Venezuela necesita ayuda

Es 23 de febrero y, pasadas las tres de la tarde, muchos de los tres mil voluntarios convocados se van del Puente de Tienditas (Colombia), ahora conocido como Puente de la Unidad, donde se habían quedado desde el día anterior, cuando en esas instalaciones se llevó a cabo el Venezuela Aid Live, un concierto multitudinario donde más de 32 artistas habían unido sus talentos para levantar la voz, hacer visible la crisis humanitaria de Venezuela y conseguir donaciones para el país.

Pero después del mediodía sólo se dio la rueda de prensa donde el presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó –acompañado por el presidente de Colombia, Iván Duque; y el secretario general de la Organización de los Estados Americanos, Luis Almagro– anunció que parte de la ayuda humanitaria había cruzado hacia Venezuela, desde Brasil y Colombia. Terminó y algunos periodistas salieron hacia el Puente Francisco de Paula Santander (que va desde El Escobal a Ureña), otros fueron a almorzar; yo prefiero buscar transporte para dirigirme hasta el Puente Simón Bolívar, el que une a La Parada con San Antonio del Táchira.

Michael Martínez

Llevo una hora esperando transporte cuando se me acerca la señora Liliana. Lleva puesta la gorra tricolor que ha identificado a la oposición venezolana desde hace más de una década, y varias rosas blancas en sus manos, de esas que se había dicho que serían entregadas a los militares venezolanos antes de cruzar la esperada ayuda humanitaria. Lliana me cuenta que es de Mérida y se vino al concierto del día anterior: sus esperanzas son tan grandes que se quedó para colaborar en esta gesta histórica.

El mundo entero tiene los ojos puestos sobre Venezuela. Hoy se cumple un mes desde que Guaidó asumió como presidente encargado y si logra transportar la ayuda humanitaria desde Colombia, dará, sin duda, una estocada a la dictadura. La esperanza está de moda.

No pasa ningún medio de transporte y el sol sigue inclemente (tal como es siempre acá), cuando con muchas dudas y cansancio me dice que quiere tratar de cruzar hacia Venezuela: tratar de llegar a su casa.

Esta señora es madre de ocho hijos: cuatro están en Perú, una en los Estados Unidos, dos en España y la última se fue hace un mes a Chile, con el nieto más pequeño, el que ella había ayudado a criar hasta sus cuatro años. Ahora, me cuenta, vive sola en Mérida.

Pasada más de media hora logramos compartir un taxi con dos personas más que van a La Parada. El taxista viene de Ureña y nos cuenta que los dos camiones de ayuda humanitaria que cruzaron por El Escobal están siendo quemados en ese momento. Nos muestra fotos que le enviaron. La señora Liliana comienza a llorar.

A escasos metros de la casa natal de Santander, uno de los padres de la patria colombiana junto con Bolívar, en la autopista internacional que une a Cúcuta con San Antonio del Táchira, todos los días desde antes de las 12 del mediodía se puede ver una cola de gran cantidad de venezolanos, muchos con bolsos tricolores regalados por el régimen de Maduro: algunos andan con aguacates, guanábanas, cambures u otros artículos que vienen a vender a Colombia diariamente; mientras que a otros se les ve cargar con coches de bebés y bolsos con los que piensan seguir la larga travesía a pie hasta el interior de Colombia u otros países de Latinoamérica.

Es ocho de febrero de 2019, tres semanas antes del 23: uno de los días más importantes de la historia reciente de los venezolanos. La postal, hoy, es un gancho al hígado: decenas de venezolanos que abandonaron su país por la crisis siguen, bueno, en crisis: pero con la tranquilidad de vivir en territorio democrático.

El sol en esta zona del nororiente colombiano se equipara al del oriente de Venezuela, algunos dicen que incluso es como el de Maracaibo. Es como estar en la playa, pero sin playa: te puedes insolar.

Bajo la sombra de palmeras y otros árboles, en la paciente espera, algunos aprovechan para descansar. Los niños corren y juegan, mientras los padres se relacionan con otros compañeros circunstanciales, al igual que se acostumbra en Venezuela, donde se hace cola para casi cualquier cosa, con la diferencia de que, como cuenta el recolector de reciclaje, Leo de Valencia: “Aquí uno sabe que hay comida, al menos hasta las tres de la tarde”.

