Carta al progre

En Revista OJO nos alarma la cantidad de personas en todo el mundo que, con indolencia, pueden opinar sobre lo que pasa en Venezuela usando la ideología como excusa. Por eso, más que debatir con esos “expertos”, decidimos que cada miembro del equipo contara un testimonio propio sobre la Venezuela que le ha tocado vivir. Esta carta es nuestra respuesta a todos los que creen que el problema de nuestro país es un asunto de derechas e izquierdas.

Alejandra Colletti – estratega de contenido

11: 15 am. UCV.

—Todas las entradas están cerradas. No vas a poder salir, los obreros andan “protestando” como siempre –dice una muchacha.

Me consigo con mi novio en la entrada de la Escuela de Comunicación Social para ir a hacer una diligencia. Nos montamos en el carro. Esperamos encontrar una entrada abierta.

La Tamanaco: cerrada.

La Minerva: cerrada.

Las calles internas: abarrotadas.

11:25. Necesito estar a las 12 en El Valle. Esto no avanza, el estómago gruñe. Siento una gota de sudor por debajo de la franela mojando el sostén. El carro no tiene aire: repararlo vale más de lo que mi novio y yo ganamos en seis meses.

Avanza el reloj, el calor es infernal. Las cornetas suenan cada dos segundos. Subo el vidrio. Huele a humo y a basura.

—Ya ha pasado casi media hora, Ale, vamos a dar la vuelta, rodear la escuela de Educación y así vemos si la entrada de la Minerva está abierta –me dice Humberto. Asiento y ya. Estoy obstinada y me están dando ganas de orinar. Me arrecha este tipo de protesta inútil.

Cómo podemos, salimos del tráfico.

11:50. Calle Minerva de la  UCV, conocida como Trasbordo.

—Nosotros no tenemos llave de este portón, no podemos abrir –dice uno de los vigilantes que está en La Minerva.

La misma mierda de siempre. De nuevo una cola infernal y el calor: mucho calor.

Muevo las piernas, me cambio de posición, intento hablar de lo que sea. ¡Me quiero ir y me estoy orinando!

 

Cuando entré a la universidad en 2015, los baños funcionaban: no tenían papel, pero siempre había uno que servía. Son una metáfora del país: hoy día todos están sucios, muy pocos sirven. Los que se pueden usar tienen tuberías rotas, pisos y paredes llenos de mierda, charcos de colores y olores improbables. Y, claro, siguen sin tener papel.

—Aquí al lado está Odontología, anda –me dice Humberto– total, dudo mucho que esto avance ahorita.

Reviso en la guantera: ¡bingo! Dos servilletas. Es el segundo de felicidad más genuino desde que me monté en el carro.

En Odontología la gente es muy fresa, están las niñas más lindas y los chamos más buenos de toda la Universidad. Carne de primera.

Subo y bajo escalones, camino los pasillos buscando un baño. Nada. Me acerco a un salón donde hay personas –no estudiantes– esperando para que una odontóloga los atienda.

—En el tercer piso debería haber alguno funcionando –me dicen.

Siento el orine a punto de salir.

Llego al tercer piso, saco las servilletas, veo que al final del pasillo está mi objetivo. Agarro la manija y –vamos, vamos, adivinen–:

CERRADO. El de hombre y el de mujer.

Me provoca bajarme los pantalones aquí mismo y orinar. Respiro. Bajo por las escaleras y me consigo con unos muchachos. Me dicen que afuera, al lado del auditorio, hay otro baño.

Llego y hay dos personas delante de mí.

—Hay un muchacho ahí adentro. Uy, déjame cerrar que desde aquí se ve todo –me dice una de ellos.

Es un baño unisex.

El chico sale, la chama entra y le pregunto desde afuera si el otro cubículo funciona. Abre la puerta de donde está ella. La veo: está agachada, apuntando. Me grita:

—¡Sí, está abierto, pasa!

Me dan ganas de vomitar. El urinario de hombres tiene un pozo de líquido amarillo y varias gotas en el piso. Abro la puerta del cubículo y me llega un olor de orine seco. Hay una huella de un zapato marcada con sangre, unas cuantas rayas marrones –de mierda– en el piso y en las paredes. La papelera se desborda. Me comienzo a bajar el pantalón lo más rápido posible pero no lo bajo lo suficiente porque no quiero que roce el piso. Orino, me seco, lanzo el papel –no sé dónde cae– y salgo.

