Amnistía: olvido y construcción de nuevas formas de recordar

Foto: R. Peña

Amnistía viene del griego “amnestia”, que significa olvido. Me resulta interesante que se plantee discutir y aprobar una “ley del olvido” en un país que se ha caracterizado por su estudio superfluo de la propia historia, el archivamiento de eventos que son relegados a cajones ocultos de la memoria colectiva, la superposición de un suceso sobre el otro hasta que ya no se puede leer el pasado.

Ya hace unos años se intentó aprobar un primer proyecto de esta ley de amnistía donde la característica del olvido tenía muchísimo sentido, al menos desde la narrativa con que estaban construyendo esa acción. En un principio, se hablaba de la ley de amnistía como una herramienta para poder liberar de sus cargos y penas a los numerosos presos políticos encarcelados por los regímenes de Chávez y Maduro. Un proyecto de ley que los absolvería de los crímenes de los que eran acusados y podría ayudar a restituir el orden judicial del país. Es evidente que, poniéndolo así, los sectores de oposición la respaldarían y los poderes dominados por la dictadura harían lo posible por rechazar este proyecto.

Ahora bien, 2019 parece exigir una estrategia totalmente distinta a lo que se ha intentado antes para recuperar la democracia en el país. Ya lo vemos con la manera en que han estado jugando al factor sorpresa, con el posicionamiento de la figura de Juan Guaidó y su juramentación como presidente (E) de la República, aún cuando Diosdado Cabello asegura que el diputado le había dado su palabra de que no se juramentaría. Esta nueva estrategia, que apunta a sentar las bases de lo que pudiera ser una transición y la posterior instauración de un gobierno democrático, pasa también por el intento de mover desde adentro algunas de las bases de las estructuras que mantienen en pie al régimen de Nicolás Maduro. Es por eso que se presenta un nuevo proyecto de ley de amnistía con dos cambios en relación al intento pasado: a) se toma en cuenta a funcionarios militares y civiles que hayan estado relacionados con el Gobierno y hayan podido estar involucrados en actos delictivos desde el 1 de enero de 1999 (en el proyecto anterior el período comenzaba en 2005), y b) desde el punto de vista de la narrativa con que se presenta, no se habla de la manera en que esta ley va a exculpar a todos los presos políticos injustamente encarcelados, sino que se intenta presentar como un puente para que ciudadanos (civiles o militares) que hayan estado involucrados con la Revolución, y quieran contribuir al restablecimiento del país, puedan hacerlo con la seguridad de que se respetarán sus garantías constitucionales. Ya no te cuento cómo quiero reivindicar a los que están de mi lado, sino que te explico cómo puedes lavar tu cara y asegurarte una vida más o menos digna cuando todo esto termine.

En días recientes, y en especial con este tema, he estado recordando la escena final de Inglorious Basterds, película escrita y dirigida por Quentin Tarantino (2009). En esa escena, Aldo Raine le hace a Hans Landa una herida con forma de esvástica en la frente. De esta forma, el antiguo alto mando nazi no tendrá forma de ocultar su pasado, aunque haya negociado un indulto con el gobierno de los Estados Unidos. Raine representa el mismo deseo que veo reflejado en miles, millones de venezolanos: “quiero que paguen y no puedo estar en paz con la idea de que pasen por debajo de la mesa”.

A pesar de las reservas que puedo tener con la forma en que se ha estado narrando este tema de la amnistía, creo que esta nueva estrategia está poniendo en primer plano un elemento clave con el que tendremos que aprender a vivir: hay que establecer puentes con quienes hacen vida dentro del chavismo para poder llegar a esa transición que queremos de la dictadura a la democracia. Sin embargo, negociar no implica el mismo diálogo vacío e inocuo del que hemos sido testigos en el pasado. Negociar tampoco implica impunidad, ya que los crímenes de lesa humanidad no son susceptibles a la amnistía. Negociar implica ofrecer condiciones favorables a quienes pertenecen al régimen para que les resulte más atractivo abandonar el poder que quedarse con él; José Ignacio Hernández lo explica muy bien en este artículo del portal Prodavinci, donde queda claro que, más que una amnistía entendida como un total olvido, lo que se debe buscar establecer (con esta ley como primer paso) es una justicia transicional que ayude a sentar las bases para la instauración de la democracia. Es ingenuo pensar que todos los crímenes cometidos (financieros, fiscales, entre otros) van a ser pagados; hay que estar dispuestos a dejar pasar ciertas cosas pensando en un país nuevo como objetivo final.

