¿Guaidar los corotos y regresar?

Viernes, 25 de enero.

Me sonó una notificación de Twitter. Noticas de último momento. Concentración en la plaza Bolívar de Chacao. La foto estaba presidida por un tipo joven, flacucho, de nariz rústica, tez morena y voz resonante. El mensaje era claro: “Los extrañamos. Los extrañamos mucho. Pero hoy les digo algo más: prepárense para regresar muy pronto”.

La sien me latía.

—Otro whiskey, please –le pedí al cantinero.

—¿Pagará con tarjeta?

—“Aye” –respondí.

—Lleva tiempo en Escocia, ¿no?

—Un poco, sí, ¿cómo lo sabe? –pregunté.

—Se nota. Quiero decir, cuando alguien suplanta el “yes” por el “aye”, que, bueno, significa lo mismo. Muy escocés –el cantinero ríe–. Veo que le gusta Edimburgo, como el whiskey.

—“Aye” –le respondí.

—¿Tiene planeado quedarse acá en Escocia o se regresa a su país?

Y bebí, hasta el fondo. Cerca de la Royal Mile, casco histórico de Edimburgo, está el Bobby’s bar, una especie de taberna construida justo a las afueras del cementerio de Greyfriars, pared con pared. Sentarse allí es emborracharse de espaldas a la muerte. El ajetreo propio del acontecer diario se apacigua al ingresar a estas instalaciones de leña y luces tenues. La ventana de vinilo que colinda con la lápida de piedra, el equipo de sonido que escupe música en irrupción del silencio entre difuntos. Marcas de la todavía influencia céltica. No me fue sencillo entender esto de los celtas, aye; sin embargo, así como las expresiones del inglés local que ya salen por sí solas, empujadas por el picor del whiskey sobre la lengua, las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. El inmigrante, aquí, lejos de sufrir el duelo de la pérdida, del quiebre de la continuación histórica con el terruño, aprende a coexistir con sus improntas culturales al tiempo que se muda de costumbres y formas de pensamiento. Sin esperarlo, de pronto se relajan los músculos del cuello, las extremidades. Se empieza a confiar. Se es gente. Otra vez. Nuestro país aparece entonces como un fenómeno intangible, como un “espíritu” que, al igual que otros, pulula a los alrededores del Bobby’s bar todos los viernes al final del trabajo, sin perturbar a los clientes. Yo, entre los clientes escoceses, los del Bobby’s bar, me siento gente otra vez, insisto. Me siento adaptado. Me siento borrón y cuenta nueva.

Pero este cuento de hadas de la adaptación perfecta dura cuanto el efecto del whiskey. Cuando los niveles de alcohol disminuyen en la sangre, la tristeza coge su cauce. O por lo menos para los venezolanos emigrantes. Y se tensan los músculos del cuello, las extremidades. Y la felicidad del párrafo anterior se va directo a la basura.

Venezuela se introduce en el cuerpo a través de los poros y toma posesión de ti, haciéndote retorcer de la culpa, de la confusión, de la repulsión, del resentimiento, de la añoranza. Es como una posesión ultratumba. De allí que al país se le rece, se le llore. Y aunque las condiciones estén dadas para la superación del duelo post migratorio –tipo acá en Escocia, por ejemplo–, sufrimos en cambio una especie de desinterés por el territorio receptor, de integrarnos a este y olvidarnos de los desaguisados nacionales. Olvidarnos del país que nos hala los pies por la noche, del país prepotente y de eternas equivocaciones. Del país que, hasta hace poco, nos acusaba de traidores a la patria por habernos negado a asistir a su cortejo fúnebre. Los venezolanos emigrantes, enfermos del duelo, sufrimos de complejidades identitarias; por un lado, el respeto hacia un país que declaramos muerto; por el otro, la necesidad de comunicarle al mundo los defectos que fueron letales para este, como si, en dicha divulgación chismosa, hallásemos alguna satisfacción personal. Y el país nos hala los pies por la noche, insisto, y nos empuja a beber más whiskey.