El carro está justo donde lo dejé. Humberto tenía razón, no avanzó más desde que me fui. La gente está amotinada. Se salen de los carros, suenan las cornetas. Ya son  las 12:25. Tengo más calor que antes, el pantalón mojado de orine y una sensación de infección que no me la voy a quitar hasta que logre bañarme. Si hay agua en mi casa.

Fernando Molina – diseñador

Mis amigos del colegio, con quienes crecí, maduré y viví muchas de mis primeras veces, salieron uno a uno del país desde el 2015.

El 2017 se vivió en Venezuela una época de protestas antigubernamentales fuertemente reprimidas, que dejó como resultado una de las más grandes diásporas de este lado del hemisferio. Entre los casi cuatro millones de venezolanos que, según cifras de la ONU, salieron del país hasta el 2019, estaban todos y cada uno de los que han sido mis compañeros de aventuras, fiestas y desazones.

De un grupo muy unido de 12 personas quedo solo yo y la sensación que da es la de ser extranjero dentro de tu propio país.

Muchos de mis amigos me dicen que emigrar es difícil, no tienes a nadie con quien salir, reunirte, conversar sobre temas interesantes o compartir los momentos importantes de tu vida. Es como reiniciar todo desde cero. Eso dicen. Yo, mientras, siento que mi pasado fue borrado: no hay rastros de él en mi presente. Solo su ausencia.

Una de las promesas que me hice con alguno fue la  de hacer video llamadas con botellas de licor desde cada extremo para celebrar los cumpleaños, pero me he conseguido con un problema: la botella más barata cuesta casi dos salarios mínimos.

Ahora, ni siquiera por video llamadas puedo verles. La compañía de Internet, perteneciente al Estado desde el 2008, tiene más de un año sin funcionar ni responder por sus responsabilidades en el sector donde vivo.

El año pasado fui solo al cine a ver Coco. Cuando sonó Recuérdame, me puse a llorar. No por ningún familiar muerto, sino por los amigos que dejaron en su tierra natal la promesa de no volver “hasta que no salga este Gobierno”.

Alexis Correia – redactor

Vivo con mis dos padres ancianos y ninguno de nosotros necesita medicinas, aunque el varón perdió conciencia de que vivimos en un país en crisis. Nos vemos obligados a esconderle alimentos. Y eso que todos los días compramos el escaso y costoso pan de trigo (su principal refugio de la soledad, que acompaña con margarina y cambur) en cantidades industriales. Los otros dos habitantes de la casa, en general, no contamos con demasiado tiempo para atenderle o procurar que viva con rutinas más sanas y felices.

En lo personal, tampoco estoy contento porque soy un ejemplo de alguien que internalizó radicalmente mejores hábitos de vida y después claudicó de nuevo.

Aprendí a comer luego de los 35 años de edad, ya en la agonía del boom petrolero de la década pasada. Descubrí que existían maravillas como el aceite de oliva, el arroz integral, la avena, el brócoli y la crema árabe de garbanzos. Me convertí en influencer de la comida sana y en hacerla yo mismo, algo insólito en comparación con mi vida previa como obeso mórbido.

Mi trabajo como redactor freelance me permitía tiempo libre para subir montañas al menos cuatro veces por semana, en 2011. Empecé a dejar de hacerlo porque, desde 2015, seguí saliendo de casa a las 5:00 de la mañana, pero ya no para retar el cronómetro mientras ascendía por pendientes arboladas, sino para unirme a colas para conseguir pan o productos regulados.

Como antes de 2010, pero esta vez no por ignorancia sino contra mi voluntad, mi dieta está prácticamente desprovista de vegetales y se basa sobre todo en carbohidratos: pan, pasta, arroz, fororo, galletas, granos, lácteos, huevo. Esos son los productos más económicos, los que puedo comprar. Mientras tanto, voy camino a cuatro trabajos simultáneos y carezco de tiempo ya no solo para ir a la montaña, sino para caminar por Caracas, hacer las rutinas de ejercicio que requiere mi espalda, tener una vida de pareja y para casi toda actividad de esparcimiento, incluido el onanismo. E igual lo que gano cada vez me alcanza menos para (mal)alimentar a mi familia.

No odio al chavismo, jamás me quitó las ganas de levantarme cada madrugada y dar la pelea. Quiero que entregue el poder y me permita recuperar una vida con un mínimo de verdor.

