#ConstruyendoPaís: “Solo teníamos una manera de ayudar a la Generación del Hambre”

FOTO: Rayner Peña

Este muchacho sí tiene posibilidad de llegar a adulto. Se empezó a gestar hace un par de años luego de un romance a orillas del Guaire. Fue concebido en República Dominicana a finales del pasado mayo y parido al límite de la Navidad, aunque por poco no había donde alojarlo en Venezuela. Es bastante probable que lo veas ganando premios y distinciones en 2019, lo que no quitará a sus progenitores una sensación amarga. Este muchacho goza de un cuerpo bastante robusto, pero nutrido con ocho historias de hambre que muy probablemente desembocarán en nueve vidas de dependencia.

La Generación del Hambre es uno de los reportajes más relevantes que se publicó en 2018. Retrata ocho casos certificados por especialistas médicos en ocho estados diferentes (entre ellos un par de gemelas) y así le pone caras de mejillas hundidas a 17% de niños que, según las estadísticas de la ONG Cáritas, padecían desnutrición aguda en Venezuela a principios de 2018 (y contando). Con una lectura rápida, lo puedes matear en un par de horas a través de este link, si acaso no pudiste sortear la censura que bloquea a portales noticiosos nacionales. Detrás tiene un trabajón de ocho meses –que en rigor todavía no ha terminado–, un bandón de 25 profesionales, el músculo financiero de una institución internacional (Connectas) y las extensiones nerviosas en todo el territorio venezolano del medio de comunicación El Pitazo, todo en un contexto de hiperinflación y grave crisis de conectividad y transporte. Eso cuesta el buen periodismo de investigación.

Entrevisté a Johanna Osorio, la coordinadora y creadora del (ex) proyecto, de apenas 26 años de edad.

Johanna Osorio

Aunque empezó su carrera como periodista de deportes, el empeño de ponerle voz a los más vulnerables se le metió entre ceja y ceja después de Buscando a Virginia, la investigación sobre una madre indigente de tres menores de edad –uno de ellos con síndrome de Down– que conoció junto a la fotógrafa Andrea Hernández a las orillas del río Guaire, cerca de las cinco estrellas de un hotel llamado Eurobuilding, en diciembre de 2016. En La Generación del Hambre dirigió a un equipo que dotó de carne y hueso (relatos y cifras) al casi total silencio de data oficial actualizada sobre desnutrición en Venezuela. “Durante esta investigación enviamos solicitudes a ocho organismos oficiales. Solo nos respondieron en el Consejo de Protección del Niño, Niña y Adolescente de la alcaldía de Libertador del Distrito Capital, donde pretendían que tuviéramos una entrevista previa con el asistente del funcionario al que deseábamos interrogar”. Más kafkiano imposible.

Luego de recibir luz verde como becaria de Connectas tras una encerrona de periodistas de investigación en República Dominicana en mayo de 2018, Osorio quiere comprobar cómo la sistematización del hambre se agravó en el primer período de Nicolás Maduro (2013-2019), pero no comenzó con él: “Con expropiaciones, Chávez inicia la destrucción del aparato productivo de alimentos tan temprano como en 2003”. Todos los niños con retardo físico y psicológico irreversible cuyos hogares (por ponerles un nombre) son visitados en La Generación del Hambre nacieron en 2013, excepto uno: el chamo de Portuguesa, que vino al mundo en aquel diciembre de 2012 de la “opinión plena como la luna llena” y sirve de eslabón simbólico entre dos administraciones populistas.

Una foto famosa: el niño y el buitre. Un dilema perpetuo: ¿registrar o ayudar?

Johanna Osorio: Ocurría al comienzo. Nos preguntábamos: ¿no podemos llevar comida a esas familias? Eso podía perjudicar al proyecto: quedaría la sospecha de que nos habían dado un testimonio a cambio de un beneficio. Los reporteros que participamos, y me incluyo, no vivimos una realidad extremadamente distinta a la de esas familias. Algunos no tenemos agua o dinero para reparar una ducha. O no hacemos un buen mercado. O dejamos de almorzar. ¿Estábamos ayudando a los niños, realmente? La respuesta es sí: no tengo otra manera de ayudar que no sea haciendo periodismo. Lo que sé hacer es escribir, contar, difundir, investigar, indagar. Es mi propósito en la vida. Carezco del poder, como el Estado, de ayudar a las ocho familias. Tal vez las personas que sí pueden ayudar digan: no conocía esta realidad, no sabía que esto estaba pasando. Antes del 24 de diciembre, a las morochas de Lara les llevaron helado, nunca lo habían probado en sus cinco años de vida. También juguetes y carne. La última vez que comieron carne fue cinco meses antes de la entrevista.

Todos los que participamos en la Generación del Hambre nos quebramos emocionalmente en algún momento. Soy terriblemente emotiva. Comer me hacía sentir mal: ¿por qué yo sí y ellos no? ¿Qué me hace ser distinta? ¡Ellos no son menos que nadie! Es muy difícil saber que ninguno de estos niños tendrá la misma vida que llevo yo de adulta. Tal vez no cumplirán los 26 años que yo tengo. Están así por culpa de un conjunto de personas a las que no les importa los más vulnerable de nuestra población: imagínate lo que les importa el resto de nosotros. ¿Por qué hay gente tan mala en el mundo? No entiendo cómo pueden dormir. O cómo pueden comer. No me podía dar el lujo de llorar a los niños, no hubiera terminado nunca. Con llorar no cambio ninguna realidad. Hay un texto de García Lorca, Juego y teoría del duende,al que le podemos dar una interpretación acerca de la energía vital que nace del quiebre. Hace dos diciembres conocí a Virginia en una jornada de calle y me dije: necesito que la gente sepa lo que le pasa a estas personas.