Leo tiene ocho meses viviendo en este lado de la frontera, a diario camina bajo el sol colombiano y monta en su carretilla todo tipo de reciclaje: “Latas, plástico, cartón, lo que consiga en la calle. Vengo tres veces a la semana a comer en este refugio, y aunque también dan desayuno, sólo se puede comer una vez al día. Aquí entre migrantes nos ayudamos, y mientras como dejo la carreta aquí porque no se pierde nada”.

Como no hay números, ni la amenaza de quedarse sin comida, la cola se hace de manera relajada, lo cual no evita el desorden y que, a medida que se acerque la hora de apertura, en la entrada se vayan aglomerando nuevos futuros comensales.

Mientras dos personas salen con una computadora portátil y comienzan a organizar la cola, se me acerca un muchacho de complexión delgada: es Alixon, de Barquisimeto. Vende chucherías en autobuses y me comenta con su hablar rápido que lleva apenas 15 días en la frontera, que viene a comer tres veces por semana y prefiere el almuerzo, pues “es más completo y balanceado para lo que necesito, que es andar todo el día en la calle. A veces me voy a Cúcuta caminando y vuelvo en autobús vendiendo estas chupetas”.

Allí mismo logro conversar con uno de los encargados, el pastor Ricardo, quien con gesto adusto y hablar pausado se ofrece a darme detalles de la labor humanitaria que la iglesia menonita realiza en estas latitudes, adonde llegaron por la dura situación de los venezolanos, aunque “normalmente sus esfuerzos van orientados a situaciones de catástrofes naturales”.

Su español conserva el acento inglés, pero demuestra bastante práctica y modismos que sólo se aprenden con el uso constante, y con “la práctica, pues mientras un grupo almuerza, yo les predico y les doy alimentos para el alma” en unos bancos dispuestos como una pequeña iglesia, bajo la sombra de los árboles que rodean el Refugio Amigos del Prójimo.

Con más de ocho meses funcionando, me comenta el pastor Ricardo que no saben hasta cuándo va a seguir la necesidad, pero “estamos aquí para remediar y mitigar un poco los problemas, sabemos que no podemos solucionar todo, pero al menos es algo”. Este voluntariado de la iglesia menonita está compuesto por 27 personas, principalmente provenientes de los Estados Unidos, Canadá, Costa Rica y hasta Nicaragua, quienes en promedio entregan 950 almuerzos durante cinco días a la semana.

La ayuda humanitaria es el tema del momento. Todo el mundo la lleva en sus labios a cualquier hora del día. Pero esta ayuda humanitaria lleva ya años proporcionándose, en esta frontera, a venezolanos en cualquier situación: desde los que cruzan sólo a buscar un plato de comida, hasta los que vienen a trabajar o estudiar, incluyendo a los que están de paso en esta zona.

Michael Martínez

En la Casa de Paso “Divina Providencia” de la Diócesis de Cúcuta, ubicada en el sector de La Parada, en Villa del Rosario, me recibe el coordinador y asesor jurídico Jean Carlos Andrade. Esta experiencia de fe, caridad, voluntariedad y apoyo al más necesitado fue creada por el padre David Cañas hace dos años, cuando, estando ya cerrada la frontera, vio la necesidad latente de los venezolanos. Inició junto con sus feligreses con una olla comunitaria del tradicional mute (sopa parecida al mondongo), los fines de semana, pero nunca pensó en la magnitud que alcanzaría su proyecto.

Actualmente cuenta con el apoyo del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y el de US Aid (el programa de ayudas del gobierno de los Estados Unidos), con los que han logrado ampliar el tamaño de sus instalaciones al punto de lograr ofrecer aproximadamente ocho mil comidas diarias, entre desayunos y almuerzos.

Desde mucho antes del mediodía, las filas alrededor de la Casa de Paso son extensas, entran en grupos de mil personas, mientras literalmente un ejército de voluntarios (venezolanos y colombianos) se reparten las tareas de cocina y otros servicios. Como no sólo de pan vive el hombre, aquí también ofrecen ayuda espiritual, y hasta tienen unas psicólogas que pueden apoyar a quienes vienen con depresión por las circunstancias del país o, simplemente, necesitan ser escuchados.

Michael Martínez

Hace poco más de 40 años (sí, en la famosa Cuarta República), Venezuela era el país adonde todos querían emigrar. En esa época, el cambio entre pesos y bolívares era muy ventajoso para los venezolanos. Jhon Álex, dueño de una casa de cambios, en esa época lograba pagar sus estudios embolsando pedidos en uno de los más populares almacenes de Cúcuta, el antecesor de los Almacenes Éxito. Sumando las propinas que le daban los venezolanos, cada fin de semana acumulaba la misma cantidad de dinero que devengaban mensualmente las cajeras.

