Psicología no ingenua en tiempos de crisis

El psicoanalista inglés Donald Winnicott argumentaba que una de las características inherentes al ser humano era la creatividad, inclusive en las condiciones más extremas. En regímenes totalitarios o durante los campos de concentración nazis, siempre había personas que permanecían creativas a pesar de las adversidades. Sin embargo, Winnicott advertía que eran ellas las que más sufrían, ya que esto implicaba crecer ante un contexto que explícita e implícitamente te decía que no valía la pena crear cosas nuevas.

Para Winnicott, la alternativa para no sufrir en estos contextos consistía en despojarse de la propia humanidad que nos caracteriza: dejar de ser creativos, perdiendo la voluntad de vivir. Por ejemplo, en los campos de concentración nazis durante la segunda guerra mundial, había personas a las que llamaban Muselmann, quienes divagaban sin una orientación específica y hablando palabras sin sentido, para finalmente morir, por problemáticas asociadas a la desnutrición, arrodillados en una posición similar a la de las personas creyentes del islam cuando rezan en dirección a La Meca.

Ante esta propuesta de Winnicott, quedan dos interrogantes claves en la Venezuela que estamos viviendo: ¿cómo permanecer creativos ante contextos tan adversos?, ¿cómo contactar de forma no destructiva con el sufrimiento que implica vivir en este momento de tanta incertidumbre?

La psiquiatra estadounidense Judith Hermann escribió un libro que ha sido un clásico en los estudios sobre trauma psicológico, denominado Trauma y Recuperación, donde aborda los síntomas psicológicos y físicos asociados a estar expuestos a diferentes contextos traumáticos sostenidos y la forma de lidiar con ellos en psicoterapia. Uno de los capítulos habla sobre las personas que han permanecido en cautiverio por secuestradores, de prisioneros de guerra y de mujeres que han estado tanto tiempo en situaciones de violencia doméstica compleja que sus captores las han obligado a estar encerradas dentro de sus hogares. Dentro de estas situaciones tan adversas, los sobrevivientes relatan que emplearon mecanismos que les permitieron aferrase al deseo de continuar su vida y ser creativos. Tres de ellos me parecen especialmente lúcidos en estos momentos tan críticos en el país.

Una sobreviviente de violencia doméstica llamaba al primero de ellos La unidad básica de supervivencia. Este método hace referencia a las relaciones significativas. Judith Hermann explica que en las situaciones más perversas, los vínculos fuertes sobreviven y mitigan de forma importante los efectos negativos del cautiverio. Cuando los campos de concentración fueron liberados, se consiguió que la gran mayoría de los sobrevivientes habían formado un vínculo estable, donde se protegían mutuamente de los horrores de las torturas y el trabajo forzado. En este sentido, relaciones basadas en la lealtad y en la reciprocidad constituyen una forma de hacer frente a las relaciones que los captores querían imponer basadas en la sumisión y el control.

El segundo mecanismo consiste en estar en contacto constante con tu alrededor. Las personas que han sobrevivido largos tiempos en cautiverio relatan que todos los días se proponían una pequeña tarea que los mantenía en contacto con su ambiente. A veces eran cosas tan sencillas como observar de forma detallada cómo caminaban las hormigas que había a su alrededor. Por ejemplo, una amiga me dijo en estos días que con los apagones había descubierto cómo sonaba el silencio.

Otro ejemplo de ello: cuando estaba pequeño, me imagino que tenía unos 6 o 7 años, hicieron una remodelación en mi casa para construir un nuevo cuarto para mi hermano menor; esto implicó tumbar unas paredes para construir el cuarto nuevo. Recuerdo ese momento como bastante angustiante, todos los cambios que estaban haciendo dentro de mi casa me generaba mucha incertidumbre. Sin embargo, un día que estaba lloviendo agarré mis juguetes y los puse en el lugar donde estaba la construcción y comencé a detallar cómo las gotas caían sobre ellos: ver el ritmo constante de las gotas me calmaba, era como darle un sentido de continuidad a los nuevos cambios que estaban ocurriendo en mi vida.

