El arte que envuelve al barrio El Calvario

Foto: Diego A. Torres

El Hatillo, uno de los cinco municipios de Caracas, es una zona turística por excelencia. El movimiento que tiene los fines de semana es radicalmente distinto al que se presenta de lunes a viernes, porque personas de toda la ciudad vienen a disfrutar de la arquitectura, arte, gastronomía y oferta cultural que ofrece. Protagonistas de ese flujo natural de esparcimiento citadino son su casco histórico, su pueblo colonial y el Centro Comercial Paseo El Hatillo. Sin embargo, los habitantes de la urbe a menudo tienden a ignorar la presencia de un lugar destacado a nivel artístico y creativo,  que ofrece una vista que permite observar a toda la zona desde lo alto: El Calvario.

El Calvario es una barriada ubicada por encima del pueblo de El Hatillo. Desde el casco histórico, el centro comercial, o cualquiera de las locaciones regadas por la zona, se puede ver a la distancia. Se le entra o por arriba, en la intersección de la bajada que se dirige a Los Naranjos; o por abajo, desde la avenida El Progreso. Es un lugar fascinante, con una humildad inusitada: pese a tener un microcosmos artístico envidiable para otras comunidades, una identidad maciza como el acero y un acervo de tradiciones sumamente rico, mantiene una actitud silenciosa en la ciudad de Caracas. Sea por problemas de comunicación, físicos o electrónicos, su aislamiento es un problema que requiere de soluciones.

Una visita a El Calvario  es una de esas experiencias que te abren los ojos respecto al país. Ver las abundantes muestras artísticas que tienen lugar en sus calles resulta cautivador, y, también, contemplar una comunidad con una identidad tan macada, con un orgullo local tan radiante, te hace ver a Venezuela de una forma distinta, y te permite reconciliarte con la esperanza de un mañana posible. Cheo Carvajal, destacado periodista especializado en el área de urbanismo y miembro de Ciudad Laboratorio, nos concedió el honor de explicarnos el porqué del arraigo de sus habitantes:

Yo creo que El Calvario es un barrio que nació, por ser periférico y tener una larguísima historia, anterior a los años 50, y que empezó cuando se construyeron los campos de golf a partir de la hacienda que había allí, ya que la gente que trabajaba allí tuvo ese espacio para poblar. El señor José Gonzales, que tiene alrededor de setenta años, dice que su mamá nació allí, que su abuela nació allí: hay una larga tradición sobre el territorio, que siempre estuvo emparentada por el pueblo, hasta que en algún momento se separó por lo agresivo de la avenida Progreso, lo divide tanto física como mentalmente. Los tres sectores conforman una imagen de comunidad completa que es muy fuerte, quizás porque su capilla fue la primera construcción de El Hatillo”.

La organización civil Ciudad Laboratorio ha sido protagonista del proceso de integración entre Caracas y el barrio. En su experiencia, ha desempañado varios proyectos en conjunción con la comunidad. Además, hace cuatro años tomaron la iniciativa de crear El Calvario a Puertas Abiertas, que se llevó a cabo por primera vez en compañía de Vive El Hatillo y la Asociación Civil Asoraíces. Hay que destacar que no es la única tarea que han cargado sobre sus hombros: han realizado talleres de revalorización de patrimonio, gestionado actividades culturales, y establecido vínculos con varias instituciones para la elaboración de una amplia variedad de proyectos que se han venido llevando a cabo. Como dice Cheo, “nosotros no somos los dueños de El Calvario”.

Actualmente, hay muchísimos esfuerzos que se desarrollan en estas calles. No son pocos los planes por atraer a los transeúntes. Por revalorizar su tradición. Por hacerlo parte de la ciudad.

 

Caminando por El Calvario

“Nuestra apuesta a El Calvario es abordar o dar respuesta a los diferentes problemas que hemos encontrado a través de nuestros programas educativos. Realmente, aquí en Caracas cada barriada es un mundo distinto, no puedes comparar a La Vega con Antímano, mucho menos con El Calvario, que en muchos sentidos se siente como un pueblo, es muy chiquito, son aproximadamente tres o cuatro hectáreas, de 200 y pico de casas. Es una comunidad muy consolidada, ellos no han vuelto a crecer desde 1984, ellos no crecen a nivel físico, si lo hacen, es montando más pisos en las casas, no pueden ocupar otros terrenos porque no hay espacio”.

