El Porvenir regresó en silla de ruedas

Barrio

A los venezolanos que demuestran que, pese a cualquier crisis, la venezolanidad es sinónimo de porvenir

 

En el barrio las desgracias ocurrían porque sí. Como dice Jorge, no le buscabas las cinco patas al gato. Salías a la calle arriesgando desde tu vida, hasta la de los tuyos. Porque no había nada más para arriesgar. ¿Pertenencias? La pobreza subió al cerro e hizo lo suyo: empobrecer. ¿Salario? Los que bajan del cerro a las seis de la mañana salen a hacer marañitas, es decir, malabares para conseguir tres lochas y con ellas solucionar el alimento del día, o más bien de la noche al volver. Así que solo tenías la vida, y muchas veces no era suficiente, podías recibir un pepazo en la cara por no ser suficiente. Les traduzco, por pepazo quiero decir un tiro, aunque bien podría ser una puñalada.

No sé si en otras partes del mundo conocerán la vida así de violenta como lo fue allí. He dicho lo fue. Porque el barrio recuperó su nombre original: después de una década nombrándosele “El cerro”, su nombre fue recordado, el que recibió cuando los pobladores originarios encontraron la lomita al alejarse del valle, y con un espíritu idealista decidieron llamarla “El Porvenir”.

Y sí, El Porvenir regresó en una silla de ruedas.

Fue Jorge quien me contó la historia de Gerardo el largo Antúnez, un joven que, según la prensa, estaba destinado a ser una leyenda nacional pero el infortunio lo dejó discapacitado y le robó la gloria. Mientras el llanto primigenio, del hijo de Jorge, se dejaba escuchar en el pasillo del hospital, en El cerro una bala silbó durante su trayectoria e impactó la espalda de Gerardo el largo Antúnez. La desgracia, como todas aquí, ocurrió porque sí.

Gerardo fue el primer joven del barrio que entró en la universidad, gracias a una beca deportiva. A sus 18 años medía un metro noventa, tenía agilidad en sus piernas para correr y en sus manos para hacer bailar el balón al ritmo de sus pasos, mientras avanzaba de un extremo a otro en la cancha y, sin esfuerzo, encestaba. Una eminencia del baloncesto juvenil, dos juegos lo separaban de un contrato millonario y, según sus propias declaraciones, de la trampa mortal de El cerro. No le dio tiempo.

La esposa de Jorge sintió dolores, su primogénito se adelantaba a la fecha. Él y su esposa bajaron apresuradamente. Gerardo pasó frente a ellos, vio a la madre adolorida y los acompañó a bajar. Los tres bajaron del barrio, Gerardo se despidió en la parada de autobuses y regresó. Era casi la medianoche. Si durante el día te salvabas de ser el blanco de las desgracias, lo mejor era no tentar la suerte por la noche. Gerardo lo comprobó.

A una cuadra de su casa lo interceptaron dos bandidos. Le pidieron dinero, pero él solo cargaba encima la vida. Mala suerte. Intuyó lo que ocurriría, la vida no basta como botín, así que les dio la espalda y corrió como si estuviese en la cancha de baloncesto; corrió tan rápido como pudo, sabiendo que su vida dependía de ello.

La joven embarazada ingresó al hospital. Mientras el llanto del recién nacido llegaba al pasillo, el grito del largo Antúnez despertaba a los vecinos en el cerro. Alguien se arriesgó a salir. Lo encontraron boca abajo, un charco de sangre fluyendo desde su espalda, desde la espina dorsal.

Gerardo el largo Antúnez fue alcanzado por una bala cuando ya estaba a un paso de doblar la esquina y perderse de la vista de los bandidos y sus armas. Desde esa noche quedó inválido, incapacitado. No jugó más el baloncesto. Sus padres se lo llevaron lejos del cerro, del barrio malo que le robó el porvenir. Allí se contaba la historia del único que estuvo a tan solo dos juegos de un contrato que lo convertiría en una estrella, el único con un futuro en el barrio, un futuro truncado, tal vez, porque se detuvo a ayudar a una pareja, por desviarse del camino, por buen samaritano.

Que Gerardo partiera del barrio fue lo más normal. Su regreso fue lo inesperado. Un par de años después regresó, en una silla de ruedas. Sonriendo. Hablando de futuro, driblando un balón de baloncesto con una mano y dirigiendo su silla de ruedas con la otra, lanzándolo y encestando. Volvió e hizo restaurar la canchita. Ahora pita su silbato y los niños salen de las casas del cerro. Ahora es un coach deportivo de una selección infantil. Sí, pudo ser un basquetbolista profesional famoso, adinerado, y lo sabe. Pero no se dejó vencer por lo que pudo ser y no sucedió. La delincuencia no detuvo su porvenir, y hoy el barrio cuenta con él.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @GusmarSosa

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