El tercer mecanismo que describe Judith Hermann es la capacidad de tener una continuidad temporal. En situaciones de cautiverio, existen momentos donde los captores logran tanta dominación, que pueden distorsionar hasta la noción del tiempo de sus víctimas.  Primo Levi, escritor italiano sobreviviente de un campo de concentración nazi, cuenta que llegó un momento donde no contaban los días para que su cautiverio terminara, sino que estaban concentrados en saber cuánto tiempo había pasado y qué fecha era: “Para los hombres vivos, las unidades de tiempo siempre tienen valor”.

En esta misma línea, recuerdo que a mediados del año 2017 estaba fuera del país terminando de escribir mi tesis de maestría. Pasaba todo el tiempo revisando las redes sociales para saber qué había ocurrido en las protestas ese día: era bastante fuerte ver que en cada jornada se contabilizaban nuevos muertos. Uno de esos días, estaba en la sala de computadoras del postgrado con amigos de diferentes partes del mundo, ninguno de Venezuela. Ellos hablaban sobre sus planes para después de que terminaran la maestría: muchos querían hacer un viaje alrededor de Europa y hacían chistes sobre las cosas que iban a hacer en sus vacaciones.

En ese momento, me enteré, por el grupo de WhatsApp de mis amigos del colegio, que mi amigo de la infancia Miguel Castillo había sido asesinado durante las protestas. Me sentí completamente alienado: tenía enfrente personas riéndose, viviendo la vida que cualquier persona de mi edad se merecía, y yo leyendo que alguien a quien quería y consideraba parte importante de mi historia había fallecido.

Los días siguientes fueron difíciles, sobre todo por la diferencia horaria. Intentaba estar despierto como si estuviese en Venezuela para enterarme de los acontecimientos en el momento que pasaran, pero la realidad es que estaba en un lugar con cuatro horas de diferencia: era muy difícil habitar los dos sitios al mismo tiempo.

Lo que me permitió darle continuidad temporal a mi vida en ese entonces fue la música. Desde que tengo 11 años, la mayoría de mi tiempo lo invierto escuchándola. En esos días donde me sentía que estaba en dos lugares distintos, decidí elegir una canción del día, cualquiera que me gustara escuchar especialmente en ese instante, como una forma de saber que un día más había pasado, que esa escena traumática en la sala de postgrado cuando me enteré de la muerte de Miguel Castillo ya había pasado.

Todavía lo sigo haciendo por costumbre, elijo una canción a la que llamo “la canción del día”. Hoy 28 de marzo de 2019, después de que volvió la luz a mi casa y en mi oficina, decidí elegir Monkberry Moon Delight, de Paul McCartney, quien describe esta pieza como un “cuadro surrealista hecho canción” y que tiene frases con palabras que no guardan mucho sentido con otra; por ejemplo, uno de los versos dice lo siguiente:

Well, I know my banana is older than the rest

And my hair is a tangled beretta.

But I leave my pajamas to billy budapest,

And I don’t get the gist of your letter.

Justamente el hilo conductor de toda la canción es el sinsentido. Me recuerda que la locura y él, como la creatividad, son elementos inherentes al ser humano. Pero como decían Freud y Foucualt, la civilización nace cuando ese sinsentido es encapsulado en sitios específicos, cuando la mayoría de la vida social es dominada por la normalidad y el sentido, a pesar de que nuestros instintos más primitivos están orientados a lo contrario. En el arte, la música, la literatura y en las películas, podemos contactar con el sinsentido de forma creativa, pero cuando este se vuelve parte de lo cotidiano, con apagones impredecibles, es imposible no conectarse con la vida y sufrir al mismo tiempo. Lo esperanzador está en que personas que han estado expuestas en situaciones tan horribles de forma sostenida lograron conseguir cosas que las empujaron a seguir viviendo.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90 

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