#DomingosDeFicción: Un cariño imposible de esquivar

Cuando uno se encariña con los animales, debe demostrarlo con acciones, porque, por lo general, se mueren primero que uno. Y después queda la tristeza y la melancolía, como si hubiera sido una parte de nosotros la que hubiese muerto y puede que se sienta un mea culpa, por no dar a conocer los sentimientos mientras el animal estaba vivo. Suena exagerado, lo reconozco, porque al parecer las manifestaciones de pesar están guardadas para las relaciones entre humanos. La muerte de una mascota, sobre todo si lleva años conviviendo con el grupo familiar, golpea fuerte en el ánimo de cada integrante. Solo que cada uno demuestra su apego, a su manera. A nosotros se nos murió la perra y aunque al paso de los días la pesadez de esa realidad se fue diluyendo poco a poco, siempre quedaron jirones de nostalgia por el recuerdo lacerante que sentíamos al pasar por algún rincón de la casa donde se echaba.

Era una perra que llegó con nosotros desde los Llanos. Comprada a un veterinario que le cortó el rabo, demasiado, decíamos, para presentarla ante nosotros, como si eso le otorgara un pedigrí como credencial de alcurnia. De color blanco con grandes manchas negras en toda su extensión corporal. Era inteligente, como muchos dicen de sus mascotas, porque obedecía a las indicaciones dadas, pero tenía sus mañas.

Muchas veces le daba por abrir hoyos para enterrarse y dejar solamente el hocico afuera. Como un periscopio de submarino. Eso marcó una distancia insuperable con mi suegra (vivíamos en su casa), resultando una lucha sin tregua entre la perra por hacer sus huecos y la doña por castigarla cada vez que le sacaba una mata de su lugar de plantación.

Muchas veces ganaba la perra, porque eran más los huecos que abría que los que tapaba mi suegra.

Era cazadora también, sosteniéndose en tres patas, con una de las delanteras doblada y la mirada fija en el objetivo avistado: palomas, turquitas, una variedad de perdices, iguanas y todos aquellos animales que osaban entrar al ambiente casero. A los gatos los perseguía con una velocidad impresionante, haciéndolos saltar los muros, hasta perderse por aquellos vecindarios.

Debo decir que libró la casa de felinos, porque el techo se había convertido en una de las estancias favoritas de ellos, para dormir la siesta sobre los tejados o para proferir aquellos gritos y chillidos nocturnos cuando andaban en actos derivados de la hembra en celo.

Con el paso del tiempo, la matrona (mi suegra), que no se había sacado la espinita de su guerra particular por los hoyos en la tierra y sin tomar en cuenta estos favores hechos por la perra, optó de una buena vez a mandar a rellenar de cemento todo el patio, dejando apenas una pequeña zona de tierra donde tenía sus matas de cambures y plátanos. Así, nuestra perra vio limitada su alegría.

Una madrugada en que la había dejado encerrada dentro del balcón por haber un tiempo de lluvia que iba acompañado de truenos, cuyos estallidos la espantaban, la encontré muerta.

La perra estaba echada a todo lo largo, con su hocico pegado al piso, que era lo característico de ella. La envolví toda con una manta ya gastada por el uso y la metí en una caja y la cerré lo mejor que pude. Todo esto en medio de un silencio pesado por parte de las muchachas: mi esposa, mi hija y mío también, qué carajo. Todos estábamos apesadumbrados.

Ahora venía la parte más engorrosa del asunto, porque en una sociedad donde no hay un destino final para los restos de animales, como no sea dejarlos arrumbados, pudriéndose a la intemperie en algún recodo de una calle solitaria, no encontrábamos qué hacer. Entonces mi suegra, que hasta esos momentos no había manifestado ninguna emoción y con una tristeza que le columpiaba en el rostro, exclamó: ¡Entiérrala alrededor de la matas de cambures y plátanos! Al fin y al cabo –siguió– esa tierra donde están sembradas esas matas llegó a ser más suya que mía. Lo dijo casi que murmurando, pero todos la oímos.

 

Por Victor Celestino | @RodriguezTico

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