Sin embargo, tampoco podemos construir una nueva Venezuela teniendo como bases las impunidades y los olvidos sobre los que nos hemos estado tambaleando por años. Si bien el olvido de la historia reciente y pasada ha sido una característica definitoria del venezolano en general, lo cierto es que la frase “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos ha marcado más de lo que quisiéramos. El venezolano, a mi entender, ya no está tan interesado en olvidar como en poder mantener vivo el recuerdo de lo que pasó. De seguro quiere dejar atrás una de las etapas más oscuras que ha tenido, sí, pero quiere asegurarse de que jamás vuelva a pasar. Muchos quieren calles con los nombres de los jóvenes que han muerto en las protestas. Venezolanos en el extranjero se toman el tiempo de explicarles a los locales lo que ha pasado en el país. En redes sociales nos encargamos de recordar, de vez en vez, la responsabilidad que tuvo Hugo Chávez en todo este desastre actual; un personaje que a veces suena lejano, pero que apenas unos años atrás se escudaba en el poder y el despotismo para hacer de las suyas.

El psicoanalista venezolano Fernando Yurman, en su libro Fantasmas Precursores (2010), dice sobre el trauma: “El acontecimiento que se deviene traumático se ha disociado inexorablemente y mantiene su potencia dramática en el aislamiento psíquico. Mora en un limbo enajenado que flota fuera de la historia, pero al mismo tiempo es su mayor hito fantasmático, una señal concreta de que hubo historia. (…) Es un documento que no se logra aprehender, arqueología viva encapsulada por la alteración anímica” (p. 15). Básicamente, lo que no se puede hablar, lo que no se puede adherir al hilo narrativo de nuestra identidad como individuos, como sociedad, se puede convertir en un trauma que no solo tendrá sus consecuencias en nosotros, sino que también heredaremos a la siguiente generación, llevándolos a repetir las mismas conductas que nos han identificado como nación a lo largo de los años. El tema de la amnistía es uno difícil de tratar cuando hay tanto dolor de por medio. Es difícil pensar en la idea de que tanta gente que ha hecho tanto daño pueda salir incluso sin cargos de todo esto. Por eso creo que una de las labores principales es cómo se le cuenta y se les muestra a los ciudadanos este capítulo tan importante, el capítulo de la justicia.

Creo que los venezolanos necesitamos ver que estamos construyendo un nuevo país sobre las bases de la justicia y la confianza en las instituciones. Creo que las autoridades deben ser completamente abiertas con la ciudadanía y explicar con pelos y señales qué implica la amnistía, pero también demostrar que hay delitos que no se pueden dejar pasar, cuáles son, cuáles son los castigos asociados. Creo que necesitamos un proceso de catarsis, de cura mental y emocional, que pasa por ver cómo la justicia cae en su justa medida sobre aquellos que han causado tanto daño. No se puede dejar este tema como algo encapsulado, como una pieza de la historia que no se ha unido a nuestro relato principal. Dice Yurman (2010) nuevamente: “Será necesaria una clínica que recupere los fragmentos perceptivos para que ‘el hecho’ se entienda, se torne soluble, la representación retome su metabolismo y circule en su modalidad simbólica y narrativa” (p.16).

Tal vez esta sea también una oportunidad para aprender a recordar de una forma diferente. Para poder construir nuestra memoria, nuestra historia, de una manera que incluya los eventos negativos y las advertencias para no repetirlos, sí, pero también deberíamos incluir los elementos positivos: las protestas pacíficas, los apoyos internos y externos, los pasos que se dieron para la restauración de la democracia, la forma en que las instituciones una vez más pudieron ponerse en favor de los ciudadanos y no en su contra.

Si bien confío en que en líneas generales se pueda comprender el valor de la amnistía, de la justicia transicional, de las negociaciones, de los tratos, no estoy seguro de cómo funcionará todo esto a escala micro. Al final del día, no me preocupan los altos mandos militares o las figuras visibles de la dictadura; a fin de cuentas, muchos de ellos deberán ser procesados por delitos de lesa humanidad y tendrán (o no) los castigos apropiados. Me preocupan todos aquellos funcionarios o militares de a pie, que luego tendrán que volver a sus hogares con la gran mancha del chavismo en la frente, incapaces de esconderse ante las miradas rencorosas de los vecinos contra quienes, en algún momento, utilizaron su poder. Puede que haya silencio, pero dudo que haya amnistía. Dudo que haya olvido.

 

Por César Aramís Contreras Parra  | @CesarAramis 

Deja tu comentario

You May Also Like