Laura Guerrero, licenciada en Psicología, nos narró esa situación –y el panorama completo– con sorpréndete detallismo. La misión que ella y su equipo vienen desarrollando nació en el 2016, cuando tuvo lugar la primera edición de El Calvario a Puertas Abiertas, iniciativa dirigida por Caracas Ciudad Laboratorio con la idea de hacer al ciudadano recuperar su calle, su ciudad, que aprenda a vivirla. Además de su potencial turístico, esta barriada tiene muchísimas opciones en el plano cultural, pues en cada esquina hay un artista, un escultor, un pintor o un orfebre, es una comunidad destacada en ese plano.

La principal dificultad de la comunidad, comentada tanto por Guerreo como por Carvajal, es su división. Pese a que todos los ciudadanos hablan del barrio unitariamente, muchos mencionan que existen tres zonas marcadamente diferenciadas: El Calvario bajo, el medio y el alto; circunstancia que inició cuando Hidrocapital era conocida como Electricidad de Caracas. Por motivos pragmáticos, se vieron en la obligación de asignar las “fronteras” para facilitar el trabajo de la empresa. Tiempo después, cuando se iniciaron las juntas comunales, la fragmentación se acrecentó; y hoy en día, la cohesión social es un asunto a resolver.

Asistí a El Calvario A Puertas Abiertas realizado el 22 de diciembre de 2018. Desde las 10:00 am hasta las 7:30 pm se desarrollaron presentaciones de música, danza, cine, literatura oral, además de exposiciones de artes visuales y actividades recreativas en las diferentes paradas del barrio. En total, hubo treinta y cuatro estaciones, dos de ellas en el pueblo de El Hatillo.

Mis pies estaban en el suelo; y mis ojos, perdidos. Perdidos entre el infinito de opciones visuales. En el sector bajo, dos locales llamaban la atención: una tienda de máscaras de los Diablos del Yare y el taller de un artista de estilo Pop-Art. En el sector medio, un tallador se acercaba al grupo para mostrar su trabajo; además, un señor invitaba a todos los visitantes a entrar en su casa para ver su enorme nacimiento realizado con papel mache (el cual ocupaba toda una sala); y también, mostraba con orgullo una pared donde estaban todos los dibujos hechos por su hijo de catorce años de edad, la mayoría, con fuerte influencia del anime. Y en el alto, tres dibujantes urbanos mostraban sus ilustraciones a los transeúntes.

La historia de la fragmentación podrá entrar por un oído, pero abandona la mente cuando empieza el recorrido. En las tres zonas hay murales, todos con una diversidad cromática avasalladora. Ese día, cantidades de personas  recorrían sus callejones, y en cada estación, el colectivo de pupilas se asombraba. Formas abstractas, grafitis con personajes pintorescos, enormes alas angelicales: todo un arsenal de creatividad. En El Calvario, el arte es un elemento unificador.

Otro problema de la comunidad es el total desconocimiento de los ciudadanos de Caracas sobre ella. Tiende a ser frustrante mencionar a El Calvario en –por ejemplo– Las Mercedes, San Agustín, Montalbán o Los Dos Caminos, pues la gente siempre lo asocia con el que se encuentra en El Centro. Es necesario potenciar su visibilidad. Además, debido a su reducido tamaño, los espacios públicos escasean. Comúnmente, en ellos se desarrollan múltiples actividades, pero no hay una ambientación apropiada para el disfrute de todas las edades. Ambos aspectos requieren medidas.

Entre el frenesí y el reposo, el deseo por alzar la voz manipulaba cada expresión del recorrido. En una de las paradas, los habitantes de una casa invitaban a los transeúntes a entrar para contemplar una colección de cámaras analógicas. Muchas personas llevaban adornos festivos; como por ejemplo, una chica que en su cabeza portaba un par cachos de renos de Santa (de felpa).

Sonaba la música, en varias estaciones los instrumentistas se hacían escuchar. Repentinamente,  aparecía una cantante ofreciendo un concierto móvil desde una moto que recorría el barrio. Más adelante, todos bailaban  al son de la salsa. El espíritu carnavalesco lanzaba flechas entre los habitantes, hacía que las calles se movieran.  Dos muchachos iban documentando la rumba con un enorme equipo de filmación. Al verme bordear el aparato me dijeron: “Tranquilo, hermano. Nosotros estamos grabando a las personas que nos visitan”.

La arquitectura local te atrapa. Pasear por El Calvario es penetrar un laberinto de caminos estrechos, callejones sin salida, escaleras entre casas, y, por supuesto, colores, muchos colores. Como en todas las comunidades de este tipo, no existió ningún diseño urbanístico previo a la realización del poblado. Pero El Calvario no solo brilla por la obra del hombre, también lo hace por su naturaleza, que se puede distinguir con facilidad. No es necesario caminar mucho para ver zonas verdes.