Anibal Pedrique – productor

—Párese, Anibal Alfonso, que hay bastante oficio.

Mi mamá irrumpía en mi habitación. Apagaba el aire acondicionado, me encendía la luz. Era el ritual diario. No le gustaba perder tiempo. Esa energía y perseverancia la usó para pasar de vender chucherías, en una mesita de plástico ubicada en la calle, a montar uno de los bodegones más famosos de Pariaguan: la sala de la casa llegó a ser usada como depósito; mi cuarto, también.

Así fue cómo se pagaron los gastos de mi enfermedad del corazón. Era una época en la que todavía la gente no se moría de sarampión o asma: los centros de salud tenían medicinas y las farmacias acetaminofén. Yo estuve a punto de irme, pero el tratamiento funcionó. Si eso hubiese pasado hoy, en el 2019, quizá en vez de mudarme para Caracas a estudiar me hubiese tocado mudarme para el cementerio.

El negocio familiar costeó todo: ropa, comida, viajes, los estudios de mis hermanas. Hasta ampliamos la casa. Me sentía tan millonario que hurtaba hasta diez cocosettes del almacén para comérmelos en una tarde. Yo tenía 11 años y la vida era eso: engullir chuchería hasta empalagarme.

Pero eso comenzó a cambiar.

Poco a poco, las flores sembradas en el jardín de la casa fueron pisoteadas por decenas de personas que formaban una larga fila. Los productos comenzaron a escasear y hacer colas se convirtió en la forma más común de pasar las tardes en Pariaguan. Eran personas de todo tipo, que buscaban resolver la comida del día. Le gritaban a mamá, se gritaban entre ellos, peleaban, se empujaban. Imploraban por una sobra. “Véndeme esa harina pan que se te rompió y se te cayó toda al suelo, recógela con una pala y véndemela”, me dijo una vez un hombre al que se le marcaban los huesos en la ropa.

Está de más decir que yo ya no comía cocosette.

A la escasez la acompañó la inflación y juntas echaron a correr a los proveedores a los que en un momento les dejó de ser rentable viajar hasta Pariaguan. Nuestra bodega se llamaba Anaconda y fue como si la devorara una gigantesca serpiente. Pasaba más horas cerrada que abierta. Desaparecieron muchos productos, otros se hicieron muy costosos y casi nadie iba a comprar. Tres abastos ubicados en la zona cerraron. Los nuevos surtidores eran las bolsas de basura.

La última vez que fui a casa, mi mamá me pidió que no entrase al que fue nuestro negocio antes de que quebrara: sería como ver a ese abuelo moribundo una vez que lo viste cuerdo, energético. No hice caso, entré y ahí estaba: el esqueleto mismo que también veo multiplicado en las calles de Caracas.

Yelissa Hernández – administradora

Mi esposo llegó a Venezuela en 1981, a los 14 años. Venía de Portugal. Al principio, le tocaron las dificultades de todo extranjero que llega a un país que no conoce, en el que se habla un idioma que no maneja.

Trabajó, ascendió, siguió trabajando. Reuniendo casi todo lo que ganaba logró comprar vivienda, carro y hasta tener un bar propio. También se casó y disfrutó de las bondades de una vida casi holgada. Pero después de que Chávez llegó al poder su prosperidad comenzó a enfermarse.

Lo primero fueron las invasiones. Un día le avisaron que su negocio había sido tomado por personas que querían un techo para vivir. Corrió y se alegró al constatar que nadie había entrado a su bar, sino que habían invadido el negocio de su vecina: una amable española que también había llegado años atrás a Venezuela.

Los funcionarios de seguridad del Estado comenzaron a frecuentar su bar. Iban a pedir plata. Pero ellos no eran los únicos, también lo hacían, y con bastante frecuencia, ladrones que además de robar le daban cachazos hasta hacerlo sangrar.

Maduro llegó a la presidencia y mi esposo ya no podía ofrecer algunos de los platos de comida que habían caracterizado a su local: el desabastecimiento acabó con su menú. Y los alimentos que podía comprar los adquiría a sobreprecio, revendidos. Las medidas “económicas” del régimen solo sembraban más escasez y, por consecuencia, aparecieron los famosos bachaqueros (gente que compra productos regulados y los revende).

Tuvo que despedir a todos los empleados.

