Vivir el apagón a la distancia: hay que seguir

“Los espacios de los territorios ancestrales guardan la memoria”, escuché en una conferencia a la que fui hace poco. Al vivir en Estados Unidos, algunas veces sale a relucir mi persona latina, más global, más panamericana, quizás con el fin de que mis hijas vean un modelo que las ayude a construir una identidad, la cual ciertamente se está erigiendo sobre fragmentos. Soy venezolana, mi esposo es peruano, ellas tienen un poco de todo; desde que nació la mayor hemos vivido en tres ciudades (y estados) diferentes, en tres microcosmos. Mis hijas se aferran a fragmentos, pedazos de vivencias de territorios, trozos de Florida, de Georgia, de historias contadas sobre Perú, sobre Venezuela, sobre la Venezuela mía que ya no existe. Territorios ancestrales.

 

Por fin te conozco. Pero me parece que ya nos hemos visto, ¿no?

La miro a la cara, su sonrisa le llena el rostro. Veo sus brazos que se levantan en un intento de formar un semicírculo. Quiere abrazarme. Me aproximo a ella con el objeto de dejar que lo haga. Venimos de la misma tierra.

Efectivamente nos habíamos visto una vez. De pasadita, unos minutos. Ella estaba sentada con un grupo de personas y yo conocía a un par. Estábamos en el Birch Tree, en la calle Green. Carlos tocaba con su banda y yo andaba con las tres niñas. Me la presentaron mientras yo tenía a la chiquita en brazos, la mayor me agarraba la mano y la mediana me halaba el pantalón para preguntarme la diferencia entre dinosaurios y dragones.

 

Hola, guapa. ¿Te apetece ir a almorzar este viernes? Quiero que conozcas a una maestra venezolana, se llama Blanca. ¿De doce a dos te viene bien?

Lola, una española simpatiquísima que trabaja en la Clark University, me contacta y me invita. Le digo que sí, estoy disponible. Me pregunto en dónde trabajará esa venezolana que me quiere presentar, qué materia dictará, cómo se verá. No tengo amigos venezolanos en Worcester. Quiero verle la cara, los ojos. Por la dinámica de mi vida, quizás por las mudanzas, no me mantengo en una búsqueda de paisanos perenne. Me dejo conocer por gente que tenga afinidades conmigo sin importar de dónde vengan.

 

Mira mi cadena, me la puse porque te iba a conocer. Cuando yo conozco a una persona venezolana la quiero, la consiento.

No puedo negarlo, el mapa de Venezuela que cuelga de la cadena de Blanca me remueve el corazón, me hace ver la película de toda mi vida en un par de segundos. Realmente Blanca es una consentidora. Nos encontramos en el Nu Café y me abraza, abraza a Lola. Me cuenta de sus hijos, de su nieta, de su trabajo. Es empleada del sistema de escuelas públicas del condado de Worcester, especialmente se desempeña con niños bilingües. Blanca habla de lo que hace diariamente, describe a los niños con ternura, indica que el cansancio se le quita cuando se pone en una mesa a trabajar con ellos, nombra a varios, acompaña sus nombres con adjetivos positivos, demuestra que les tiene cariño.

También escuché decir en la conferencia que la nostalgia no se presenta enteramente basada en lo que se recuerda y lo que se quisiera retener sino en el encuentro de dos objetos o experiencias (o personas) en un momento determinado. Y veo a Blanca, y nos encontramos, y sale a relucir mi persona venezolana, mi persona llena de nostalgia, de memorias que nunca se borran pero que luchan por forrarme la mente de palabras bonitas.

 

¿Cuándo nos vemos? Vamos a cuadrar para almorzar.

Leo el mensaje de texto de Blanca y me doy cuenta de que hace dos meses que no la veo, que no miro el mapa que tiene guindado del cuello. Le respondo. Sonrío cuando me envía una carita feliz y pienso que en unos días volveré a unos de esos territorios ancestrales. No obstante, pasan muchas cosas y no logramos reunirnos. Una gripe, muchos exámenes por corregir, una tormenta de nieve, una reunión de última hora. Cancelamos y posponemos. Se termina el año 2018, comienza el 2019 y seguimos posponiendo. Finalmente cuadramos para juntarnos el 15 de marzo; Blanca tiene unas ideas para un proyecto de pedagogía y quiere compartirlas conmigo y con Lola.

