In Guaidó we trust

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En una entrevista del año 2004, para el diario argentino La Nación, el filósofo esloveno Slavoj Zizek dijo: “Los Estados Unidos piensan localmente y actúan globalmente”. A pesar de ser un anagrama de la frase del movimiento ambientalista Greenpeace, “Piense globalmente y actúe localmente”, Zizek no se equivocó, con esas palabras estaba describiendo la política exterior norteamericana. Aunque paradójicamente se trata de un marxista, afirmó que Estados Unidos debía intervenir más en todo el mundo, lo que, para bien o para mal, sucedería con frecuencia en la historia de ese país.

Hoy la situación no es diferente. A las afueras de Venezuela existen tres puntos de acopio para la ayuda humanitaria: una donación de alimentos y medicinas, que busca atajar la crisis venezolana, proveniente de Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental. Esto ha sido calificado como “injerencista” por partidarios del régimen. “No necesitamos ni estamos pidiendo limosna a nadie”, dijo Diosdado Cabello, a finales de la semana pasada. Muchos venezolanos, mientras tanto, están en ascuas y no dejan de bromear con una posible llegada del United States Marine Corps.

Los seguidores de la cuenta de Instagram de la embajada americana en Caracas exigen a diario una intervención militar estadounidense en Venezuela. “Yo apoyo una intervención militar parar liberar a Venezuela, si yo estuviese en mi país mi mensaje a los Estados Unidos sería #GringoComeHome”, comentó uno de los usuarios en una publicación del 29 de enero, donde la embajada advierte a los ciudadanos estadounidenses de no viajar a Venezuela hasta nuevo aviso.“In Guaidowe trust” y “We need the marines to freedom of Venezuela” son otros mensajes que se pueden apreciar en las publicaciones.

Pero la realidad es otra, la historia nos enseña las carencias y los excesos de las acciones, militares o no, del gobierno de los Estados Unidos. El periodista de izquierda, Mark Hertsgaard, lo señala bastante bien cuando intenta responder, con su libro La sombra del águila, por qué la nación americana suscita odios y pasiones en todo el mundo. Y es que desde el mismo instante de su fundación, cuando los primeros colonos llegaron a Nueva Inglaterra, estaba trazada la ruta de este país: John Winthrop, gobernador puritano, ya lo dejaba claro en Un modelo de caridad cristiana: “(…) seremos una Ciudad sobre la Colina, los ojos de todos los pueblos están sobre nosotros”, texto que más tarde le dio soporte al Destino Manifiesto, ideario que argumenta el expansionismo americano del siglo XIX.

Lo cierto es que la política exterior de EEUU es repudiada por muchos y alabada por otros. Con más fuerza que nunca, hoy día estas dos posturas se debaten a diario entre los venezolanos.

Monroe: vigencia y obsolescencia

Hablar de intervención es hablar de la Doctrina Monroe, un documento que, pese a ser interpretado como el principio de injerencia americano, no fue escrito precisamente con ese propósito; de hecho, su verdadero autor ni siquiera fue James Monroe, sino John Quincy Adams, quien llegó a la presidencia tiempo después. En 1823, año en el que es leído el discurso ante el Congreso, Estados Unidos no es ni la cuarta parte de lo que se convertiría un siglo más tarde. La aclaratoria es una alerta ante el peligro que representaban las monarquías europeas frente al nacimiento de las repúblicas independientes de la región.

La primera lectura que se le hace al documento con carácter injerencista es durante la segunda intervención francesa en México en 1862, pero fue el corolario del presidente Theodore Roosevelt (es decir, su alteración o “enmienda” a la doctrina) lo que terminó haciendo de este texto algo relevante, tras ser utilizado en dos escenarios importantes: en la guerra hispano-cubana-norteamericana, que consiguió la independencia de Cuba en 1898; y durante el bloqueo a las costas de Venezuelaentre 1902 y 1903, que evitó una posible ocupación europea. Hoy, México, Cuba y Venezuela no dudan en menospreciar a la nación del norte, a pesar de que fueron sus acciones diplomáticas las que evitaron que volvieran a ser (o siguieran siendo, en el caso cubano) el patio trasero de verdaderos imperios coloniales.