Hace pocos meses, llegó al negocio y vio que lo habían vuelto a robar. Con la hambruna, siempre entraba alguien a llevarse algunas cosas. Pero esta vez fue diferente: se habían llevado todo.

Lloró, quiso manda todo a la mierda. Cerrar el negocio de una buena vez.

Luego de secarse las lágrimas, fue al CICPC, a poner la denuncia. Los funcionarios la anotaron y le dijeron “vaya adelante, más atrás irá una patrulla”. Pero nadie fue, nadie revisó el robo. Al día siguiente, llamó y le dijeron que había escasez de funcionarios. O sea, lo sentimos pero no podemos hacer nada por ti. Mi esposo ya sabe cómo funcionan las cosas: les dijo que, si lo necesitaban, él podía darles algo, “una ayuda”.

En menos de media hora se estacionó una patrulla frente al local. Los policías anotaron todo, verificaron por dónde habían entrado los ladrones, etc. Lo más probable era que los autores del crimen fueran los vecinos, los que años antes habían invadido el local que nunca más fue de la española: la pared del bar que se violentó es la que colinda con la invasión.

El CICPC se fue. Y, en la noche, mi esposo recibió la visita de los susodichos vecinos. Ahora, muchos de ellos pertenecen a colectivos. O sea, son civiles a los que el régimen les facilitó armas para que hiciesen lo que les diese la gana con ellas. Los vecinos le mostraron su pesar y se ofrecieron a colaborar en la vigilancia. A cambio, claro, de un pago mensual.

Juan Pablo Chourio – estratega de contenido

Venezuela

Nos disponemos a retornar a Caracas –por tierra, de noche y en transporte público– desde Maracaibo. Estos viajes despiertan en mí el tormento de la inseguridad de las agrietadas carreteras venezolanas: esas que fueron noticia por el asesinato de la actriz Mónica Spear, pero que tiene muchas víctimas anónimas.

Salimos a las 9:15 pm del terminal, mis padres están sentados juntos; yo, con mi hermana mayor. No recorremos ni 20 minutos cuando el autobús se detiene unos metros después del peaje del puente sobre el lago de Maracaibo: la Guardia Nacional realiza una revisión “de rutina” al equipaje de todos los pasajeros. Al contrario de sentir una sensación de seguridad preventiva, el semblante de cada pasajero demuestra tedio y preocupación. Nadie espera a que se aprehenda a algún traficante o portador de armas, sino que les quiten, arbitrariamente, algún producto que trasladen: viajar con el pan bajo el brazo –y el papel higiénico– nunca fue tan literal.

Luego de perder una hora, el buscama retoma su camino. Parece que bastará dormir un rato, comer un pancito e ir al maloliente baño una vez para amanecer en Caracas. Recostado en la poltrona, mi hermana se coloca unos auriculares. No hemos avanzado mucho, intuyo que estamos cerca de Ciudad Ojeda, cuando falla el aire acondicionado. Es la medianoche. Entre los aproximadamente 50 pasajeros de un autobús de dos pisos, los bebés son los primeros en reaccionar al calor que empezamos a sentir.

Reducimos la velocidad y el carro se orilla a un costado de la carretera: nos detenemos. ¿Qué sucede?, ¿por qué paramos?, preguntan algunos pasajeros. Los chóferes (siempre son dos en viajes nocturnos) se bajan. Desde la ventana observamos que conversan, caminan de un lado a otro, hacen llamadas. Mi padre duerme. Mi madre y hermana se inquietan.

¿Y si llegan unos malandros? Bajamos todos, el chófer nos reúne. La falla es grave, no se podrá solventar. En el medio de la nada, la lucha contra la oscuridad la dan las luces intermitentes, que deberán apagarse pronto para que no se acabe la batería, dice. Hay que tener la maleta en la mano: el rescate vendrá a las seis de la mañana.

¿Pasaremos seis horas en medio de la nada?

Puede que menos: quizá nos maten antes.

El chofer dice que podemos esperar o irnos en algún encava que pase. Mi papá quiere quedarse; mi mamá, hermana y yo, irnos. Apagan las intermitentes. Estoy cagado y me pregunto por qué no aparecen los guardias.

