cuando suena la mandolina es como si el ambiente se llenara de palabras que no sé decodificar pero que algo me están diciendo.

Aquí el concierto hace un inciso –el concierto, no yo–: Andrea Paola, músico y miembro del equipo de Guataca, cantará una canción que compuso. ¿Por qué? Porque es amiga de Henry y esposa de Jorge. Porque no pudo hacer el taller debido a su apretada agenda laboral y, en consecuencia, empujó a Jorge a que lo hiciera. Porque aunque no fue a las clases, las clases sí fueron a ella: las conversaciones maritales giraron en torno a las asignaciones.

Y porque, vamos a estar claros, canta de pinga.

La ironía se hace presente: Kilig, la pieza de Andrea Paola, es una de las más bellas de todo el concierto. Una de las alumnas más destacadas es precisamente la que no asistió a clases.

Esto serviría para reflexionar sobre el papel de la educación organizada y el talento. Pero, ¿para qué? Mientras escucho a Andrea Paola, solo puedo enternecerme por la niñita que protagoniza su canción y que descubre, de la forma más inocente, que le atraen los niños.

Hermoso.

 

El cierre se está acercando y el Espacio plural del Trasnocho si algo experimenta es calidez. El público ha disfrutado, bastante. Lo sigue haciendo cuando los alumnos de Henry lo sorprenden y transmiten un video que filmaron a escondidas en el que le agradecen la enseñanza.

Ese es el mayor éxito de cualquier maestro, de cualquier líder: el reconocimiento de sus alumnos. El que le digan que afectó positivamente sus vidas.

Andrea Paola compromete al maestro y lo obliga a cantar, haciendo que suba también al escenario Alejandro Zavala: los tres interpretan Oriente es otro color.

Se escuchan suspiros y gemidos de alegría entre el público.

 

El cierre definitivo queda a cargo de Alejandro Moreno. De tez oscura, cuerpo redondeado y una calva brillante, tiene demasiada pinta de salsero como para cantar algo distinto: hasta se pone la mano en la oreja izquierda cuando entona un verso.

Antes de iniciar con Quién te amó, Alejandro dice que es amigo de una pareja a cuyos hijos siempre les escribía algo cuando nacían. Hasta que la mujer quedó embarazada de morochos, el parto se complicó y solo dio a luz a uno. Alejandro quedó en shock: ¿qué podía escribir? Luego de que el dolor diera paso a la creatividad, se inventó un poema sobre dos colibríes: un poema que conmueve a fuerza de narrar, con dulzura, una tragedia.

Suena la salsa.

Veo a mi alrededor. Hay gente meneándose en su asiento. Otros chasquean los dedos. Nunca deja de impresionarme lo mucho que se disfruta de la salsa en el Caribe. No creo que haya demasiados que le estén prestando atención a la letra: el ritmo y la melodía se imponen: el cuerpo sabe lo que quiere. Fiesta, rumba, gozadera, disfrute: así se despide uno de los más bonitos conciertos de esta temporada de Guataca.

Hoy se presentó un grupo de alumnos que espera convertirse en la generación de relevo de compositores como Henry Martínez. De un grupo cuantioso, solo nueve sobrevivió hasta el final. De esos nueve, ¿cuántos seguirán componiendo con disciplina?, ¿cuántos tendrán la mezcla divina de talento y perseverancia para trascender?

No tengo las respuestas. Solo la sensación de que, al margen de las consideraciones naturales de toda carrera artística, estas nuevas generaciones deberían sumar a su proceso de desarrollo otra inquietud: ¿por qué es tan difícil encontrar fotos de Henry Martínez en Google?

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

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