Fiebre de libertad y futuro

Los acontecimientos del 23 de enero de 2019 me sorprendieron en plenas páginas de Fiebre (1939), primera novela de Miguel Otero Silva, donde, a medio camino entre la realidad y la ficción, el fundador de El Nacional construye una “relato autobiográfico” de la Generación del 28 y sus 200 estudiantes, él incluido, que le plantaron cara a la tiranía.

¿Eso les suena?

Mientras yo leía sobre la rebelión juvenil que hizo tambalearse al régimen gomecista, Juan Guaidó, hijo de la dirigencia estudiantil de 2007, ahora líder de la Asamblea Nacional, se juramentó como presidente encargado de Venezuela para pedir el cese de usurpación de Nicolás Maduro. La historia tiene una curiosa forma de reeditarse. La obra de Otero Silva, este 2019, cumple 80 años de haberse publicado. Y mantiene absoluta vigencia en el escenario político actual.

 

“¡Sacalapatalajá!”.

El primer síntoma de la “fiebre de libertad” surge en forma de  grito animoso, en los gañotes de estudiantes ucevistas. La consigna es curiosa y resulta fácil imaginársela con el mismo ímpetu de un “Maduro coñoetumadre”. Vidal Rojas, nuestro protagonista, es un chamo como tú o el amigo de un amigo. De esos que vienen del interior a estudiar a Caracas y viven en residencias de reputación dudosa… con ideas sobre política, una novia, y su juventud truncada por la  dictadura.

Lo cierto es que en la Caracas de 1928, oprimida bajo el bigote y la bota militar de Juan Vicente Gómez, la Universidad de Central de Venezuela ya tenía quien clamara por libertad.  Así lo expresó Miguel Otero Silva a través de Rojas en las páginas de Fiebre: “Tenemos 20 años y deseos de morir por Venezuela, por la patria, por la libertad, por algo que no sea esta vida de eunucos, ni cuatro centavos manchados, ni la ignominia de un cargo público. En nosotros cifra mucha gente (…) su única esperanza de redención”.

El mes de febrero está tatuado con fuego en la memoria de los venezolanos, una y otra vez aparece en la historia con la impronta de la rebelión y la violencia. Ese caótico ciclo comenzó hace 91 años, cuando en medio de los carnavales, la Generación del 28, sin habérselo planteado, transformó la coronación de su reina con versos y desfile en una lucha política.

Aquella inocente semana del estudiante terminó con la destrucción de un cuadro y una estatua de “el Benemérito”, lo que llevó a que apresaran a cientos de muchachos en el Castillo de Puerto Cabello. Aunque saldrían de allí por el clamor popular, la tregua sería momentánea pues no tardaron en devolverlos al calabozo. Desde entonces, el drama de Vidal Rojas y sus compañeros es el mismo que siguen viviendo los estudiantes venezolanos. Plantarle cara a la tiranía, ser arrojados al exilio, entrar y ¿salir? de la cárcel.

 

Las imágenes van repitiéndose como en un bucle donde rostros y tiempos se vuelven borrosos.

2007: marchas con mordazas y manos blancas. La derrota de Chávez en el referéndum constitucional y el cierre de RCTV.

12 de febrero  de 2014: el fatal Día de la juventud donde Bassil da Costa y Robert Redman perdieron la vida.

Las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro volverían entre marzo y julio de 2017.

Según datos de Civilis y Provea, en esos años de calles calientes murieron 185 personas manifestándose contra el socialismo del siglo XXI. Me viene a la mente  el recuerdo de Neomar Lander: “La lucha de pocos vale por el futuro de muchos”, palabras que se convirtieron en un  epitafio noble y desgarrador.

El 23 de febrero, mientras terminaba de leer a Miguel Otero Silva, volvió a encenderse la violencia represora por parte de las fuerzas de seguridad y los colectivos paramilitares comandados por Nicolás Maduro. En medio de la confrontación, ardieron camiones que transportaban la ayuda humanitaria, medicinas e insumos que buscaban ingresar a Venezuela para paliar la Fiebre de cientos de miles de ciudadanos con padecimientos crónicos. El día dejó un saldo de al menos cuatro muertos, en territorio fronterizo con Brasil; y 285 heridos en la frontera colombo venezolana.

 

Dice Miguel Otero en Fiebre: “Los venezolanos solemos morir en las formas más singulares: (…) olvidados en negros calabozos (…), bajo el dolor, al límite de la locura, de un balazo en los pulmones, un machetazo en la nuca, o no morir mientras se espera a la muerte como una liberación que es peor que morir”.

El clímax de la novela llega cuando Vidal, entre la clandestinidad y el despecho –tras una fallida insurrección militar seguida de una ruptura amorosa– se une a un grupo de civiles armados y oficiales descontentos, reclutados por un viejo coronel para materializar la estocada final contra Gómez.

 

Lamentablemente la vía del golpismo para hacerse con el poder en Venezuela fue una herida que nunca se cerró. Así llegaron Pérez Jiménez, la Junta militar de gobierno en 1948, y Chávez  en el 1992.