 

Planeamos todo antes de que ocurra el apagón. Planeamos todo antes de sentir un dolor de estómago punzante y permanente. Los días de incomunicación duran para siempre. Aunque pasen nunca se borran. El no saber es lo peor. Tener a los viejos sin pila en el celular para mandar un mensaje es una tortura. ¿Y de qué me sorprendo? ¡Si eso hacen las dictaduras! Controlar y torturar. El terror psicológico es una de sus grandes herramientas. Seis días sin saber de mi tío José ni de mi tío Anel, seis días manteniendo los ojos pegados al WhatsApp con la esperanza de recibir un “estoy bien” de mi papá o de mi primo David que vive detrás, o de mi tía Loida o mi tía Olga que viven muy lejos. Algo, una señal de vida. En esos días hago una cosa que nunca había hecho. Le digo a un mandatario que se va a ir al infierno. Es verdad, se irá. Se lo digo por Twitter. Luego me meto en la cuenta de su mujer y le pregunto que cómo siendo madre puede soportar la muerte de tantos hijos. La desesperación me hace perder la concentración, no hago casi nada de lo que había planeado para mi Spring Break, corregir trabajos, escribir. Nada. Se me pasan las horas viendo noticias, preocupándome en grupo (¡los del WhatsApp!) con mi familia, llorando a escondidas para que mis niñas no me vean.

 

Nos vemos pronto, amiga.

Recibo otro mensaje de texto de Blanca, me recuerda que llega el momento de reunirnos. No hablamos del apagón por alguna razón. Sin embargo, presiento que cuando la vea su sonrisa no será la misma, que algo en su cara no va a destellar como la primera vez que la vi. Ese pálpito me hace pensar en lo injusta que puede ser la vida.

 

Hola, guapa. Por fin logramos quedar.

Me saluda Lola con dos besos. Nos encontramos de nuevo en el Nu Café y escogemos una mesa junto a la ventana. Esperamos a Blanca. Llega un poco tarde, atrasada por el trabajo. La veo y noto que se emociona al vernos; nos lo dice. Se sienta y comenzamos a hablar del objetivo de la reunión pero tras dos segundos interrumpe la idea para expresar que estos han sido días muy difíciles. El apagón del alma. Quizás debamos llamarlo de esa forma. Nos cuenta de su abuela que todavía está viva, de su mejor amiga que dirige un preescolar en Puerto Ordaz en el que los niños no tienen colores para pintar, de su mamá que llegó a Worcester hace tres meses sin poder caminar porque no recibía la dosis diaria para su artritis. Se queja de la situación, del no saber, del terror, de la angustia, se queja de lo mismo que yo. A Blanca se le ponen los ojos aguados, la sonrisa desaparece, y la voz se quiebra. Ocurre lo que presentía.

 

Lola hace silencio y nos escucha atenta. Yo empiezo a hablar de mi papá, les cuento que el Hospital Clínico de Maracaibo, donde ha trabajado por más de cuarenta años, está cerrado como resultado del apagón, que no ha visto a sus pacientes porque no puede salir de su casa por los saqueos, que no tiene agua, que no sé cómo hace para sacar la poca que guarda en el tanque subterráneo; tiene 77 años. Es un hombre fuerte y sano pero está viejo. Es mi viejo. Les digo que mi papá está solo y arranco a llorar.

 

Pero cómo puede estar pasando esto, ¡joder!

Me cubro los ojos con los dedos, oigo la queja de Lola y cuando me destapo veo las lágrimas de Blanca. Nos agarramos de las manos y hacemos un círculo entre las tres. Me percibo vulnerable, sin fuerza, derrotada. Palo tras palo. El contacto con ambas me reconforta aunque continúo sintiéndome abatida. Nos miramos y seguimos conversando un poco más del apagón, de la tragedia que significa vivir en Venezuela estas últimas dos semanas. Blanca hace una pausa y traga fuerte. Nos dice que a veces hace falta verbalizar el dolor para seguir. Realmente es un peso que no deja caminar. Ni escribir. Empezamos a conversar sobre el proyecto de Blanca y logramos articular otras ideas.

 

Pasa el tiempo, llega la hora de despedirnos fijando ya una próxima fecha de reunión. Blanca me abraza. Lo mismo hace Lola. Me siento querida y por un momento me llega una ráfaga de optimismo. Salgo al estacionamiento, me meto en el carro, chequeo el celular. Mi hermano me manda un mensaje: American Airlines anuncia que suspende los vuelos de Venezuela. Una vía de sacar a mi viejo y a muchos viejos de Venezuela posiblemente se cierra, deseo que no sea cierto. El no saber, la incertidumbre, el terror. Pienso en la Venezuela mía que ya no existe, en los territorios ancestrales y en mi papá. Grito ¡carajo! dentro del carro, lo prendo, me voy. Maldigo al dictador y a toda su gente. Llego a mi casa y abrazo a mis niñas. Cancelo la cita de trabajo que tengo luego. No tengo cabeza para nada. Hablo, hago conjeturas, pienso en posibilidades y luego me calmo. Escribo esta crónica sin saber qué pasará en el lapso de una hora pero me prometo a mí misma seguir. Hay que seguir.

 

Por Naida Saavedra  | @naidasaavedra 

 

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