House of Cards: cuando la realidad atrofia la ficción

Con un dejo de broma, suelo preguntarme en voz alta si Kevin Spacey de verdad actuaba cuando interpretaba a Frank Underwood en House of Cards. No solo por el nivel de su performance, sino porque el papel de hijo de puta siempre le queda tan bien que pone a uno a dudar de qué tanto hay del humano dentro del personaje.

Al parecer, los medios y la Justicia estadounidense desde el 2017 se están haciendo la misma pregunta: Kevin enfrenta acusaciones de abuso sexual y, por esta razón, en la cima de una de las series contemporáneas de más éxito tuvo que entregar el trono.

La sexta temporada de House of Cards se copia un poco de la realidad y pone en tela de juicio la “honorabilidad” del ex presidente Underwood. Los que presenciamos los cuestionamientos a la ética del personaje lo hacemos con el morbo que genera callar la verdad en beneficio de un malhechor. Pero la serie va un paso más allá y se convierte, en su última temporada, en una apología feminista que, por momentos, parece más hembrismo que otra cosa.

Procuro recordar que nadie es imprescindible. No me gusta casarme con personajes ni en la series, ni en las películas y mucho menos en los libros. Creo que toda historia bien narrada puede, llegado el momento, prescindir de quien había sido su protagonista y seguir funcionando de forma diferente pero eficaz. Esto, por supuesto, demanda astucia y tino. Ambas cosas que, en mi opinión, no tuvieron los guionistas de House of Cards para resolver un problema que bien pudo haber resultado imposible de solucionar para cualquiera.

La serie vive en ese espacio gris en el que se encuentran la realidad y la ficción, haciendo guiños a su propio universo. Aunque Kevin Spacey recibió los mayores elogios desde el inicio, la producción dependía tanto en la misma medida de su talento como del de Robin Wright para dar vida a Claire. Entre ambos se tejía un duelo en el que actores y personajes se necesitaban para mantener el eje de la historia.

Lo más importante de House of Cards es el subtexto: el relato de una pareja que baila entre la ambición y la felicidad, en detrimento de la segunda.

Sin Frank (que es eliminado de la serie de una forma, si me lo permiten, un tanto forzada), la historia cambia totalmente. Se convierte en la reivindicación de la mujer en un mundo dominado por los hombres. Pero lejos de ser una heroína, Claire emprende una venganza que a veces resulta más cruenta que la de Frank. Si este pretendía que el mundo saldara su “deuda” con él al ubicarlo como hijo de una familia proletaria, ella quiere hacer pagar a todo el país por las vejaciones que recibió de parte de los hombres.

La serie poco a poco se va distorsionando, al igual que sus personajes, las situaciones y la verosimilitud. Llega un momento de la sexta temporada en la que los hechos parecen más propios de Narcos (o de la política latinoamericana) que de la elegancia con la que se elaboró la producción. El final, por (mal)intenso, cojea. El rol de Frank dentro de la narración pretende tomarlo Doug Stamper, como para terminar de pintar el simulacro de la familia disfuncional: el hijo putativo que quiere vengarse de la arpía que siempre amarró las alas de su padre.

Días antes de que terminara el 2018 –y semanas previas a que empezara su juicio–, Kevin Spacey lanzó un video en redes sociales en el que interpretaba a Frank, haciendo un juego entre la realidad y la ficción mientras hablaba de las cosas por las que no pagó Underwood y de las acusaciones que recibió Kevin. El video puede interpretarse de dos formas. O bien como una manera de hacer un abrebocas a una posible nueva temporada de la serie, si es que las condiciones lo permiten; o acaso como una forma de alborotar la admiración de su público en momentos en los que su imagen está tan deteriorada como la ética en la política. En ambos casos, hubo quien con crueldad opinó que ese breve monólogo era mejor que toda la sexta temporada de House of Cards. A mí, que respeto mucho los esfuerzos de todo creador, me cuesta ser tan tajante: hasta Shakespeare se hubiese visto en problemas para solucionar, de forma solvente, un problema que supera la ficción.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

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