Carta de un fotógrafo a la ciudad de Caracas

Carta a Caracas de Diego Alejandro Torres Pantin

Ser fotógrafo en Caracas es algo que mucha gente catalogaría como aventurero. En países normales, los delincuentes son seres que se arriesgan, que luchan en un ambiente hostil en el que ellos tienen que esconderse debido a sus actividades; pero en cambio, aquí son las personas comunes quienes deben actuar con disimulo. A diario se escucha la frase: “No saques el teléfono, te lo van a robar”. Entonces, ¿cómo es posible andar  con una cámara en la capital de Venezuela?

Vivir en Patrialandia es una experiencia difícil, incomprensible para todo el que no haya estado nunca en la Venezuela actual. Una de las cosas más complicadas que nos ha tocado sufrir es el incremento descontrolado de la inseguridad en las décadas del chavismo, la cual terminó sometiendo a la población. Por lo tanto, ser fotógrafo en Caracas es desafiar a las estadísticas. Aquí, la discreción es el principio supremo de todo portador de una cámara, pero también, lo son la prudencia y la intuición. Hay que permitir que la lógica y el instinto te guíen en esta ciudad de peligros.

Sacar una cámara en Caracas siempre trae el dilema: “¿Se puede?”. La respuesta varía. Depende de la zona, el momento, y las circunstancias. En lo personal, a mí me gusta hacer retratos callejeros, siempre en jardines o lugares públicos: me fascina. No me gusta la fotografía de estudio. Entonces eso involucra una serie de condiciones, reglas que uno se impone para sobrevivir. Hacer una instantánea puede convertirse en un tormento, porque es difícil distinguir entre la paranoia y la prudencia.

Hay que aprender a leer los momentos. Esa es la norma básica de la fotografía, pero en Venezuela, su definición se expande. Es por eso que yo nunca hago fotos de noche, como también procuro ver la afluencia de personas caminando por el área, evaluar si hay algún guardia de seguridad allí, entre otras cosas. Y hay zonas en las que no saco la cámara bajo ningún concepto. Luchamos contra una limitación acosadora, es un tema que persigue sin dar descanso. También procuro no sacar a mi “bebé” todos los días. Y lo más importante: no guardarla en un bolso de marca lindo y presentable, sino en una lonchera vieja y sucia que no llama la atención de ningún delincuente. Mientras más discreción, mejor.

Es indispensable tener mucho cuidado con las locaciones. En Caracas no existe ningún sitio en el que el miedo no esté presente, pero no en todos afecta en igual medida. Existen pocas excepciones; y aun así, bajar la guardia no está permitido. Por ende, siempre busco sitos cerrados donde el sol también sea un transeúnte. Centros comerciales, casas, balcones, terrazas: lugares que permitan el paso de la luz natural, pero no de los motorizados.

El tema de la inseguridad en Caracas es trágico. Conozco a personas que no se atreven a salir de sus casas, literalmente, viven en una prisión voluntaria. También tengo conocimiento de otras que no pueden salir sin llevar consigo un nerviosismo crónico, y cada movimiento que ven cuando están fuera de sus hogares lo interpretan como un posible intento de robo o secuestro. Pero si el fotógrafo necesita una comunicación con el mundo externo, ¿qué puede hacer en esta ciudad? La respuesta es simple: aceptar la situación y enfrentar sus miedos, hacerse una estrategia para desenvolverse procurando evitar los peligros.

Muchas veces me han dicho: “Hey, ten cuidado con la cámara, no la andes sacando”. Es un consejo sabio. Esta es la ciudad del crimen. Pero… ¿qué ganaría yo dejando mi cámara prisionera en mi hogar?, ¿cuál sería el punto de ser fotógrafo? En los dos años que tengo haciendo fotos callejeras he vivido experiencias increíbles, de esas que siempre recordaré. No puedo despreciar las anécdotas que he presenciado. Siempre estaré agradecido con las personas que he tenido el gusto de conocer. Además, las sesiones que me han salido han sido gracias a la actividad al aire libre –o relativamente libre- que he hecho. Sin temor a equivocarme, no ha sido una mala decisión sumergirme en Caracas con mi equipo.

Evidentemente, sería irresponsable aconsejar desligarse de la preocupación y confiar ciegamente en la suerte. No, la primera regla para ejercer el oficio en un país como Venezuela es no olvidar nunca el peligro. Y no se trata solo de ser consciente del miedo, también hay que convertirlo en un aliado. Es un gran motivador para aprender a trabajar rápido, o quizás, hacerlo en situaciones de mucho estrés. Quiero creer que en un futuro a National Geograpich, o a algún medio similar, le encantará escuchar esta historia antes de emplearme.

Todos los días sueño con el día en que pueda levantarme, tomar mi cámara y salir a hacer fotos por la ciudad sin ningún problema. Sin embargo, la realidad es otra, y sé que en estos tiempos esa idea resulta utópica. Ahora, también es una  fantasía pensar que dejando la cámara en casa, y limitándome a sacarla en situaciones excepcionales, voy a progresar. Solo la práctica hace posible el avance. Y tristemente, esta es la realidad que nos ha tocado vivir.

Caracas es una capital hermosa, quien la conoce de verdad, puede asegurarlo, pero en estos tiempos, su belleza se hace difícil de ver. No pienso bajar la retaguardia, a paso firme, pienso seguir haciendo fotos de forma discreta, para nutrirme de los rostros de sus transeúntes, porque sin lugar a dudas, eso también es vivir la ciudad.

Gracias, Caracas.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli 

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