Tener paciencia cuando se padece una dictadura

Salir de un gobierno autocrático, dictatorial, no es cosa de un día para otro. Requiere de muchos pasos pequeños, de muchas idas y venidas, de muchos movimientos estratégicos que pueden parecer desviarse del objetivo inicial. En otras palabras, liberar a un país de sus secuestradores requiere de mucho tiempo. Sin embargo, pareciera que a buena parte de los venezolanos les cuesta entender (o aceptar) lo que eso implica.

La verdad es que no puedo juzgar a nadie. Es difícil pedirle paciencia a quien ha padecido veinte años de la máxima crueldad imaginable. No es fácil pedirle calma y sosiego a quien vive en carne propia la agresiva lentitud de todos los procesos burocráticos a los que está expuesto día a día. Parece casi una locura pedirle más aguante a quienes notan cómo el deterioro carcome lentamente la infraestructura de un país que supo brillar en su región y más allá. Es muy complejo pedirle calma a quien no puede soportar un día más en que la miseria llama a su puerta y reclama las vidas de sus familiares, amigos y conocidos.

No es fácil tampoco defender la consigna de “esta es una lucha que requiere de mucho tiempo”. La digo y de inmediato se encienden las alarmas, porque suena peligrosamente similar a esas afirmaciones de “estamos apenas en la etapa inicial de la Revolución”, con la que, por años, los voceros del poder han intentado justificar sus fallos y desatenciones. Es lógico preguntarse por qué se empieza ahora, qué se estuvo haciendo durante dos décadas, qué tan crudo estaba el plan para deshacerse del régimen. Entiendo por qué se generan esas suspicacias (unas mejor fundadas que otras) acerca de la posible complicidad de actores de la oposición venezolana (hoy gobierno transicional) con las facciones del movimiento chavista. Y la suspicacia pareciera ser combatible solo con hechos contundentes, continuos, irrebatibles, palpables.

¿Los tenemos? Mejor aún, ¿sabemos identificarlos y apreciarlos?

Pienso en dos condiciones de nuestra sociedad que nos llevan a la impaciencia respecto a la velocidad del proceso de restauración de la democracia en Venezuela. Primero, el cliché: somos una sociedad inmediatista. Basta con revisar un poco la forma en que nos referimos al posible fin del régimen de Nicolás Maduro: “caída”, “tumbar”, “derrocar”. Incluso hablamos de soluciones que, de la forma en que nos las imaginamos, rayan en lo fantástico, en lo épico: “intervención”, “invasión”, “levantamiento”. Es de esperarse que una característica que ha sido tan constante en la radiografía de la sociedad venezolana esté atravesada por el contexto y la historia contemporánea. Como comentaba unas líneas atrás, estamos condicionados por el desgaste, el hartazgo, la impaciencia. Resulta incluso sano querer que la pesadilla termine de una vez; nos habla de que, a pesar del “modo automático” en el que se desenvuelven muchos venezolanos, hay consciencia de que la realidad es lo suficientemente nefasta como para desear su final inminente.

El problema es que, mientras van pasando los días y ninguno de esos escenarios se cumple, la ansiedad va en aumento exponencial y se hace difícil mantener la compostura. La gente espera contundentes golpes a la mesa todos los días, a toda hora. Sienten que un día en el que no se hace un anuncio de gran envergadura, un día en el que no se llenan las calles gritando consignas en contra del dictador, un día en el que alguna instancia internacional no se pronuncia, es un día perdido. A pesar de los esfuerzos, muchos sienten que el reloj de arena que corre en su contra sigue ahogándolos sin clemencia y que la cuerda de rescate para salir de ese atolladero no es lo suficientemente larga como para ayudarlos a escapar.

