No me verás arrodillado

En esta puta ciudad
todo se incendia y se va.
Matan a pobres corazones”, Fito Páez.

 

Tengo una pesadez de mierda que me escuece los ánimos. Ayer andaba de mejor humor, pero hoy siento que las energías me las chupó un mosquito gigante. Es miércoles 27 de marzo de 2019 y estoy atravesando el segundo mega apagón de Venezuela.

Una sola expresión me viene a la cabeza: coño de la madre.

Aunque ayer nos pusieron la luz luego del mediodía, no tuve Internet. Pasé dos días incomunicado hasta que, por algún milagro en tiempos de socialismo, mi teléfono se acordó de que tiene algo que se llaman datos y decidió conectarme con el resto de la humanidad. Lo típico: panas de afuera preguntando cómo estoy, los grupos de WhatsApp del trabajo llenos de reportes de gente sin luz o Internet o ambas, gente diciéndome que ya me había enviado la crónica para que la editara y así… el mundo girando mientras te sientes secuestrado por la ineptitud de unos cobardes que hacen del miedo una forma de imposición.

Y paff: se fue la luz de nuevo.

 

Acostumbrarse es una palabra pesada. Puede malinterpretarse. Más bien, uno tiene que saber adaptarse a las circunstancias. Esto no significa que uno las apruebe, que le gusten o que se resigne a ellas: es que, carajo, el plan no puede ser sentarse a quejarse mientras se te va la vida en la inactividad.

Ya tengo tres agendas en mi mente: cosas que hacer sin luz, cosas que hacer con luz pero sin Internet, cosas que hacer cuando todo funciona de forma más o menos decente. Me estoy convirtiendo en un camaleón adaptándome al paisaje y saltando de una tarea a otra.

Ni yo ni Revista Ojo vamos a parar: nadie debe parar.

 

El cuerpo dice lo que la boca calla. Es un lugar común, ¿cierto? Pero cómo te jode este lugar común. Esta pesadez de mierda que siento es su forma de decirme “déjate de pendejadas, que sabes que esto también te afecta”. ¿Y cómo no me va a afectar? Ayer vi a mi roommate llorar desconsoladamente porque, coño, ella no nació en un país así. De mi jeva solo supe durante cinco minutos la madrugada pasada, cuando a las líneas le dio la gana de enlazarnos por una llamada en la que nuestras voces parecían robots: me dijo que tenía más de 24 horas sin luz. Mi mamá me llamó hace rato, para ver si yo podía ayudarla a hacerse una transferencia electrónica de una de sus cuentas a otra: no tiene cómo hacerlo y tampoco cómo comprar comida. Con mi hermana y abuela no me he comunicado, pero sé por mi vieja que están bien. Y de mi abuelo, el que vive en el geriátrico, ni señales.

¿Mi papá? Él sigue defendiendo a la dictadura, así que debe estar gozando de sus días enteros sin luz.

Entonces, ¿cómo no me va a afectar todo esto?

Siento que tengo un ánimo y un temple más fuerte que el de muchos, pero, carajo, jamás me había cansado tanto escribiendo dos páginas.

 

Yo sé que debería estar hablando de la gente que se muere en los hospitales por la ausencia de luz, de las personas que no tienen cómo comer, de los locales cercanos que solo aceptan dólares o de la cantidad de comida que se está dañando en un país con hambruna. Pero, afortunado que soy, esta vez no estoy padeciendo esos problemas en primera persona.

Me preocupa, más bien, cómo se resiente el ánimo tras tanto coñazo.

No puede ser que buena parte de la agenda de mi vida se esté condicionando por tantas y tan imprevisibles dificultades. De chamo jamás pensé que desearía vivir en la repetición de una rutina en la que haya más previstos que imprevistos. Extraño la posibilidad de aburrirme. Pero recuerdo lo que un escritor me dijo hace poco: “Estés donde estés tienes que hacerlo, tienes que hacer tu arte. No puede haber excusas. Tienes que hacerlo”.

Ayer mi roommate se hundía en el sofá con el ánimo de un globo al desinflarse. Sus ojos eran los ladrillos desmoronados de quien trata de levantarse una y otra vez, pero una estúpida bola de demolición insiste en golpearla. Conozco esa mirada. “Esto es un sinsentido muy grande”, gimoteó. Vi sus lágrimas y tuve un fogonazo. Recordé la semblanza que le hizo Leila Guerriero a Fito Páez:

—¿Nunca te gana el sinsentido?

—Es que vivo con él. Supongamos que se llama Jhonny Sin Sentido. Jhonny without sense. Un detective chanta. Le decís “Okey, man, not with my childs”. Y el tipo te respeta, sabe que ahí no se puede meter. Yo no quiero transmitirles a mis hijos mi conocimiento macabro del mundo de Jhonny without sense. Hablo con él en secreto. Y a la vez nos ayuda. Porque nos dice “Che, guarda, porque esto se acaba”. Yo le digo “Todo bien. Mientras tanto, no te metas con mis hijos, porque te cago a piñas”. ¿Y sabés cómo lo cagamos a piñas? Haciendo discos, tocando. Está acogotado, eh. Está agobiado.

Después, con una risa amarga, como si él mismo no creyera en lo que dice:

—Se quiere ir.

 

Ayer tuve energías para ir al gimnasio. Hoy creo que me faltará temple para eso. El cuerpo gime en silencio mientras mi cabeza se seca. Hay un ardor que me quema las manos y un desasosiego que arropa por su letargo.

Leo que el presidente Juan Guaidó convocó a una nueva marcha para el próximo sábado. Otra más. No quiero juzgarme, no quiero desistir, pero me entra una ola de fatiga en el cuerpo. Las ganas de llorar ganan paso, ¿estaré bajando los brazos?

Y algo vuelve a moverse dentro de mí. Es un engranaje que conozco. Que me salva. Que me ha salvado durante los últimos 20 años de sinsentido a los que una cuerda de malandros sometió al país.

Me siento sobre la cama. Camino hacia la computadora. Me pongo a escribir. Y es como si el alma se desperezara, como si la pesadez se diluyera entre un vigor que comienza a empujarme. Termino este testimonio (que si no llega a los lectores, al menos me sirve para espantar al sinsentido) y algo en mí, una obsesión silenciosa, me jala a trabajar, a darle, a seguir.

Edito todo lo que puedo para Ojo. Leo en Internet. Sigo, dale, vamos.

Tal vez Fito tiene razón. Un tipo cuya madre falleció cuando él tenía ocho meses, mientras que su padre se murió un año antes de que su abuela, su tía y la empleada doméstica aparecieran asesinadas. Ese mismo hombre sobrevivió a eso –y a tanto más– para escribir una obra en la que hay frases tan duras como el diamante. Para escribir, entre otras cosas, una canción en la que dice: “No me verás a arrodillado”.

Y, en medio de otro gran apagón (quizá el segundo de los varios que se avecinan), esa es una de mis pocas certezas:

No me verán arrodillado.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

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