Dicho de forma más sencilla: las acciones de Estados Unidos fueron decisivas para liberar a México, Cuba y Venezuela del imperialismo europeo.

En 1917, la Doctrina Monroe perdió vigencia, pues uno de sus apartados dice que los Estados Unidos no se involucrarían en conflictos fuera del hemisferio, pues su sistema político, y el de la región, es diametralmente opuesto al de las monarquías de Europa. De esta forma, al entrar en la Primera Guerra Mundial, el enunciado se hizo obsoleto, aunque la izquierda y el antinorteamericanismo todavía lo empleen para criticar la política exterior de la Casa Blanca. Lo curioso es que si revisamos la contribución americana en defensa de los derechos fundamentales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, es innegable que se le debe a ella la alardeada “autodeterminación de los pueblos”: o sea, la idea de que todo país tiene la soberanía permanente sobre sus recursos naturales, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El fin del aislacionismo

Durante el siglo XX, Estados Unidos tuvo más presencia en el escenario internacional que antes. Después de la victoria obtenida en la Primera Guerra Mundial, comenzó su carrera definitiva por convertirse en una nación respetada y consolidada en el exterior, hazaña que fue logrando simultáneamente con la Rusia revolucionaria de Vladimir Lenin que, al salirse de la guerra por considerarla un conflicto entre imperios, evitó los costos que padecieron las naciones de la Triple Alianza (Italia, Prusia y Austria-Hungría) y el mismo bando vencedor: la Entente (Inglaterra y Francia). Así, Estados Unidos promovía el militarismo en Latinoamérica, mientras que Rusia contagiaba de propaganda comunista a los emigrantes europeos que estaban huyendo de la contienda.

Su influencia en el mundo quedó en evidencia en otoño de 1929, cuando el crac de la bolsa de Nueva York colapsó la economía global y dio comienzo a la gran depresión de los años treinta. Más tarde, Franklin Delano Roosevelt asumió la política de buena vecindad y no intervencionismo hacia los asuntos extranjeros en América Latina, a pesar de que fue él quien pronunció el famoso discurso de las cuatro libertades, bandera con la que ingresaron a la Segunda Guerra en la cruzada contra el nazismo y el fascismo italiano. En este sentido, la presencia se hizo más predominante: eran la cuna de la libertad.

Rusia y Estados Unidos fueron los grandes ganadores de las dos guerras mundiales, en detrimento del poder europeo como epicentro del mundo moderno. Sus zonas de influencia quedaron marcadas con el inicio de la Guerra Fría en 1948, cuando ya de manera irreversible empezaron a jugar un papel más activo en el acontecer mundial. Latinoamérica no sería ajena a los intereses de ambas potencias. Por eso, el siglo XX fue la época de apertura y del fin del aislacionismo americano, cosa que implicó mayor presencia en las naciones de su hemisferio:pensar localmente pero actuar globalmente.

Golpes militares, golpes democráticos

Durante la Segunda Guerra Mundial, Venezuela proveyó a los Aliados el petróleo. Una vez terminada la contienda, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, marcó el carácter ideológico de la Guerra Fría: mediante acciones injerencistas en los países no alineados, llevó al poder a determinados grupos políticos que garantizaron su apoyo en la disputa ante su nuevo enemigo: el comunismo. Para esto se valió del respaldo militar en la región y del colchón que fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Un extenso debate historiográfico existe al respecto. El 18 de octubre de 1945, Isaías Medina Angarita abandona la presidencia y Estados Unidos reconoce a la junta de gobierno que se instala al siguiente día. Pero los avances democráticos ponen en peligro las relaciones entre Venezuela y ese país, porque existe una importante influencia roja dentro del partido de gobierno. En 1948, un golpe militar saca de la presidencia a Rómulo Gallegos y en su lugar se instaura otra junta, que no tarda en ser avalada por la Casa Blanca. Una nueva dictadura se instala en Venezuela y evita la avanzada del comunismo. La injerencia es discutida, pero la historiadora Margarita López Maya concluye que no existen pruebas suficientes que involucren la actuación estadounidense en el hecho. América Latina vive situaciones similares: numerosos autoritarismos ascienden al poder.