Divisamos unas luces que se acercan, parece que el vehículo se va a detener. El azar estaciona el encava un metro más allá de en donde esperaba mi familia. Corremos. Abren la puerta, el chofer grita para poner orden. Nos amontamos en la entrada, usamos la maleta como barrera. Entramos. Sólo hay diez puestos, hay que pagar en efectivo y no aceptan personas de pie. Soy el último en entrar, no veo asientos vacíos. Tiemblo. Una señora se sienta una niña en las piernas, me hace espacio. El colector empieza a cobrar. Mi familia y yo no tenemos suficientes billetes: en Venezuela el efectivo es racionado. Pero para quien vive de la crisis, ser solidario no es una opción: “Si no pagan, se bajan”, advierte el colector. Nos toca pedir, rogar. Mi hermana casi le llora a un señor. El viejo le da plata. Entregamos los billetes. Los recogen con rabia. “Vámonos”, le dice el colector al chofer.

Lizandro Samuel – editor en jefe

Cuando mi mamá me botó de casa me di cuenta de que no tenía ni un tenedor. No solo me vi en la calle, sin saber dónde coño iba a vivir en un país en el que alquilar una habitación puede costar unos 25 dólares mensuales, mientras que el salario mínimo son tres dólares; sino que, además, comprendí que no tenía mueblería ni utensilios básicos como una olla. A mí me estaba yendo chévere, la época de almorzar dos rebanadas de pan con Cheez Whiz había pasado: tenía buenos clientes, escribía para buenos medios y ya casi no tenía que trabajar más de 12 horas diarias. Pero no sabía cómo coño podía mudarme –ni adónde– y empezar de cero. El 2017 fue el año más difícil de mi vida. Y ojalá Venezuela hoy, en el 2019, tuviese la inflación acumulada a la que se llegó en ese año.

En fin, que todo salió bien. Pertenezco a una población muy selecta. No tengo a nadie afuera que me mande remesas y me las apaño de pinga con mis chambas. Hay quienes me preguntan si estoy vendiendo droga cuando me ven comer carne.

Pero lo que vengo a contar es cómo mis dinámicas familiares se volvieron mierda. Todavía no entiendo por qué mi mamá me echó. Supongo que estaba demasiado estresada: mi abuelo tiene demencia senil y el geriátrico vale 220 dólares. Eso es mucho hasta para mi tío que vive en Alemania: si él no ayudara a mi vieja, ella y mi hermanita solo podrían hacer una comida al día.  El caso es que entre eso y la enfermedad de mi abuela y tener que lidiar con los eternos problemas con el resto de sus hermanas, mi mamá lleva por lo menos diez años de a toque: si la miras feo, huy…

Sin embargo, lo más heavy ocurre con mi papá. Nunca hemos tenido una gran relación. Menos ahora, que en pleno 2019 sigue siendo chavista. De paso de que nos vemos –con suerte– dos veces por año, él utiliza esos momentos para hacer proselitismo. Ajá, que mi estómago tiene un límite. Lo cómico es que –a diferencia de mi madrina, para quien trabajar para el régimen significó comprar un apartamento de esos que se venden en dólares en una zona high– siempre ha pelado bolas. Y nunca ha dejado de buscar trabajo con el chavismo. Es como la mujer a la que el marido le rompe la cara y ella va y le da un beso. “Trabajando mucho y ganando poco”, responde desde hace 15 años cuando le preguntan cómo le va.

Cuando las protestas del 2014, una vez discutimos. Me dijo algo así como que estaba bien que las fuerzas de seguridad del régimen reprimieran: aceptó sin pudor que torturan y matan. Si tú ves a un grupo de adolescentes trancando una calle, explicó, lo lógico es meterles un balazo en la cabeza. Las leyes hay que cumplirlas, hijo.

¿Ya dije que un amigo de mi hermanita perdió un ojo cuando un Guardia lo persiguió hasta su edificio y le descargó un arma de perdigones directo a la retina y a pocos milímetros de distancia?

Por cosas así me cuesta ver a mi papá. La rabia y vergüenza devinieron dolor. No tengo estómago para hablar con él, ni con mis padrinos o la madrina de mi hermana. No tiene sentido. Porque mientras repiten pestes contra Estados Unidos y la empresa privada, yo subo a sectores populares –los que más apoyaron al chavismo– y veo a niños que sirven para una clase de osteología: se detallan todos sus huesos a la perfección. Después llego a la oficina y mi compañera de trabajo me dice que su sobrina acaba de fallecer porque no conseguía insulina.

 

Por Team Ojo

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