#DomingosDeFicción: Las babas del estudiante

Federico Parra (AFP)

(En memoria de los caídos del 2017)

Estoy muerto. Lo sé. ¿Cómo podría saberlo sin conciencia? Puedo sentir que estoy muerto. Nadie puede decirme lo contrario. La enfermera que susurra con voz tierna que sigo vivo, me miente. Sé que no tendría que escucharla, pero sé que es una trampa. Esta habitación de luz débil, que se dibuja en blanco y negro frente a mí, no existe ya. Se está desvaneciendo. La enfermera se aleja a pesar de su insistencia de quedarse a mi lado. Vaya a atender a otro que no esté muerto, enfermera. Vaya a curar a los muchachos que ingresaron hace dos minutos, heridos con balas de goma. Vaya a calmarle el dolor al señor que ingresó con un ojo colgándole en el rostro. O si lo prefiere lárguese al comedor, al pasillo, a su casa, no pierda el tiempo con un muerto. Y si lo que quiere es hacer algo que valga la pena, entonces ármese de valor, salga del hospital, cruce la calle, doble la esquina hacia la derecha y grite con todas sus fuerzas: ¡Abajo las cadenas de este régimen maldito! Y si en vida me atreví a maldecir, ahora que estoy muerto, con más coraje maldigo. ¡Maldita la escasez! ¡Maldita la persecución! ¡Maldita la represión! ¡Maldita la corrupción! ¡Maldito régimen! ¡Maldita la violencia con la que arremeten! ¡Maldita la corrupción que nos empobrece! Aunque ya no me empobrecerán más a mí, ese es mi derecho por estar muerto. Tengo el derecho de expresar mi frustración, derecho a maldecir, a injuriar, a no guardar silencio, a desear algo mejor así no sea para mí.

Tengo derecho a no sufrir por la muerte de los que quedan vivos. Tengo derecho a descansar en paz. Pero no descansaré en paz, no ahora mismo, porque en este momento mientras la enfermera insiste en perder el tiempo con un muerto, allá en la calle otros agonizan. Hace rato yo agonizaba y sentía miedo, me preguntaba qué pasará con mis padres –porque tengo padres–, qué pasará con ellos cuando yo no esté para ayudarlos.

Hace rato quería tener unos minutos más, tener fuerza para levantarme de la camilla, correr, correr y correr, llegar hasta mi casa, abrazar a mamá, decirle vieja, viejita querida, vieja que tanto amo, madre que me pariste con tanto dolor, yo solo quería que no sufrieras más, yo solo quería un país mejor, que te tratara con la dignidad que mereces, mi vieja querida. Después mirar a la cara a papá y abrazarlo, decirle padre, viejo, papá, yo sé que me dijiste no vayas a la marcha, pero papá yo tenía que hacerlo, lamento mucho que estoy muriendo, sé que dijiste que no es justo que un padre vea morir a su hijo, papá, mereces más que un hijo muerto, no quería ser otra causa de sufrimiento para ti, sé que no la tuviste fácil, papá, ojalá y pudiera cambiar tu pasado. Pero no cambiaría mi decisión, definitivamente no dejaría de ir a la marcha de hoy ni aun sabiendo que voy a morir. Moriría mil veces más, diez mil, moriría cada siglo, porque al menos lo intenté, porque sé que valdrá la pena estar ausente, otros continuarán en mi nombre y en nombre de la muerte de otros más.

Me incrustaré en la historia y no es un consuelo, porque ya estoy muerto y el consuelo es innecesario. No, no es un consuelo para los muertos, es un estímulo para los vivos, una advertencia. Un llamado a no repetir los mismos errores. Mañana dirán que murieron estudiantes, jóvenes que apenas comenzaban a vivir, por un error, por no estar atentos y dejarse engañar por discursos y promesas.

Sé que estoy muerto. Yo lo sé. La enfermera insiste en tomarme el pulso. Yo no siento mi corazón latir, no siento aire viajando por mis fosas nasales, mis pulmones no respiran. La sangre se ha detenido dentro de mí. Escucho a la enfermera gritando, llamando al doctor. No pierda el tiempo enfermera. Deje que el doctor atienda a los vivos. Ya igual estaba muerto, enfermera, si no tenía libertad para exigir mis derechos, si no podía conocer si quiera los destinos turísticos de mi país, si no tenía posibilidad de ejercer mi profesión apenas culminase mis estudios, yo ya estaba muerto. No sienta pena por mí, no intente un imposible, no agote los recursos que no tiene.

Vaya a atender a la chica que ingresó con una pierna rota, a quien un cobarde defensor del régimen atacó sin misericordia, como si fuera un delito protestar por seguridad, por mejores políticas económicas, como si fuera un crimen decir que ya no queremos más escasez, que estamos cansados de la inflación, que queremos que los recursos naturales de nuestro país se usen para el beneficio de todos y no para el enriquecimiento de los políticos. No sé a quién le hablo, no sé quién puede y quiere escuchar a un muerto, pero dígame usted si acaso es un crimen querer morir de viejito, desear oportunidades de trabajo, dígame si es un crimen querer una familia, hijos, nietos, sin el miedo por no saber si podré verlos crecer o si podré al menos proveerles una vida digna.

Estoy muerto, pero veo el televisor encendido frente a mis ojos muertos. El presidente ha decidido hacer una transmisión en cadena nacional. Lo escucho desde la muerte. Tengo derecho a que se respete mi muerte, ya que en vida no fui respetado. Esperé que se pronunciara respecto a la violencia que ocurre en las calles en contra de las manifestaciones, esperé que dijera que es lamentable ver el país derrumbándose. Que mostrara su rostro afligido. Ha decidido ignorarlo todo. Se muestra sonriente. Aquí no pasa nada, dice el presidente, aquí todo está tranquilo. Exhorta al mundo a no creer lo que reportan las redes sociales, es un invento de la oposición, es un intento fallido de derrocar al Gobierno que trae esperanza, y dice que sí, que esto es un régimen, pero un régimen de alegría, de progreso, un régimen de dignidad. Exclama que el país no se está cayendo como quieren hacer creer los fascistas, que no hay muertos, que no hay violencia, que no pasa nada en las calles. ¿Y entonces, señor presidente, qué soy yo si no un muerto? ¿Cómo es que me golpearon en la calle por manifestar? ¿Qué hago en un hospital si todo está bien? El presidente no me responde, por supuesto que no si ya estoy muerto. Si no escucha a los vivos, menos escuchará a los muertos. El presidente se ha levantado de la silla, hace señas, la primera dama entra en escena. Escucho una salsa sonando, él dice que no pasa nada, que todo está bien, el presidente me dice que si aquí hubiesen muertos él no estaría tan tranquilo, dice que lo mire, que observe cómo baila. Y mientras él baila, mi voz se apaga.

 

Por Gusmar Sosa@gusmarsosa

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