—Difícil de decidir –respondí al cantinero.

Pagué. Me puse la chaqueta. La bufanda. Salí de la taberna. La sien me latía. Del Bobby’s bar a mi casa, veinte minutos de autobús. En el trayecto, observé las fachadas medievales escocesas; las callejuelas oscuras; la neblina arremolinada sobre los techos; ese complejo de construcciones grises, tan opuesto al escenario de trópico hogareño. Susceptibilidades, como si estuviese siendo víctima de una gran injusticia. Es que, a cada uno, el “,itu país” se nos presenta de distinto modo. Las guacamayas en los cielos del cerro El Ávila. El chichero de Puente Hierro. El perrocalientero de la Plaza Altamira. El saxofonista de la UCV. El vendedor de chicles del metro. Las hamburguesas de Las Mercedes. La señora que cobra la pensión. El buhonero de Sabana Grande. Los helados de la Cota Mil. Los raspados de colita de los Médanos de Coro. La Virgen de las Nieves. El parque Los Aleros. El pastel de chucho. La empanada de cazón. La arepa con mantequilla y queso. Las cocadas de la bomba de gasolina. Tierra de Nadie. El Aula Magna. Los abuelos. Los primos. Los tíos. El padre. La madre. Un directorio de nombres, recuerdos interminables, ciertamente. Un directorio de lo resaltante. Un directorio para combatir la desidia y la noción de la Venezuela insalvable.

Es, en este estadio elevado de la nostalgia, de la visualización de la memoria, donde el “espíritu país” se personifica como el canal consciente que hay entre: 1) la realización de nuestro destino, 2) la capacidad práctica en hacerlo. La muerte del país es una falsedad tristemente aceptada. Es, en ese instante de reflexión a solas, donde el “espíritu país” deja de ser una entidad espectral, mendicante, pululante del Bobby’s bar, para servir –como estipularían los celtas– como plan divino de la evolución, que en nuestro caso real sería el plan del progreso, de la democracia; de la reconstrucción de las instituciones públicas; del rescate de la credibilidad; de la ciudadanía; del alza del poder adquisitivo y la estabilidad financiera; de la moral colectiva; de la honestidad; de la valoración de la cultura, la historia; del cese de las pasiones politiqueras; de la extinción de la corrupción, la charlatanería partidista; de la inseguridad; de la deserción escolar. Etcétera. Ser gente de nuevo, pues. De eso se trata. Relajar los músculos del cuello, las extremidades. De no sentir más dolor en la sien. Y entonces volví a sonreír, aye; ese viernes me volvió la sonrisa al rostro. Y volví a la notificación de Twitter. Y volví a la foto del hombre flacucho. Y leí para mis adentros aquella frase que está modificando circunstancias: “prepárense para regresar pronto”.

Me bajé del autobús. De la parada a mi casa, diez minutos caminando, tiempo suficiente para calcular cuántos corotos caben en dos maletas de veinte kilos.

Juan Guaidó, como el druida que se dirige a su comunidad, promete la transfiguración de Venezuela; el país tendrá que inmolarse para la significación de una larga recuperación. Juan habla de renacer, vivir una vida y edad diferentes. En la foto se le ve rozagante, sujetando la Constitución y la bandera. Dice extrañarnos. Invita a los ciudadanos a su cita con la nación, a la resurrección de la misma. Quizás es mi lenguaje céltico el que me hace imaginar situaciones sobrenaturales, románticas, cursis, imposibles. Pero es que las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. La cosa es que nuestro país no deja de halarme los pies por la noche, y yo francamente decidí encender la luz del cuarto, sentarlo en la cama y dialogar con él. No se debe temer a los espíritus; al contrario, se les debe prender velas, se les debe augurar una mejor vida.

Ese viernes, 25 de enero, hubo demasiado whiskey, lo confieso. No obstante, dicen por allí que ni los borrachos ni los niños son mentirosos.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

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