El barrio se ubica en una montaña, por lo tanto, en casi todas las viviendas del lugar hay un balcón, un techo o una ventana para contemplar la urbe hatillana y su ambientación verde. Es un complejo de miradores.

Blancas, azules, naranjas, amarillas y verdes, la melanina urbana es cambiante pero coherente. Los tamaños también varían, pero la concordancia jamás se siente irrespetada. Por donde pises, verás techos con tejas rojas, puertas arcaicas y letreros anunciando qué se vende en ese local. Además, están los murales. El Calvario es una guacamaya de concreto. En esa marea de diversidad cromática, a consecuencia de la ausencia de un conflicto visual, el gusto experimenta una inusual satisfacción.

Una doble transformación

La propuesta realizada por la ONG es abordar cada dificultad mediante programas educativos. La apuesta se proyecta para los próximos dos o tres años. Se pretende colaborar con la comunidad para hacer que El Calvario llegue a su potencial máximo. El objetivo es marcar presencia en sus tres sectores, mediante cursos para modificar algunos espacios callejeros colectivamente (que incluyen diseño, fotografía, planifiación, etc), que duran tres o cuatro meses. Observar, imaginar y transformar, ese es su lema. Parte de ese ciclo contempla un diálogo con los habitantes, saber qué necesidades sienten para poder atenderlas. Por ejemplo, se viene realizando una intervención de más de 100 metros cuadrados que uniría al barrio con el Pueblo de El Hatillo, todo con ayuda de los ciudadanos de la comunidad.

Las actividades realizadas por los voluntarios de la ONG son varias, involucran una consciencia social materializada en arduos ejemplos creativos. Se pueden mejorar problemas urbanísticos, pero manteniendo el respeto por la identidad y las tradiciones de El Calvario. Uno de los pasos de su segunda fase –imaginar– fue realizar maquetas donde se señalen las proyecciones a mejorar en el lugar. Los integrantes de la comunidad pudieron realizarlas libremente, seleccionando fragmentos del complejo y señalando que detalles debían tratarse. Cada integrante tuvo que realizar una cooperación de ojo,  corazón y del cerebro. De hecho, el espacio físico no es la única meta de Trazando Espacios, también lo es la espiritual, como dijo Laura Guerrero cuando se le pregunto al respecto:

“Trazando Espacios Identidad busca crear intervenciones artísticas que estén en las paradas espontáneas a partir de elementos e ideas de El Calvario. Estamos trabajando en una escalera condenada, que no lleva a ningún lado, y la primera intervención que se plantea es a través de un cuento que se llama Al otro lado de la orilla, que es sobre una niñita a la que siempre le han dicho que no se relacione con la gente que no sea de su isla, un poco como Moana, y ella empieza a darse cuenta de que en la otra orilla hay otro niño, y empiezan a hablar con una conversación a través de botellas; usamos esa historia para hacer un puente, colocando ladrillos entre varias personas hasta fusionar las dos ciclas, eso se haría para  tratar el tema de la cohesión social”.

Durante la totalidad del recorrido quedó demostrado que el barrio, en sus tres niveles, está en la búsqueda de un fluido contacto con el resto del ecosistema caraqueño. Allende a la barriada, hay toda una ciudad que debe descubrirla, que no conoce las sorpresas que le aguardan entre los callejones cromáticos. Quizás, aquel día en específico sus integrantes realizaron actividades, expusieron sus  vidas, hicieron relucir sus actos creativos, pero su esencia, cultura e identidad pertenecen a la cotidianidad. A diario, El Calvario crece, reinventa su imagen y se proyecta para el futuro. Hoy más que nunca, podría decirse que está en etapa de expansión. No en vano el periodista Cheo Carvajal habló de los frutos de la labor de Ciudad Laboratorio y de Trazando Espacios:

“Ahora es que se vienen a ver los frutos de lo que hemos hecho con Ciudad Laboratorio, que es la integración y el reconocimiento del barrio como parte de la ciudad. Buscamos hacer procesos orgánicos e internos de integración con la comunidad. Este año se hicieron muchos talleres desde hace varios meses. El Calvario a Puertas Abiertas no es un evento, es un proceso de relación e interacción mucho más profundo, que busca la integración no solo social sino también espacial, que el habitante sienta que es una oferta valiosa para cualquier habitante de Caracas”.

Por Diego Alejandro Torres Pantin  | @sr_mowgli

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