#DomingosDeFicción: La inminencia del olvido

Here we stand or here we fall.

History won’t care at all

Queen

En el Ministerio del Olvido lo sabían muy bien y la ansiedad se estaba propagando por todos sus empleados como si se tratara de una gripe contenida en las oficinas. Estaban conscientes de lo infalible que era el funcionamiento de su departamento. Una vez que los números avanzaban en dirección al olvido inminente, era imposible detenerlo. Era cuestión de que alguien más olvidara a Caracas para que tuvieran que escribir su nombre en un gran cuaderno de cuero negro y páginas muy blancas. Luego guardarían ese cuaderno en una estantería recóndita del Ministerio para confundirse con todos los demás cuadernos donde se han guardado las cosas que la humanidad ha ido olvidando con los siglos; después se perdería la estantería y al final nadie recordaría cómo llegar a esa habitación hasta que tuvieran que incluir algún otro olvido. Pero para ese momento ya nadie recordaría que alguna vez –minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos atrás– alguien había escrito el nombre de una ciudad entera y la había condenado a la perdición. Porque a pesar de trabajar para el mismísimo Ministerio del Olvido, no estaban exentos de los efectos que este despacho provocaba en las mentes de las personas comunes.

Resultaba, además, que el olvido llegaba sin aspavientos y esa era una de las principales molestias de los funcionarios del Ministerio. El olvido era imperceptible, indetectable, inaprehensible para aquellos que eran cubiertos con su manto. Quien olvidaba de repente podía tener alguna noción de que no recordaba algo, pero quien era olvidado jamás se daba cuenta de su estado. Podía llegar como un bajón de luz, como un cambio súbito y breve en la temperatura, como una ráfaga de viento muy frío o muy caliente, como un ligero temblor. Alguien le preguntaría a su hijo, a su esposo, a su vecino ¿sentiste eso?, y la otra persona contestaría de forma vaga, errática, algo como sí, creo que sí, ¿la luz? Luego seguirían con sus vidas, pero sin que nadie fuera de su territorio lo notara, porque ya habrían sido olvidados.

Lo que incomodaba a los empleados del Ministerio era que, a pesar de que ellos no pudieran recordarlo, sabían que había caseríos, pueblos, ciudades y países enteros viviendo en ese estado de olvido. Gente que se levantaba por las mañanas, se tomaba una taza de café viendo al horizonte, salía al trabajo, reía, lloraba, vivía, moría, todo al margen del mundo. Quedaban circunscritos a esas fronteras ya invisibles para el resto de la humanidad, funcionando en un compartimiento especial del tiempo, congelados por siempre, sin avance, sin retroceso, sin debacle, sin gloria, atrapados en un presente eterno del que no eran conscientes.

Sabían también los empleados del Ministerio que el olvido tenía su forma particular de obrar sobre las mentes de los olvidados. También ellos perdían cosas en el camino. Dejaban de recordar con claridad a esos que estaban en ciudades distintas, dejaban de extrañarse por la falta de una llamada casual por la noche, de un mensaje de cumpleaños, de un “buenos días” azaroso. Ya no se imaginaban la vida fuera de las calles que conocían. Incluso, en algunos casos extremos de influencia del olvido, algunos comenzaban a configurar como mitos y leyendas todo lo que sucedía en otros lugares, como si lo único real era lo que pasaba en la burbuja que habitaban.

De vez en cuando, llevado por sabe Dios qué impulso, algún olvidado podía moverse a fuerza hacia los límites de la ciudad, salir, escapar y visitar otros sitios. Podía llegar a recordar lo que era vivir en un sitio que está en la mente de los demás. Encontrarse con la cálida sensación que produce el reconocimiento en la cara del otro, el abrazo de tanto tiempo sin verte, hermano, ¿qué es de tu vida? Pero luego era incapaz de volver y contarle a los demás sobre sus nuevas experiencias, porque tan pronto como abandonaba el territorio sumido en el olvido, esa persona lo olvidaba también, olvidaba el camino de regreso, olvidaba las razones por las cuales tendría siquiera que volver.

Solo era cuestión de tiempo para que alguien más olvidara a Caracas y su nombre pasara algún cuaderno de cuero. En el Ministerio lo sabían, pero luego se tranquilizaban entre ellos diciéndose que, tan pronto como sucediera, lo olvidarían, como todo lo demás.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

Deja tu comentario

You May Also Like