 

Incluso hoy, cuando se  han dado los primeros pasos de una transición hacia un gobierno civilista, las Fuerzas Armadas se mantienen como uno de los factores determinantes en el orden de los acontecimientos. Guaidó regresó a Venezuela por el aeropuerto de Maiquetía, volvió a hablarle a los militares. Asegura que el 80% de la institución castrense desconoce a Maduro y se ufanó de no haber sido detenido: “Alguien no cumplió la orden”. Aunque Estados Unidos haya descartado una intervención armada, la incertidumbre todavía marcha con uniformes verde oliva.

 

Los paralelismos no se detienen. Una sonrisa amarga se me dibuja en el rostro, porque en diciembre de 1928 Juan Vicente Gómez cumplió 20 años en el poder. Las mismas  dos décadas que en 2019  tiene la revolución comenzada por Chávez,  que  Maduro continúa “como sea” y sin que le importen las necesidades del venezolano.

 

El cinco de marzo se cumplieron seis años del fallecimiento del “Comandante intergaláctico” y, un par de días después, Venezuela se oscureció como nunca antes. Falló el Guri, la central que surte de electricidad al 80% del país.

A falta de luz, quedaron paralizados los servicios de agua, transporte, telefonía móvil y fija. Al menos una veintena de personas fallecieron durante el mega apagón  al no poder recibir atención oportuna. Noticias, fechas y cifras fatales caen como gotas de lluvia en un terreno ya mojado. Para procurarse algo de agua, docenas de personas acudieron a un manantial que discurre en las cercanías del río Guaire.

A pesar de esto, la principal sed del venezolano es de libertad. Por eso protesta en las calles, con denuncias y consignas a grito pelado, enfrentándose a la represión de funcionarios y colectivos, aunque eso signifique mirar el rostro de la muerte para desafiarla. He ahí el deber de Guaidó y el resto del Gobierno legítimo: mantener una agenda coherente, donde las movilizaciones de calle estén acompañadas de acciones concretas. En otras palabras, ya la ruta para la transición fue trazada: ahora toca materializar las condiciones para que esas metas se cumplan.

Rescato una nueva frase de las últimas páginas de Fiebre: “Yo sé que mi pueblo ha de despertar algún día (…), será grandiosos verlos saltar de los caminos polvorientos, de los calabozos sin aire, de las casuchas sórdidas, de las tumbas mismas, con un clamor de justicia en sus puños cerrados”.

 

Muchos a quienes la crisis les impuso el éxodo, desde sus países de residencia, con la condición de extranjero a cuestas, piensan en regresar a Venezuela y participar en su reconstrucción cuando la democracia las dé luz verde.

El periodista Jeanfreddy Gutiérrez comienza un hilo en Twitter con proyectos que le gustaría llevar a cabo en una Venezuela sin chavismo. Habla del saneamiento del Lago de Valencia, seguido de la recuperación de su estructura hídrica y la relación de ese ecosistema con sus comunidades. De inmediato se le suman una entusiasta bandada en la “pajarera azul”.

 

Hay iniciativas para todos los gustos y necesidades. Desde una legislación sana para el trabajo, pasando por programas de reciclaje serios en todas las ciudades, hasta reorganización de los parques infantiles, creación de nuevos espacios públicos y pare usted de contar.

Odell López, otro periodista, plantea valientes transformaciones en torno a los medios y la libertad de expresión. Desde llevar un portal web al impreso hasta “establecer el Sistema de Información Pública, como una herramienta social que dé cuenta del derecho a estar informado”.

 

En la visión del ciudadano  con formación y estudios, queda claro que el mayor recurso de Venezuela, “donde  el petróleo brota fácil como el agua (…) y en las aguas verdes hay millones de perlas dormidas”, es el talento humano. “Un país no puede apreciarse a través de la policromía inmóvil de sus paisajes, el hombre al incorporarse al paisaje le da razón de ser y sentido a las cosas”, sentenció Otero Silva, sin una pizca de “nacionalismo rancio”, a mediados del siglo XX.

 

Cuando era ya un escritor  veterano, el autor de Fiebre corrigió y volvió a publicar su primera novela, agregándole una  vasta introducción donde entrevistó a los miembros de aquella mítica y subversiva generación del 28. Al final de la dictadura que acabó con la muerte de Gómez en 1935, los estudiantes de esa época impulsaron la creación de partidos políticos, además de construir instituciones maduras que condujeron al país hacia la senda democrática, consolidada definitivamente en 1958, cuando Pérez Jiménez huyó el país a bordo  de “la Vaca Sagrada”.

Ojalá Venezuela avance pronto hacia el camino de libertades que cada uno hemos esbozado en nuestros horizontes, el tiempo apremia y el país y sus realidades no están para dilaciones quiméricas. Mientras eso sucede, seguiremos leyendo y escribiendo el día a día, esperemos que con suficiente tino, para explicar claramente este oscuro capítulo de nuestra historia.

 

Por Kevin Melean

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