Diez años más tarde, en 1958, la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez llegaba a su ocaso, al igual que el posicionamiento militar en Latinoamérica, apoyado por el gobierno federal. La ola comenzó en la Argentina de Juan Domingo Perón (1955) y siguió por el resto del continente, llegando al Perú de Manuel Arturo Odría (1956), a la Colombia de Gustavo Rojas Pinilla y a la Guatemala dominada por Carlos Castillo Armas (1957); en Cuba, Fulgencio Batista fue derrocado por la revolución de 1959 y, finalmente, Rafael Leónidas Trujillo cayó en República Dominicana en el año de 1961. A pesar del respaldo estadounidense a estos mandones, algunas salidas del poder se debieron a un cambio de parecer dentro del Departamento de Estado, principal secretaría del Ejecutivo norteamericano.

En Venezuela, por ejemplo, Estados Unidos comenzó a alejarse de Pérez Jiménez tras la discrepancia en la Conferencia de Presidentes de Panamá, en la que el dictador se negó a instalar una base militar norteamericana en la península de Paraguaná. Los excesos también pudieron evidenciarse en la intervención a República Dominicana entre 1916 y 1924, cuya consecuencia a largo plazo permitió la llegada de Rafael Leonidas Trujillo y su cruenta dictadura, caracterizada por la tortura y el nepotismo. Otro caso no tan distante fue la intromisión en Panamá, cuando el gobierno de George Bush depuso a Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. Ninguno de los tres gobiernos mencionados eran de izquierda, caso contrario al del comunista chileno Salvador Allende, cuya crisis le abrió las puertas a Augusto Pinochet, quien llegó al poder amparado en cierta medida por la presencia del gobierno de los Estados Unidos.

Gringo, come home!

Estados Unidos supo aprovechar esta fractura en la región para darle validez a sus principios liberales y democráticos. En ese entonces, la sociedad estadounidense afrontaba situaciones complejas, como la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra, que ponían en tela de juicio su sistema liberal, argumento que era usado por la URSS de forma propagandística en su contra. Por lo tanto, el advenimiento de la democracia en América Latina, y su reconocimiento por parte de la Casa Blanca, sirvió como reafirmación de sus principios. Los vaivenes de la Guerra Fría exigían un comportamiento diferente.

El fin de la pugna entre el comunismo y el mundo libre se acercaba y la implosión se dio finalmente en 1989, con la caída del Muro de Berlín que más tarde desintegró a la URSS. Estados Unidos ocupó, entonces, la primera posición entre las potencias del mundo, aunque no salió ileso de la contienda. Ante el nuevo escenario mundial, un nuevo adversario estaba por surgir: el terrorismo, su principal preocupación tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Pese a que las intervenciones estadounidenses fueron cesando por el nuevo orden mundial, hoy parecen más perentorias que nunca ante la necesidad de salirde gobiernos totalitarios, que atentan contra la libertad individual. En opinión de muchos, no se puede ser indiferente ante la crueldad.

A pesar de los dimes y diretes entre representantes de la política exterior de Venezuela y el Pentágono, la mesa está servida para una intervención, más allá del carácter disuasivo que pudieran tener las declaraciones y de cómo todo se va pareciendo, según la opinión de muchos entendidos, a una guerra fría. En un escenario donde miles de venezolanos huyen despavoridos por las fronteras o mueren a manos del hampa o por falta de recursos económicos, el discurso de Donald Trump caló en la población venezolana y tal parece que ahora somos la joya de la corona que el republicano quiere para su reelección en el año 2020. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que Estados Unidos interviniera: en 1895, Grover Cleveland impidió que Venezuela perdiera territorio; y entre 1902 y 1903, Roosevelt le dijo a Alemania, Italia e Inglaterra que se retiraran de las costas venezolanas. Esperemos, entonces, que nuestros dirigentes sepan actuar con calma, cordura y pragmatismo. In Guaidó we trust.

 

Por Jesús Piñero | @jesus_pinero

 

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