En esta investigación colaboró una plataforma internacional (Connectas) con un medio nacional (El Pitazo). ¿Cuáles fueron las principales tensiones?

La variable tecnológica fue horrible. Pautábamos reuniones en Skype y terminábamos haciéndolas con voices e incluso textos de WhatsApp. Pasé tres meses sin Internet en mi casa en Guatire. Por otra parte, debíamos justificar presupuestos en divisas en medio de un proceso económico hiperinflacionario de variación diaria que no es fácil de entender fuera de Venezuela. La complejidad de la logística de transporte nos obligó a modificar el cronograma. Había traslados en automóvil más costosos que un boleto aéreo, pero para obtener estos últimos teníamos que recurrir a agentes que nos cobraban con sobreprecio y sin factura. Afortunadamente contamos con una editora internacional extremadamente comprensiva en Connectas: Priscila Hernández.

Los que acceden a estas investigaciones siempre serán minorías.

Pero dejamos un registro y yo aspiro a que incluso algún día pueda ser una prueba para juzgar a los responsables. El Pitazo es un portal que está bloqueado en Venezuela. Hemos redirigido a los lectores al portal de Connectas, distribuimos parte del material en WhatsApp y redes sociales y establecimos alianzas con otros medios de comunicación. Hicimos infografías estáticas para que pudieran verse con una conexión lenta. Incluso imprimimos volantes con frases destacadas. En el mes de enero nos acercaremos a comunidades para difundir la investigación: quizás una señora del barrio José Félix Ribas de Petare no tiene Internet, pero le llevaremos el mensaje de que no es normal que un niño presente la mitad del peso adecuado para su edad. Queremos que se corra la bola. Hay un público pendiente en Venezuela y Connectas es una plataforma que llega a toda Latinoamérica. El periodismo de investigación es menos cercano que la noticia caliente. Pero mientras más se acerque a lo humano, hay más posibilidades de que la gente lo lea.

¿Escogerías alguna de estas 8 historias por encima de otra?

Todos son como mis hijos. Creo que hay tres historias que se me hacen representativas. La niña de Miranda es el abandono con piecitos. Ni siquiera tiene partida de nacimiento y se sabe abandonada por sus padres. La muchachita de Monagas sabe qué es el desprecio, porque tiene que pedir en la calle. Hay un caso esperanzador: el niño de Bolívar. Está subiendo de peso. Su mamá se hizo voluntaria de un programa comunitario. No puedes revertir los daños que ya sufrió, pero sí ponerles un parao. Claro que hay gente buena, pero carece de recursos para ayudar.

Tengo una duda un poco cruel: ¿alguien que solo ha conocido el hambre desde que nació… puede acostumbrarse a ella?

Según la doctora Marianella Herrera, sí. Como seres humanos tenemos capacidad de acostumbrarnos a comer poco y mal. Eso no quiere decir que no traerá consecuencias. Además es muy grave que un niño se adapte a comer sólo lo que recibe a través de una caja CLAP. La mamá del caso de Portuguesa pensaba que su hijo no estaba desnutrido porque le daba una arepa sin nada adentro.

Si escuchamos a alguno de sus voceros, el régimen alega que en realidad está protegiendo a la población. ¿La caja CLAP es una protección para los más necesitados?

No. La caja CLAP es control, no es protección. Destruyes el aparato productivo, pones a la gente a pasar hambre y luego eres el salvador que les da comida barata, que no alimenta en absoluto. Y todo esto asociado a esquemas de corrupción. No es que importas comida porque te preocupa la gente, es para seguir lucrándote.

Antes cubriste la fuente deportiva durante cuatro años. ¿No sería fácil para ti entrevistar peloteros o futbolistas profesionales, antes que registrar la desnutrición?

Siempre quise ser periodista de beisbol. Luego empecé a hacer deporte comunitario: registraba sus alegrías, pero también sus carencias y luego las ausencias por las carencias. Fue muy difícil desligarme de las comunidades. Me tocó hacer un programa deportivo de radio mientras casi todos los días mataban a un chamo en las protestas de 2017. Ojo, todos los periodismos son necesarios, los deportes dan un respirito. Hay días en que lloraba todo el tiempo. Lloraba por los niños y por el estrés: los viajes, la logística, los viáticos, las cartas para Connectas, las fotos. Además sigo teniendo un trabajo como periodista de investigación de El Pitazo, mato tigres y atiendo a una familia, dos perros, una madre, tres hermanas y un novio. En septiembre, en pleno proyecto, mi padre biológico murió. No tomé reposo y pasé dos días sentada frente a una pantalla sin poder teclear una letra. Mi novio me dijo: “¿Por qué no te das la oportunidad de ser?”. Y pasé un día entero llorando.

El periodismo que hago hoy es cero bonito. Pero es necesario. Alguien lo tiene que hacer. Este diciembre no pude regalar nada a nadie. Pero recibir un audio del niño del Zulia en el que nos recuerda a los periodistas del reportaje como sus “hermanos” fue suficiente. Me hizo la Navidad.

 

Por Alexis Correia         

Deja tu comentario

You May Also Like