Esta historia se repetía en otros comercios. Abundan las anécdotas de zapaterías en las que llegaba un venezolano cualquiera y veía los modelos, sí le gustaba alguno pedía varias tallas y colores por docenas. Otros cuentos menos púdicos eran los de los burdeles, en los que era usual y hasta esperada la llegada de los venezolanos: más de una vez pedían que el local fuese cerrado para una “fiesta privada”, donde el gasto correría por su cuenta.

Actualmente, muchos cucuteños recuerdan esta época y hasta dicen que lo que pasa ahora en Venezuela es porque siempre hemos sido poco humildes, pues pedíamos “el pollo y botábamos las menudencias. Ustedes no sabían lo que era pasar hambre”.

La vida da muchas vueltas. Es común conseguir a cucuteños que también tienen cédula venezolana, incluso los hay quienes tienen partidas de nacimiento que certifican que nacieron a ambos lados de la frontera. Al parecer era una usanza habitual desde los 70. Por eso también es tan patente la solidaridad que esta tierra tiene por los venezolanos, la mayoría afirman tener familiares en Venezuela y añoran las vacaciones en “Isla Margarita”, como es conocida por acá.

Si además se toma en cuenta que esta ciudad es netamente comercial –con muy pocas industrias– y que el comercio principalmente depende de la situación del vecino, pues todos anhelan esa época en la que lo que se importaba era bonanza y no inmigrantes.

Desde taxistas hasta vendedores se muestran amigables y dispuestos a apoyar al venezolano, quien es ahora el que emigra y necesita ayuda; pero también desean con urgencia que llegue el cambio, saben que les favorecerá también. Ahora los billetes venezolanos son souvenirs y hasta pueden ser comprados en las calles cucuteñas como bolsos, carteras y hasta floreros. Para eso son útiles: para hacer artesanías.

Michael Martínez

La cultura pop siempre ha idealizado a los protagonistas del momento, y en la política latinoamericana pasa lo mismo con los líderes mesiánicos. Actualmente, Juan Guaidó está a la orden del día: es el primer presidente del mundo en utilizar casi exclusivamente las redes sociales para comunicarse con su audiencia, ante el bloqueo y censura del que son víctima muchos medios venezolanos. Muchos consideran al presidente como ese híbrido de millenial-estrella pop con político. El problema es que en las redes sociales los followers se pueden perder tan rápido como se obtienen, con tan solo un tuit.

En Cúcuta hubo mucha expectación y hasta escepticismo luego de los anuncios de la realización del Venezuela Aid Live. Toda una semana en la que el ojo estuvo puesto siempre en las celebridades que vendrían, en la locación del concierto y otros detalles tales como la asistencia esperada de más de 250 mil personas, en una ciudad donde los artistas de mayor renombre internacional que se habían presentado en los últimos cinco años eran Los Tigres del Norte y ante no más de 50 mil asistentes.

Luego de unos cambios en la locación y en el line-up de los 32 intérpretes nacionales e internacionales que a la postre se presentarían, la expectativa no hacía más que crecer.

Llega el día del evento, con más de mil medios de comunicación acreditados en una ciudad donde sólo hay un periódico. El afán de noticias es inédito. Cúcuta, la pequeña ciudad del nororiente colombiano donde en 1821 se había formado la llamada Gran Colombia, se llena de periodistas de todas partes del mundo que necesitan pauta para varios días: el concierto es solo una pieza más en un relato que capturó la atención del planeta.

ayuda humanitaria

Venezuela Aid Live / Michael Martínez

El presidente Juan Guaidó desarrolla una agenda paralela al salir en caravana el día 21, desde Caracas hacia la frontera, con la intención manifiesta de estar el día 23 en el anunciado cruce de la ayuda humanitaria.

Pero la gran sorpresa se da en pleno Venezuela Aid Live, cuando se produce un gran revuelo en el área destinada a la prensa y otras personalidades: llegaron los presidentes de Colombia –Iván Duque–, de Chile –Sebastián Piñera–, de Paraguay –Mario Abdo Benítez–, el secretario general de la OEA –Luis Almagro–, acompañados nada más y nada menos que por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, sobre quien pese una orden de prohibición de salida del país por parte del TSJ afecto al chavismo, o sea, a la dictadura: o sea, es una institución ilegitima pero en cuyas decisiones se amparan los represores para extender la tiranía del usurpador. Los medios desvían su atención del escenario hacia el público. Como moscas a la miel las cámaras voltean sus lentes. Guaidó llega como estrella pop a un concierto donde él no es parte del set list y, aunque no sube al escenario, su efecto es casi el mismo.