Por otro lado, hay una mezcla muy particular entre la desconfianza creciente, que también nos ha definido como venezolanos por décadas, y una necesidad (para nada exclusiva en nuestro país, sino una tendencia global) a estar siempre informados sobre los eventos que nos interesan. Ante la falta de ese anuncio importante, de esa noticia que “rompa la Internet”, que nos haga detenernos para compartirla en un grupo de WhatsApp o en nuestro timeline de Twitter, las suspicacias se alimentan, toman fuerzas y se posesionan de nosotros. “Se enfrió el movimiento”, comenzamos a escuchar. Se propaga una sensación angustiante, el desasosiego que produce pensar que, una vez más, nos quedaremos a las puertas (o tal vez más lejos) de lograr el cambio tan anhelado para nuestro país. Estar expuestos a tanta información en tiempo real termina mancillando nuestra capacidad de postergar la gratificación, de esperar un poco más para recibir una noticia más sustanciosa.

Los tiempos de la política son muy distintos a los tiempos de la vida cotidiana; se trata de algo complejo de asimilar y digerir cuando el deterioro que nos rodea se lleva lo mejor de nosotros a una velocidad trepidante. A esto se le suma que la costumbre de leer en formato de tweet, de esperar ese comentario en 280 caracteres, nos entorpece la capacidad de leer las narrativas completas, de encontrar en el todo de la noticia esas pequeñas victorias estratégicas que se encuentran un poco escondidas detrás de los movimientos de uno y otro bando. Parece más fácil despertar con el tweet que anuncia la caída del régimen que esperar con paciencia el desarrollo del proceso de cese de usurpación y gobierno de transición que nos lleve a las ansiadas elecciones libres.

Grandes movilizaciones seguidas de días de aparente silencio. Anuncios impactantes seguidos de días de incertidumbre, de pocas noticias. ¿Significa eso que dejan de pasar cosas? ¿Tenemos que enterarnos de todo? El 24 de enero escribía en Twitter que necesitaba una transmisión en vivo de una cámara instalada en el pecho de Juan Guaidó. Necesitaba seguir en tiempo real todo lo que sucedía alrededor de la figura del presidente encargado para poder calmar mis ansias y constatar que, efectivamente, estaba pasando algo. ¿Nos sentimos todos así? ¿Hay alguna solución?

La idea inicial de este texto era plantear un “cómo manejar la angustia” con respecto a lo que pasa o deja de pasar en Venezuela en estos días que corren. Siento que fallé. Fallé porque, como venezolano, también soy propenso a caer en la desesperación de tanto en tanto. Porque me da miedo esa “tensa calma” que me reportan muchas de las personas con quienes me comunico en Caracas. Es como ser espectador de una partida de ajedrez sin saber mucho del juego: sabemos que habrá un ganador, que eventualmente el encuentro terminará, que un rey será puesto en jaque mate, pero no tenemos idea de por dónde o cuándo vendrá la jugada decisiva, porque solo vemos los movimientos pero no la estrategia que tiene cada jugador en su cabeza.

Mientras tanto, lo único sensato que se me ocurre recomendar es protegerse de noticias insidiosas y/o falsas. Seguir a comunicadores serios que se dan a la tarea de confirmar fuentes (de entrada se me ocurren las cuentas de Twitter de Luis Carlos Díaz, Naky Soto, Arepita, Revista OJO, por ejemplo). Aunque parezca contradictorio, una solución puede ser buscar los resúmenes que dan estos actores al final de cada jornada noticiosa. Algunos dan los bullets necesarios para tener el panorama general. Otros se extienden un poco más y aventuran algunos análisis que nos pueden dar más luces con respecto a lo que pasa (Prodavinci, Caracas Chronicles, como dos ejemplos a los que puedo hacer referencia de memoria). Puede que el remedio contra el exceso de información basura sea informarse de forma consciente, saludable, responsable.

Todo esto puede irse al caño fácilmente cuando vemos las declaraciones de Nicolás Maduro y sus secuaces, dando a entender que el día de una negociación de su salida del poder está lejos. Parece entonces que los movimientos de los peones que están de nuestro lado son espurios, apenas relevantes. Pero de nuevo, hay que hacer el ejercicio de tener paciencia, de entender que es un trabajo que requiere de tiempo y estrategia para que tenga los resultados deseados.

Yo sé que puede parecer fácil pedir paciencia desde la distancia, pero es lo único sensato que puedo aconsejar.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

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