Normalmente, cuando termina un concierto –y más en este tipo de presentaciones de largo aliento–, los medios nos retiramos a preparar el material audiovisual y escrito que se publicará. Este día no será así. Es lógico: el concierto, asumimos todos, es solo un aperitivo.

Finaliza el evento y, luego de varios correteos por diferentes sectores del Puente de la Unidad y una larga espera, podemos entrar al reservado sector donde está almacenada la ayuda humanitaria: allí se dará una rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, lo que parece ya una nueva banda, en su primera aparición internacional.

Los anuncios, cuando llegan, son esperanzadores y optimistas. La consigna continúa: la ayuda humanitaria, dice Guaidó, cruzará sí o sí el día de mañana, 23 de febrero. Los otros presidentes manifiestan su irrestricto apoyo a Venezuela y las expectativas se agrandan. El 23F será un largo día.

Miles de voluntarios esperan el momento para cruzar el Puente de la Unidad, a cada uno se le entrega una rosa blanca. La policía colombiana mantiene el orden, pues los ímpetus son altos. Alberto, de San Cristóbal, me comenta sobre las duras condiciones del refugio armado la noche anterior para los voluntarios. Habían ofrecido carpas y sanitarios. Falsas promesas. Él contó con la solidaridad de una médico colombiana que les dio albergue junto con sus tres compañeros. Muchos no corrieron la misma suerte y mostraban desde temprano las ganas de luchar por la libertad de su país, pero ligadas con molestia y frustración.

A las ocho de la mañana comienzan a ingresar varios vehículos oficiales a las instalaciones del puente, cada uno es aupado por consignas de los voluntarios que esperan el momento del cruce de la ayuda humanitaria. Pero las horas van pasando y el sol junto con el hambre van haciendo su efecto en esa alegría y entusiasmo.

Poco antes del mediodía, la figura de un cura con su sotana resalta. Va acompañado de un militar de uniforme diferente al de sus pares colombianos: el mayor Hugo Parra Martínez, del Ejército venezolano, quien luego de cruzar la frontera por una trocha manifestó que reconocía “a nuestro presidente Juan Guaidó y estaré en lucha con el pueblo venezolano en cada marcha”. Ya para el momento se sabe también de la entrega de tres miembros de la GNB en el Puente Simón Bolívar, y uno más en el Puente Francisco de Paula Santander. Esta cifra crecerá durante el día, para completar más de sesenta funcionarios que se le rebelarán al régimen y se apegarán a la Constitución de Venezuela.

Michael Martínez

Pero allí en el Puente Tienditas o la Unidad lo que crece es el descontento. Personas que seguramente habían pasado una mala noche durmiendo a la intemperie, con hambre y calor, sólo cuentan con bolsas de agua y la esperanza de aportar su grano de arena en el cruce de una ayuda humanitaria tan necesaria.

Para cuando, horas luego, se realiza la segunda rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, los organizadores no logran calmar el descontento y ven como la multitud va diluyéndose poco a poco. Incluso las personas a bordo de los camiones con el sonido, contratadas para animarlos, se muestran molestas por el sol y la larga espera. Algunos de los organizadores, ataviados con boinas azules, atajan a grupos que cada vez en mayor cuantía se van de la concentración. “Ya vamos a cruzar, no se vayan. El presidente Guaidó va a ir con todos nosotros”. Algunos dudan y se devuelven, pero la mayoría sigue su camino, molestos.

Mientras en los otros dos puentes la lucha para cruzar la ayuda humanitaria es eficaz y organizada; en el que es el símbolo principal, el puente que nunca había sido inaugurado, pero que había estado en todos los medios del mundo luego de ser bloqueado por el chavismo esa misma semana, en ese privilegiado escenario muchos voluntarios se van desilusionados.

Y aunque luego se confirmará la entrada de los camiones humanitarios, más tarde las imágenes de la quema a uno de ellos, por parte de la dictadura, darán la vuelta al mundo.

 Venezuela está en una lucha y necesita mucha ayuda: no solo humanitaria.

 

Por Michael Martínez  @MichkoMart

 

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